IMPLICACIONES CONSTITUCIONALES Y SOCIO-JURÍDICAS DE LA PROHIBICIÓN Y DESTRUCCIÓN DE LOS CULTIVOS DE CÁÑAMO EN COLOMBIA

IMPLICACIONES CONSTITUCIONALES Y SOCIO-JURÍDICAS DE LA PROHIBICIÓN Y DESTRUCCIÓN DE LOS CULTIVOS DE CÁÑAMO EN COLOMBIA

Juan Carlos Sánchez Gómez

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CONCEPCIÓN FILOSÓFICA

“Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes a la excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal.

Cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo y la hoguera encendida a Bruno; cuando te abstraes en lo infinito de los diálogos de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso de Demóstenes; cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente el Romeo de tal Julieta; y cuando en suma admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con gran veneración a los creadores de la verdad o de belleza.

Todos no se existían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente a una aurora o cimbran en una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reír con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner, ni enmudecer ante el David, la sena o el Paternón. Es de pocos esa inquietud, de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y la eternidad, volando más allá de lo real. Los seres de estirpe, cuya imaginación de pueble de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas. Definiendo su propia emoción, podría decir quien se sintiera poeta: —el ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección—.

Sin ideales, sería inconcebible el progreso. El culto “hombre práctico” limitado a contingencias del presente, importa a un renunciamiento de toda imperfección. El hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; sólo de los imaginativos espera la ciencia sus hipótesis, el arte su vuelo, la moral sus ejemplos, la historia sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad; los prácticos no han hecho más que aprovecharse de su esfuerzo, vegetando en la sombra.

Todo porvenir ha sido una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir que la imaginación excluya a la experiencia; ésta es útil, pero sin aquella es estéril.

Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiración y la sabiduría, por eso con frecuencia viven trabados por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta con frecuencia les nubla la vista cuando observan la realidad.

Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas de una raza o de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la imaginación y la experiencia al convierte en hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa que cuenta entre sus enemigos más audaces a la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.

La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada perfección particular; pero siempre llega más allá de donde hubiera ido sin esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos, convirtiéndose en estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, depende de lo mucho que algunos anhelan. La humanidad no poseería sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.

En la evolución humana, los ideales mantiénense en equilibrio inestable. Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores audaces, puestos en tensión hacia el, rebeldes al pasado, aunque sin la intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma; contra la tendencia aplicable de los rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes hombres, en los medios mismos, si el hombre es hostil a sus quimeras, como es frecuente, no agita a los hombres sin ideales.

Toda juventud es inquieta, El impulso de lo mejor solo puede esperarse de ella; jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y solo es juventud la sana e iluminada, la que mira al frente y no a la espalda; nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por las supersticiones del pasado; lo que en ellos pareciera primavera, es tibieza otoñal, ilusión de aurora que da un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para el porvenir; por eso en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de los años.

Nada puede esperarse de los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por un ideal; a los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriado todo ensueño. Y sin un ideal no se adquiere.

Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz obsesión; de igual manera distíngase dos tipos de idealistas; según predomine en ellos el corazón o el cerebro. El idealismo experimental, los ritmos efectivos son reflexivos y serenos, Corresponde el uno a la juventud y el otro a la madurez. El primero es adolescente, crece puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, resiste y vence.

El idealista perfecto, sería romántico a los veinte años y estoico a los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud, como el romanticismo en la edad madura. Lo que al principio enciende su pasión, debe cristalizarse después en suprema dignidad, ésa es la lógica de su temperamento.

La psicología de los hombres mediocres es de caracterizase por un riesgo común; la incapacidad de formarse un ideal.

Son rutinarios, honestos y mansos, piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales.

Están fuera de su órbita, el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras; ignoran ala quimera del artista, el ensueño del sabio y la pasión del apóstol. Condenados a vegetar, no sospechan que existe el infinito más allá de sus horizontes.

El horror de lo desconocido los ata a mil prejuicios; tornándolos timoratos e indecisos, nada aguijonea su curiosidad, carecen de iniciativa miran siempre el pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca. Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón, a veces no delinquen por temor al remordimiento.

Si un filósofo estudia la verdad, tiene que luchar contra los dogmatistas modificados; si un santo persigue la virtud, se astilla contra los prejuicios morales del hombre acomodaticio; si el artista sueña nuevas formas, ritmos o armonías, ciérrele el paso a las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado quiere amar escuchando su corazón¸se estrella contra las hipocresías del convencionalismo; si un juvenil impulso lleva a inventar, a crear, a regenerar, la vejez conservadora, atájele el paso; si alguien con gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba de los serviles; le ladra al que toma el camino de las cumbres, los envidiosos le carcomen la reputación con saña malévola, si el destino llama un genio, a un santo, a un céreo, para reconstituir una raza, o un pueblo, las naciones tácitamente regimentadas, le resisten para encumbrar sus propios arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del Santo Oficio…”