LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL TRABAJO Y LA PRODUCCIÓN EN MÉXICO EN LOS SIGLOS XIX Y XX

LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL TRABAJO Y LA PRODUCCIÓN EN MÉXICO EN LOS SIGLOS XIX Y XX

Jorge Isauro Rionda Ramírez

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MÉXICO VIRREINAL Y SOCIEDAD ESTAMENTARIA

Cerca el bicentenario de la guerra de Independencia de México, resulta importante hacer memoria respecto al tipo de sociedad que durante el periodo virreinal fue la nación mexicana. Se trata de una organización social del trabajo y la producción basada en estamentos sociales. Los estamentos son estratos de la sociedad que por consigna conllevan un destino manifiesto en cuanto el lugar que ocupan en la sociedad dada su orientación vocacional. Se refiere a sociedades donde existen títulos de nobleza y estigmas de casta. Donde desde luego se goza tanto de privilegios como de limitaciones para el desarrollo de ciertas actividades económicas o bien, cargos públicos.

A inicios de la sociedad colonial, siglo XVI, la calificación de castas que entonces se pretende establecer por el tipo de cruces entre las tres razas (blancos, negros e indígenas), obedece a tratar de organizar a la sociedad mestiza con base al papel y lugar que le toca en la sociedad virreinal. Donde la especialización y vocación laboral obedece a una división del trabajo que predestina a las personas, como recluye, al desempeño de ciertas vocaciones como actividades económicas.

Se afirma que este tipo de estamentación social si bien de principio pudo obedecerse, pronto desaparece puesto que la sociedad mestiza se funde en una sola expresión producto de españoles, indígenas y negros. Las matizaciones se vuelven múltiples e inespecíficas. Los estamentos o castas pronto desaparecen y se distinguen finalmente cuatro componentes principales: peninsulares, criollos, indígenas y mestizos.

La sociedad estamentaria que se da en el periodo colonial reproduce en cierta forma la sociedad estamentaria europea. Difícilmente puede decirse que en América se replican las relaciones feudales europeas, pero no obstante guardan muchas similitudes con las relaciones serviles que le caracterizan y que en el nuevo continente viene a darse como relaciones de servidumbre y sumisas.

El reparto de la tierra entre mercedes reales y cementeras indígenas es el tema importante para explicar durante la vida colonial los movimientos sociales que le caracterizan. El surgimiento de ciertos capitales mineros como comerciales, aviados por intereses de capitalización, dan dando forma a nuevas relaciones industriales que lentamente se alejan de ser de tipo estamentario para irse asimilando a una abierta relación salarial, de corte capitalista.

Dada la guerra de independencia (1810 – 1821), los bandos se dividen en dos vertientes ideológicas: una conservadora integrada por el clero, los criollos y mestizos grandes propietarios de tierras u haciendas, como ricos mercaderes, quienes desean preservar el orden estamentario propio del virreinato, especialmente por que ellos gozan de los privilegios. Y los liberales, un segundo bando integrado sobre todo por personas pertenecientes a la logia masónica yorkina, altamente jacobina, quienes anhelan implementar en México una nación que arribe al capitalismo liberal al estilo inglés o norteamericano.

No obstante existe un gran divisionismo. Por decir, aún la Iglesia católica se muestra dividida puesto que, mientras que el clero regular lucha con el pueblo por la instauración de una nación independiente, el secular se alía con los conservadores procurando mantener sus canonjías y beneficios heredados de la sociedad estamentaria colonial.

Amabas corrientes ideológicas, sin embargo, coincide en el papel que se le debe conferir al estado como un estado no interventor, regido bajo la norma del laissez faire. Esto es, los conservadores como los liberales coinciden respecto su concepción del Estado como objeto económico, no obstante, las diferencias radican entre mantener una sociedad estamentaria de privilegios para clérigos, ricos comerciantes y hacendados, y una sociedad democrática donde se extinguiera todo tipo de privilegio.

Las naciones latinoamericanas profundizan sus conflictos de inclusión – exclusión por la descomposición de su sociedad estamentaria y el surgimiento de una nueva de pretensiones liberales y democráticas. Los criollos y clérigos a inicios del periodo independiente, no desean perder los privilegios tenidos en el periodo colonial, como a su vez, los mestizos e indígenas luchan por adquirir un estatus de ciudadanía democrática.

Conservadores a favor de preservar sus canonjías, dadas bajo una sociedad estamentaria, amparadas bajo la Iglesia Católica. Liberales jacobinos a favor de la desaparición de la nobleza y en directa contraposición con el Clero tratan de inventar el capitalismo en México, muy al estilo inglés y norteamericano. Y la aparición paralelo con la implementación del esquema liberal de Lerdo de Tejada y Benito Juárez del proletariado industrial, con su bagaje ideológico social demócrata, dan por sentado la controversia entre conservadores, liberales y la incipiente social democracia a fines del siglo XIX.

El partido liberal adquiere las riendas de la nación en la segunda mitad del siglo XIX y es con Benito Juárez que se inician reformas liberales que atañen al reparto económico de la riqueza, especialmente la propiedad agraria, afectando propiedades eclesiásticas como terrenos comunales.

Estas reformas agravan la situación de los jornaleros, especialmente mineros. (Di Tella, 1972). El ascenso industrial urbano causa el aumento del lumpen proletarios en las ciudades, en su gran mayoría mestizos desposeídos que no encuentran acomodo en la sociedad estamentaria virreinal, que los discrimina y les recluye a actividades poco remunerativas y de bajo prestigio social.

En México, la pobreza extrema, el acaparamiento de tierras, el encasillamiento de trabajadores y jornaleros agrícolas, la falta de un ejército industrial de reserva suficiente como proletariado urbano, persistencia de instituciones estamentarias y de trabajo que no permiten la liberalización de la mano de obra, la falta de industrias consolidadas y capitales de avío significativo, la alta incertidumbre y abruptos conflictos sociales, la carencia de un programa nacional de desarrollo que mantiene una continuidad, entre otros aspectos, entorpecen el programa liberal del desarrollo del país, y sobre todo la aspiración a ser una sociedad democrática.

El efecto del programa liberal de fines de la décimo novena centuria agrava la situación de los jornaleros en el campo y del proletariado urbano. La pobreza se extrema mientras existen familias que gozan de grandes privilegios. El latifundismo prospera a costa del despojo de los campesinos. Es entonces que a un siglo de la independencia del país se enconan las fuerzas revolucionarias en 1910 – 1921 a favor de un capitalismo más de corte fordista y social demócrata que liberal.

No obstante los liberales post revolucionarios ven a la Iglesia Católica como una fórmula de oscurantismo y causa del atraso y la ignorancia del pueblo. Institución que promueve las sociedades estamentarias, la Iglesia católica es la principal instancia a derrumbar en favor de la democracia. Instauradora de un mundo de mansedumbre, servidumbre, de la superchería y la sinrazón, educadora de la resignación. Por ello, las iniciativas de conformar un nuevo Estado post revolucionario moderno van de nueva cuenta contra la existencia de la Iglesia católica.

En 1926 se da una disrupción entre ambos bandos con el surgimiento de la guerra cristera en el occidente del país, que se resuelve con acuerdos convenidos entre el Estado laico mexicano y la Iglesia católica por actuar uno en respecto de los intereses del otro. El convivio logra que de 1930 en adelante ambos bandos ideológicos no se enfrenten violentamente, no sin embargo, en 1938, Gómez Morín y el grupo sinarquista formulan el partido de acción nacional, principal fuerza opositora al partido oficial de la época y que arriba al poder en el 2000. Entre bambalinas esta el juego de la Iglesia católica mexicana. La cuestión es si estos gobiernos pueden convivir con la democracia, sin negar que en el fondo siguen siendo los conservadores del siglo XIX cuya legítima aspiración es restaurar la sociedad basada en estamentos.