GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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II. LA CONSOLIDACIÓN DE LA NACIÓN

Al cambiar la forma de hacer negocios, cambiaron los controles del Estado. Hay áreas en que el papel del Estado ha cambiado radicalmente, y sus capacidades para controlar su gente y los procesos sociales domésticos han declinado en consecuencia. El primero de ellos es la guerra. El Estado adquirió un monopolio de los medios de violencia interna, lo mejor para ser capaz de movilizar los recursos de un territorio para enfrentar conflictos externos. El desarrollo de armas nucleares, sin embargo, tiene el efecto de hacer la guerra imposible, en él sentido tradicional del uso de la fuerza para lograr algún objetivo.

Clásicamente la guerra se vio como medio de la decisión, la victoria que decide un punto entre Estado que no puede resolverse en ninguna otra manera. Con esta cláusula ingeniosa la guerra era útil, y a ese grado racional, la continuación política por otros medios. La guerra nuclear iguala a ásperos combatientes cuyo único fin es la destrucción mutua y la negación de cualquier política racional perseguida por los oficiales de los Estados participantes. Como Bernard Brodie (1965) perspicazmente observo, (inmediatamente después de Hiroshima), la única función de las armas nucleares era disuadir: la más grande fuerza militar no podría ser empleada para alcanzar una decisión política pero podría ser ahora la única efectiva si impiden su uso y así dar tiempo a los políticos para idear medios para tenerla bajo el control político por el acuerdo mutuo de los Estados nucleares.

Brodie tuvo razón, aún cuando tomó medio siglo de riesgo extremo y el peligro de extinción antes de tales medidas políticas finalmente llegó a ser posible. La guerra Fría era insoportable, disuasoria e inestable, y el estancamiento nuclear comprado a un costo siempre más alto. Los períodos de competencia intensiva entre las superpotencias, buscando ventajas tecnológicas mediante estos tipos de armas, eran seguidos por períodos de tranquilidad. Los Estados nucleares importantes tienen descuidada su soberanía: ellos han creado un orden civil en el mundo por que sus tratados, no por las guerras meramente limitadoras, pero se otorgan otras facultades de Estado de inspección y supervisión, de notificación de maniobras militares etc., de un tipo de movilización efectiva de guerra sumamente inverosímil. Los Estados han tenido que aceptar un nivel inaguantable de interferencia en sus asuntos internos para hacer las paces creíbles.

La fuerza definitiva que los arsenales nucleares representan es inútil, pues no pueden hacer la guerra; y los acuerdos políticos, si ellos pueden institucionalizarse, se harían disuasivamente innecesarios. La guerra entre Estados nucleares llegó a ser imposible, bien sean liberal o no liberal, proveyó a sus líderes que poseyeran un mínimo de racionalidad.

Los conflictos nucleares podrían únicamente ocurrir en regiones periféricas, conflictos por la procuración donde la derrota de un de lado no conduciría a la amenaza de guerra nuclear. La posesión de armas nucleares también terminó la posibilidad de guerras convencionales entre Estados nucleares. Las armas nucleares condujeron a la guerra fuera de relaciones internacionales entre Estados avanzados: ello no era más que uno de los medios de decisión, pero la amenaza de un desastre mutuo terrible que necesita ser negociado de lejos.

Las Fuerzas Armadas son así virtualmente irrelevantes para las negociaciones con otros Estados de mayor poderío. Las armas han evolucionado a secas hasta donde ellos han rendido y han hecho de la guerra algo obsoleto. Las fuerzas Armadas no dejaran de existir, pero ellas importarán cada vez menos como medio de la decisión política. Materialmente no pueden decidir entre Estados avanzados. Y la disparidad de fuerzas entre las grandes potencias y los Estados importantes en el tercer mundo es tan grande que rápidamente ponen las cosas a su favor con solo Fuerzas Armadas Convencionales sobre todo, cuando las grandes potencias perciben que sus intereses vitales están en juego, como lo probó la guerra del Golfo de 1991 y de 2003.

Esto no significa que viviremos en un mundo pacifico. Los Estados menores pelearán uno con otro. Los Estados avanzados serán amenazados por el terrorismo. Los movimientos revolucionarios continuarán su porvenir sobre la periferia empobrecida, con nuevos ejércitos locales de pordioseros como el Zapatista en Chiapas o el EPR en Guerrero. La voluntad revolucionaria de movimientos antagonismos locales específicos, pero ellos parecerán no ser más que destacamentos de una pugna única unidos por un común sentido anticapitalista y una ideología antiimperialista. Pero significa, que en los Estados avanzados por lo menos, los gobiernos que están ansiosos por tener ocasión de llamar las vidas y propiedades de sus ciudadanos para la guerra. No serán más capaces de movilizar sus sociedades y exigir y crear la solidaridad e identificación común con la autoridad, necesaria para el seguimiento efectivo de la guerra total. La guerra, la presencia de un enemigo genuino, refuerza la solidaridad nacional y hace creíble el reclamo de homogeneidad cultural nacional. Sin la guerra, sin enemigos, el Estado llega a ser menos importante al ciudadano.

Los Estados en el mundo avanzado no más tienen la guerra como un apoyo central para sus reclamos de soberanía. Ellos son los actores no más concebibles como autónomos, libres para perseguir cualquier política externa en la anárquica sociedad de naciones. La sociedad de naciones ha pasado desde una anárquica condición a uno casi civil. La gran mayoría de Estados están unidos en maneras numerosas que en cantidades dan una sociedad política internacional, y en el caso los Estados de mayor avance del Grupo de los 7 y la OCDE, una virtual asociación permanente del Estado con procedimientos propios de decisión y reglas.

Así como las armas nucleares han transformado las condiciones de guerra, debilitándose en el proceso del razonamiento central del Estado, el exceso de nuevas tecnologías de información y comunicaciones han desatado en el Estado el control exclusivo de su territorio, reduciendo su capacidad para el control cultural y la homogeneización. Esto es tan común que la digitalización de las comunicaciones (los satélites, las máquinas fax, las redes de computadora) ha rendido al Estado que ha intentado controlar todos los medios de información pero es imposible, ello lleva no sólo a socavar dictaduras meramente ideológicas sino también todos los intentos de conservar homogeneidad cultural por la fuerza estatal. No puede haber control sobre las ideas esparcidas por la atmósfera.

Las comunicaciones modernas forman la base para una sociedad civil internacional, la gente es quien tiene asociaciones e intereses de acción a través de las fronteras. Los medios internacionales también hacen posible un conjunto de culturas cosmopolitas, ambos de elite y popular, científica y artística, que se vinculan mediante el uso del Inglés como un lenguaje universal más bien que como un idioma nacional.

Tales culturas, desde niños vieron a Tom y Jerry, Los Supersónicos, Los Simpson, en el televisor. La homogeneidad cultural llega a ser cada vez más problemática: las culturas nacionales son meramente miembros de un conjunto de culturas en que la gente participa para propósitos diferentes. Las culturas cosmopolitas y nacionales obran recíprocamente. La homogeneidad cultural completa y las exclusiones son cada vez menos posibles. Las culturas nacionales con el fin de ser dominantes sobre sus individuos son cada vez más proyectos de resistencia y se retiran desde el mundo. Una visión enfocada al interior del nacionalismo y la cultura fundamentalista son, para ponerlo directamente, política de perdedores. Esto es virtualmente imposible para continuar operando en los diversos mercados mundiales e ignorar a la vez que las culturas se internacionalizan que van conjuntamente con ellos. Tales miradas internas a los nacionalismos existen y continuarán desarrollándose pero, en el grado que sus proyectos políticos tienen éxito, ellos tienen el efecto de marginación de sus sociedades. Aunque ellos sean la respuesta a la torpeza económica, tales nacionalismos actúan para reforzarlo.

Lo mismo es cierto para grupos sociales dentro de Estado avanzados que sostienen toda una identidad penetrante, que son étnicos, religiosos o cualquiera: ellos condenan sus miembros a la marginación social. La existencia de religiones e idiomas diferentes, virtualmente garantiza la diversidad cultural. Las tradiciones culturales locales distintas continuarán coexistiendo con prácticas culturales cosmopolitas.

La amenaza, sin embargo, es la idea de una cultura exclusiva y virtualmente suficiente propia nacional, de que los individuos son simplemente ejemplares, compartiendo un idioma, las creencias y las actividades comunes. Los Estados intentan vigorosamente crear tales culturas mediante sistemas comunes de educación nacional, servicio militar, etc. (Anderson 1991). Que tales proyectos no son más posibles para los medios avanzados de Estado es cierto, pero se tienen que buscar bases de regalías del ciudadano, en la homogeneidad cultural primitiva. En las ciudades importantes de la mayoría de los países avanzados hay docenas de idiomas y casi cada religión concebible está en uso común. Como veremos, el Estado encontrará probablemente un nuevo razonamiento al administrar esta misma diversidad, actuando como el poder público que permite a tales comunidades paralelas coexistir y solucionar sus conflictos.

El espacio y la cultura no tienen ninguna relación definitiva. En las grandes ciudades de los países avanzados por lo menos, las culturas del mundo están más o menos accidentalmente mezcladas. El Estado está construyendo tratando de convertir a su gente en artefactos de sí mismos, especimenes representativos de la cultura nacional. En el interés de libertad individual y los valores del cosmopolitismo y la diversidad cultural, deberíamos estar agradecidos que los Estados pueden hacer menos y menos reclamos creíbles sobre nuestras imaginaciones y creencias.

El Estado ya no puede tener control sobre las ideas, pero permanece como un controlador de sus fronteras y el movimiento de gente a través de ellas. Como hemos visto, aparte de una clase de club móvil internacionalmente, son los profesionales altamente diestros, refugiados y migrantes pobres, desesperados quienes sufrirán casi cualquier privación para salir de sus condiciones inaguantables, el gran volumen de las poblaciones del mundo ahora no pueden moverse fácilmente. Cada vez más, el pobre de África del Norte Europa Oriental y del Tercer mundo son indeseables para los países desarrollados, en algunos países la excepción son los trabajadores inmigrantes ilegales que trabajan jornadas de pobreza.

Las sociedades occidentales desparraman el trabajo y la labor del inexperto local encuentra el más duro y afronta lo más duro para conseguir trabajo, de aquí en adelante la presión para excluir inmigrantes pobres. En la ausencia de los Estados de movilidad de trabajo retendrán facultades sobre sus pueblos: ellos definen quienes son y quienes no son ciudadanos, quienes puede y no puede recibir el bienestar. En este respecto, a pesar de la retórica de globalización, el volumen de la población mundial vive en mundos cercanos, atrapada por la lotería de su nacimiento. Para el granjero o trabajador promedio con una familia, un territorio nacional es una comunidad del destino.

La riqueza y el ingreso no son globales, sino que son nacionalmente y regionalmente distribuidos entre Estados y localidades más pobres y más ricas. Para la gran mayoría los Estados vistos por su gente son simplemente municipios o autoridades locales, proveyendo servicios que uno escoge según su calidad relativa y costo.

Nacionalmente arraigar el trabajo implica buscar estrategias locales y beneficios locales si estás mejoran la utilidad. La pregunta es si el negocio se limita a sí mismo, o si se pueden escoger simplemente nuevas ubicaciones más óptimas. Internacionalmente, abrir culturas y arraigar las poblaciones representa una contradicción explosiva.

El pobre puede mirar la serie Dallas. Ellos saben que ese otro mundo es posible, bien sea buscándolo en un apartamento de barriada en un país avanzado o en un pueblo polvoriento en un país del Tercer mundo. La ideología de la revolución socialista puede tener pocos seguidores pero uno no debería imaginar que el pobre del mundo permanecerá acobardado o pasivamente aceptará su pobreza. Sus respuestas, son el crimen callejero o pugnas guerrilleras como en Chiapas en México, Irak, India, Colombia, Azerbaiján o Pakistán pero irán mas lejos, serán más duras para arreglarlas que con el viejo estilo de revueltas comunistas dirigidas. Tales respuestas serán locales, y menos agresivas en términos ideológicos que otros conflictos. De aquí en adelante tales pugnas se llevaran en los principales Estado locales y elites locales para contener el avance de la globalización, pero solo los perdedores del proceso se sumarán a las protestas. La clase media que disfruta de los productos baratos y del sueño de la globalización será la que le rinda culto y vea a los otros como “revoltosos”, “ignorantes” o “retrogradas”. El mundo avanzado actualmente no piensa que su frontera comience en las selvas de Yucatán, a su manera esta vez la pensará en las selvas de Vietnam o Brasil. Pero en el mundo globalizado, los perdedores se desplazarán a cualquier punto del planeta que les represente una oportunidad para seguir viviendo, y esa es, en realidad, la última frontera para los países desarrollados. Piénsese en el salvador, Nicaragua, Ecuador, etc. en su relación con la frontera de Estados Unidos; o en su caso también en Marruecos, Egipto, Liberia, etc., y su relación con España y Portugal.

Como los países avanzados buscan políticas fuera del movimiento del mundo pobre y los excluye, los caprichos de la ciudadanía de las naciones y la voluntad política comunitaria llegaran a ser siempre más evidentes. Los Estados avanzados no serán capaces de usar efectivamente como un principio de exclusión el reclamo de homogeneidad cultural ya que para ellos su orientación es étnica y culturalmente pluralista. La exclusión será un mero hecho, sin otra lógica o legitimidad, que el hecho que los Estados son temerosos de las consecuencias de la migración a gran escala, aún cuando requieran de la mano de obra calificada y barata que escasea en su interior. Un mundo de riqueza y pobreza, capaz de plasmar y ampliar diferencias en normas vivas entre las naciones más ricas y más pobres, son inverosímiles e imposibles cuando se persigue la seguridad y la estabilidad nacional. De ello dan cuenta los “muros modernos de la ignominia” que construyen Estados Unidos en su frontera con México e Israel con Palestina. En ambos casos la economía nacional no podría sobrevivir sin la mano de obra de sus vecinos, sin embargo, invocando razones de seguridad la separación avanza. Los trabajadores industriales en los países avanzados temen el trabajo barato del bien educado y a los trabajadores diestros en el peldaño superior de países en desarrollo como México, Brasil, Argentina, India, China, Indonesia o Malasia, además de los de las Repúblicas Checa y Eslava, Hungría, Polonia,Lituania, Eslovenia, etc. .

El pobre del Tercer mundo se ve a sí mismo abandonado en un mundo rico que comercia más y más consigo mismo y con unos países en vías de industrialización favorecidos. Ambos grupos se enclavan dentro de las fronteras de los Estados, forzados a observar sus países como las comunidades del destino y para buscar soluciones dentro de los límites de su residencia artificialmente impuesta. Sin embargo, como argumentamos antes, el mero nacionalismo como tal no proveerá solución a estos problemas. La afirmación de la homogeneidad étnica, cultural o religiosa puede servir como una compensación cultural para la pobreza, como un opio del retroceso económico, pero no lo cura.

Desde la óptica de los globalistas, la apelación fundamentalista del Islam o las otras formas de nacionalismo cultural son pobres y están excluidas. Tales ideologías localizadas en áreas concretas continuarán siendo políticamente exitosas en áreas numerosas donde la gente verá que ellos se han beneficiado. Pero tales ideologías no alterarán el hecho de cómo se maneja propiedad en un mundo globalizado.

Son Ámsterdam, Londres, Nueva York, Montreal, Vancouver, Québec, Roma, París, Milán entre otros los ejemplos de los ganadores de la globalización en el aspecto cultural al integrar (el primero) a más e 140 lenguas diferentes y 67 grupos étnicos propiciando una mayor riqueza cultural con la integración donde ninguna persona se siente “discriminada”.

En África y América Latina los proyectos de revoluciones nacionales de modernización económica, política, cultural y social han probado ser fracasos continuos.

La orientación autoritaria y separatista con clusters de autarquías que buscan el alejamiento de los mercados mundiales, la estratificación de la agricultura, y forzar la marcha de industrialización impiden esa modernización. En dónde tales revoluciones eran muy completas, como en Albania o Corea Norte, condujeron a las sociedades que reproducen aspectos de lo peor del sistema Soviético. Desafortunadamente para el pobre del mundo ellos no podrían salir al sistema comercial libre y transformar sus sociedades por esfuerzos propios dentro de sus propias fronteras. El problema es que sin una transformación en el orden económico internacional, sin nuevas estrategias y las prioridades en los países avanzados hacia el Tercer mundo, y sin la inversión en gran escala de capital extranjero, los países pobres difícilmente se beneficiarán mucho al alejarse de la autarquía. Tales estrategias revolucionarias del Tercer mundo no son viables ahora que los países avanzados son más convencionales y sociales democráticos.

Autonomía y control. Como el control, la autonomía o independencia política empieza a adquirir significado cuando la describimos dentro de un contexto. De poco sirve tratar la autonomía política como si fuera un bien Universal o una propiedad física de todos los seres humanos.

Como el control, la autonomía siempre implica una relación entre actores específicos o sea, es una relación bivalente. Por otra parte, estudiemos de manera general el poder. El poder está presente o está ausente. Si está presente es total. Ahora bien, interpretar el control, el poder o la autoridad como consistentes sólo de dominación y sujeción, obstaculiza nuestra comprensión del mundo y sus posibilidades. En ésta perspectiva, el mundo sólo nos ofrece tres posibilidades para la existencia social: dominar, ser dominado o retirarse a un aislamiento absoluto. Dado que lo último difícilmente es posible y ciertamente es indeseable, las opciones se reducen a la dominación y a la sujeción.

Se nos niega para siempre la posibilidad de controles mutuos, que parecen ofrecer la principal esperanza para los sistemas humanos de autoridad. Una cosa es pensar que la autonomía y el control varían en magnitud, como el ingreso y la riqueza, en un rango indefinidamente amplio de valores y otra muy distinta describir las relaciones concretas de control.

Si un sistema puede definirse como pluralista cuando cualquier organización posea alguna autonomía política, entonces, no todos los sistemas políticos son pluralistas. El modelo totalitario es, después de todo una mera abstracción; en la práctica, probablemente ningún régimen ha privado a todas las organizaciones de toda su independencia en todos los campos. Si calificar como pluralista la existencia de organizaciones independientes en un sistema, entonces ningún régimen puede llegar a ser descrito como pluralista.

En todos los países democráticos las principales instituciones del gobierno, son, en sentidos importantes, independientes entre sí. Aún cuando la Legislatura y el jefe del Ejecutivo son probablemente más independientes entre sí en países donde la doctrina de separación de poderes está consagrada explícitamente; en la teoría y práctica constitucionales, existe cierta independencia entre las principales instituciones del gobierno nacional en todos los países democráticos hoy en día. Si bien la autonomía de los Estados, provincias, regiones o municipios es sin duda mayor en países con constituciones federales, en todos los países democráticos los gobiernos locales son, en la práctica, armas burocráticas del gobierno nacional.

En una interacción de maneras complejas con las organizaciones gubernamentales, se encuentran una variedad de asociaciones políticas, particularmente partidos políticos y grupos de interés. Desde una perspectiva histórica o comparativa, la pretensión de que el orden político debería permitir la existencia de partidos políticos y grupos de interés independientemente ha sido mucho mas rechazada que aceptada. Las organizaciones económicas, principalmente las empresas mercantiles y los sindicatos, también están profundamente implicadas en el problema de la autonomía y el control. Su autonomía es al mismo tiempo un valor, un hecho y una fuente de daño. En todos los países democráticos las empresas mercantiles toman decisiones importantes que usualmente no están plenamente controladas por los funcionarios gubernamentales; incluso las empresas propiedad del Estado usualmente gozan de una medida significativa de autonomía en relación con e parlamento, el gabinete y las burocracias centrales. Probablemente nadie negaría que sus acciones algunas veces sean dañinas. En consecuencia, su autonomía se ha enfrentado a una oposición constante. Aún cuando los socialistas y otros críticos de las empresas han sostenido frecuentemente que el daño podría minimizarse con un mayor control del Estado, en años recientes más y más defensores del Socialismo democrático han concluido que el socialismo centralizado del Estado tiende, no sólo a ser ineficiente, sino también a ser inhumano y antidemocrático.

Aún cuando los patrones usualmente prevén serios daños a resultas de las huelgas, no pueden impedir que sus trabajadores organizados estallen una huelga. Incluso los gobiernos frecuentemente se encuentran sin el poder suficiente para impedir que los sindicatos se embarquen en huelgas y negocien contratos contrarios a la política gubernamental.

Los primeros pluralistas en materia legal subrayaron que las asociaciones son esenciales a las necesidades humanas por la sociabilidad, intimidad, afectos, amistad, amor, confianza y fe para el crecimiento, individual, para la integridad personal y la socialización dentro de las normas de una comunidad; para la preservación y transmisión de la cultura.

En los grandes sistemas políticos las organizaciones independientes contribuyen a impedir la dominación y a crear un control mutuo. La principal alternativa al control mutuo en el gobierno del Estado es la jerarquía. Gobernar un sistema tan grande como un país, exclusivamente a través de la jerarquía, es invitar a la dominación de parte de quienes controlan el gobierno del Estado.

Las organizaciones independientes ayudan a refrenar a la jerarquía y la dominación. Aunque ésta conclusión puede parecer obvia, está en contraposición con la posición de los teóricos sociales que sostienen que la dominación es inevitable.

En el marxismo clásico, una sociedad burguesa está dominada necesariamente por una minoría que consiste de una clase capitalista explotadora. Sin embargo, en ésta posición la dominación no es inherente a la existencia social, sino que está destinada a ser superada por la libertad y la reciprocidad cuando el capitalismo sea sustituido por el socialismo.

Las teorías del régimen de las élites desarrolladas por Pareto, Mosca y Michels son aún más pesimistas. Desde su punto de vista, la dominación por parte de una minoría es inherente a una sociedad a gran escala. Así éste trío de teóricos de élite, transformaron el profundo optimismo de Marx en un pesimismo igualmente profundo.

Las posiciones de la dominación como las que se encuentran en el marxismo clásico y en la teoría italiana de la élite, ciertamente tienen razón al subrayar la fuerza y la universalidad de las tendencias hacia la dominación. Donde estas posiciones se equivocan es al subestimar la fuerza de las tendencias hacia la autonomía política y el control mutuo.

A través de la historia, se han desarrollado organizaciones relativamente autónomas alrededor de ciertas situaciones humanas universales, que generan experiencias, identificaciones y valores comunes. Los nexos familiares, la lengua, el lugar de nacimiento, el lugar de residencia, la religión, la ocupación, todo estimula un impulso hacia la organización y la independencia. Junto a la famosa ley de hierro de Michels de la oligarquía - "Quién dice organización dice oligarquía" - está otra: Cada organización desarrolla un impulso hacia su propia independencia. Las dos tendencias universales se mezclan y en la aleación la ley de la oligarquía se dobla más fácilmente.

La dominación siempre requiere del control. Así, el control es siempre costoso en cierto sentido para el gobernante. Por tanto, los gobernantes tienen que decidir si el juego de la dominación vale la pena. En el proceso de globalización la dominación y el control se desplazan lentamente del estado hacia el mercado.