LA GESTIÓN LOCAL DEL DESARROLLO
EXPERIENCIAS DE PANAMÁ, ESPAÑA. MÉXICO, ARGENTINA Y PERÚ

LA GESTIÓN LOCAL DEL DESARROLLO EXPERIENCIAS DE PANAMÁ, ESPAÑA. MÉXICO, ARGENTINA Y PERÚ

Lorena G. Coria (coordinadora)

Volver al índice

 

 

 

 

3. La importancia de los apoyos institucionales en el nacimiento de actividades productivas

El marco de referencia en el que se sitúa nuestro objeto de estudio es la estructura agraria mexicana, denominada el ejido , cuyo inicio se remonta a la reforma agraria de 1915. Una de las peculiaridades del ejido fue su intención de integrar unidades de trabajo colectivo, aunque en la realidad, sólo se llego a tener cooperativas de producción agrícola.

Para Eckstein (1978: 455), es posible reconocer dos tipos de desarrollo de cooperativas en relación al ejido: Por un lado, las que comienzan “desde abajo”, cuando la cooperación se da como un movimiento popular, iniciado y realizado por los cooperativistas mismos, impulsados por la voluntad firme y decidida de establecer la cooperación económica o de otra índole, con poca o ninguna intervención del estado; y por otro lado las cooperativas “de arriba hacia abajo”, formadas al momento en que la iniciativa emana del gobierno, que desea directamente establecer y estimular a las cooperativas, llamándolas a desempeñar determinadas funciones económicas y sociales. Este último caso, es el que se encuentra en la mayor parte de los países en proceso de desarrollo, y el que se toma como referencia en el análisis de la agrupación (GERS) que nos compete.

Ahora bien y en relación con las instituciones de apoyo y el ejido, una de las etapas más importantes para el desarrollo de éste en México, es la que va de 1934 a 1940, en el mandato del Presidente Lázaro Cárdenas, en el cual se da la mayor distribución de tierras, 20 millones de hectáreas y la creación de 11 mil ejidos. Asimismo en este período se da la creación del Banco Nacional de Crédito Ejidal, en 1936, el cual fue segregado del Banco Nacional de Crédito Agrícola y en sustitución de los Bancos Regionales (Eckstein, 1978: 58).

Un segundo período de importancia se observa en 1970, con la renovación de la reforma agraria que incluyó un innovador modelo de financiamiento, el cual incorporo a los ejidos y a las comunidades como intermediarios en las relaciones de los productores rurales con la banca de desarrollo. En ese tiempo también se crearon nuevas instituciones para apoyar y fomentar la modernización de los espacios agrícolas, así como políticas innovadoras que tomaron en cuenta a la mujer en el sistema productivo, o incorporaban subsidios para la adquisición de insumos, el almacenamiento de las cosechas de granos, y la comercialización, entre otros (González Santana, 2005).

Otro de los programas que incrementó su apoyo a los ejidatarios o campesinos en el periodo fue el Fondo Nacional de Fomento Ejidal (FONAPE fundado en 1950), que como parte de la Secretaría de la Reforma Agraria, se constituyó en una agrupación institucional oficial ligada al sector campesino nacional en la promoción de la industrial rural, misma que para 1970 apoyó únicamente tres pequeñas industrias en el país, dos talleres de sombreros en Oaxaca y una planta de productos lácteos en Zacatecas. Seis años más tarde, en 1976, el fondo financió a 351 empresas campesinas que abarcaban diferentes actividades económicas en los sectores forestal, agropecuario, turístico, manufacturero, pesquero y de la construcción (Alcántara Ferrer, 1979: 8).

Paralelamente dentro del Programa de Desarrollo Rural (PIDER en 1973) se canalizaron fondos del gobierno federal y del Banco Mundial con el objetivo de reestructurar la economía campesina cubriendo tres áreas básicas: a) infraestructura física y económica; b) actividades productivas (agricultura, ganadería, minería, pesca, fruticultura y pequeña industria); y c) infraestructura social (principalmente capacitación técnica, salud, y vivienda).

El PIDER coordinó la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) en aspectos relacionados con pequeños talleres de fabricación de telas y ropa en las que se ocupaban 400 campesinos (hombres y mujeres), además de algunas empacadoras de frutas y verduras en los estados de Chihuahua, el Estado de México, Nayarit y Aguascalientes; plantas pasteurizadoras en Coahuila y Jalisco y unos 20 talleres de costura que ocupaban a 600 trabajadores (Austin citado en Alcántara Ferrer, 1979: 9).

Otro planteamiento en este mismo renglón es el de la Comisión del Sur del Estado de Jalisco, formado a partir del año 1965, cuyo objetivo fue el apoyo a lo que se llamo “Industrias Colectivas del Pueblo”, de 45 municipios que en ese momento comprendía la región sur. Para 1974 iniciaron talleres en algunos municipios importantes como Tuxpan y Ciudad Guzmán, y lugares de menor extensión como Copala, Tonila, San José de la Tinaja, entre otros, en los cuales se manufacturaron camisas, pantalones, zapatos, suéteres y algún tipo de alimentos de conserva, elaborados de manera doméstica (salchichas, piloncillo, panela y pan); en tanto que para fines de 1975 en el sur de Jalisco se tenían organizados 125 talleres con 1500 trabajadores-miembros produciendo 34 diferentes tipos de mercancías. A estas fechas las industrias integraban una red y contaban con el apoyo y el reconocimiento de 42 presidentes municipales (95% del total) (Alcántara Ferrer, 1979: 28-33).

Adicionalmente a las experiencias anteriores, el apoyo financiero de tipo gubernamental generador de iniciativas locales, tiene entre otros referentes, los siguientes dos casos documentados por Mantilla (1989), y relacionados con el programa de desarrollo rural denominado Unidad Agrícola Industrial para la Mujer Campesina (UAIM), creado en 1971 durante el sexenio de Luis Echeverría con la característica de que ambos casos basaron su trabajo en la producción avícola:

El primer caso, se desarrolla en la región henequenera de Yucatán, la UAIM de Hoctún, la cual se constituye en 1976 con 35 mujeres como integrantes. Durante cuatro años trabajan haciendo pasteles, hamacas, y principalmente bordando y pegando partes de blusas con un sistema de maquila. No es sino hasta 1981 cuando a partir de diferentes tipos de apoyos y programas se da la formación de la UAIM avícola de Hoctún, y se consigue la primera remesa de pollos financiados con créditos refaccionarios, y que emplea a 26 mujeres.

Una característica peculiar de esta unidad agrícola, y por tanto su radical impacto, es el hecho que las mujeres de la UAIM avícola de Hoctún viven en un medio rural donde tradicionalmente no se ha requerido del trabajo agrícola femenino, por razones como el subsidio económico del monocultivo del henequén y el absoluto control político de los productores henequeneros por parte del Banco Rural y de la Confederación Nacional Campesina. Asimismo, la población de Hoctún vive en condiciones económicas limitadas, con muy poco contacto urbano, además de pertenecer a un grupo étnico históricamente subordinado, es decir bajo condiciones de inferioridad por cuestión de género.

El segundo caso, es el de la UAIM de Orandino que pertenece al municipio de Zamora, Michoacán. Esta unidad es fundada en 1976 y es formada por 35 mujeres. Una de las características de las mujeres de la UAIM avícola de Orandino es que ellas como mano de obra femenina en las labores agrícolas son tan solicitadas como la fuerza de trabajo masculina, por lo tanto forman una población completamente integrada a una economía comercial y que además tienen una relación limitada con el Banco de Crédito Rural.

La localidad de Orandino se encuentra a seis kilómetros de Zamora dentro de Valle de Zamora, en donde la agricultura tiene diferentes tipos de cultivos como la fresa, el trigo, y el sorgo. Asimismo existe un desarrollo de la ganadería, misma que está orientada a la producción de la leche. Además de la bondad de su ubicación geográfica con respecto a la infraestructura de vías de comunicación, encontrándose a dos horas de las ciudades de Guadalajara, Morelia y Uruapan.

De lo anterior expuesto podríamos deducir la importancia del territorio para desarrollar un proyecto de las mismas características pero con diferencias territoriales y con singularidades sociales completamente diferentes.

Una diferencia importante entre un proyecto y otro es que la participación en Hoctún fue inducida por el Banco de Crédito Rural y la CNC, en cambio la de Orandino, fue realizada por las mismas mujeres integrantes de la unidad, quienes solicitaron los apoyos, organizaron, y administraron los pagos de los créditos otorgados. Por lo anterior, se puede decir que los resultados económicos fueron más positivos en Orandino, pero el impacto social que se dio en torno a la comercialización de los pollos fue más grande en Hoctún; es decir al ser más pequeño y tener pocas alternativas de desarrollo fue más significativa que en Orandino (Mantilla, 1989: 104).

Debemos hacer notar que el trabajo que se desarrollo en Hoctún si fue coordinado directamente por el ejido, mientras que en Orandino se solicitó únicamente el apoyo, desligándose el grupo de mujeres del ejido y de la institución gubernamental en cuanto liquidó su apoyo.