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LA EDUCACIÓN EN VALORES DESDE LA DISCIPLINA DE MARXISMO-LENINISMO EN LA UNIVERSIDAD CUBANA

Ariel Lemes Batista

 

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1.1. La educación en valores en la contemporaneidad

El hombre nuevo a que aspira Cuba tiene sus raíces más profundas en el proletariado, hombre que proviene de la sociedad burguesa; es por eso que debe transformarse. Por tal motivo, Cuba solidifica su sistema de educación para crear un hombre con personalidad diferente, en correspondencia con las nuevas formas económico-sociales, que logre su liberación respecto a los resultados y premisas de la vida social. Según el Che Guevara, se debe Instrumentar “… la forma de educación en la cual el trabajo pierda la categoría de obsesión que tiene en el mundo capitalista y pase a ser un grato deber social […] en medio de contactos humanos que vigorizan a unos y otros, y a todos elevan”.

La conquista del poder político por el proletariado tiene que ser condición para dirigir un proceso cada vez más consciente de transición socialista en la creación de una nueva cultura, diferente y opuesta a la del capitalismo y que llene progresivamente de un nuevo sentido la existencia individual y las relaciones sociales. Concebir un hombre nuevo, adecuado a otras necesidades y fines, implica necesariamente la proyección de un nuevo orden social en transformación constante y paulatina, y una nueva composición jerárquica de la escala de valores.

Para el Che este hombre es el ser humano que se cambia a sí mismo junto con la sociedad, que se realiza en la actividad revolucionaria, en medio de ese “…extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo […] Creo que lo más sencillo es reconocer su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas”.

Formar al hombre nuevo implica desarrollar nuevos hábitos y conductas, que quiere decir lograr el afianzamiento de valores, perfeccionar la escala subjetiva de valores; proceso condicionado por la posición social del sujeto y los cambios sociales que generan, a su vez, mejores condiciones materiales y espirituales de existencia, donde se destaca el importante papel de la educación en el fortalecimiento de la conciencia, teniendo presente que la formación del hombre nuevo se corresponde necesariamente con las condiciones socio-históricas, con la nueva base económica estructural.

Para referirnos a la educación en valores primeramente hay que definir qué es un valor. Muchas han sido las investigaciones que se han realizado en torno a los estudios de valores, tanto en el ámbito docente como en otras esferas del desarrollo científico, como se expuso en la introducción de este libro, obedeciendo a factores que se relacionan con el mundo contemporáneo. Este retomar de los estudios de valores está dado, entre otros aspectos, por los propios derroteros e Índice de Desarrollo Humano y de las expectativas del hombre contemporáneo, quien espera no una desvalorización de su cultura, sino una humanización de ella y un medio excelente es la educación como legitimadora de la democracia.

En términos generales los valores constituyen un instrumento cognoscitivo y medios de regulación y orientación de la actividad humana. En este sentido se asume el concepto de valor aceptado por el grupo de investigación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), dirigido por el Dr. Edgardo Romero, que concibe el valor “como la significación socialmente positiva de los objetos, fenómenos y relaciones de la realidad, significando el carácter esencialmente objetivo del mismo, revelado en la naturaleza misma del valor como aprobación social de la significación que adquieren en la actividad práctica los objetos y fenómenos de la realidad.” Dentro de la estructura sistémica de los valores en el nivel subjetivo, los valores morales ocupan un lugar fundamental, ya que pueden ser considerados como “aquellas afirmaciones espirituales que de una forma u otra son significativas para la sociedad y su desarrollo en un momento histórico dado, en relación con las costumbres, originadas tanto por la tradición como por las relaciones de producción existentes que tienen una concreción y pueden ser operacionalizadas si admitimos que los valores son: “representaciones morales como son los ideales, los principios, las normas que orientan y regulan la conducta de las personas, es decir que actúan como puntos de referencia constantes en la actividad del sujeto”. De ahí la necesidad de no obviar el lugar que ellos ocupan en el desarrollo de la personalidad.

Educar en valores resulta una cuestión fundamentalmente ética porque este proceso incorpora tanto la reflexión filosófica acerca de las finalidades del proceso educativo, así como los modelos generales de conducta manifestados en la vida cotidiana.

De ahí que se asuma la definición de educación en valores que aporta la Dra. Sheila Galindo cuando expresa que: “educar en valores significa hoy comprometerse con el progreso ético considerado como criterio evaluador del progreso social solo si la clase social que detenta el poder portadora de un modelo crítico puede garantizar el desarrollo de un humanismo real, aportando los principios, direcciones y formas de su desarrollo hacia el resto de las clases sociales y grupos, entonces se puede afirmar que ha habido progreso ético; por ello la finalidad mediata del Proyecto Social Cubano es la personalidad social, lo que evidencia la raíz humanista de este proyecto. Esta consideración es significativa a los efectos socializadores de la institución escolar y apunta directamente a la consideración de planificar procesos educativos que tiendan al progreso ético de la sociedad. De esta forma la educación en valores constituye un reto y una necesidad para la universidad”. Y agrega: “… la educación en valores en la Universidad […] aquel Proceso Docente-Educativo que se concreta en la clase (como forma fundamental de organización del proceso) y se desarrolla por todas sus direcciones, dirigido al proceso de desarrollo integral de la personalidad del estudiante aportando las herramientas teórico-metodológicas para ese desarrollo en la práctica educativa universitaria”.

Es importante insistir en dos aspectos fundamentales de este concepto: el desarrollo integral de la personalidad del estudiante en virtud de significar que la educación en valores en la Universidad debe ser atendida cada vez más como proceso (lo que significa prestarle atención a las oportunidades que se dan en la clase) y no sólo como resultado, aspecto que ha sido puntualizado por los docentes durante el desarrollo de las experiencias previas de investigación, y que aporta las herramientas teórico-metodológicas para ese desarrollo en la práctica educativa universitaria a partir de las propias demandas de los docentes acerca de cómo estructurar desde las carreras, disciplinas y asignaturas la educación en valores. Este concepto debe ir dirigido hacia una concepción más holística de la educación en valores al considerarla como un proceso y no como un resultado.

Estas son razones que llevan a que la educación en valores se convierta en una problemática que preocupa y ocupa a las universidades del mundo y a las sociedades contemporáneas. Los estudios sobre valores en la esfera educativa están siendo tomados en serio en el ámbito internacional en los últimos años, a partir de la crisis global que afecta a la humanidad por su implicación en el pensamiento social contemporáneo, pues las dimensiones de esta problemática no alcanzan sólo la vida económica, social, política y cultural de las sociedades contemporáneas, sino porque, además, evidencia que está en juego la propia supervivencia humana.

Importantes autores en diversos países abordan en sus investigaciones esta problemática de las sociedades actuales, entre los que se destacan, en México, José Manuel Villalpando (1992), Mario Magallón Anaya (1993), el grupo de estudios del Colegio de Bachilleres de Ciudad de México. En Colombia existe un fuerte núcleo de investigadores que polemizan sobre este tema. Adela Cortina (1997), Carlos Alberto Carvajal Correa (2004), y Alfonso Tamayo (1999) se han destacado por sus aportes, esencialmente en el nivel de la Enseñanza Superior. A inicios del presente siglo se observa una demanda de Educación Superior sin precedentes, acompañada de una gran diversificación de la misma, y una mayor toma de conciencia de la importancia fundamental que este tipo de educación reviste para el desarrollo sociocultural y económico y para la construcción del futuro, para el cual las nuevas generaciones deberán estar preparadas con nuevas competencias y nuevos conocimientos e ideales.

Ejemplo de esto lo tenemos en la Declaración Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI, acordada en la Conferencia sobre la Educación Superior en el Siglo XXI: Visión y Acción, celebrada en París en octubre de 1998, que en el apartado Misiones y funciones de la Educación Superior, en la que se expresa claramente el consenso en la aspiración de los países miembros de la UNESCO, al postular que:

• La Educación Superior ha dado sobradas pruebas de su viabilidad a lo largo de los siglos y de su capacidad para transformarse y propiciar el cambio y el progreso de la sociedad.

• La Educación Superior y la investigación forman hoy día parte fundamental del desarrollo cultural, socio-económico y ecológicamente sostenible de los individuos, las comunidades y las naciones.

• Para hacer frente a imponentes desafíos, la propia Educación Superior ha de emprender la transformación y la renovación más radicales que jamás hayan tenido por delante.

• La sociedad contemporánea en la actualidad vive una profunda crisis de valores, y debe trascender las consideraciones meramente económicas y asumir dimensiones de moralidad y espiritualidad más arraigadas.

• La Educación Superior debe “contribuir a proteger y consolidar los valores de la sociedad, velando por inculcar en los jóvenes los valores en que reposa la ciudadanía democrática y proporcionando perspectivas críticas y objetivas a fin de propiciar el debate sobre las opciones estratégicas y el fortalecimiento de enfoques humanistas”.

• Las universidades están impelidas a “utilizar su capacidad intelectual y prestigio moral para defender y difundir activamente valores universalmente aceptados, y en particular la paz, la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad, tal y como han quedado en la Constitución de la UNESCO.

• Se aspira a que “la Educación Superior debería apuntar a crear una nueva sociedad no violenta y de la que esté excluida la explotación, sociedad formada por personas muy cultas, motivadas e integradas, movidas por el amor hacia la humanidad y guiadas por la sabiduría”.

En el referido documento se afirma que: “En línea con esa visión ideal de la Universidad:

• Las instituciones de Educación Superior deberían brindar a los estudiantes la posibilidad de desarrollar plenamente sus propias capacidades con sentido de la responsabilidad social, educándolos para que tengan una participación activa en la sociedad democrática y promuevan los cambios que propiciarán la igualdad y la justicia”.

• Las instituciones de Educación Superior deben formar a los estudiantes para que se conviertan en ciudadanos bien informados y profundamente motivados, provistos de un sentido crítico, y capaces de analizar los problemas, buscar soluciones para los que se planteen a la sociedad, aplicar éstas y asumir responsabilidades sociales.” Las estrategias educativas en cuanto a la educación en valores también se tienen en cuenta en los países latinoamericanos. La Conferencia Regional sobre Políticas y Estrategias para la Transformación de la Educación Superior en América Latina y el Caribe, celebrada en La Habana, del 18 al 22 de noviembre de 1996, estableció que:

• “En una sociedad cambiante es necesario una formación integral, general y profesional, que propicie el desarrollo de la persona como un todo y favorezca su crecimiento personal, su autonomía, su socialización y la capacidad de convertir en valores los bienes que la perfeccionan.

• Las instituciones de Educación Superior deberán asumir, al mismo tiempo, como tarea fundamental, la preservación y el fortalecimiento de la identidad cultural de la región, de modo tal que la apertura antes citada no ponga en peligro los valores culturales propios de la América Latina y el Caribe.

• Las instituciones de Educación Superior de la región deben generar en sus graduados la conciencia de pertenecer a la comunidad de naciones de América Latina y el Caribe, promoviendo los procesos que conduzcan a la integración regional, y situando la integración cultural y educativa como bases de la integración política y económica.

• Es absolutamente estratégica la formación integral del estudiante en los componentes humanistas y de capacitación profesional de la Educación Superior para, con ello, garantizar las generaciones de relevo que deben asumir los enormes desafíos de conducir a la América Latina y el Caribe hacia mayores niveles de desarrollo.

• La estimación del valor de la educación exclusivamente en términos de costo- beneficio, además de plantear serias limitaciones metodológicas supone una visión reduccionista del desarrollo y una aproximación a la significación de la Educación Superior que olvida el valor de esta para la construcción de la nación, su valor social y su alcance como medio para hacer una sociedad más abierta, justa y democrática.

• Asegurar la incorporación de valores trascendentes tales como: libertad, derechos humanos, responsabilidad social, ética y solidaridad. Al mismo tiempo desarrollar la capacidad para relacionar el conocimiento con su aplicación, el saber con el hacer y el espíritu emprendedor que debe caracterizar a los egresados.” Las estrategias de trabajo en la educación en valores descansan en el enfoque histórico cultural y la teoría de la actividad. Por eso tienen gran relevancia los principios de la relación entre enseñanza y desarrollo, la Zona de Desarrollo Próximo y las categorías de actividad y comunicación. Estas deben articularse conformado tanto lo curricular, como la dimensión fundamental en la educación en valores, como lo extracurricular, para obtener un tratamiento apropiado.

Caracterizar el contexto en que se educa en valores requiere de los presupuestos teóricos que nos aporta el enfoque histórico-cultural de Vigotsky, pues favorecer a la formación integral determina que el proceso en que están inmersos los estudiantes y profesores sea, ante todo, un proceso socializador en el que el alumno asuma una activa participación como objeto y sujeto de su aprendizaje, con un espíritu creador, transformador en el cual deviene depositario de toda la herencia cultural que históricamente ha creado la humanidad.

El principio de la unidad de lo instructivo y educativo sobre la base de los aspectos afectivo-cognitivos, es el elemento clave para la apropiación de los modos de actuación que en sus relaciones adquieren los estudiantes bajo la guía del profesor. La adecuada vinculación del contenido de la enseñanza con los intereses, emociones, sentimientos que para el cognoscente tienen un significado, favorece y potencia el desarrollo de la personalidad integral.

El objetivo central del proceso docente-educativo en la Universidad es la formación integral del estudiante. Por tanto, esta finalidad sería ineficaz si este proceso quedara sólo en la apropiación, por los estudiantes, de determinados conocimientos y habilidades. Resulta evidente que, conjuntamente con ello y de manera esencial, es necesario desarrollar también los valores que determinan su profesión.

Entonces el contenido de la enseñanza está constituido por el sistema de conocimientos, habilidades y valores que contribuyen a la formación de un profesional en nuestra sociedad socialista. Por ello no es casual que hoy día en las universidades cubanas se denomine al proceso que ocurre en ellas como docente-educativo. Este proceso constituye la unidad dialéctica de dos aspectos importantes: la instrucción y la educación.

No podría concebirse el desarrollo de la docencia en cualquier nivel de la enseñanza en que ella no sea instructiva y educativa a la vez. No existe instrucción sin educación, ni educación que no sea a través de la instrucción. En otras palabras, el proceso docente es un proceso instructivo y educativo a la vez, pero sin identificarlos como uno sólo, sino verlos o conocerlos en su unidad y diferencias. La educación en valores a través de la instrucción requiere de un enfoque sistémico que posibilite cumplir con ese objetivo. Los procedimientos para lograr el dominio de habilidades y conocimientos son diferentes de los procedimientos que hay que instrumentar para incorporar un sistema de valores a la personalidad de los estudiantes.

La educación en valores ha logrado un espacio en la acción y el pensamiento de los hombres de hoy ya que la misma tributa a la función integradora del ser humano a través de la valoración de las contradicciones de la motivación, los intereses, etc. La educación en valores está llamada a contribuir a la predisposición de la personalidad a integrar y armonizar los factores internos y externos y a la autonomía de ésta. O sea, lograr la autorregulación sobre la base de fines conscientes, lo que está, por supuesto, en interacción y en dependencia de la realidad social.

El ser humano ha sido el principal testigo de la evolución del conocimiento científico en el siglo XX y de los primeros años de este. La comunidad científica internacional comienza a alertar y a abordar, desde la década de los sesentas, lo que se da en llamar “problemas globales”. El doctor José R. Fabelo Corzo reconoce que los mismos: “son aquellos problemas que afectan los intereses de la comunidad mundial, que amenazan el futuro de la humanidad y atentan contra las posibilidades de desarrollo de la civilización”.

Enfrentar dichos problemas resulta un reto a la capacidad creativa y a la voluntad transformadora de los hombres en las sociedades modernas. Una interpretación determinista de la tesis marxista de que “el ser social determina la conciencia social”, puede llevarnos a posiciones fatalistas y a considerar que inexorablemente el destino de la humanidad está marcado.

La determinación de la conciencia social por el ser social, como solución materialista al problema fundamental de la filosofía, aunque del mismo orden, no es idéntica a la determinación de la conciencia por la materia. El ser social o lo que es lo mismo las condiciones materiales en que vive el hombre, son en buena medida fruto de su propia relación con la naturaleza como parte de su actividad consciente, por lo que existe una cierta y relativa independencia entre la conciencia social y el ser social, que se manifiesta en el papel activo que tiene la primera y en su capacidad de influir en el desarrollo y cambio de las condiciones materiales y por consiguiente del ser social.

La Revolución Cubana es paradigma de lo expresado anteriormente. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en conferencia magistral ofrecida en el año 1997, en el Aula Magna de la Universidad de Venezuela, expresó “una Revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas”. Es, entonces, un producto de la participación consciente del hombre en la transformación de las condiciones materiales de su existencia. Visto el problema desde este ángulo, la conciencia social tiene una determinación histórica concreta dada por las condiciones materiales derivadas de las relaciones y modos de producción imperantes en cada formación económico-social y a su vez en ella se sintetiza la herencia de lo más avanzado del pensar, el sentir y el soñar de las generaciones anteriores. Como dijera V. I. Lenin en su Cuadernos filosóficos: “la conciencia del hombre no solo refleja el mundo objetivo sino que lo crea”.

De todo lo anterior puede inferirse que por su capacidad transformadora y movilizativa, el desarrollo de la conciencia social y, en particular, de una conciencia social con fundamento humanista tendrá que ser uno de los caminos por los que transite el hombre, en el duelo que por su existencia sostiene y sostendrá en el presente milenio.

A fin de cuentas, la educación es un proceso de crecimiento humano, tiene que ver con el hombre y el hombre necesita de ella para poder crecer en su humanidad. Ortega y Gasset hace alusión al modelo de hombre y al factor moral de una manera muy convincente cuando declara: “Cada pueblo, cada nación, sobre todo naciones, ha de tener en cada instante un tipo claro de vida, una figura de hombre que aspire en su existencia multitudinaria [a] producir […] Creo que nada es más importante para los pueblos actuales que volver a buscar contacto con los valores humanos universales, con las grandes imágenes del deber, en suma de su ética.”


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