LAS FINANZAS PÚBLICAS EN MÉXICO. 1988-2006

LAS FINANZAS PÚBLICAS EN MÉXICO. 1988-2006

Hilario Barcelata Chávez

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FINANZAS PÚBLICAS

27 de noviembre de 1992

Uno de los éxitos más contundentes de la actual administración salinista es, sin duda, el superávit del presupuesto público. Orgullo personal del Secretario de Hacienda, Pedro Aspe. Y no se puede negar que dicho superávit es una meta difícil de alcanzar. Para su consecución debieron hacerse muchos ajustes; disciplinar el gasto, incrementar el ingreso. No fue, pues, una tarea fácil. Durante muchos años el gobierno mexicano incurrió en constantes y crecientes déficits presupuestales, hasta que ello se volvió una situación incontrolable que afectaba el buen funcionamiento del sistema económico. Nunca se encontró una fórmula para eliminar los déficits. Es muy probable que, en realidad, no se buscara realmente eso. El déficit presupuestal era el instrumento fiscal para impulsar el crecimiento económico.

Es con la llegada del equipo salinista que se establecen medidas concretas para cambiar por completo esa situación. La meta: eliminar el déficit y generar superávits. La razón: un gasto público que rebase los ingresos y dé como resultado un saldo negativo, genera inflación. Por tanto, el primer paso para combatir la inflación fue eliminar el saldo negativo, es decir, el déficit público.

Hoy que finalmente la meta no sólo se ha logrado sino que, además, se mantiene, podemos preguntar ¿ha servido para algo alcanzar un superávit? ¿Estamos mejor hoy con superávit, que ayer con déficit? Porque no hay que olvidar que en el afán de reestructurar las finanzas públicas, el gasto público se redujo a su mínima expresión cancelando con ello subsidios al consumo, a la producción, cerrando empresas paraestatales, cancelando programas de creación y mantenimiento de infraestructura, y programas de tipo social. Mientras que, al mismo tiempo la carga fiscal sobre la ciudadanía se amplió.

Si como se afirma, el superávit ayudó a reducir la inflación, también es cierto que para lograrlo se redujo el nivel de bienestar de la población y se afectó seriamente el potencial productivo de la economía nacional.

Y es que, en el fondo, la existencia de un superávit presupuestal entraña una contradicción importante. El fin último de un gobierno, no es el lucro sino la satisfacción de las necesidades de toda la población nacional. Es decir, su fin no es obtener el mayor nivel de ganancias, entendidas éstas como la diferencia entre ingresos y los gastos. En todo caso, lo importante es obtener mayor cantidad de recursos posibles (ingresos), para poder satisfacer las necesidades, aplicando estos recursos a través del gasto. De modo que entre más se gaste, se entiende que más necesidades quedan satisfechas. Se entiende también, que como las necesidades crecen más rápidamente que los ingresos, es muy común que los gastos superen a los ingresos. Es cuando se incurre en un déficit que generalmente se financia mediante deuda pública.

Vistas así las cosas, el hecho de que exista un superávit significa que los ingresos son superiores a los gastos. Y si esa situación se mantiene por un tiempo prolongado, significa que el gobierno esta acumulando recursos en importantes cantidades. La existencia de este saldo positivo en las finanzas públicas podría hacernos pensar que los ingresos son tan grandes que alcanza para todo y hasta sobra, o que simplemente ya no hay más necesidades que satisfacer. Pero en un país como México del que conocemos sus amplias carencias, no es posible pensar que ya no hay que aplicar el gasto público. Es mas, el hecho de ufanarse detener un superávit público, es irónico y hasta ofensivo en un país en donde lo que urge es aplicar más recursos públicos para el desarrollo.

Vuelvo a preguntar ¿para qué nos sirve el alardeado superávit con tantas carencias de por medio, si para obtenerlo ha sido necesario dejar de atender esas carencias?. El Doctor Aspe contestaría que el superávit da estabilidad a la economía. Y uno puede preguntar otra vez ¿nos ha servido de algo la estabilidad?

Haciendo un balance entre lo que hemos dejado de obtener o hemos perdido para lograr el superávit y lo que hemos ganado con la estabilidad económica ¿compensa una cosa la otra? ¿Estamos mejor ahora?

El gasto que eroga el gobierno no es sino la forma en que retribuye el ingreso que obtiene de la ciudadanía. Quien paga sus impuestos sabe que el gobierno le retribuirá su pago en forma de algún servicio público o vía programas de apoyo. Pero si no hay retribución, si el gobierno acumula los ingresos sin aplicarlos para impulsar el desarrollo de la comunidad, esta dejando de cumplir con su propósito esencial. Y, lo que es peor, defrauda a la ciudadanía.

Mientras haya carencias tan grandes como las que existen en nuestro país no existirá razón alguna para que el presupuesto público sea superavitario y, mucho menos, para que alguien se ufane de ello.