BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


TEMAS

Francisco Javier Contreras Horta

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TRES AMIGOS

Allá donde el cielo se junta con la pradera; donde los altos cerros unen sus cumbres formando una meseta; donde las nubes, sendas flores, forman un jardín de fragancias y formas variables como el viento; allá, caminaba una yunta con su rítmico andar. El labrador iba tras ella al mismo paso, como formando un solo ser. Un ser mustio y silencioso que efectuase una extraña ceremonia, o no sé qué rito pagano. Parecía que cantaba con los pies, con sus formas, con sus sombras, con su silencio. Había una musicalidad serena, casi imperceptible, en el roce del arado con la tierra, del barzón con el yugo, y de la algarabía lejana de las aves canoras.

Al pintarrajease de bronce y púrpura la tarde; el labrador dejaba su yunta, guardaba sus avíos, tomaba su morral, montaba en su bicicleta y se echaba a volar por el camino real.

Dando tumbos, esquivando baches, venía una desvencijada camioneta; toda una cacofonía de láminas sobre cuatro ruedas; que hablaba de muchos años de trabajar al servicio del granjero. Este la conducía sereno, seguro. Con una mirada que decía poco al que no lo conocía, pero que, según opinión de los que lo trataban, hablaba de un corazón de oro que se había vuelto legendario entre quienes habían recibido su ayuda o conocían su fama. Y es que no había propio o extraño que se hubiera acercado a él en busca de ayuda, que hubiese vuelto con las manos vacías. No era rico, pero sí muy capaz de endeudarse si fuera preciso, para atender las necesidades de quien se lo solicitara.

Era un gran tipo pues. Siempre andaba a la caza de nuevas formas de trabajar, técnicas de cultivo más productivas, formas de organización más eficientes. Siempre buscando mejorar su granja, siempre dispuesto a servir a quien se lo solicitara. Los rancheros, al pasar, lo miraban con simpatía; lo saludaban los niños, le suspiraban las jovencitas. Hasta el agiotista lo respetaba y deseaba hacer negocios con él; seguramente era éste la única persona en el mundo, con quien podía tratar aquél sin temor a ser timado.

El camino termina en la Santa Cruz, que remata la colina que domina el pueblo de San José. Allí estaba el pensador, sentado en el pasto, recargado en el pedestal de la sagrada figura. Veía hacia el cielo y miraba quieto a sus sueños brincotear entre las nubes. Abajo estaba el pueblo, bañado por las lluvias de junio. Lucía limpio y radiante como un niño en día domingo, antes de misa de ocho. Aquí y allá, se levantaba de las chimeneas, un humo sabroso de ocote, roble y palo colorado; que hacía pensar en tortillas, frijoles, queso..., quizá pan y leche: un olor que despierta el hambre.

Llega el granjero y lo saca de su ensimismamiento.

Allá por el camino que atraviesa el monte, baja un jinete en bicicleta. Este sí que vuela,... especialmente en las bajadas. Anuncia su llegada con un silbido y una carcajada. Es un tipo joven, lleno de vida, un ser que se consume en el surco. Una existencia dura, bien trabajada, mal comida. En su sonrisa hay una esperanza: el próximo año será mejor. Parece que en vez de comida come ilusiones. Sus manos recias, su cuerpo enjuto; quizá marchito antes de madurar. No ha visto otra cosa en su vida que trabajo y dolor. Su ser o no ser, se traduce en hacer o no hacer; y sólo sabe hacer, no sabe no hacer. Si no tiene algo para laborar se aburre, y entonces está peor que en la tarea; por lo tanto se pone a trabajar. No comprende al pensador. No entiende como éste puede pasarse horas enteras "sin hacer nada", no entiende su pasividad.

El pensador lo mira llegar. Es un gran amigo. Como todas las tardes, se juntan a planear con el granjero; a descansar con el labriego; a pescar recuerdos en el río del atardecer, como lo hace el pensador. Cuando han aparecido todas las estrellas, hay una sinfonía, en la que cada árbol es un instrumento de viento y cada perro un solista. En la vasta vaguedad del firmamento, hay preguntas que se responden una a una. Cada astro que titila, es una boca que emite todo un caudal de sabiduría, de paz, de esperanza. Los amigos platican ininterrumpidamente; a veces también entre ellos. - cuando el pueblo está en silencio, cuenta sus cosas a los demás; pero todos están dormidos, sólo tres escuchan -.

El granjero hace planes: una máquina nueva, un cultivo diferente, una manera distinta de hacer las cosas. ¿Por qué la gente todo lo hace igual? ¿Por qué no intenta mejorar? ¿Por qué? ¿Por qué...? Parece que le pregunta a la noche. Ella se calla, no le quiere responder.

El labriego tiene una esperanza: mañana hará más surcos. Quizá llueva bien este año. Si es así, pagará sus deudas, su gente tendrá ropa y él, quizá hasta pinte su bicicleta. Si es un mal año, perderá. Saldrá debiéndole al patrón, y tendrá que pasar otro periodo de privaciones. Quizá hasta tenga que vender su bicicleta, y entonces; ¿Cómo volará por los caminos? Este le pregunta al viento; pero aquél se va entre murmullos... quién sabe qué cosas quiso responder.

El pensador se admira: ¿De dónde el labriego saca su energía? ¿Por qué no puede estar un rato en paz? ¿Por qué es tan práctico el granjero? ¿Por qué siempre encuentra una salida a cualquier problema? ¿Por qué no es toda la gente así?

La luna mientras tanto, recorre su camino. A estas horas, ¿Por qué no se ha ido a dormir? ¿Será que los problemas de los hombres la desvelan?

¿Qué une a estos bohemios de pradera? ¿Qué cazan en el bosque de la noche? ¿Qué bajeles llevan a sus sueños por caminos ignorados en ese mar de nostalgia, de recuerdos, de esperanza...?

Una camioneta vieja se va dando tumbos camino a la granja. Un gallardo jinete monta en su bicicleta y vuela sin alas por el camino real, que cruzando nubes, se remonta hasta la estrella más brillante del firmamento. Un tipo escuálido y quijotesco acaricia las flores del camino con sus sandalias franciscanas, y parece que las despierta de su sueño anunciándoles el nuevo día. Camina hacia donde pronto aparecerá el sol. Su mirada no ve nada. Él anda correteando a sus sueños; los quiere llevar al redil. Cada sueño coge una estrella, cada estrella es una flor. El sol sale; ya no hay estrellas: los sueños se fueron con ellas.


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