GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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III. LA GOBERNABILIDAD Y LA ECONOMÍA MUNDIAL

No puede haber duda de que esta era política puede concebirse casi exclusivamente desde el punto de vista de una bola de billar que pasa, como un proceso de interacciones externas dentro de la nación. La política llega a ser más policentrica, con Estados meramente en un nivel de un sistema complejo que intenta sobreponerse y frecuentemente compite con otras agencias por la gobernabilidad. Por esto es probable que la complejidad de esta autoridad súper impuesta, a ambos territorial y funcionalmente, venga pronto a rivalizar con el Estado de la Edad Media. Pero esta complejidad y multiplicidad de niveles y de tipos de gobierno implica una retórica de globalización distinta para el Estado.

Deberíamos aclarar nuevamente este asunto. Que el punto de control de la actividad económica en uno más integro que la internacionalización económica: la gobernabilidad y no simplemente de los papeles continuos de gobiernos. Los Estados soberanos sostuvieron como su aspecto distintivo el derecho de determinar como sé regía cualquier actividad dentro de su territorio, o para desempeñar la función de sí mismos o para colocar los límites de otras agencias. Ellos sostuvieron como monopolio la función de gobernar. De aquí en adelante la tendencia en el uso común para identificar al gobierno como término con esas instituciones de Estado que controla y regulan la vida de una comunidad territorial. La gobernabilidad (que es el control de una actividad por algunos medios tal que una gama de resultados deseados se logren) es, sin embargo, no simplemente una acción de la provincia del Estado. Más bien es una función que puede ser desempeñada por una variedad amplia de instituciones y prácticas, públicas y privadas, estatal, nacional e internacional.

La analogía con la Edad Media es la mejor metáfora, aunque de alguna manera está lejos de ser idónea. No vemos al mundo como la Edad Media y antes del desarrollo de la soberanía nacional. Esto no es simplemente porque los Estados nacionales y el control soberano de los pueblos persisten. El alcance y el papel de formas de gobernabilidad son radicalmente diferentes hoy, y esto tiene implicaciones distintas para la arquitectura del gobierno. En la Edad Media la coexistencia paralela, compitiendo y sobreponiendo autoridades era posible, y conflictiva, porque las economías y las sociedades estaban menos integradas. La interdependencia económica y el grado de división del trabajo era relativamente pequeño, considerando hoy que comunidades enteras dependen para su misma existencia de la integración y coordinación de las distintas y frecuentemente remotas actividades. Pueden comercializar y no solo proveer tal interconexión y coordinación, o sea que ellos pueden hacerlo únicamente si se rigen adecuadamente y si los derechos y las expectativas de los participantes distantes se aseguran y mantienen.

De aquí en adelante las facultades para gobernar no pueden simplemente proliferar y competir. Las funciones y diferentes niveles de las necesidades de gobernabilidad se unen en una división de control que mantiene la división del trabajo. Sí esto no sucede entonces el poder inescrupuloso explota y el poder desafortunadamente cae en las brechas entre las diferentes dimensiones y agencias de gobierno. La necesidad de estar suturada se logra en un sistema relativamente bien integrado. Sí esto no sucede entonces estas brechas conducirán a la corrosión del gobierno a cada nivel. El punto en juego es, si tal sistema coherente se desarrollará, y tomará la prioridad sobre la pregunta de sí la gobernabilidad internacional puede ser democrática (tan enérgicamente argumentada por Held en 1991, por ejemplo).

Pero versiones simplistas de la tesis de globalización no ayudan a resolverlo porque se induce al fatalismo sobre la capacidad de las agencias claves para promover estrategias nacionales coherentes. Ese fatalismo lleva a la inacción.

El Estado es central en este proceso de suturar las políticas y prácticas con el poder distribuido hacia arriba en el ámbito internacional y descendiendo a sub agencias nacionales con las suturas que retendrán el sistema de gobernabilidad unido. Sin tales políticas explícitas las brechas cercanas en la gobernabilidad y elaboración de una división de regulación en el trabajo; y las capacidades vitales para el control se perderán. La autoridad puede ahora ser plural dentro de sí y entre Estados, mejor que nacionalmente centralizada, pero para ser efectivo debe ser estructurado por un elemento de diseño en una arquitectura relativamente coherente de instituciones. La visión de la globalización más simplista la niega, porque se cree que la economía mundial es díscola, los mercados volátiles y determinados por intereses divergentes, y por lo tanto que ningún elemento de diseño es posible, o porque ellos ven el mercado como un mecanismo de coordinación que por sí mismo haga cualquier intento de una arquitectura institucional para regir lo innecesario. Desde su visión, el mercado es un sustituto del gobierno porque tiene lo necesario para ser un modo satisfactorio de gobernabilidad: produce los resultados óptimos cuando sus trabajos son menos impedidos por una regulación institucional extraña.