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ÉTICA, PSICOLOGÍA Y CRISTIANISMO

José María Amenós Vidal y otros

 

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Tesis.

Pero adentrémonos en los conceptos de dignidad de la persona. Si atendemos al diccionario tenemos que: Digno: Del lat. dignus.


1. adj. Que merece algo, en sentido favorable o adverso. Cuando se usa de una manera absoluta, indica siempre buen concepto y se usa en contraposición a indigno.

2. [adj.]Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de una persona o cosa.

3. [adj.]Que tiene dignidad o se comporta con ella.

Dignidad: Del lat. dignitas, -atis.

1. f. Calidad de digno.

2. [f.]Excelencia, realce.

3. [f.]Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.

4. [f.]Cargo o empleo honorífico y de autoridad.

5. [f.]En las catedrales y colegiatas, cualquiera de las prebendas que corresponden a un oficio honorífico y preeminente, etc.

6. [f.]Persona que posee una de estas prebendas. Ú. t. c. m.

7. [f.]... la del arzobispo u obispo. Las rentas de la DIGNIDAD.
8. [f.]En las órdenes militares de caballería, los cargos de maestre, comendador mayor, clavero, etc.

Dietrich von Hildebrand sobre la dignidad nos da visiones muy profundas y acertadas. Nos dice que el amor y respeto es lo que nos hace ser libres y, por tanto, tener dignidad.

La dignidad es aquello que constituye la condición para que algo sea fin en si mismo, eso no tiene precio, sino que es un valor interno.

La autonomía es el fundamento de la dignidad de la persona humana, que en palabras de Boecio, es la sustancia individual de toda naturaleza racional.

Basándonos en esa autonomía nos atrevemos a apostillar que la templanza, el desprendimiento de los bienes materiales -que contraste con esta sociedad de consumo y materialista- suscita indefectiblemente la sensación de dignidad, ya que implica que quien obra así, con esa moderación, se muestra suficientemente radicado en su valía interior hasta tal punto de que considera que lo que le rodea es superfluo y puede renunciar a ello, de esta misma forma vivirá con entereza, asombrará por su dignidad.

Los fenomenólogos Edmund Husserl, Max Scheler y Dietrich von Hildebrand, evocan todos la dignidad de la persona, y el filósofo y teólogo Robert Spaemann la noción de lo absoluto en el ser humano. ¿Que entendemos por absoluto?. Alguien es digno cuando de un modo u otro, respeta, ama, y es libre, se muestra persona, independiente, ilimitada sin restricciones, y como dice Santo Tomas de Aquino: "dignitas est de absolutis dictis" (Contra Gentes - C.G., III, 112), para conocer la dignidad del hombre tendremos que responder de que modo y manera puede considerarse absoluta en su dignidad una persona humana, este absoluto lo veremos bajo tres aspectos:

1. El hombre es un absoluto en cuanto se encuentra desligado de las condiciones empobrecedoras de la materia. Cuando su acto de ser descansa en su alma espiritual. Así y solo así su dignidad ontológica resulta infinitamente superior a la de todos los demás seres vivos. Su grado de ser es infinito con respecto de los demás seres. El individuo no personal, que no reflexiona de su ser absoluto, es tan solo un momento, es parte de un todo, pero no deja de ser un evento pasajero. La persona es en si, no la parte de un todo, es un sujeto dotado de eternidad.

2. El hombre es un ser absoluto por su acabada independencia axiológica frente a todos los de su especie. El valor del hombre no viene determinado por una relación subordinada respecto a sus congéneres. El hombre es imago Dei, por esta imagen es alguien delante de Dios y para siempre.

3. El hombre es un absoluto y por ello se revela como un fin terminal, como meta en si mismo. Por su trascendencia respecto al conjunto de las cosas materiales y por destacarse de los demás de su especie, el hombre se recoge en si mismo y aparece como valor autónomo que impide su instrumentalización, el ser empleado como medio para lograr otras cosas.

De todo ello, consideremos que nada hay más importante a la hora de juzgar una conducta que considerar si su objeto es un ser humano o no. Para un humano nada hay más importante que el ser humano.

Lo visto hasta el momento no es banal, sino de gran aplicación práctica. El diagnóstico de las enfermedades mentales es la piedra angular de la práctica clínica. Se necesita determinar la enfermedad que padece el paciente de una forma clara a fin de dar un tratamiento eficaz.

En la determinación de la enfermedad, a falta de pruebas objetivas claras por el momento (el avance en la genética hace pensar en poder contar con ayudas eficaces a medio plazo), el relato del propio paciente y la observación conductual son los puntos clave para establecer pues un diagnóstico.

Los más recientes estudios con gemelos monocigóticos, que comparten el 100% del ADN y dicigóticos nos señalan que los genes no explican suficientemente la aparición de la esquizofrenia, por ejemplo. Que hay que tener en cuenta el propio desarrollo cerebral y factores ambientales. En las afecciones psiquiátricas pues se entremezclan la genética y la experiencia vivida. Aunque por su vulnerabilidad biológica a unos individuos les afecte más que a otros una experiencia determinada.

Las ansiedades, depresiones, paranoias, el estrés, ... cuando no se vislumbra una salida, la frustración se hace mayor, se pierde la esperanza del cambio, el enfermo se percata de haber perdido la iniciativa y que junto con la pérdida e incomprensión de la sociedad y/o de la familia se exacerba su angustia.

En especial los transtornos del talante y ansiedad experimentan grandes mejorías si junto con la medicación correspondiente: benzodiazepinas, betabloqueantes..... se le proporciona al paciente una terapia que le haga descubrir su valor como persona y que está hecho por lo tanto a la Trascendencia.

Sigamos pues profundizando en ese concepto de persona que hemos ya predefinido.

Cito un párrafo de Tomás Melendo y Lourdes Millán-Puelles en su ensayo sobre la dignidad : "En el caso de las personas, cabría hacer la siguiente ilación configuradora: a) Dios las quiere en sí y por sí, por cada una de ellas; b) como consecuencia de ese decreto primigenio, y en estricta coherencia con él, les confiere el ser en sí y por sí; c) de resultas, las demás personas creadas deben también quererlas en sí mismas y por sí mismas, adecuándose a las exigencias del ser que las constituye. (...) la superioridad ontológica de la persona, su ser en sí y por sí, se configura como el cimiento radical, metafísico, de la ilicitud de todo comportamiento que tienda a tratarla como un objeto, manipulándola o instrumentalizándola".

Con esta fina agudeza se abren unas nuevas perspectivas que puntualizan bien el concepto de persona y el por qué de su dignidad, la persona es un ser que por tener, no solo instintos, sino también entendimiento y libertad es capaz de sentir necesidades morales, tanto con relación a su cuerpo como a su espíritu y que por ello, tiene también derecho a satisfacer esa doble clase de necesidad.

De esta apertura al ser sin restricciones estriba la vertiente espiritual de la subjetividad humana. El espíritu es el ente que vive de algún modo la infinitud del ser. Somos una identidad a la vez espiritual y corpórea, somos medio cuerpo y medio logos. Somos un espíritu encarnado, no debemos olvidarlo.

En esta apertura al orden trascendental es justamente el horizonte mental que nos permite remitirnos al Ser Trascendente. Solo de esta manera, con esta apertura a los otros -vida social y al Otro Trascendente-, puede el hombre superar la angustia esencial de su ser y dirigirse a la absoluta infinitud del ser sin restricciones al que constitutivamente tiende.

No es que sea el Ser irrestricto, pero gracias a su vertiente espiritual, vive la infinitud del ser. Esa elevación tendente al bien común, le permite superar la radical estrechez del egoísmo por el que se encerraría a su bien particular que no sería un bien sino una apariencia de bien.

La subjetividad humana es la que define una persona, nos atrevemos pues a proponer, y tal como decía Boecio, que la persona es: ... sustancia individual de naturaleza racional, abierta a la infinitud del ser y substante de la conciencia y la volición ...

Pero además de substante, no olvidemos que la persona es ante todo subsistente: sujeto que es en sí. Esta es evidentemente una perfección que no puede faltar al ente de mayor rango ontológico (rationalis naturae). Es la suficiencia por la que un ente está en sí mismo completo, excluyendo por tanto la posibilidad de ser con otro.

Es la subsistencia la cualidad que confiere a la naturaleza la capacidad de ser en sí, lo que la hace cerrada. Es suficiencia repetimos, plenitud por la que un ser está en sí mismo completo. Por todo ello podemos decir que en virtud del libre albedrío, los seres de naturaleza racional son más individualistas. Pero esta insolidaridad que apuntamos no es ciertamente efecto de la individualidad del ser humano ni tampoco de la conciencia que esa tiene de su propia intimidad. Es pues una clausura que no excluye la posibilidad de recibir, es más bien una dependencia entitativa, no absoluta.

Esta dignidad pues del hombre, como sujeto que subsiste en la apertura a la infinitud del ser es independiente de su conducta. Un hombre podrá ser mejor que otro, según valoremos su conducta, pero tan persona será una como la otra. La dignidad ontológica supone el libre albedrío pero no está determinada, pues, se entiende por su buen o mal uso que se haga de esa libertad. Pero eso no quita que tengamos un deber general de mantenernos a la altura de su dignidad.

Como consecuencia de la supeditación de la dignidad humana a la apertura, a la infinitud del ser, nos lleva a que su mejor expresión está cuando se subordina al logro del bien común.

La persona posee por tanto un grado de independencia y de distinción respecto al cosmos muy superior a la de cualquier otra realidad intramundana. Sólo el hombre, que llega a la vida consciente, aunque viva en la materia es capaz de despegarse a la ley determinante del Universo, gracias a una vida espiritual deliberada, libre y responsable que revela un ser subsistente. Sólo él es persona. Se posee cognoscitivamente, es libre y por consiguiente responde de sus actos que están sometidos a una ley moral y vinculante pero sin imponerle una necesidad física sino tan solo moral.

En estos momentos de la exposición podemos dar una idea sobre el filósofo Xavier Zubiri: "... por ser persona, todo ser personal se halla referido a alguien de quien recibió su naturaleza y a alguien que pueda compartirla. La persona está esencial y constitutivamente ... formalmente referida a Dios y a los demás hombres... ".

Tenemos pues ya definida esas dependencias del hombre, en la esfera biológica y económica depende de la comunidad. Pero en las esferas superiores esa dependencia ya no es tan absoluta. El ser espiritual del hombre deriva de Dios, no se constituye en virtud de la comunidad. Pero a su vez tenemos que no es posible su desarrollo perfectivo sin la comunidad, por eso podremos decir que el hombre es persona en función de la comunidad, y conquista su personalidad en y por la comunidad.

Las facultades espirituales, pues, yacen como posibilidades, están en potencia, se actualizan por la comunicación. La inteligencia y la imaginación, los sentimientos y la voluntad, son liberados, aparecen al contacto con la comunidad humana.

Al igual ocurre con los valores sobrenaturales. Dios, en efecto, llama al hombre a la salvación no aisladamente, sino constituyendo un pueblo. El hombre no se entendería, nada en él tendría sentido si lo consideramos como un individuo aislado e incomunicado de los demás. Comprender al hombre, entenderlo, implica relacionarlo en todas sus esferas vitales: bioquímica, económica, espiritual y sobrenatural, ... en una comunidad y en una necesaria apertura a los demás.

El teólogo Michael Schmaus que define el hombre como persona y como ser colectivo nos da siete dimensiones del hombre como persona:

1. Homo religatus, por su constituyente originario de creatura.

2. Homo dialogicus, por su sociabilidad a los otros.

3. Homo sapiens, por su apertura a la trascendencia.

4. Homo viator, por su libre autorrealización ética heterónoma.

5. Homo faber et economicus por sus relaciones de dominio con la técnica y ciencia.

6. Homo historicus, por su libre autorrealización en sociedad.

7. Homo ludicus, por su necesidad de espacios festivos de distensión y contemplación de la belleza.

Dimensiones que no convienen olvidar en las sesiones clínicas de terapia con los pacientes.

Estamos pues ya en condiciones de concluir cómo conquista el ser humano su personalidad: abriéndole a ese mundo de la trascendencia que en tantas ocasiones ignora, facilitando así mejorías más rápidas y el consiguiente aumento de la autoestima personal del paciente.


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