BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


ÉTICA, PSICOLOGÍA Y CRISTIANISMO

José María Amenós Vidal y otros

 

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Presentación.

El término "mártir" tiene su raíz en el término griego martus que significa "testigo". La palabra ‘mártir’ ha sufrido un cambio en su significado en las últimas décadas. Muy a menudo en los medios de comunicación se asocia el término con el uso del cuerpo humano como arma como por ejemplo con explosivos pegados al cuerpo o mediante algún vehículo dirigido hacia un punto concreto para que explote. Esto lo lleva a cabo la persona en un acto de libertad y a veces también en el nombre de Dios; pero esta libertad no está en conexión con la Verdad, porque la dignidad humana a imagen y semejanza de Dios está amenazada atrozmente.

Los testigos como nos dice el Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen gentium (núm. 42) dentro del capítulo quinto correspondiente a la vocación universal a la santidad dentro de la Iglesia tienen como fundamento la caridad del mismo Señor Jesús. El Vaticano II en su Constitución Gaudium et spes (núm. 21) dentro del marco del capítulo primero sobre la dignidad de la persona humana nos dice: "Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y el amor, sobre todo respecto al necesitado." Gaudium et Spes ha sentado las bases de la única antropología auténtica en Jesucristo: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (núm. 22). El martirio es epifanía de una existencia libre, en comunión con Dios y con los hombres (núm. 24), es decir, "entregarse totalmente al servicio de Dios y al ministerio pastoral y a identificarse con Cristo crucificado" (Optatam totius, 9).

En la década de los años sesenta, con ocasión de la canonización de los mártires de Uganda, el Papa Pablo VI recordaba la "lista de valerosos hombres y mujeres que dieron sus vidas por la fe", testimonio de mártires que se centra en los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia que dan testimonio de la unidad de los cristianos para superar las divisiones raciales y tribales que aterrorizan al continente. Hace casi treinta años el Papa Pablo VI indicó que una de las características de nuestra época era que "el hombre contemporáneo escucha más a los que dan testimonio".

Este don de fe nos dice S.S. Juan Pablo II conlleva dificultades, procesos, retos y toda clase de problemas hallados en los sacrificios cumplidos por los mártires. La sangre de los mártires enseñó a los pueblos el valor de "la santidad de la vida y la prontitud de ofrecer su propia vida por el Evangelio". (Ecclesia in Asia, 9). El llamamiento para convertirse en "mártir" o "testigo" no es solamente un don de Dios, sino un don a la Iglesia". "La fe en Jesús es un don que tiene que ser compartido; es el don más grande que la Iglesia pueda ofrecer". (EA, 10). La Iglesia está del lado de los pobres, o sea: emigrantes, pueblos y tribus indigenas, mujeres y niños y todos los quienes están siendo explotados. (EA, 34). Juan Pablo II espera que "una muchedumbre de mártires nunca cese de enseñar a la Iglesia el sentido de ser testigo..." (EA, 49).

S.S. Juan Pablo II en su exhortación apostólica Ecclesia in America (núm. 15) nos está haciendo la recomendación de recordar que ante todo el anuncio de Jesucristo es martirial.

Como dice el prefacio de los santos mártires: "Han atestiguado con su sangre tus prodigios", en su muerte testimonial, el mártir se identifica con Cristo.

"La Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires - afirma el Papa en la Carta apóstolica "Tertio millennio adveniente". Al finalizar el segundo milenio, la Iglesia se convirtió nuevamente en la Iglesia de los mártires", heraldos valerosos del Evangelio, servidores silenciosos del Reino, "a menudo desconocidos - como escribe el Santo Padre - casi militi ignoti de la gran causa de Dios" (núm. 37). Juan Pablo II nos recuerda que la sangre de los mártires no es un fenómeno exclusivo de la Iglesia primitiva.

En Veritatis Splendor el Papa subraya que "a través de la vida moral la fe llega a ser confesión, no sólo ante Dios, sino también ante los hombres: se convierte en testimonio" y que "en virtud de la adoración a Dios les hace ser libres", esta relación de la verdad con la adoración de Dios se manifiesta en Jesucristo como la raíz más profunda de la libertad (núm. 86). "El testimonio de Cristo es la fuente, modelo y medio para el testimonio de sus discípulos, que están llamados a caminar por el mismo camino" (núm. 89). En el cap. 92 de Veritatis Splendor se describen los tres servicios fundamentales que los mártires hacen a su tiempo.

Primero, "En el martirio, confirma la inviolabilidad del orden moral, y dignidad personal del hombre querida por la ley de Dios". Segundo, "El martirio de la víctima demuestra como falso todo significado humano que pretendiese justificar el acto en sí mismo moralmente malo del victimario". Tercero, "el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia".

S.S. Juan Pablo II en el año del Gran Jubileo, el tercer domingo de Pascua, 7 de mayo de 2000, y los líderes cristianos y representantes de otras comunidades cristianas oraron juntos en el sitio donde dieron testimonio los primeros mártires, el Coliseo de Roma para conmemorar el testimonio de fe en el siglo XX, y decía en su discurso: "Permanezca viva, en el siglo y el milenio que acaban de comenzar, la memoria de estos nuestros hermanos y hermanas. Es más, ¡que crezca! ¡Que se transmita de generación en generación, para que de ella brote una profunda renovación cristiana!" (Insegnamenti, 23/1, 776). El ecumenismo de los mártires y de los testigos de la fe es el más convincente; él nos indica el camino de la unidad de los cristianos del siglo XXI" (Homilía del 7.5.2000, núm. 5).

La Iglesia da testimonio de vida según la exhortación del Rito de Ordenación sacerdotal: "Da cuenta de lo que harás, imita lo que celebras, confirma con tu vida el misterio de la Cruz de Cristo, el Señor". El presbítero tiene prioridad en el sentido de que "debe ser el primero en dar su vida por las ovejas, el primero en el sacrificio y la dedicación" (Juan Pablo II, ¡Alzatevi, Andiamo!, núm. 41- 2004).


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