BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


ÉTICA, PSICOLOGÍA Y CRISTIANISMO

José María Amenós Vidal y otros

 

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3. La ética y moral de la persona humana.

Si tratamos de determinar en nuestra experiencia psicológica cómo se presenta la persona humana, constatamos que se revela en las ¨relaciones con los demas¨, es decir, en la ontología del ser humano que se concreta desde el propio acto de la concepción hasta la muerte. Esta es la conciencia que tenemos en el momento de determinar cual es su ética y moral.

La exigencia del respeto absoluto por la vida humana y su caracter sagrado a tenor de nuestra afirmación, se traduce claramente en la obligación contraída de respetar a la persona humana desde el mismo momento en que se concibe en su relación ontológica como ser humano hasta el final de su vida.

Si consideramos que la ética del ser y la persona están intrínsecamente unidos por esta doble afirmación, nuestra conciencia como personas nos obliga a contraer un compromiso moral con el ser humano que va a nacer, o que está en trance de morir.

Este hecho merece ser mejor destacado, el ¨yo¨ se ilumina en nuestra conciencia por las relaciones que establece con los ¨tú¨, y podría uno sentirse tentado de caracterizar esta relación mediante la consistencia de un ¨yo¨que se adhiere a sí mismo y vuelve en sí, es decir, no nos sirve a la definición. Pero, aunque la conciencia es, en efecto, la aprehensión que el ¨yo¨ hace de sí mismo, un conocimiento que se concentra en ¨él¨, hay que hacer aquí dos observaciones. La primera, es que la percepción del ¨yo¨ por la conciencia forma parte de una actividad que está esencialmente orientada al conocimiento de un sujeto fuera de mí, tomo conciencia de ¨él¨ y de sí mismo. Por tanto, la segunda observación es que si de ella deriva en primera persona, la aprehensión del ¨tú¨ y de mí, la toma de conciencia siempre va unida a la percepción del sujeto de conocimiento. Esto significa que la conciencia no puede separarse de la orientación hacia los demás seres, ya que esta orientación la hace nacer.

Para expresar esta psicología, fundamentalmente no se pueden emplear términos mejores que los que describen el misterio trinitario: Dios, es uno y trino, y el hombre está hecho a su imágen y semejanza (Gén. 1, 26), frente a un ¨tú¨, el ¨yo¨ toma conciencia de lo que ¨él¨ mismo es. La ontología de la relación es constante entre los seres humanos, esta es la profunda originalidad esencial de la persona humana, que la hace única en su género y distinta de todos los demás seres vivos.

La orientación cristiana se revela todavía más en el amor, este es junto con la conciencia una actividad característica de la persona: ambos actos corresponden a las tres potencias del alma: entendimiento, memoria y voluntad; si bien, las podemos enmarcar en las dos facultades del espíritu: la inteligencia y voluntad, y sólo en el amor se puede cumplir el verdadero destino de la persona, la conciencia en cierto modo, no es más que su punto de partida. Cuando el ¨yo¨ se percibe a sí mismo como tal, lo hace para darse a un ¨tú¨, y entrar en comunión con ¨él¨, de esta ontología del ser humano surge el amor a Dios para su realización personal.

Esto quiere decir que en la manifestación psicológica de la persona la orientación hacia el otro es fundamental, ya que del acto de conciencia en que la atención se dirige hacia los demás, surge el acto de amor en que el ser humano busca esta comunión para su plena realización. Y de esta experiencia psicológica que deriva de la ontología de la persona se llega al acto de trascendencia de si mismo y de entrega a Dios, como una necesidad esencial de donación.

Si la psicología afirma un dinamismo de la persona orientada hacia los demás, hasta el punto de que ese contacto provoca la toma de conciencia, y la unión en el amor realiza el destino personal, la ontología explica esa realidad de orden relacional hacia la perfección sustancial, especialmente la del espíritu, dirigiendo sus facultades de pensamiento al conocimiento y el amor de Dios.

En definitiva, adquiere toda su significación la ética y moral de la persona que no se refiere a un ser relativo sino en toda su potencia a un ser relacional que depende en grado sumo de la perfección de Dios. En efecto, al afirmar este nexo de unión, se establece una intrínseca comunión de la que nace el ser humano mismo, en virtud de su amor al prójimo como a sí mismo.


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