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ÉTICA, PSICOLOGÍA Y CRISTIANISMO

José María Amenós Vidal y otros

 

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La epopeya porteña.

La República Argentina es hija de la Hispanidad que nos supieron legar los Reyes católicos, Carlos I y Felipe II; por ello su Tradición es Castellano – Hispana – Católico - Mariana. “Los soldados, los misioneros, los civiles que vienen a estos lares no traen los vestidos impregnados tan solo de pólvora, sino también de incienso; no hablan tan sólo de los laureles de los Tercios de Flandes, sino también de las borlas de los doctores de Trento; no han leído tan sólo libros de Caballería, sino también de Ascética y Mística; no asistieron tan sólo a sitios guerreros, sino también a la representación de los Autos Sacramentales; no ostentan tan sólo títulos o grados militares, sino también diplomas de Salamanca o de Alcalá de Henares; muchos de sus jefes no manejan tan sólo la espada que hace proezas, sino también la péñola que las describe y canta; sus frailes misioneros no son hábiles tan solo para “seguir a la soldadesca” o catequizar a los salvajes, sino también para terciar en las contiendas teológicas de la Gracia y fundar y regir universidades. A todo eso, y mucho más, sabe y huele aquella religiosidad que da pruebas de ser dogmáticamente aséptica, jerárquicamente disciplinada, esencialmente eclesial, éticamente pudibunda, devocionalmente desbordada” [1].

En la primera mitad del siglo XIX, las luchas por la Independencia y la Organización Nacional consumieron a la Patria en una verdadera guerra entre hermanos, donde la ideología del liberalismo, apoyada por la masonería, fue tratando de ganar terreno sobre la tradición hispano-católica, representada básicamente por el pensar, sentir y obrar de dos generales católicos y marianos, D. José de San Martín y D. Manuel del Corazón de Jesús Belgrano, y por las montoneras de los caudillos del interior, cuyo mayor arquetipo fue el Brigadier D. Juan Manuel de Rosas; a partir de la segunda mitad del siglo XIX, y hasta el presente, la conducción de la Nación, salvo pequeños espacios de tiempo, se consolidó y quedó en manos del liberalismo, sea civil o militar, y de sus hijos predilectos: el socialismo, el izquierdismo, el progresismo.

El positivismo, había dominado en nuestro país desde 1880 hasta aproximadamente 1920, o quizá 1930. En tanto tendencia ideológica, englobó concepciones provenientes del cientificismo, del naturalismo, del evolucionismo; se constituyó en basamento filosófico del liberalismo político y económico de las élites dirigentes. Aplicado al pensamiento pedagógico, se preocupó mucho menos de los objetivos y fines de la educación que de los aspectos psicológicos, biológicos y metodológicos.

Las corrientes renovadoras de la educación surgidas en los comienzos del siglo XX, repercutieron en el ambiente pedagógico de nuestro país, infiltrándose las nuevas ideas en una época en que la pedagogía positivista y cientificista se hallaba en franca declinación, desaparecidos algunos de sus principales representantes.

Además de este antipositivismo “culturista”, “humanista”, “espiritualista”, “idealista”, surge en nuestro país una corriente de pensamiento filosófico y educativo: el antipositivismo antiliberal o nacionalista, apoyado en las tesis de la Iglesia Católica y del realismo aristotélico-tomista; destacándose la influencia de la Encíclica de Pío XI sobre educación “Divini Illius Magistri” (31 de diciembre de 1929) y la acción de dos de sus más notables difusores: Gustavo J. Franceschi (La religión en la enseñanza, 1940) y J. Carlos Zuretti (Historia general de la Pedagogía, de 1946). Apoyándose en las tesis de la Iglesia Católica, este antipositivismo exaltó los valores de la moralidad y de la religiosidad católica tradicional, de viejo cuño, junto con los de patriotismo y los de la conciencia nacional.

Como consecuencia de las leyes laicistas de fines del siglo XIX, el deterioro moral de la sociedad es evidente; por ello, el 4 de junio de 1943 irrumpe en la Patria un gobierno de facto, cerrándose la tristemente célebre Década Infame, en la que el pueblo era sometido al hambre, la miseria, enfermedades sociales, al fraude y la corrupción. Es derrocado el presidente Castillo por una Junta Militar integrada por los Generales Arturo Rawson, Pedro Ramírez y el Vicealmirante Saba H. Sueyro. El Coronel Juan Domingo Perón es designado Jefe del Estado Mayor de la Primera División del Ejército. La Presidencia queda a cargo del General Arturo Rawson, quien renuncia el 6 de Junio y es reemplazado por el General Pedro P. Ramírez, siendo su Ministro de Guerra el General Edelmiro Farrell y su Jefe de Secretaría, el Coronel Juan Domingo Perón. Decía el General Ramírez: "Haremos panamericanismo práctico y con el resto del mundo, nuestra política, al presente es de neutralidad, pero no ficticia, sino leal, sincera. Esta Revolución no tendrá el giro que tuvo la del 6 de Septiembre, cumpliremos lo prometido. Por ahora nuestro propósito es sanear, sanear y sanear, después el pueblo y el tiempo dirán lo que debe hacerse".

Sostenían que al niño, sin el conocimiento de la religión, no se le educaba en la neutralidad, principio sostenedor de los defensores de la Ley 1420, sino en el ateísmo, que comenzaba por ser sistemático repudio del nombre de Dios y acababa siendo negación de su existencia y de sus leyes, único fundamento válido de toda moral privada y pública, siendo en consecuencia para los argentinos la destrucción de uno de los más fuertes vínculos de la unidad nacional y que había conducido en la práctica a la corrupción administrativa y a la deformación del alma del pueblo.

Un debate de importancia para el período fue el relacionado con la enseñanza laica o religiosa. En la década del cuarenta la corriente de pensamiento nacionalista, vinculada a la Iglesia Católica, impulsó la incorporación de la enseñanza religiosa en las escuelas, oponiéndose a los que bregaban por sostener la enseñanza laica.

El Gobierno del Gral. Pedro Pablo Ramírez, conocedor de la tradición religiosa de la escuela argentina desde 1536 hasta 1884, estando en la evidencia que la Ley 1420 implementaba una escuela oficial sin religión, que es una escuela antidemocrática e inconstitucional; sabedor que más del 91% de la población quería, pedía, exigía la enseñanza religiosa en las escuelas de la Patria, resolvió justicieramente: enseñanza de la Religión Católica para los católicos e Instrucción Moral para los no católicos, respetándose así la libertad de conciencia.

Surge así el Decreto Nº 18.411, del 31 de diciembre de 1943, que con la firma del Presidente de la Nación Argentina, en Acuerdo General de Ministros, decreta que en todas las escuelas públicas de enseñanza primaria, postprimaria, secundaria y especial, la enseñanza de la Religión Católica será impartida como materia ordinaria de los respectivos planes de estudio.

En 1946, por voto popular, asciende a la Presidencia el General Juan Domingo Perón, líder emblématico, cuyo actuar dividió ferozmente a la sociedad argentina; una división que se mantiene, con diferentes matices, hasta el dia de hoy. De un pragmatismo y visión extraordinaria, no siempre supo diferenciar entre el objetivo personal y el bien común, llevando adelante una conducción férrea y personalista, con las lógicas consecuencias.

Dentro de ese obrar pragmático, estaba la relación con la Iglesia Católica; a poco de asumir, el Congreso convierte en Ley de Educación, el Decreto, hecho visto con muy buenos ojos por el Episcopado y al cual adhería el 91% de la población.

A partir de su segundo período presidencial, como suele pasar con quienes se creen dueños del poder y de la vida de los habitantes, el desgaste comenzó en forma veloz y la Iglesia Católica fue la institución que fue señalando los diversos equívocos al gobierno, actitud que no fue tomada para bien, y la reacción del gobierno no se hizo esperar.

Comienza así uno de los períodos más trágicos y tristes de la memoria colectiva de nuestra Patria, donde con total impunidad, lo blasfemo y lo sacrílego fue estimulado y apoyado desde el poder, dejando en manos de verdaderas hordas la consumación de hechos aberrantes ofensivos a la Fe católica, a la Santa Madre Iglesia y a sus Pastores.

En la primera hora del 16 de septiembre de 1955, el General Eduardo Lonardi, junto con una decena de oficiales y de civiles, salió de una finca situada en la localidad cordobesa de La Calera. Ingresó en la Escuela de Artillería, donde se le facilitó el acceso. Entró en el dormitorio del coronel jefe de la unidad, lo intimó a sumarse a la revolución y, ante un amago de resistencia, le descerrajó un balazo que le rozó la oreja. Una vez arrestados los oficiales y suboficiales leales, Lonardi llamó por teléfono al jefe de la vecina Escuela de Infantería, coronel Guillermo Brizuela. No hubo respuesta. Los de Infantería permanecerían leales al gobierno. Poco después se entablaba el primer combate de ese día. Duró unas diez horas y produjo numerosas víctimas. La situación fue en un momento tan crítica que Lonardi admitió: “Creo que hemos perdido, pero no nos rendiremos. Vamos a morir aquí”.

Así comenzó la Revolución Libertadora, saludada con júbilo por buena parte de la ciudadanía, aunque hoy tiene muy pocos defensores, revolución que en Córdoba utilizó el santo y seña "Dios es justo", palabras simbólicas que aludían a una respuesta contundente y dramática a la ruptura entre Perón y la Iglesia y que lograron unir tras los mismos objetivos a estudiantes universitarios laicistas y juventudes católicas, los viejos antagonistas de la querella escolar de la década de 1880.

Ante la evidencia de que ya no podía resistir, el 20 de septiembre Perón se refugió en la embajada paraguaya, para luego abandonar el país en una cañonera de esa bandera.

Un gobierno de facto, provisional, saludado jubilosamente por una parte sustancial del país, finalmente se hace cargo de los destinos de la Patria, el 23 de septiembre de 1955 ante la Plaza de Mayo colmada por una gran multitud, es encabezado por el General (RE) Lonardi, católico practicante, que bajo el lema “Ni vencedores ni vencidos”, intenta la reconstrucción moral de la Patria. A las 13.53 el presidente provisional, calurosamente aplaudido, llegó al Salón Blanco. En esas circunstancias se cantó el Himno Nacional a las 13.59. Asistido por los cadetes abanderados de la Escuela Naval, Colegio Militar y Escuela de Aviación Militar, el General (R) D. Eduardo Lonardi prestó el juramento y se colocó la banda presidencial, tomando el bastón de mando. Junto a él se encontraba el cardenal primado, Monseñor Santiago Copello, con quien se estrechó en un abrazo. De inmediato, luego de la firma del acta, se dirigió a los balcones para hablar al pueblo.

Pero su mandato fue muy breve: no llegó a cumplir dos meses, porque fue desplazado el 13 de noviembre por los personeros del liberalismo y de la masonería, que producen un golpe militar interno, colocando al General Pedro Eugenio Aramburu como presidente, y al Almirante Issac Francisco Rojas, como vicepresidente. Los nuevos altos mandos quieren participar de todos los resortes del poder y, desde allí, impulsar planes que nada tienen que ver con la tan ansiada y proclamada reconciliación nacional; ese sector militar liberal, es duro y pide revancha, comenzando así un nuevo período de desencuentros.

Traicionada así la Revolución y apartada la figura de este genuino y católico caballero, el Gral (RE) D. Eduardo Lonardi, todo fue oprobio, arbitrariedad y continuismo. La Patria quedó en manos de liberales, de masones y de marxistas. Los fusilamientos de 1956 fueron inmorales. Los males continuaron, el país fue arruinado. Gorilismo y Peronismo se reparten hasta hoy las culpas múltiples y el pecado grave de seguir destruyendo a la República Argentina, sumergida en una grave "crisis moral" que azota nuestra sociedad en forma ya transversalizada, de la cual aún no hemos podido ni sabido salir.


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