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TRATADO TURÍSTICO

Maximiliano Korstanje

 

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¿Por qué imitamos?

Sin lugar a dudas, uno de los pioneros que incursionó en el estudio de la imitación fue Gabriel Tarde; sociólogo y psicólogo social francés del siglo XIX, influido por Gustave Le Bon, sostenía que en el desarrollo social existían tres etapas: repetición, comúnmente observada en los niños; la oposición, frecuente en los adolescentes y la adaptación, etapa final característica de la vida adulta. Asimismo, la imitación puede ser lógica cuando imitamos sabiendo que recibiremos un aliciente a cambio o ilógica en el caso en que mi conducta no espera ningún beneficio.

Sin embargo, las deducciones de Tarde no tardarían en despertar duras críticas tales como la de uno de sus contemporáneos, el francés Emile Durkheim, para quien lo social no podía ser explicado desde el subjetivismo mucho menos a través de la teoría de la imitación. Lo social, es “irreducible” de los sentimientos individuales.

En su obra El Suicidio, el autor ocupa parte de su trabajo a Gabriel Tarde y sobre el advierte: “hay imitación cuando un acto tiene como antecedente inmediato la representación de otro acto semejante, anteriormente realizado por otro, sin que entre esta representación y la ejecución se intercale ninguna operación intelectual, explícita o implícita que se relacione con los caracteres intrínsecos de los actos reproducidos.” (Durkheim, 1986:98).

Es posible, según algunos autores, que la sociología asumiera la postura de Durkheim atribuyendo a lo social (como hecho externo) los fundamentos de las conductas, mientras que la psicología social hiciera lo propio, según las enseñanzas de Tarde. Durkheim se instala desde la dimensión institucional mientras que a su vez Tarde se concentra en la “circulación de sentido” como producto de las interpretaciones intra psíquicas. (Perez Garcia, 2004). Deducción e inducción, dos caminos que tenderán a separarse a partir de ese momento y cuyo debate epistemológico hoy en día desvela no sólo a la sociología sino a otras ciencias también.

Otro de los autores de renombre, que se encargó del tema (en los niños) fue el psicólogo Jean Piaget (1962). Según este autor, a medida que vamos creciendo menor es la tendencia a imitar. En realidad, esto se da ya que la imitación se restringe a las actividades que validan las estructuras cognitivas previas. Los niños imitan únicamente las conductas que pueden comprender, desechando aquellas que no le transmiten ningún sentido. En este punto, y siguiendo las observaciones de Tarde, Piaget entiende a la imitación como un proceso social de transmisión de sentido que modela el aprendizaje.

Esto trae aparejada una cuestión mucho más compleja a saber. Implica introducir otra variable en estudio, como es el aprendizaje. En este punto, Miller y Dollard (1941) estaban convencidos que la imitación empieza cuando el sujeto intenta responder por acierto y desacierto la respuesta correcta. De esta manera, y siguiendo la influencia de Skinner, según estos autores el éxito fomenta la imitación. (Deutsch, 1997; Hollander, 2000 ; Collier y otros, 1996)

Bandura en su exposición de la “reciprocidad triádica” al igual que Simmel, concuerda que en la persona influye la “conducta de los otros” y la “conducta propia”. A su vez, ambas son moldeadas por el entorno, el cual también es simultáneamente modificado por la síntesis entre la conducta propia y la de los otros.

Solamente para mantener un orden y un sentido a nuestro ensayo, no vamos a tratar en forma separada el abordaje que le dieron los psicólogos y los sociólogos al tema de la imitación, sino por el contrario el legado y los aportes que cada autor ha sabido dejar.

Hasta aquí, hemos hecho una breve descripción de lo que los autores clásicos han dicho sobre la imitación. Sin embargo, ¿qué tratamiento en la actualidad tiene el tema? ¿qué dicen hoy las Ciencias Sociales sobre la imitación?, ¿qué aplicación le damos al ethos del trabajo?.

Pues bien, imitamos la dinámica de la naturaleza cuando teorizamos sobre los sistemas de consumo y producción, imitamos las modas cuando nos parecen apropiadas, se han detectado estudios en el ámbito del turismo donde los residentes locales copian las formas de conducta de los turistas extranjeros, y sobre todo copiamos la conducta y los patrones de aquellos quienes para nosotros son un punto de referencia. Así, dentro de la cadena de mando de toda organización sobre todo una empresa, existen diversos puntos de referencia, supervisores, gerentes y jefes. ¿Por qué los imitamos?

Richardson y Richardson (2000) encontraron que frecuentemente dentro de una organización las líneas medias y bajas intentarán por todos los medios congraciarse y repetir los patrones de conducta de la alta gerencia.

Miller y Swanson (1958) pudieron llegar a la conclusión de que los padres de familia en un área determinada de Detroit, mostraban cambios significativos ante el cambio en su estatus laboral. En efecto, cuando se pasaba de ser un trabajador con relación de dependencia a uno independiente (de auto-empleo), su preocupación por la búsqueda de recursos modificaba sustancialmente su percepción. Se producía, de esta manera, un cambio radical en la transmisión de valores y la familia terminaba absorbiendo parte del comportamiento del jefe de familia.

Parte de las conductas que diariamente pueden observarse en las empresas, siguen patrones similares a la de sus gerentes o dueños. La compra de un auto deportivo, despierta los más nobles y terribles sentimientos en el resto de los empleados, envidia y admiración. Es quizás, el tema del día el Audi que se compró el Gerente de Recursos Humanos o el semi-piso que pudo conseguir el de Ventas. Nuestro estilo de vida, habla de nosotros pero también de cómo queremos presentarnos ante los otros.

Amitai Etzioni (1989) ha señalado que en la actualidad, el conocimiento y el desarrollo técnico han llevado al hombre hacia ciertas paradojas, la cantidad de información que manejamos lejos de ordenar, nos confunde y nos perturba. “La adopción de las decisiones en los años noventa tendrá más de arte y menos de ciencia que en la actualidad. No es sólo que el mundo se está volviendo cada vez más complejo e incierto, sino que además los antiguos modelos de adopción de decisiones están fallando y cabe prever que su fracaso también se acelere”.

Erich Fromm, llega a una conclusión similar a la del sociólogo italiano, “el individualismo nos obliga a adoptar tantas y tan graves decisiones que a veces nos sentimos intimidados. Aparentemente somos libres de adoptar personalmente numerosas decisiones, pero también sentimos la soledad resultante de dichas decisiones”. (en Cabot y Kahl, 1967:203).

Otros autores como León Festinger (1957) hablaron “disonancia Cognitiva”, ajuste que surge en la incertidumbre de toma de decisiones. En este punto, uno podría pensar que la imitación ayuda a reducir esa disonancia.

Siguiendo a Mary Ainsworth, el psicólogo clínico John Bowlby elabora en 1989 la teoría de la base segura. Según afirma el autor “el concepto de base personal segura a partir de la cual un niño, un adolescente o un adulto salen a explorar y a la cual regresan de vez en cuando es un concepto que he llegado a considerar decisivo para la comprensión del modo en que una persona emocionalmente estable se desarrolla y funciona a lo largo de toda su vida” (Bolwby, 1989:60).

Según este autor, durante la primera etapa del infante la relación de apego del individuo con sus padres será el factor fundamental que defina su concepción y relación con el mundo a lo largo de toda su vida. De esta manera, Bowlby introduce tres categorías analíticas para estudiar temas como el temor a ser rechazado y la inseguridad propia. La teoría de la base segura establecen los rasgos de la personalidad. La primera de las pautas es: a) el apego seguro, en el cual el sujeto confía en sus dos padres; b) el apego ansioso resistente, se caracteriza por la incertidumbre de saber si su progenitor lo ayudará cuando este lo necesite y c) el apego ansioso elusivo, por el que el sujeto tiene certeza de no recibir ayuda de sus padres en situaciones de amenaza.

El modo de internalizar estos modelos influyen en el grado de disonancia (en el sentido de Festinger) que una persona puede experimentar al tomar un decisión. Esto hace que en casos de apego elusivo y seguro la posibilidad de imitar sea menor que en el caso del ansioso resistente donde la inseguridad e incertidumbre se juegan sus cartas principales. Sin embargo, aquellos que desarrollan una personalidad vinculada al apego elusivo son proclives a establecer lazos emocionales autoritarios mientras que los que se han criado en una base sólida entablan su posición frente a los demás sin recurrir a método tiránicos. Dicho en otras palabras y aplicado a nuestro objeto de estudio, las ansiedades y los temores llevan a aumentar el grado de imitación en personalidades “resistentes”, pero aumenta la coacción en aquellas “elusivas”.

Winnicott desarrolla una teoría similar con el objeto transicional, el cual cumple con la necesidad de despegar de los lazos de la madre y el ambiente. La imaginación y la creatividad se irán desarrollando si el niño puede aferrarse a un objeto a través de un sentimiento de confianza en sí mismo. El juego es la primera experiencia creadora capaz de separar el entorno situacional (el objeto primario) de la figura materna (objeto libidinal) (Winnicott, 1996:135). Es factible, que en aquellos en los cuales el objeto transicional se haya desarrollado de manera débil, la falta de capacidad innovadora y creativa lleve a imitar más que en aquellos en los que el proceso se ha dado en forma inversa.

Más allá de estas tesis e hipótesis, ante la ansiedad que despierta la incertidumbre la mayoría de nosotros imitamos o tomamos modelos de conducta que nos han parecido exitosos en el pasado. Es pues, y teniendo como referencia a nuestros gerentes y referentes laborales más cercanos que tendemos a emular sus formas de conducta. Lo que está en juego, en este tipo de acción social es la búsqueda del éxito o concreción de los fines propios.

Sin embargo, esto no ha de ser tan simple, en las organizaciones tal como afirma Renate Mayntz existen una multiplicidad de factores entrelazados en forma compleja que muchas veces derivan en consecuencias no previstas (Mayntz, 1987:182). Por este motivo, es difícil poder comprender que el sujeto busque siempre el éxito personal o de su grupo de referencia. Habrá ocasiones, en que la imitación simplemente le sirva como modo de comunicación, volviendo a Tarde sin beneficio alguno.

Es el caso, de los propios supervisores o gerentes que en otras cuestiones imitan el comportamiento de sus propios empleados, muletillas, frases o cosas que de ellos capture su atención. En esta línea, arribamos a una conclusión interesante. Si bien la imitación en una organización comúnmente se observa desde las bajas posiciones con respecto a las altas, no es extraño que aquellos que forman parte de las posiciones superiores fijen su atención en sectores inmediatamente más bajos. Lo que el sociólogo americano Robert Merton, denominó grupo de referencia y de pertenencia.

Interesantes estudios como los de Rom Zemke y otros, han llegado a la conclusión que en ocasiones los grupos pertenecientes de generaciones más jóvenes reproducen pautas y prácticas culturales totalmente antagónicas a la generación anterior. De esta manera, y al cabo de dos generaciones las conductas tienden a repetirse y los jóvenes de hoy conciben como novedoso y preferible lo mismo que en su época consideraron sus abuelos. Estos hallazgos ponen en evidencia que incluso se puede imitar por oposición y antagonismo -como una acción no planificada-. (Zemke y otros, 2000:267-270)

La imitación puede vivirse (también) como un proceso alienante para el individuo. Según esta perspectiva, existen en todas las organizaciones sujetos más proclives que otros a permeabilizar el entorno prescriptito y sacrificar así sus propios intereses de grupo. Se puede plantear el cuestionamiento desde el equilibrio entre dos realidades, la interna y la externa. Según esta teoría, la imitación posee un factor disfuncional hacia la organización ya que al estereotipar la conducta, aísla al aparato psíquico del medio en el cual éste está inserto. (Schvarstein, 1991:72).

Esta idea habla implícitamente del reconocimiento como variable independiente de las relaciones de poder. En palabras de Hegel -uno de sus máximos exponentes-, “dos sujetos se enfrentan con miras al reconocimiento. Uno de ellos debe ceder al otro, debe abandonar su deseo y satisfacer el deseo del otro.” (en A Kojeve, 1975)

Si es el reconocimiento (o la necesidad de él) un factor que predispone a la imitación deberían cuestionarse los motivos que conducen a ver en el otro (como alter) instituido e instituyente, un reflejo del propio yo. En este punto, la otreidad se construye recíprocamente con mi propia percepción como la propia subjetividad se relaciona con la percepción del alter ego. Sin embargo, aun cuando esta dialéctica permite arribar a conclusiones interesantes con respecto al papel del poder y su relación con el reconocimiento, encuentra grandes obstáculos cuando se topa con la confianza como elemento estructurador.

En efecto, si la alineación produce (entre otras cosas) una falta de confianza en sí mismo por lo cual se despliegan ciertas fuerzas capaces de aprehender al otro en sus conductas, la posibilidad de establecer en la organización pautas comunes basadas en la confianza serían estériles. Llegado este punto, el sistema normativo y coercitivo sería el único capaz de regular una relación basada en la desconfianza o mejor dicho en la falta de ella. Es quizás este tema, el que llevó al joven Marx a concebir la historia como una constante “lucha de clases”.

Como ya es sabido, la tesis marxiana no ha podido explicar los comportamientos en procesos de estabilidad y cooperación. Desde ya, se la considera una herramienta útil para comprender la imitación como forma alienante de relación pero tiene serios inconvenientes para explicar el motivo por el cual también la encontramos en procesos contrarios.


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