GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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B. Hacia una reconceptualización del Estado

Hemos observado que coexisten contemporáneamente dos conceptos distintos del “Estado”. El primero, nacido del pensamiento hobbesiano y el enfoque oficialista del neoliberalismo--lo define como un sinónimo por el aparato político, “el gobierno”. El segundo, que tiene raíces que anteceden Hegel y que habita la doctrina de la corriente conservadora de la iglesia católica y mucho pensamiento secular contemporáneo--percibe el Estado en términos más amplios; pues “el gobierno” sólo aquella...[agencia] que, en nombre del Estado, ejerce el poder político en una manera que determina el pueblo. Aunque alguien que ha respirado los gases lacrimógenos ondeando entre un grupo de manifestantes pacíficos, oído los golpes de los garrotes de la policía antimotín contra cabezas de ciudadanos o visitado un salón de interrogación en un cuartel de la policía secreta, podría culparse por preguntarse ¿Qué comprende el pueblo?; el concepto del Estado como un fenómeno más grande que el gobierno, debe verse como bien planteado.

Subyacente a esta evaluación descansa el hecho de que aunque puede deslindar entre la esfera gubernamental y la esfera civil en términos clasificatorios--que el individuo o la organización opera de un salario o presupuesto procedente de fondos públicos o privados, o se dedica a un desempeño determinado por el poder político o el interés autodeterminado, por ejemplo--, no pueden deslindarse en términos de las funciones sociales que realizan; pues en diferentes épocas y sociedades las mismas funciones y actividades se han realizadas y se realizan alternativamente en uno u otra de las esferas y en otros casos se realizan en ambas simultáneamente. Así, partiendo del hecho de que lo relevante en la interpretación de la naturaleza de un fenómeno en un sistema no es su apariencia según un criterio arbitrario sino su función en la operación del sistema global, se adelanta que el concepto del Estado debe entenderse a abarcar todos los organismos--dentro o fuera del gobierno--que se dedican a un papel de mantenimiento del sistema económico, es decir, es el dispositivo social que define el proyecto económico de la sociedad; en términos de lo que se produce--a la vez en términos materiales y psíquicos--, el sistema de organización productiva empleado, y sobre todo la distribución de los costos y beneficios resultantes entre los distintos sectores de la población.

Bajo esta definición pueden incorporarse por lo menos cuatro diferentes componentes del Estado. Uno, evidentemente, es aquel recalcado por el pensamiento ortodoxo: el aparato de represión física del gobierno; pues, sin esto y según el propio Adam Smith, ningún propietario podría dormir tranquilo ante las posibles reacciones de los miembros de la clase no propietaria y las relaciones económicas se descompondrían.

Un segundo componente, es la constelación de aparatos de difusión ideológico--iglesias, medios masivos de comunicación y sistema de educación formal, etcétera--que funcionan para legitimar la estructura de poder y privilegio prevaleciente de la sociedad y las cuales (en la medida en que una sociedad sea liberal) se ubican fuera del gobierno dentro de la sociedad civil. Pertenecen justamente al Estado por la misma lógica que conduce a la inclusión de la fuerza de la represión física: como expuso originalmente el teórico político Antonio Gramsci, empíricamente los miembros de una sociedad actúan no sólo ante la represión (física) externa sino también--y bajo condiciones normales aun más especialmente--ante lo que puede llamarse “la represión (psicológica) interna”, fabricada mediante la creación de una conciencia ciudadana que equipa “lo que es” con “lo que debe ser” o (por lo menos) “lo que es posible” de ahí, genera la pasividad ante el estatus quo sin sangre en la vida obrando así como equivalente funcional de la represión física en el mantenimiento del sistema de las relaciones económicas de la sociedad.

Un tercer componente, es el aparato de toma de decisiones sobre cuestiones económicas que integra a la vez la esfera gubernamental y la esfera civil. Contrario a la férrea división de trabajo entre economía y gobierno planteado por el pensamiento ortodoxo en que aquella se encarga de contestar a través de las fuerzas impersonales del mercado las tres dimensiones de la cuestión económica mientras este se concierne con su protección, las relaciones político-económicas que caracterizan la sociedad liberal-capitalista son inherentemente indivisibles. Por un lado, es el gobierno que, mediante su reconocimiento de derechos específicos sobre objetos materiales y intangibles y la valorización de estos a través de la estructura de gastos e impuestos, que plasma la actuación de la esfera económica. Por otro lado, se ubican dentro de la esfera económica, especialmente el sector de planeación, “islas de poder arbitrario” que realizan decisiones administrativas que, al determinar entre otras cosas los salarios y condiciones de trabajo de sus empleados y la naturaleza y precio de los productos que se producirán, también intervienen directa (e indirectamente) en el desenlace económico.

El cuatro componente es la constelación de organismos “extranjeros” que se insertan en el desenlace económico de la sociedad “nacional”. Contrario a la visión ortodoxa las sociedades contemporáneas, si se definen como unidades geopolíticas o “naciones” no son “Robinson Crusoe en grande” en el sentido de existir en el aislamiento sino más y más actores en un escenario de extensión internacional en que las relaciones sociales, económicas políticas entre sí no sean menos importantes que las relaciones entre los individuos y grupos dentro de las propias sociedades nacionales. De ahí resulta que para pretender abarcar todos los elementos que conceptualizan el poder en una sociedad, el concepto del Estado no puede ignorar las fuentes de estímulos que se ubican jurídicamente fuera de las fronteras nacionales, sino tiene que incorporar también los actores ajenos: las empresas transnacionales, los gobiernos extranjeros y las instituciones de financiamiento internacional y de ideologización.

En resumidas cuentas, para evitar que la palabra “Estado” se desgaste como referencia redundante de “gobierno”, debe entenderse como el conjunto de organismos del que nace y se mantiene la estructura de poder y privilegio de una sociedad. Dada esta conceptualización, al ubicar la cuestión en el contexto de la sociedad neoliberal, abarca no sólo el aparato represivo del gobierno sino (además de una posible constelación de aparatos represivos dentro de la sociedad civil) también el aparato de ideologización que se ubica principalmente en la sociedad civil, el aparato de planeación económica cuyos componentes se encuentra en ambas esferas, y los aparatos de represión, ideologización y inyección económica situados fuera del control de la sociedad.

Además, por su parte el Estado sufre presiones de muy distinta índole y los efectos se aprecian principalmente en la pérdida de capacidad para ejercer la más elemental de sus funciones: la caída de las fronteras convierte al mundo en “paraíso fiscal”, con tal de no quedarse en algún lugar específico. Es un hecho importante que la movilidad de las transacciones financieras haya sido posible por los avances de la tecnología, pero este último aspecto parece más una consecuencia que una causa. Son las circunstancias las que impulsan las innovaciones y no estas últimas las que crean nuevas circunstancias: el ejemplo más evidente de esto radica en la nueva gran frontera que descubrió el imperialismo (uso esta palabra no en sentido vago, sino específico): después de haberse forjado inicialmente en la conquista de materias primas a los costos más bajos, después de haber avanzado en la conquista de mercados cada vez más amplios para los buenos productos, ese imperialismo efectivamente descubrió la “internacionalización de la mano de obra”, fragmentando el proceso de producción y asignando éste a una mano de obra localizada en distintos lugares y seleccionada con base en los costos locales de la mano de obra.

Es difícil argumentar aquí que de esta manera se lleva trabajo a donde no lo hay, porque no se trata en este caso de un juego de suma cero (se toma el trabajo donde hay y se le lleva donde no hay, lo cual parecería una buena iniciativa), sino de suma negativa, porque la ocupación no cambia, el salario se reduce, y lo que aumenta sencillamente es la utilidad. Las supuestas virtudes de la no localización es, por consiguiente, un mito. Así, la globalización funge como elemento detonante de las contradicciones producidas por la crisis del Estado más bien que al contrario.