MÉXICO ANTE EL TLC

MÉXICO ANTE EL TLC

Rogelio Martínez Cárdenas y otros
rmartinez@lagos.udg.mx

ISBN-13: 978-84-691-3272-2
Nº Registro: 08/38472

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SECCIÓN IV. SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS, un bosquejo histórico.

HISTORIA LABORAL.

Se entiende por Historia Laboral de una sociedad todos aquellos factores históricos, sociales y económicos que constituyen los fundamentos de la situación actual del hecho laboral, referido, en nuestro caso, a cada uno de los tres países que conforman el presente estudio. El análisis comparativo se basa en la contraposición de dichos factores a lo largo de la historia y en función de las vicisitudes que han desarrollado la percepción y el estado presente, en cada uno de ellos, de las condiciones laborales y su implementación en un futuro próximo. Se intentará, a través de está exposición final, hallar unas pautas que permitan identificar las diferencias y, en su caso, las identidades entre las tres situaciones nacionales.

El problema que se plantea en un estudio comparado entre las Historias Laborales de los tres países es encontrar denominadores comunes que puedan servir de hilo conductor de un proceso paralelo o, por lo menos, coincidente en algunos marcos conceptuales y periodos históricos. Los tres países presentan características diferentes y lo que es más sintomático, diferenciadas en la aparición y evolución de sus historias laborales, como diferentes son sus Historias nacionales, lo cual no deja de estar íntimamente relacionado.

Y cualquier evolución de un factor social, como lo es el trabajo en cualquiera de sus dimensiones, depende no sólo de la evolución histórica sino del la evolución cultural de los países. México, inmerso en un marco pluricultural determinado, ha dado, en cada periodo histórico, una respuesta cultural a las relaciones laborales, como también lo han hecho Estados Unidos y Corea, en sus respectivos ámbitos.

En México, los antecedentes laborales se remontan a un periodo precolonial en el que una sociedad organizada había estructurado un sistema de relaciones laborales apto para sus necesidades. Es muy poco conocida la estructura en la que se basaban estas relaciones, y sólo las referencias de los cronistas españoles permiten conocer en parte como funcionaba el sistema. Y aún estas precisiones están, por lógica, sujetas a la interpretación que estos cronistas realizaban de una sociedad que apenas conocían y difícilmente eran capaces de interpretar.

Pero los estudios de historia comparada, y los restos antropológicos que perduran siempre de cualquier sociedad, nos dan una somera idea de dicha realidad. Es muy probable que el sistema fuera parecido a los que se daban en sociedades de periodo evolutivo semejante en otras zonas. Desde luego, con las peculiaridades características de cada cultura.

En cualquier caso, está claro que este periodo histórico, que poco o mucho influyó en la evolución posterior del mundo laboral mexicano, no se dio en Estados Unidos Y muy diferente fue en Corea, cuyos fundamentos culturales, y consecuentemente sus sistemas sociales, son difícilmente comparables en estas etapas del desarrollo de las tres naciones.

Tampoco es comparable el marco laboral dentro del periodo colonial mexicano con el mismo periodo- no sincrónico- de los Estados Unidos, o el correspondiente a la ocupación de Corea por los japoneses. Las circunstancias históricas y las incidencias económicas fueron muy distintas. El moderno México nace de un choque cultural entre los habitantes autóctonos y los recién llegados españoles que desestructuraron las civilizaciones aborígenes y las sustituyeron por la europea de la época.

Los españoles se encontraron con un Imperio establecido, con una numerosa población y unas estructuras sociales que funcionaban- independientemente que sus usos y costumbres fueran más o menos justos- y, naturalmente, con una reserva de fuerza de trabajo que explotar.

El cambio de un sistema laboral a otro afectó a todos los sectores económicos y cambió las relaciones laborales que pasaron de las propias de una economía que entraba en un proceso inicial de creadora de excedentes y, por lo tanto dentro de un contexto precapitalista, a una propia de un incipiente capitalismo cuya base de desarrollo era la explotación y la realización de beneficios con el trabajo de otros, en definitiva la implantación de la plusvalía.

Por otro lado, el proceso colonial de los Estados Unidos, que se inició de hecho casi dos siglos después del mexicano , se desarrolló sobre unos parámetros diferentes. No se trató tanto de conquistadores como de colonizadores, fueron gentes que emigraban en busca de un futuro. Y se encontraron con un panorama totalmente diferente del que hallaron los españoles en México: muchas tierras, un horizonte sin fin de tierras, prácticamente despobladas. Las posibilidades de explotar a los aborígenes eran nulas, los aborígenes eran pocos y huyeron rápidamente hacia los horizontes sin fin. Había tierras para todos, lo que no hubo fue una fuerza laboral que explotar.

El colonizador del Norte se convirtió en granjero y, consecuentemente, en propietario de unas tierras que parecían inacabables, lo cual significaba que eran baratas y cualquiera tenía acceso a ellas. No se formaron grandes latifundios, no tenía económicamente sentido.

Los factores sociales de los dos grupos- el mexicano y el estadounidense- eran diferentes. Y su postura ante el trabajo y los condicionantes en las relaciones laborales, también lo eran. La explotación de la fuerza de trabajo en forma de encomiendas era inconcebible para una sociedad puritana que entendía el trabajo personal como un camino hacia la redención. La sociedad mexicana de la época de la colonia estaba mucho más cerca del capitalismo salvaje del siglo XIX, que la de sus vecinos del norte, que era una sociedad con ideales rurales y sociedades naturales. Desde luego, está visión y tendencias cambiarían a lo largo del siglo XIX.

Por su parte, Corea está, en todo este periodo, inmersa en una sociedad estratificada y controlada por los poderes feudales. Tan estratificada estaba que la dinastía Choson (Joseon) gobernó la nación desde finales del siglo XIV hasta principios del XX, cuando en 1910 fue conquista por los Japoneses en pugna con China. No puede hablarse pues, hasta prácticamente su liberación en 1945, de un sistema laboral o una política de trabajo, en una sociedad de mera supervivencia, donde los excedentes eran producidos por fuerzas de trabajo muy cercanas al esclavismo; aunque cierto es que las formas de explotación eran más bien de tipo familiar y feudal, no tanto capitalistas.

Resumiendo, pues, los antecedentes remotos de la Historia Laboral de los tres países es diferente no sólo en su realidad social, sino también en la ideológica, pues mientras uno, México, partía de una sociedad estructurada sustituida por otra también estructurada y con una política económica de tendencia capitalista explotadora, otra, la estadounidense, se desarrollaba a partir de un inicio agrícola y rural en que los mayores conflictos eran los derivados de una producción de materias primas que era obligatorio vender a la metrópoli, en donde se adquirían las manufacturas y una tercera sociedad, la coreana, que en este periodo de la proto-historia Laboral, aún se hallaba en la época feudal.

Movimientos de tipo gremial aparecen en Estados Unidos en el siglo XVIII y también en México, pero no se trata tanto de organizaciones de obreros en reclamación de condiciones laborales, sino de organizaciones patronales que defendían sus parcelas de actuación. Estaban más cerca de un gremio medieval, que de un sindicato moderno.

Pero sí tenían algo en común las tres sociedades, un factor que de alguna manera las relacionaba en está primera etapa. Que las tres, por diversos caminos y por diversos sistemas, se encaminaban hacia el capitalismo y la explotación de los trabajadores. Y, consecuentemente, hacia una historia de conflictos laborales y enfrentamientos entre las fuerzas del trabajo y las fuerzas del capital.

El siglo XIX introduce un factor nuevo en las estructuras sociales y, especialmente, en las políticas: el triunfo de las teorías liberales en prácticamente todas las Constituciones que proliferaron en esta centuria . Los antecedentes están, desde luego, en la Constitución de los Estados Unidos (1787) y la de la Revolución Francesa de (1791), pero las bases dogmáticas de las Constituciones mexicanas, nacen de la Constitución de Cádiz (1812), que en gran parte marca los fundamentos doctrinales de las Leyes Fundamentales de muchos países americanos y bastantes europeos.

El problema es que la Constitución de Cádiz, y aquellas que bebieron en sus fuentes, son constituciones liberales, y el liberalismo de la época era la doctrina por la que la burguesía conquistó el poder. Es importante entender que el liberalismo no era la fundamentación ideológica de una democracia de toda la sociedad que conformaba una nación, sino de una clase social: la burguesía.

El liberalismos decimonónico estableció una democracia en la que la clase obrera no sólo tenía sus derechos recortados, sino que sus posibilidades influir en el gobierno de una nación por medios parlamentarios eran limitadas.

Es difícil hallar en los primeros textos legales mexicanos referencias que puedan sustentar unos antecedentes de derecho laboral y, sin embargo, es fácil hallar articulados que se refieren a la propiedad y su defensa. Por otra parte tampoco los obreros habían, excepto en asonadas ocasionales, planteado luchar por sus derechos ni las doctrinas esencialmente obreras habían aparecido en las sociedades que analizamos.

Pero estos hechos son propios de todas las sociedades liberales de la época, con matices. Los movimientos obreros, que integraban las concepciones marxistas de la lucha de clases, no aparecieron hasta la segunda mitad del siglo XIX. Las Trade Unions en Inglaterra no se legalizaron hasta 1871 y en Estados Unidos en 1880.

En México, a pesar de los planteamientos de grupos concienciados, que no dejaban de ser intelectuales en defensa de derechos de los trabajadores, no comenzó aparecer una legislación laboral hasta principios del siglo XX.

Hay un factor en el desarrollo social mexicano que debe tenerse en cuenta en un análisis de las condiciones laborales y son los restos de las encomiendas del colonialismo y la cuestión de la esclavitud. Las dos, fueran cuales fueran sus diferentes fundamentos jurídicos, estaban íntimamente ligadas en sus resultados prácticos. Y fueron eliminados, las dos, para mayor honra de los políticos de la época, en los primeros textos fundamentales de la nueva nación. Aunque también es cierto que la eliminación de la esclavitud proviene, en su redacción, de la Constitución de Cádiz que la abolió en España y todos sus territorios de Ultramar .

Aunque la abolición de la esclavitud fuera un considerable avance en la instauración de los Derechos Humanos, no implicó un cambio sustancial en las relaciones laborales entre patronos y obreros, excepto naturalmente en el caso de los esclavos, que pasaron de tal condición a la de obreros, que tampoco era la mejor del momento.

En Estados Unidos, a lo largo del siglo XIX se producen una transformación social y económica, que conduce al país de una sociedad profundamente arraigada en valores tradicionales y rurales, a un capitalismo extremo y a la industrialización como motor del desarrollo del país. Un modelo industrial que sólo podía estructurarse sobre la base de una inmigración que cubriese los puestos cualificados y, más aún, los no cualificados.

El desarrollo industrial que sufrió diversos altibajos a lo largo del siglo, se acelera después de la Guerra Civil (1863-65) y en 1877 se producen las primeras huelgas de ferroviarios, que dicho sea de paso trabajaban en condiciones de semiesclavitud, y fueron reprimidos, según los cánones de la época, a balazos y prisión. En 1880 se funda la Federation of Organized Trades and Labor Unions (Trade Unions de Estados Unidos) sus objetivos: la jornada de ocho horas , protección al trabajo infantil y de las mujeres y mayores condiciones de salubridad en los puestos de trabajo. En 1885 las Trade tenían 100.000 afiliados, el año siguientes 1886, 700.000. Este mismo año se establecía el 1 de Mayo como Día del Trabajo por medio de una huelga general que paralizó más de 12.000 fábricas. La Huelga General se extendió a los días siguientes y los despidos, manifestaciones, cargas policiales, heridos y muertos se sucedieron. Hubo condenas a muerte y prisión, violencia por ambas partes. Aquellos acontecimientos marcaron un antes y un después.

Es difícil establecer en esta etapa del desarrollo de la lucha social si el origen de los sucesos reivindicativos obedecían a la influencia de una doctrina política, en este caso el socialismo, que no estaba muy extendida y cuyos principios doctrinales aún eran cosa de cenáculos intelectuales, o las infames condiciones de trabajo. Lo más probable es que los estallidos, especialmente los primeros de los ferrocarriles, fueron debidas a los condicionamientos laborales y que los cuadros socialistas en formación vieran las posibilidades que tenían y organizaran, proporcionando la infraestructura, el movimiento. De hecho los primeros acontecimientos fueron dispersos y más cercanos a un anarquismo práctico que a planteamientos teóricos.

Corea continuaba en otro periodo histórico que nada tenía que ver con los dos países americanos. Seguía bajo un sistema feudal e inmersa en una economía preindustrial.

Un análisis comparativo entre México y Estados Unidos de esta época que corresponde a la segunda mitad del siglo XIX, también es difícil de esbozar por cuando las dos sociedades, que si bien se dirigían ambos hacia unas estructuras capitalistas modernas, caminaban sobre la base de parámetros diferentes.

Por una parte en México prevalecían los condicionantes sociales sobre los puramente laborales. No se intenta decir que la situación laboral no fueran en sí misma un fuerte condicionante, ni que las condiciones laborales no tuvieran los mismos problemas o parecidos a las del vecino del norte. Sino que en la sociedad mexicana se daban otras situaciones que la abocaban primero a una revolución y más tarde a solucionar los planteamientos concretos, como era el laboral.

Puede decirse que la situación laboral influyó en la revolución, pero más cierto es que lo que la provocó fue la situación social del país entero y, especialmente, la percepción política diferente de los mexicanos. México se encaminaba a una reorganización de las estructuras gubernativas, reestructura que orientaría su futuro político durante muchos años.

Es evidente que en los dos casos se trataba de una lucha de clases, un enfrentamiento entre estamentos que se dio en la mayor parte de los países occidentales en este periodo, eso sí de diferentes formas y con mayor o menor virulencia. Y también es cierto que un enfrentamiento de clases era, en esencia, una lucha por el poder económico, o por lo menos por su control, que viene a ser lo mismo.

En México el elemento predominante era el rural y la industrialización de la economía aún no se había dado. La fuerza del trabajo industrial no era tan considerable como para reorganizar la sociedad, pero si lo era la fuerza de trabajo rural. No hubo Revolución Industrial, o por lo menos no en esta época. El problema es que, como dejó sentado Marx, la revolución marxista era cosa de los obreros de las fábricas, no de los campesinos. México basó dicha revolución en el campesinado. Otra cosa es si se considera fue una autentica revolución, si cumplió sus objetivos y cambio la sociedad o quedó a medio camino.

Dicho de otra manera, en México los verdaderamente oprimidos, los que no soportaron las condiciones establecidas, fueron los campesinos. Y su manifestación la Revolución institucional.

En cambio, en los Estados Unidos los sectores agrícolas eran conservadores y, excepto en los estados del sur, donde las condiciones laborales se mezclaban con las raciales, no existía una fuerza de trabajo agrícola no propietaria. Prácticamente se trataba de granjas familiares con muy pocos o ningún asalariado.

Sin embargo, si se dio allí una Revolución Industrial que, salvando las distancias y las magnitudes también, tenía semejanzas con la inglesa, que fue el motor de todo el proceso europeo. Las concentraciones de fabricas en determinadas ciudades, la explotación de gran número de yacimientos minerales, y obras del calado de los ferrocarriles, absolutamente necesarios en un país de las dimensiones y necesidades de cohesión de Estados Unidos, crearon una industria potente que necesitaba, a pesar de su creciente mecanización, enormes cantidades de obreros.

Las condiciones de trabajo, por otra parte propias de la mayor parte de los países europeos en aquellos tiempos, fueron el detonante de los movimientos asociativos de los obreros y también de las acciones violentas. En cualquier caso, aquí el interés, en buena parte, no fue político sino puramente económico: mejorar la calidad y cantidad de trabajo, los salarios y las condiciones laborales.

Hubo lucha de clases, desde luego. Y los obreros propiciaron una revolución, porque revolucionarios fueron los cambios que se produjeron a lo largo de la lucha por los derechos laborales. Pero en ningún momento fueron políticos- entendiendo este término como referido a la estructura del estado-, no atacaban a los fundamentos del Estado, ni a su concepción constitucional. Se atacaba a las empresas y a las estructuras económicas. No intentaban- en la inmensa mayoría de casos por supuesto- un cambio de las bases de la Nación, sino el sistema económico.

En México se puso en cuestión a la vez la estructura política y la económica, en Estados Unidos, sólo la económica.

Cierto es que, en Estados Unidos, las tensiones económicas se solucionaron con medidas económicas. El gobierno de los Estados Unidos nunca fue intervensionista en la economía- excepto en una ocasión como veremos- , la tendencia era dejar que las leyes del mercado se impusieran. Y de hecho, se impusieron, claro está que siempre a favor del más fuerte que es el capital. Pero el capital americano entendió, bastante pronto, que un trabajador bien pagado no sólo es un problema solucionado sino que se convierte en un cliente. Esta posición temprana del empresariado americano explica, en gran parte, el fracaso en Estados Unidos-una economía extraordinariamente industrializada - del comunismo y del mismo socialismo en general. Optaron por soluciones económicas a los planteamientos económicos y sociales de los trabajadores.

El problema de México era diferente, porque por una parte las medidas económicas se entrelazaban con las políticas y los que debían solucionarlas eran los políticos y, en todo caso, los terratenientes, no los empresarios, entre otras cosas porque no había empresarios, ni una industria potente con gran número de obreros.

Y, no hay que olvidarlo, el sistema de Estado de México, como por lo general los europeos, era intervensionista en la economía. Dicho de otra manera, era el Estado, a través del gobierno de turno, quien debía establecer las medidas que solucionaran los problemas, y al hacerlo desde una perspectiva política, solucionaron poco o nada, bajo el aspecto económico, claro está.

El sistema de Estados Unidos no fue una garantía contra las crisis, desde luego. El crack del 29 puso en cuestión un sistema librecambista basado sencillamente en las leyes del mercado. Aunque hay que advertir que el hundimiento no fue consecuencia de la industria, ni de la agricultura, ni siquiera del comercio interior o exterior, sino de la especulación bursátil. O sea del paradigma más capitalista posible. El negocio del dinero, que proporcionó, esto es cierto, una expansión comercial inusitada en los años precedentes, con índices de consumo altísimos en función de unas supuesta ganancias financieras, estalló en una crisis sin precedentes, que arrastró a todos los sectores de la vida económica y provocó una recesión en Estados Unidos y, de paso, en el mundo entero.

La situación laboral del país, que se colapso, no era el marco apropiado para reclamaciones, sin embargo, aunque la crisis golpeó a todos los sectores, no fueron los industriales los más castigados, peor les fue a la agricultura y a los servicios. Los parados en 1932 alcanzaron los 12.000.000 de personas que suponían el 25% de la población laboral. Sin embargo el país superó la crisis, especialmente a partir de la entrada en la II Guerra Mundial. Que implementó hasta el grado máximo la política de gasto público de Keynes y cambio definitivamente el signo de la economía del país.

Y por último, es evidente que un estudio comparativo de la historia laboral de los dos países debe tener en cuenta no sólo los diferentes planteamientos históricos- evolución en el tiempo-, sociales- diferencias culturales-, económicas- las riquezas relativas-, sino también su proyección internacional.

Y en este punto, Estados Unidos, que en este periodo que se ha estudiado pasa de ser una nación de tercer orden a líder mundial, posee unas característica sen todos los sectores de su identidad nacional y , por supuesto laboral, que le convierten en un ejemplo único.

Es cierto que en dicho país se dan situaciones laborales de extrema explotación- los inmigrantes hispanos por ejemplo-, y condiciones de alta injusticia social, pero la situación laboral y económica de la mayor parte de la población con influencia en las organizaciones e instituciones sociales, es tan favorable que difícilmente pueden, hoy día, darse situaciones de alta crisis laboral. Lo cual no implica que no se den huelgas o conflictos laborales.

El problema está en si son comparables con los mismos en otros países, especialmente México y Corea.