TÉCNICAS POLITOLÓGICAS PARA LA GESTIÓN DE PROYECTOS SOCIALES

TÉCNICAS POLITOLÓGICAS PARA LA GESTIÓN DE PROYECTOS SOCIALES

Eduardo Jorge Arnoletto

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Sistemas de Estados.

Esta noción entraña el reconocimiento de la existencia de un relativo orden dentro de la anarquía internacional y de una cierta interdependencia de los Estados como partes de un conjunto mayor, que es el sistema internacional.

La existencia de formas de relación y equilibrio como éstas no anula, y, por el contrario, presupone la existencia de la anarquía internacional. Se trata de crear una férrea jerarquía de Estados, de grandes potencias (que tutelan por sí mismas sus intereses) y de pequeñas potencias (que deben buscar el apoyo de las grandes).

Las relaciones internacionales se encuadran en un sistema de esta naturaleza porque es el modo en que las grandes potencias preservan el equilibrio de poder y procuran impedir la hegemonía unificadora de alguna de ellas. No excluye la violencia y la guerra pero garantiza la autonomía de los actores principales del sistema, que son polos autónomos de equilibrio, y, hasta cierto punto, la de las potencias menores, según cual sea su esquema de alianzas.

Todo sistema de Estados se fundamenta en el equilibrio, que es la condición del mutuo reconocimiento de los Estados y la razón de la relativa vigencia del Derecho Internacional, que no se debe a ningún principio axiológico sino al reconocimiento realista de la necesidad de convivir de alguna manera.

Hay dos modelos típicos de configuración de sistemas de Estados: pluripolar y bipolar. En el primero encontramos varios actores principales, con fuerzas similares; en el segundo, priman dos actores que se convierten en centros de coaliciones de potencias menores forzadas a "tomar partido".

El ejemplo típico del primer caso es el sistema europeo de Estados emergente del Congreso de Viena (1814-1815), caracterizado por cierta elasticidad de las alianzas, una ponderable autonomía de las potencias menores y una tendencia a generar una estructura formal (institucionalizada) de relación.

El ejemplo típico del segundo caso es el sistema internacional EE.UU./U.R.S.S., que emergió de los acuerdos de Yalta, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, caracterizado por la rigidez de las alianzas, la inestabilidad y tensión contínua, con permanente riesgo de que los conflictos locales conduzcan a la guerra total.

Ese escenario ha experimentado recientemente una brusca mutación. Nos encontramos ahora en una fase de transición: hacia dónde? Nadie sabe en verdad cómo va a ser el mundo futuro: en el pasado reciente han sucedido demasiadas cosas inesperadas como para pretender ahora una certeza en la proyección del futuro.Puede haber hechos fortuitos (innovaciones tecnológicas, especialmente en materia de energía, nuevas emergencias ideológicas y hasta religiosas) que cambien el futuro previsible. Ahora, el escenario que nos parece más probable es el siguiente:

El mundo bipolar que emergió de Yalta ha muerto. El derrumbe del sistema soviético ha dejado a los EE.UU. en una situación aparente de hegemonía incontrastable, y así parecieron creerlo los dirigentes americanos en la Guerra del Golfo. Es ello cierto? Para que una potencia pueda detentar la hegemonía incontrastada en un sistema, debe contar con cuatro supremacías: político-militar, tecnológica, económico-financiera y cultural. EE.UU. ahora cuenta sólo con la primera, herencia de la carrera armamentista durante la guerra fría con la URSS. A ella sacrificó todas las demás. Como dijo Atilio Borón:"...en el combate de los gladiadores, uno está muerto y el otro gravemente herido...".

La supremacía tecnológica está hoy en Japón y en Europa, principalmente en Alemania. La supremacía económico-financiera se ha internacionalizado mucho y es difícil señalar un centro, pero algunos datos apuntan a Japón e Inglaterra. El fracaso ya evidente del modelo neoconservador, el endeudamiento y la recesión de la economía americana, y el crecimiento sin paralelo de su población marginal, indican claramente que ya no es el centro económico del mundo. La supremacía cultural es difícil saber dónde está hoy, pero seguramente no está en los EE.UU., cuya chatura intelectual actual, falta de creatividad y de modelos sugerentes (como fué en otros tiempos el "american way of life") son notorios. El resultado de las recientes elecciones presidenciales es el claro síntoma de una reflexión y de una reacción saludables, pero tienen evidentemente un largo camino por delante para recuperar algo de su pasado esplendor.

En síntesis, EE.UU. ha perdido su primacía en los otros tres campos, y es en sí mismo un mundo en decadencia, en el cual cada vez más se difunde la droga como mecanismo de adaptación-evasión. Creemos que difícilmente encontrará una fuente endógena de energías suficiente como para recuperar la vigencia plena de sus valores tradicionales. No hay antecendentes históricos, por otra parte, de que un imperio haya logrado revertir la tendencia declinante una vez iniciado el ciclo de su decadencia.

Por otra parte, la primacía político-militar es la más frágil de las cuatro, porque es consecuencia de las otras tres y de un cierto orden de prioridades en el empleo de los recursos. Otros actores internacionales pueden disputarle esa primacía si se lo proponen... Por ese motivo, consideramos transitoria la actual hegemonía monopolar y creemos que el mundo va hacia una estructura multipolar; más específicamente, tripolar.

EE.UU. actualmente se repliega sobre sí mismo y sobre "su" hemisferio. Constituye, por ejemplo, una unión económica con Ca-

nadá y México (probablemente éste último sea el encargado de los trabajos sucios y contaminantes), para generar un espacio económico más amplio e integrado; y busca modificar, como ya vimos, su modo de relación con el resto de los países del hemisferio. Desde esa posición espera poder enfrentar, ya no en el campo militar sino en el económico-financiero a dos formidables competidores emergentes: Japón y Europa Occidental.

Por eso decimos que la situación internacional evoluciona desde un modelo bipolar hacia un modelo tripolar, más complejo, donde el enfrentamiento ideológico-militar será reemplazado (al menos, por un tiempo) por la competencia económica, con todas sus implicaciones tecnológicas, científicas y culturales. Y dijimos "al menos por un tiempo" porque no conocemos ningún caso histórico en que los conflictos de intereses económicos y políticos no terminaran teniendo alguna expresión bélica.

Es probable que Japón, hasta ahora un mundo muy cerrado en sí mismo, busque la integración (subordinante?) con otros países industriales del sudeste asiático, como Corea, Taiwan y Singapur; y probablemente con Filipinas, China y Australia, generando un bloque económico (de laxa estructura política) con hinterland y recursos naturales que ahora le faltan. Dicho bloque podría extender su influencia hasta Siberia y Mongolia. Mirándolo bien, sería la realización, por vía económico-financiera, de los designios imperiales del Japón Meiji y de sus estrategas de principios de siglo.

No hay que perder de vista la evolución de la situación político-económica de China, único país importante que intenta la liberalización y crecimiento de su economía conservando su orientación política autoritaria, de inspiración marxista-maoísta y nacionalista. En los últimos años, la extraña receta ha dado buenos resultados económicos, con un crecimiento del PBN superior al 10% anual, y sin resistencias políticas fuertes, luego de la sangrienta represión de los estudiantes en Pekin. No debe confiarse demasiado en la inestabilidad del maoísmo, porque éste se inspira en el marxismo pero también entronca fuertemente con la secular tradición política nacional china y se está mostrando muy adaptable a nuevas circunstancias. Si se cumplieran los designios de los actuales dirigentes chinos, en veinte años se habría desarrollado en China una economía más grande, en números absolutos, que la actual de los EE.UU. y China podría disputarle a Japón su rol de centro del polo de poder mundial estructurado en el Sudeste asiático.

Europa Occidental, al parecer, culminará próximamente (y no sin sobresaltos) su proceso de integración interna (la C.E.E.) y deberá enfrentar luego un proceso largo y dificultoso, pero en nuestra opinión inevitable, para integrar a su sistema a los países de Europa Oriental, incluyendo la ex-URSS; y buscará también extender su influencia sobre los países árabes del Medio Oriente y el Magreb.

El mundo árabe será sin duda una fuente de roces en el mundo futuro, y su control será disputado por los tres centros del poder mundial, a menos que el agotamiento de sus recursos energéticos o la aparición por innovación tecnológica de una fuente alternativa de energía le quiten toda importancia, en cuyo caso tornará a su conflictivo ensimismamiento anterior y a su tradicional pobreza, por un largo tiempo, hasta que encuentre la forma de hacer evolucionar su legado cultural sin perder identidad. Personalmente creemos muy probable que sea descubierta esa nueva fuente energética, si no es que está descubierta ya, y a la espera de favorables condiciones para su difusión.

Muchas veces se ha comparado al Imperio Americano con la Roma Imperial. Siguiendo esa analogía, el bloque europeo podría ser ahora algo así como la "nueva Bizancio", el nuevo Imperio Bizantino. Recordemos que la poderosa Roma cayó pronto, y que el Imperio Bizantino, más discreto en el ejercicio de su poder, la sobrevivió mil años... La historia nunca se repite exactamente, pero si algo así pasa, a nuestro juicio podría ser atribuído a la supremacía cultural europea, por su raíz tradicional y su capacidad de formular respuestas creativas a las nuevas condiciones.

Un aspecto general a tener en cuenta en este modelo del mundo futuro es que quedan muy pocos años para seguir fingiendo que nos ocupamos del equilibrio ecológico del planeta y de la preservación de sus recursos mientras en realidad no hacemos nada que lesione los intereses económicos del momento. Creemos que está próxima (quizás para las primeras décadas del siglo venidero) una crisis ecológica que nos obligará a ocuparnos en serio del tema por razones de simple supervivencia.

El mundo que avizoramos es, pues, tripolar, con cabeza en los EE.UU., la Comunidad Europea y el Japón (o China). En ese esquema, al haberse acentuado la decadencia del núcleo del Imperio Americano, y al haberse desgastado por otra parte la ideología neoliberal que ahora prima, América Latina sentirá la limitación del modelo de la dependencia provincial y la molestia de estar atada a un imperio decadente. Podrá iniciar entonces un juego pendular, destinado a obtener, probablemente no autonomía (que quizás será un valor poco apreciado en un mundo muy integrado y de alta conciencia planetaria y enfrentado a graves problemas globales como la superpoblación y la crisis ecológica-climática), sino un intercambio equitativo. De todos modos no configurará en ningún caso un protagonismo histórico de primera fila. Tal es, a nuestro juicio, la proyección más realista hacia mediados del próximo siglo.

Volviendo a los desarrollos conceptuales, y para terminar este tema de los sistemas de Estados, cabe mencionar el fenómeno de las organizaciones internacionales, expresión de la tendencia asociativa (propia de todo cuerpo social) que también se manifiesta en la comunidad internacional.

La forma de organización más simple es el pacto internacional entre dos o más Estados, expresión de un acuerdo para la colaboración normada en pro de un interés común. La forma más compleja conocida hasta hoy es la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que tiene funciones normativas, ejecutivas (aunque limitadas), militares (en forma excepcional) y de asistencia, con objetivos de paz internacional y colaboración para el desarrollo.

Aparte del tema de los sistemas de Estados, recordemos que al principio dijimos que la expresión "relaciones internacionales" tomada como realidad, abarca la política internacional (relaciones interestatales o gubernamentales) y las relaciones trasnacionales (o no gubernamentales).

Estas últimas han cobrado una importancia grande y creciente, en particular a causa de fenómenos de concentración y crecimiento de empresas privadas y de la expansión internacional de sus actividades, o sea la aparición y desarrollo de las empresas multi-nacionales (EMN) que por la magnitud de los intereses que manejan y su poder influencial, llegan incluso a afectar las relaciones interestatales, y, por cierto, la vida interna de los Estados donde asientan sus actividades.