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TEMAS

Francisco Javier Contreras Horta

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EL TRABAJO, ¿BENDICIÓN O MALDICIÓN?

¿Es el trabajo que el hombre realiza cada día una bendición para él o por el contrario, es una maldición?

Todos, en alguna ocasión, nos hemos sentido abrumados por la labor que realizamos cotidianamente y nos hemos preguntado, si no será ésta una maldición que pesa sobre la especie humana. Esto nos pasa también cuando anhelamos ser muy ricos y no tener necesidad de trabajar para quedarnos tranquilitos en la cama hasta tarde o, para evadir el problema aquél que tanto nos fastidia.

Y es que desde el punto de vista de que hacemos nuestro quehacer por obligación, y de que lo tenemos que hacer a diario, como una pesada carga que lleváramos sobre los hombros, el trabajo se convierte en una cadena que nos esclaviza y pareciera que nos quita la dignidad de humanos. El hecho es que cuando laboramos, las más de las veces no lo hacemos por gusto sino por obligación; la cosa es de que si no nos pagaran por trabajar, desde luego que no lo haríamos: entonces, laboramos por obligación, no por gusto; de donde se concluye pues, que es una imposición, y por ende una esclavitud.

Sin embargo, si nos ponemos a ver a nuestro alrededor, encontraremos que todo lo que nos rodea tiene algo en común: o ha sido hecho por las manos del hombre o éste ha contribuido decisivamente a su existencia: casas, puentes, calles, ropa, juguetes, parques, árboles, etc. Son muy pocas cosas, como la lluvia, el sol y las yerbas silvestres, que se dan sin que el hombre haga algo para que existan. Y lo que hace al humano diferente del animal, es precisamente, el hecho de que puede modificar el medio ambiente que le rodea.

El animal aunque tenga frío no se puede poner un suéter, ni se puede hacer una casa para protegerse de la lluvia; mientras que el hombre sí lo puede hacer. Entonces la diferencia entre animal y humano es que uno sólo sufre su ambiente mientras el otro lo transforma y adecua constantemente para que sea cada vez menos hostil y más propicio; si el hombre no lo hiciera, fuera animal, y si las bestias transformaran y mejoraran su medio, serían humanos; luego lo que da a la humanidad su dignidad como tal, es el hecho de transformar su medio ambiente.

Podemos concluir: Si transforma su medio es humano, si no lo hace es bestia; luego, la dignidad humana estriba en su capacidad de transformar el entorno.

¿Y cómo transforma el hombre su medio si no es con su trabajo cotidiano? Podemos voltear hacia donde queramos, que en todo lo que encontremos veremos la mano del hombre modificando, mejorando, adecuando lo que ha de llegar a las manos de otro, u, organizando la vida del hombre en comunidad.

Si jugamos un poco con nuestra imaginación y fantásticamente un buen día todos amaneciéramos inmensamente ricos, de tal forma que ya no tuviéramos que trabajar, nos pasaría como al legendario Rey Midas; porque aunque quisiéramos quedarnos en la cama, al sentir hambre y querer ir a la tienda de la esquina por víveres, nos encontraríamos que como el tendero tampoco tuvo necesidad de trabajar, porque también amaneció rico, no se presentó a abrir la tienda; luego el mercado estaría también cerrado por la misma causa, y tampoco habría autobuses urbanos, escuela, etc.

Si tenemos coche, nadie nos despacharía gasolina, ni nos vendería refacciones, ni nos lo repararía... ¿Por qué alguien habría de hacerlo, si era inmensamente rico y no tendría necesidad de trabajar? Enseguida tampoco podríamos conseguir ropa, ni muebles, ni albañiles que nos hicieran o repararan nuestras casas... No habría médicos ni enfermeras en los hospitales para atendernos de alguna dolencia.

¿Qué pasaría si este sueño se hiciera realidad? Al no contar con el trabajo diario de todas las gentes, no habría las mil y una cosas que caracterizan nuestra forma de vida, y ésta se tendría que modificar. ¿Cómo sería este nuevo modo de vivir? Es difícil poder afirmarlo, sin embargo, lo real sería que retrocederíamos al punto que nuestras riquezas carecerían de sentido, porque todos las tendrían y nadie nos daría nada a cambio de ninguna cantidad de dinero, y tendríamos que mendigar un poco de pan o ropa para mitigar nuestras necesidades.

Desde este punto de vista, sólo tendríamos dos caminos: o regresamos a tiempos prehistóricos y cada cual al irse terminando su casa huye al monte a buscar una cueva, y al acabarse su ropa busca a un animal para quitarle la piel y se va a los cerros a buscar animales, que ya no hay, para cazarlos y alimentarse; o el más fuerte toma un garrote y obliga a otro a que trabaje para él y le consiga comida: con lo que aparecería de nuevo la esclavitud y retrocederíamos dos mil años de evolución humana sobre la tierra.

Por lo que hemos visto, lo que nos separa de esa barbarie que nacería de la anarquía reinante, que dejaría la no necesidad de dinero, es el trabajo que realizamos todos los días para conseguirlo. De pilón resulta que, aunque al laborar lo hacemos sólo por el dinero que nos pagan, aunque no lo notamos, estamos construyendo el mundo en el que vivimos y vivirán nuestros hijos. Y por efecto del quehacer que realizamos cotidianamente, paulatinamente el mundo es más humano y el homo sapiens se aleja cada vez más de la bestia que alguna vez fue.

La persona tiene más calidad de tal en la medida en que realiza su trabajo por el placer de hacerlo, por la seguridad de estar contribuyendo al engrandecimiento del género humano, y lo es menos en la medida en que nuestro trabajo lo hacemos a regañadientes o sólo por el dinero que nos pueda proporcionar.

O sea, somos más humanos, en cuanto somos más conscientes de cómo lo que hacemos contribuye a transformar el entorno que nos rodea; y por ello lo hacemos con más gusto: algo así como que entre más persona seas, más tratarás de servir a los demás; y entre menos evolucionados estemos, menos nos daremos cuenta de cómo transformamos el medio en que vivimos, y nuestra actuación será tan corta de miras que, sólo alcanzaremos a ver nuestro interés más inmediato.

Pareciera como si el mundo no estuviese terminado y el hombre día a día avanzara hacia su conclusión y perfeccionamiento. Luego la persona que trabaja, transforma; y porque lo hace, tiene dignidad de humano: entonces el esfuerzo que realiza a diario es lo que lo dignifica y eleva a tal categoría... Pero hablamos desde luego del trabajo realizado con gusto, y no del que a veces hacemos rumiando nuestro coraje por tener que ejecutarlo. De ahí que el trabajo pueda ser más que todo una bendición que le da categoría de tal, a la humanidad.

Por todo ello, la próxima vez que le dé flojera levantarse a laborar, piense que más que hacer dinero, lo que usted se despierta a hacer es a cumplir su parte en el perfeccionamiento del mundo y de la especie; y si se va a levantar con muina o nomás tanteando cuánto va a obtener por cada paso que dé, más vale que no abra los ojos y se quede en la cama soñando con tener muchísimo dinero para no tener que trabajar, al fin de que ya platicamos en que pararía todo eso.


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