GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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CONTRARESTAR LOS EFECTOS DE LA GLOBALIZACIÓN

Los países deben desarrollar filtros culturales y ambientales lo suficientemente fuertes para poder interactuar con el ejército sin que éste los abrume de tal manera que terminen convirtiendo su cultura en un puré global y su ambiente en un amasijo.

El filtro más importante en el aspecto cultural es la habilidad de "glocalizar' y se define la glocalización saludable como la capacidad que tiene una cultura, al encontrar otras culturas fuertes, para absorber los aspectos que encajan naturalmente en ella y pueden enriquecerla, para resistir aquello que resulte realmente ajeno y compartimentalizar aquellas cosas que, si bien diferentes, aun así pueden ser disfrutadas y celebradas como diferentes. El propósito es poder asimilar la globalización en un país y una cultura de manera tal que se enriquezca la diversidad y contribuya al crecimiento, sin abrumarla. El signo de una absorción saludable es cuando una sociedad puede tomar algo de fuera, adoptarlo como propio, readaptarlo a su propio marco de referencia y olvidar que alguna vez vino de fuera. El glocalismo saludable es siempre un proceso de pruebas sobre la base de eliminación de errores, pero siempre un proceso casa vez más necesario. Una glocalización malsana se produce cuando se absorbe algo que no es parte de la cultura de uno, no se relaciona con nada latente en su cultura, pero uno ha perdido contacto con su cultura a tal punto que cree que lo es.

El glocalismo solo, sin embargo, ni siquiera en su forma más saludable resulta suficiente para proteger a las culturas indígenas de la globalización. Se necesitan filtros fuertes- leyes zonales, leyes de áreas protegidas y programas educativos para preservar regiones únicas en su tipo y una herencia cultural de un desarrollo homogéneo insidioso. Para esto se requiere de una buena planificación hecha por burócratas que no sean fáciles de comprar y por políticos preparados para asignar el valor real a la preservación cultural.

En los países en desarrollo, donde todavía no hay una clase media suficientemente capaz de apreciar o defender la preservación cultural, y donde la legislación ambiental y las leyes zonales son débiles, fácilmente corruptibles o no existen, es necesario depender de otro filtro: el mercado. Y no solamente aprovechar el mercado- también hay que regularlo, y para regularlo se necesitan elites que estén dispuestas a proteger ciertas cosas del mercado, crear espacios donde el mercado no domine o no invada, y al hacerlo, proteger aquellos aspectos totalmente irracionales y no económicos del carácter nacional de un país

La tecnología debe avanzar de tal manera que ayude a preservar las áreas verdes antes de que el ejército electrónico pueda pisotearlas.

Se va a requerir de verdaderas innovaciones en la tecnología informática, biotecnología y nanotecnología (miniaturización a niveles moleculares y atómicos que permiten que fuentes de poder diminutas manejen sistemas enormes) para que podamos crear valores en una escala progresivamente menor, empleando menos y menos material.

Las innovaciones tecnológicas por sí solas no serán suficientes para neutralizar el impacto ambiental del ejército, porque las innovaciones simplemente no tienen lugar de forma inmediata, en comparación con la manera en que el ejército se mueve, crece y devora.

Los conservacionistas también deben aprender a moverse más rápido: Deben desarrollar rápidamente el software regulatorio y los procedimientos que hagan valer el conservacionismo y aseguren la preservación de las áreas más prístinas. Intensificar el trabajo con los agricultores locales y los pueblos nativos cuyo medio de vida depende de bosques sanos y otros sistemas naturales. Con rapidez deben cultivar las elites locales listas a construir y mantener parques y lugares de preservación de la naturaleza, pues la nueva burguesía y las clases populares no tienen tiempo ni recursos ni inclinación para preocuparse por ello.

Deben promover un control efectivo de la natalidad, y hacerlo inmediatamente, porque el crecimiento irrestricto de la población hará reventar los filtros protectores del ambiente.

Por ahora, la única manera de correr tan rápido como el ejército es unirse a él e intentar redireccionarlo, y demostrarle al ejército que es posible ser verde, global y voraz el mismo tiempo.

De los pocos defensores serios de la globalización, un ex asesor de la ONU, Bhagwati (2004), dice de ella que el Proceso de globalización tiene cara humana, pero necesitamos hacer esa cara más agradable. Wolf (2004) asegura que los beneficios de la globalización exceden por mucho los perjuicios medidos en términos de niveles de bienestar y aplicaciones sociales de la tecnología de la información, la medicina, el desarrollo de nuevos materiales y el crecimiento que ha traído el mercado.

En un mercado internacional integrado gobernado por una soberanía fragmentada, los factores de producción móviles podrían fácilmente emigrar de las jurisdicciones que imponen altos costos o regulaciones. La competitividad nacional depende no sólo de los costos, aunque estos sean importantes. Los inversionistas podrían sentirse incómodos con unas reglas de procedimientos, como las que las organizaciones o empresas tienen que obedecer con la codeterminación. En cualquier caso, para que la competitividad nacional se vuelva objetivo dominante de las políticas nacionales refleja el hecho de que bajo los regímenes de gobierno de una soberanía fragmentada, más que la competencia contenida, se exponen a sí mismos.

Aun queda la esperanza que las tareas más nobles de los políticos democráticos del mundo en estos tiempos por venir del presente milenio, se encaminen al fortalecimiento del Estado y reinstaurar la primacía de la política sobre la economía. Si lo anterior se olvida y no podemos concretarlo, la deshumanización a través del comercio y la técnica nos llevara al cortocircuito global. Lo único que quedará será el recuerdo de los años dorados, los últimos del segundo milenio, cuando en el mundo aún había orden y quedaba la esperanza de poder cambiar el mundo.

Así, a velocidades casi inaprensibles, avanza la globalización…. Esa “unión de charcos, estanques, lagos y mares de las economías locales, provinciales, regionales y nacionales en un único océano económico global que expone a los ámbitos pequeños a las olas gigantescas de competencia económica en vez de, como antes, a pequeñas olitas y tranquilas mareas”.

El mundo entero es un solo mercado, en apariencia prospera el comercio pacífico. ¿No se cumple así un sueño de la Humanidad? ¿No debemos alegrarnos por el ascenso de tantos países en desarrollo? ¿No está la paz global al alcance e la mano?

No.

La visión de Marshall McLuhan de la Aldea Global, del mundo como una aldea homogénea, no se ha hecho en manera alguna realidad. Existe una proximidad mediática y simultaneidad, pero siguen sin producirse vinculaciones culturales, y mucho menos igualdad económica.

Arrogantes máquinas urbanas altamente tecnificadas dominan entretanto el globo terráqueo, aunque cada vez más como islas. El archipiélago de la riqueza consta de florecientes enclaves pero son únicamente ciudadelas de la economía global. La mayor pare del mundo sigue siendo un planeta de miseria, rico tan solo en megaciudades con megasuburbios, en los que miles de millones de personas se abren paso trabajosamente día con día, año tras año, y siempre con la misma embarazada indiferencia por parte nuestra.

Trescientos sesenta y dos multimillonarios son en conjunto tan ricos como dos mil quinientos millones de personas de los casi seis mil seiscientos millones que pueblan el mundo. Eso es más del cuarenta por ciento.

Al final, quedará siempre la pregunta de si la globalización, como dice John Gray, es un falso amanecer y son los espejismos que promete los que han deslumbrado a mucha gente, o si la globalización en el mediano plazo puede mejorar los niveles de bienestar de los ciudadanos del mundo al llevarles los empleos que de otra manera no tendrían. De ello, sólo la historia tendrá la respuesta.