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EL TURISMO EXPLICADO CON CLARIDAD
Autopsia del Turismo, 2ª parte


Francisco Muñoz de Escalona

 

 

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La ciudad

La visión retrospectiva de la incentivación nos sitúa en los orígenes del proceso urbanizador. Es en las ciudades donde se localizaron desde su aparición hace siete u ocho milenios casi todos, por no decir todos, los elementos que generan la necesidad de elaborar planes de desplazamiento.

Jane Jacobs (The Economy of Cities, 1969, citado por Fernando Braudel, La Terre, en La Mediterranée, Flammarion, París, 1985) sugiere que lo más verosímil es que las ciudades aparecieran al mismo tiempo que los núcleos poblados menores. Braudel cita los casos de Jericó y Catal Hüyük como ejemplos de aglomeraciones neolíticas de carácter urbano en las que llegaron a vivir cerca de 2.000 habitantes, una población ciertamente masificada para su tiempo (VIIº milenio a. C.). Las ciudades se comportan desde sus orígenes como auténticos centros organizadores, una función que se materializa en la prestación de servicios administrativos, políticos, religiosos, educativos, financieros y comerciales que les permite jugar un papel hegemónico.

Los sumerios fueron uno de los primeros pueblos que fundaron verdaderas ciudades. Ni semitas ni arios, los sumerios ocuparon las orillas del Pérsico, entre el Tigris y el Éufrates. Sus primitivos asentamientos, construidos en barro (en Mesopotamia, como es sabido, no hay áridos) crecieron hasta convertirse en ciudades en las que pronto se erigieron templos para los dioses, palacios para la nobleza y cuarteles para los guerreros. Además de palacios y templos, los pueblos de la Antigüedad también dotaron a sus nacientes ciudades de instalaciones adecuadas para el estudio, la enseñanza y la investigación. Entre ellas podemos citar la Casa de Vida en Egipto, lugar en el que trabajaban y se formaban los jóvenes de la nobleza para cumplir futuras tareas administrativas (escribas) o religiosas (sacerdotes).

Los edificios más precarios se destinaban al pueblo llano, primero compuesto por agricultores y sirvientes de los nobles y más tarde por artesanos y comerciantes, sin olvidar la población esclava, producto de la dominación de los pueblos vencidos. Fue en Sumeria donde se inventó la escritura (de caracteres cuneiformes), se laborearon los primeros campos para cultivar cereales y se domesticaron los primeros animales para cultivar la tierra y como fuente de alimentos. Las ciudades se convirtieron pronto en centros de innovaciones tecnológicas. Después de cerca de diez mil años, la ciudad sigue, y seguirá siendo una fuente inagotable de cambios tecnológicos y sociales.

Anatolia, Creta, Persia, Siria, Palestina, Mesopotamia, el Punjab y el valle del Nilo, entre otros muchos lugares de la Tierra, se poblaron de ciudades, algunas de ellas de cierta envergadura como Nínive, Babilonia, Ur, Jericó, Troya, Damasco, Jerusalén, Atenas, las dos Tebas (la egipcia y la griega), Luxor, Medina, La Meca, Samarcanda, Alejandría. Y tantas otras. El proceso urbano, ya milenario, es imparable.

A principios del siglo XIX se alcanzaron niveles de concentración de la población en ciudades inimaginables hasta entonces. Cincuenta años más tarde, aquellos niveles fueron ampliamente superados. La superación del tamaño de las ciudades es continua. En el futuro previsible seguirán superándose los altos niveles ya alcanzados. El crecimiento demográfico en la Tierra se puede comparar con el del verdín del agua estancada en un charco: no parará hasta que no cubra todo la superficie. La Tierra puede quedar convertida en una sola e inmensa ciudad si antes el crecimiento urbano no se detiene por el efecto de factores políticos. “Creced y multiplicaos”, puede leerse en el Génesis. El mítico mandato que Yahvé dio al hombre después de crearlo se está traduciendo en una ley de carácter más físico que cultural.

La ciudad que más relieve alcanzó en la Antigüedad fue, sin duda, Roma. Fundada en el siglo VIII a. C., casi un milenio después superaba el millón de habitantes como consecuencia del fenómeno que hoy llamamos éxodo rural, pero también de las guerras de conquista de otros pueblos. Los plebeyos de Roma procedían del campo. Los había de casi todas las provincias del Imperio. Lo mismo podemos decir de las clases dirigentes, las clases senatorial y equestre. A estos tres tipos de residentes permanentes, que eran ciudadanos porque tenían reconocido el derecho de residencia, hay que añadir los esclavos, tan abundantes en Roma que llegaron a cubrir del orden de un 20% de la población total. En la historia de Roma se dan cita casi todos los factores que influyeron en la formación de otras ciudades antiguas, anteriores y posteriores, y que son, en líneas generales, los mismos que volvieron a darse desde el Renacimiento hasta nuestros días. La Roma antigua conoció ya, hace dos mil años, lo que hoy llamamos masificación y hacinamiento, realidades que algunos consideran exclusivas de nuestra época, cuando, como hemos visto, son consustanciales al urbanismo desde sus orígenes.

En Roma hubo representantes de todas las razas, culturas y pueblos conocidos. Roma fue siempre cosmopolita (abierta) y, como tal, objeto de grandes oleadas de inmigrantes, y visitada por personas de todas las clase sociales y de todas las procedencias. Desde la primera decadencia de la ciudad de Roma, a partir del siglo V de nuestra era, hubo que esperar hasta el siglo XIX para encontrar una ciudad comparable a la antigua Roma en tamaño, población y poder. La vida en Roma adquirió tal esplendor que se abrió un abismo entre la vida rural y la vida en ciudades de menor envergadura. Para los habitantes de Roma eran todos los bienes de la tierra y todas las facilidades. Para los campesinos, los rústicos (del latín rus, campo) quedaba el duro trabajo de sol a sol, privados de fiestas, diversiones, espectáculos y juegos. La división en clases, con su inherente distribución desigual de la riqueza, alcanzó en Roma una de sus cumbres. Los patricios eran propietarios de barrios urbanos cuyas viviendas alquilaban a los plebeyos. También podían poseer varios palacios en la Urbs y más de una villa de descanso en el campo. Algunos podían poseer hasta mil esclavos a su servicio, aunque el emperador tenía veinte veces más. Junto a ellos había en Roma hasta doscientos mil indigentes sin oficio ni beneficio (ociosos, en el sentido peyorativo del término) cuya vida dependía casi por completo de la beneficencia obligada de los poderosos (la clase ociosa).

Las clases ricas tenían entre sus obligaciones no escritas las de atender a las necesidades de la plebe indigente. También se ocupaban, con el emperador a la cabeza, de organizar fiestas para solaz del pueblo. Roma dispuso de numerosos gimnasios, teatros, anfiteatros, coliseos, termas, circos y estadios, lugares a los que acudían diariamente los romanos para consumir el mucho tiempo que les quedaba libre después de una corta jornada de trabajo, una actividad a la que se dedicaba solo una parte de la población. La tarde quedaba libre para todos, ricos y pobres. No es fácil hacer un recuento fiable de los días de fiesta anuales en Roma. El historiador francés Jerôme Carcopino (Ver Roma en el apogeo del Imperio Romano, Temas de Hoy, Madrid, 1998) afirma que había 22 días sagrados y 115 de ludi, lo que hace un total de 137 días festivos sin contar las fiestas que tenían lugar fuera de Roma, las romerías y las peregrinaciones. Hay historiadores que estiman que los días de fiesta cubrían en la antigua Roma más de la mitad del año. Los juegos organizados por el emperador, por ejemplo, podían durar meses enteros.

Esta era la parte visible de una política orientada a ordenar la convivencia de las masas trabajadoras, que, como ya hemos dicho, estaban desocupadas durante gran parte del día, y del resto de la población plebeya, que carecía de ocupación remunerada, y que era más numerosa aún que la primera. No es exagerado decir que la vida de los romanos era una vida de ociosidad, tanto la de los ricos como la de los pobres, aunque no se tratara, evidentemente, de la misma clase de ocio. Si a ello unimos que los romanos hacían muy poca vida doméstica y que pasaban la mayor parte del día en la vía pública, podemos imaginar el trajín y el bullicio (tráfago) que existiría en la ciudad de Roma, tan ensordecedor que perturbaba la apacible vida a la que algunos patricios romanos aspiraban. Se comprende que los ricos se ausentaran para vivir temporalmente en sus lujosas y confortables villas campestres o del litoral, o para visitar las colonias (por obligación, por aumentar sus conocimientos o por gusto) Una costumbre ésta, la de ausentarse del lugar de residencia por placer, que solo muy recientemente se ha generalizado a casi todas las clases sociales, pero que, en el pasado, solo practicaban los nobles y asimilados, es decir, las clases ociosas. Como vemos, esta costumbre era ya practicada con cierta frecuencia por los patricios de las grandes ciudades de la Antigüedad, sobre todo de Roma.

El antropólogo e historiador Juan Eslava Galán (Ver su obra Roma de los Césares, Planeta, Barcelona, 1998) narra la siguiente anécdota, altamente expresiva de la vida cotidiana en la antigua Roma:

-¿En qué se parece Roma a una ciudad sitiada?, pregunta de sopetón Cayo Sempronio Semproniano

- Pues no sé, admite Daciano. En que los que estamos dentro queremos salir y los que están fuera quieren entrar.

El autor delinea un modelo de evidente interés para el análisis de los núcleos urbanos desde el punto de vista de los desplazamientos circulares. Las ciudades se fundan como lugares de residencia permanente, pero sus habitantes se sienten impulsados a ausentarse de ellas pasajeramente. Cuando una ciudad logra alcanzar cierto grado de excelencia atrae la residencia pasajera de quienes no viven permanentemente en ella. Cualquier ciudad se ajusta con mayor o menor intensidad a este modelo en todas las épocas sobre las que disponemos de datos.

Pero no debo limitarme a las fiestas y a las solemnidades, a los deportes o al recreo. Es en las ciudades donde se localizan las más relevantes actividades productivas artesanas, industriales y de servicios. También es en ellas donde existe la posibilidad de satisfacer necesidades que no pueden ser satisfechas en otros lugares, entre ellas el aprendizaje y la formación técnica en numerosas actividades productivas y artísticas, el estudio de muchas materias del saber, de la erudición y del pensamiento, y, como hemos dicho, el disfrute de numerosas y variadas actividades festivas, deportivas, espectaculares y religiosas, así como la adquisición de numerosos productos, la contemplación de monumentos, la asistencia a espectáculos públicos y la resolución de numerosos asuntos, entre otras muchas posibilidades. Tanto las respuestas dadas a unas, las productivas (en el sentido más lato posible), como a otras, las lúdicas (igualmente en sentido lato), conforman un entramado inextricable de elementos y servicios incentivadores con los que quienes no residen en una ciudad específica pueden elaborar planes de desplazamientos para su posterior realización.

Las clases dirigentes de Roma consideraron a las ciudades griegas como auténticos complejos incentivadores de planes de desplazamiento. Los romanos quedaron cautivados por la cultura griega que, como es sabido, les sirvió de modelo para configurar la suya propia, hasta el punto de que muchos estudiosos no hacen distingos entre ambas culturas. Realizar y ampliar estudios en Grecia y recibir las enseñanzas altamente especializadas de sus filósofos, gramáticos y retóricos fue para los jóvenes patricios romanos una aspiración que no pocos de ellos pudieron permitirse. El llamado Grand Tour, los viajes al extranjero para culminar un proceso educativo, que se tiene como el antecedente inmediato de lo que algunos llaman el turismo moderno, (a pesar de que entienden por tal concepto un viaje de recreo y no de estudio) no surge, como se afirma a menudo, en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII. Es tan antiguo como la Civilización.

El comercio romano con Grecia y con otros países del extremo oriental del Mediterráneo fue siempre muy intenso. También fueron muy intensas las expediciones guerreras romanas, tanto por tierra como por mar, a Oriente, desde el próximo al lejano, algo que ya habían hecho antes los grandes guerreros helénicos, entre los que destacó Alejandro III de Macedonia.

Cervantes resume lo que pretendemos decir con esta certera descripción de la ciudad de Barcelona durante el siglo XVII: Flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y un curioso deseo En su obra cumbre (segunda parte, capítulo 62), Cervantes pone en boca de Don Quijote estas palabras llenas de la admiración que él mismo sentía por esta singular ciudad, sin duda la más importante de España en su tiempo: Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza única. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto. No cabe expresar de modo más claro, bello y exacto las aspiraciones de los fundadores y los gobernantes de ciudades. Como es obvio, unas lo consiguen plenamente, otras solo en parte y muchas no solo no las materializan sino que acaban en la ruina y desapareciendo de la faz de la Tierra.

Roma, llamada la Ciudad Eterna, es una de las muchas ciudades del mundo que lo consiguieron. En Viaje de Turquía (Diálogo de Pedro de Urdemalas, Juan de Voto de Dios y Matalascallando), obra de autor anónimo escrita a mediados del siglo XVI podemos leer que entre las cosas más insignes que hay en Roma hay una casa y huerta que llaman la Viña del Papa Julio en donde se ven todas las antiguallas principales del tiempo de los romanos que se pueden ver en toda Roma y una fuente que es cosa digna de ir de aquí allá a solo verla. La casa y huerta son tales que yo no las sabré pintar, sino que al cabo de estar bobo mirándola no sé lo que me he visto, digo, ni lo sé explicar. Bien tengo para mí que tiene más que ver que las siete maravillas del mundo juntas (...) Y el que mejor la goza es un casero, que no hay día que no gane más de un escudo a solo mostrarla sin lo que se le queda de los banquetes que los cardenales, señores y damas cada día hacen allí. Preguntado Pedro por las otras cosas que “hay que ver” en Roma, contesta: El Coliseo, la casa de Virgilio y la torre donde estuvo colgado, las termas. Casas hay muy buenas (Ver Viaje de Turquía, ed. De Marie-Sol Ortola. Castalia. Barcelona, 2000. p. 578) El autor muestra claramente un museo arqueológico que, además de recibir visitas guiadas, funcionaba como lugar de celebración de fiestas sociales. La inclusión de elementos incentivadores como el Coliseo y las termas entre las cosas que hay que ver en Roma refleja que los intelectuales europeos del siglo XVI contaban entre sus opciones con la posibilidad de hacer grandes desplazamientos circulares para satisfacer necesidades estéticas o el prurito de estar en presencia de singularidades famosas.

En la obra citada encontramos la descripción de lo que podemos llamar la ruta de las siete iglesias de Roma con estas esclarecedoras palabras: Las estaciones en Roma de las siete iglesias es cosa que nadie las deja de andar por los perdones que se ganan: San Pedro y San Pablo, San Juan de Letrán y San Sebastián, Santa María Mayor, San Lorenzo, Santa Cruz. El anónimo autor termina con una recomendación, típica de una moderna guía turística: Bien es menester quien las tiene que andar en un día madrugar a almorzar porque hay de una a otra dos leguas, al menos de San Juan de Letrán a San Sebastián (ob. cit. pp. 576 y 577)

Uno de los elementos incentivadores más eficaces del turismo en el pasado medieval de Europa consistió en la presencia de demiurgos y santos a los que se tenía por mediadores entre Dios y los hombres y se les reconocía poder para sanar enfermos, aliviar lisiados, multiplicar los bienes, proteger los campos y revelar el porvenir. Una vez muertos, todos sus poderes continuaban presentes en sus reliquias. El autor de Viaje de Turquía se refiere a las reliquias de una monja incorrupta en un monasterio de la ciudad italiana de Viterbo. Lo describe con estas palabras: Tomé la posta y vine en Viterbo, donde no hay que ver más que una muy buena ciudad y muy bella y grande. Hay una santa en un monasterio, que se llama Santa Rosa, la cual muestran a todos los pasajeros que la quieren ver, y está toda entera; yo la vi, y las monjas dan unos cordones que han tocado al cuerpo santo, y dicen que aprovecha mucho a las mujeres para empreñarse y a las que están de parto para parir; hanles de dar algo de limosna por el cordón, que de eso viven. Un par de cordones me dieron y diles un real, con lo que quedaron contentas (...) Yo no traía los cordones porque creyese sino por hacerlo en creer acá cuando viniese, y tener cosas que dar de las que mucho valen y poco cuestan (ob. cit. pp. 580 y 581)

El autor no solo recoge claramente la función incentivadora de las reliquias sino que, por si fuera poco, nos deja el testimonio de que en el siglo XVI estaba en boga la costumbre del tornaviaje o souvenir.

Reflexionaré ahora sobre algunos elementos incentivadores característicos de las ciudades. Limitémonos a los que se orientan a la realización de actividades propias del tiempo de ocio, entendido como es habitual hacerlo hoy, como simple tiempo libre o no comprometido con actividades productivas en general y laborales en particular. Desde muy pronto, las ciudades se especializaron en ofrecer servicios para satisfacer necesidades eutrapélicas, las que sienten los humanos de abandonar la seriedad para divertirse sin excesos y volver con fuerzas renovadas al trabajo. Aunque Aristóteles situó al eutrapelos a medio camino entre el simple bromista y el hombre desapacible, el cristianismo censuró todo tipo de entretenimiento hasta que santo Tomás proclamó en frase célebre la trascendencia del juego para la vida humana. La virtud de la eutrapelia también estaba detrás del ideal renacentista del vir facetus, ese hombre culto y refinado, pero capaz al mismo tiempo de deslumbrar en los salones con su ingenio y sus facecias o divertidas anécdotas.

Como dice Cervantes, no siempre se está en los templos, no siempre se está en los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean. Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse. Para este efecto se plantan alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines (Ver Antonio Orejudo: “Un asunto muy serio”. El País, 2001)

Que no haga referencia aquí a los servicios incentivadores que se orientan a la realización de actividades propias del tiempo de negocio no debe interpretarse como que los excluyo de la función incentivadora de desplazamientos circulares que sin duda cumplen. Pienso en la gran capacidad de incentivación que tienen las ciudades que son sede de instituciones políticas (ejecutivo y parlamento), judiciales (tribunales), militares (cuarteles), religiosas (catedrales), educativas (universidades), asociativas (sedes de organismos empresariales), culturales (museos) deportivas (estadios).

Los servicios incentivadores orientados a satisfacer necesidades derivadas de las actividades de negocio también se han localizado tradicionalmente en las ciudades o en sus proximidades, y generan planes de desplazamiento circular.

Los estudiosos de las antiguas pinturas egipcias han logrado demostrar que en la civilización nilótica ocupaban un lugar destacado las fiestas, los juegos y las ceremonias religiosas o reales. Algunos historiadores sostienen que ya entonces se representaban auténticas obras teatrales. Entre los espectáculos que se organizaban en el antiguo Egipto hay que distinguir los organizados por simples particulares, generalmente de carácter profano, y los organizados por el faraón o en su nombre. Estos últimos se celebraban en los templos y en los palacios y eran de carácter religioso.

Durante el Imperio Antiguo, los egipcios celebraban banquetes con numerosos invitados en los que se ofrecían espectáculos de ballet al son de la música interpretada por pequeñas orquestas y se practicaban diversos juegos de mesa. Esta costumbre se mantuvo hasta el Imperio Nuevo. Los músicos se sentaban en el suelo y las bailarinas, que llevaban por todo atuendo un paño y dos estolas, evolucionaban en paralelo haciendo gestos y movimientos inspirados por la melodía.

Las ceremonias reales se organizaban en Egipto con diversos motivos: el nacimiento de quien estaba llamado a suceder al faraón, su posterior entronización, la fundación y dotación de los templos, las victorias guerreras y las actividades cinegéticas, la conmemoración de determinados aniversarios y los rituales funerarios. El pago de los tributos a los que venían obligados los representantes de los países sometidos al poder faraónico tenía lugar en el seno de ceremonias muy solemnes a las que eran invitados los representantes de los pueblos vasallos. Las delegaciones de estos pueblos llegaban a la ciudad imperial procedentes de numerosos países tributarios. Nubios, asiáticos, libios e incluso residentes en las islas del mar Egeo y en la Tierra de Punt (la actual Somalia) se postraban ante el faraón portando los presentes que habían traído de sus lejanas tierras. Después de depositar sus tributos a los pies del trono, renovaban su pleitesía y dependencia. Los estudiosos sostienen que la ceremonia de entrega de tributos era especialmente brillante y presenciada por numerosos súbditos. Las delegaciones extranjeras venían acompañadas por grupos de músicos y bailarines que recorrían las calles de la ciudad imperial ataviados con exóticos trajes, interpretando danzas y ejecutando pantomimas.

Los egipcios no establecían separación entre política y religión. El faraón encarnaba la soberanía como dios vivo, descendiente de Amon-Ra, el dios sol. No había fronteras entre lo profano y lo sagrado. La dignidad de la que el faraón estaba investido era de naturaleza divina. Las ceremonias reales se incardinaban en las antiguas tradiciones religiosas. Dada su naturaleza divina, el faraón tenía el deber de mantener personalmente el culto de los dioses, sus antepasados. Era él quien presidía los ritos religiosos, aunque los sacerdotes los podían realizar en su lugar por delegación expresa del faraón.

La vida litúrgica tenía su centro principal en el templo, morada de la divinidad. La ciudad de Tebas debió su esplendor a la residencia de los faraones de la IX dinastía (siglo XXI a. C.), cuyos miembros introdujeron en Egipto el culto de Amon, dios que pronto se convirtió en el hegemónico del olimpo egipcio. En su honor se celebraba en Tebas la fiesta de Opet, también llamada de Luxor, a mediados del mes décimo del año. Era una de las más solemnes del calendario egipcio de fiestas. El cortejo salía del templo de Karnak para dirigirse hacia el sur, al de Luxor. Para las procesiones, los sacerdotes disponían de un barco simulado portado por ellos mismos, con una cabina central adornada de tapices que hacía las veces de capilla ambulante con la que se evitaba que ojos profanos vieran a los dioses. El barco representaba la nave con la que el dios solar recorre diariamente el océano del cielo. A continuación iba el faraón. En el embarcadero del Nilo, el cortejo abordaba un barco ceremonial revestido de oro.

La parte más espectacular de la fiesta era la navegación por el Nilo en un barco que, en realidad, era un templo flotante, remolcado por embarcaciones movidas por remeros. Majestuosamente, la embarcación que llevaba al dios remontaba la corriente hacia el sur mientras en las orillas del río se formaba un nutrido cortejo de sacerdotes, soldados armados con estandartes, músicos venidos del desierto de Libia, danzarines procedentes de Nubia haciendo contorsiones y acrobacias y, es de suponer, que también una abigarrada muchedumbre Aunque la muchedumbre no figura en el bajorrelieve que sirve de información a los estudiosos, es posible imaginar su presencia, procedente de diversos lugares, aclamando el paso del cortejo náutico desde las orillas del Nilo.

La flotilla se detenía al llegar al embarcadero del templo de Luxor y la imagen del dios era de nuevo portada por los sacerdotes hasta el templo. Al finalizar los ritos sagrados, el cortejo volvía con el mismo ceremonial hasta el templo de Karnak.

Además de la fiesta descrita, en el Valle de los Reyes tenía lugar otra fiesta litúrgica dedicada a Amon, la llamada Hermosa Fiesta del Valle. Estas dos fiestas siguieron celebrándose durante tantos años que lograron llegar con algunas modificaciones hasta Grecia y Roma. En nuestros días, los cristianos coptos y los musulmanes que viven en Egipto celebran fiestas similares.

Babilonia llegó a ser una de las ciudades de más relieve del mundo antiguo durante miles de años. A lo largo de su dilatada vida tuvo momentos de esplendor seguidos de otros de decadencia. Uno de sus momentos de grandeza lo debe a la atención que le prestó el rey Nabucodosor II, quien introdujo en su reino el culto del dios Marduk. Este rey quiso hacer de Babilonia, en honor de Marduk, algo más grande, más bello y más esplendoroso que lo que ya había sido bajo el reinado de Hammurabi, el famoso legislador de la Antigüedad. Nabucodonosor II construyó el primer museo de arte del mundo antiguo dedicado a ofrecer muestras del gran pasado de la ciudad y de su espléndido presente ante los ojos de sus súbditos y de los numerosos visitantes, mercaderes y peregrinos de todo el mundo que recalaban en ella. Imitaba al gran rey asirio Asurbanipal, quien con su fabulosa biblioteca, dedicada a la gran literatura sumeriobabilonia, erigió también, sin duda, un monumento de indudable significación incentivadora.

Nabucodonosor II instituyó en honor de Marduk la llamada Fiesta de Fin de Año. Esta fiesta no sólo era la más importante de la ciudad de Babilonia. También tenía un significado fundamental para la totalidad del Estado. Todos los nobles del país llegaban anualmente a Babilonia en caravanas para participar en la ceremonia. La fiesta conmemoraba las vicisitudes seguidas por un dios redentor de las miserias humanas que es hecho prisionero y torturado y que, después de desaparecer (morir) en el mundo de las sombras, resucita de entre los muertos.

Parecen caber pocas dudas sobre el carácter de antecedente que esta fiesta babilonia tiene con respecto a la que se sigue celebrando hoy en los países de tradición cristiana. La cristiandad celebra durante la llamada Semana Santa y durante la Navidad ritos religiosos similares. Durante la celebración tenían lugar en Babilonia sacrificios de animales y escenas en las que el rey se despojaba de todas los emblemas de su poder y era golpeado en el rostro por el gran sacerdote. Las imágenes de los dioses de las demás ciudades del reino llegaban en solemne procesión y eran introducidas en Babilonia, unas en carros, por tierra, y otras en embarcaciones, por vía fluvial. La imagen de Marduk era depositada en un barco que remontaba la corriente del río Éufrates. Las orillas del río se llenaban de una multitud ataviada especialmente para la ocasión y daba comienzo el viaje del rey junto a la imagen de Marduk hasta un templo situado extramuros.

Hay estudiosos que sostienen que esta fiesta era, en el fondo, la representación de un drama de naturaleza religiosa. Finalmente, la comitiva regresaba a la ciudad. El rey sujetaba la mano del dios mientras los sacerdotes y el pueblo cantaban himnos sagrados y desfilaban por el llamado camino de las Procesiones, que iba desde el templo hasta la Puerta de Ishtar, especialmente construida para la fiesta. Como en la fiesta egipcia que antes hemos descrito, también ésta estaba dedicada a garantizar la fertilidad de la tierra durante el año que comenzaba. Durante los días que duraban los festejos reinaba en Babilonia un ambiente parecido al de las saturnales de Roma: los papeles de las clases sociales se alteraban y otras muchas normas sociales especialmente rígidas quedaban en suspenso. Las fiestas de la Antigüedad estaban estrechamente unidas a los ritos religiosos y éstos, muy frecuentemente, tenían relación, como hemos visto, con la fertilidad. Sobre la base de estos ritos festivos nació el teatro clásico griego. En los templos, en las grutas y en los campos se representaban escenas sobre la muerte y resurrección de algún dios, hierogamias, simulaciones de combates, procesiones de máscaras, orgías y carnavales.

Como puede leerse en el Canto XXIII de la Ilíada, Aquiles, al conocer la muerte de Patroclo a manos de Héctor, organizó en su honor unos grandes funerales compuestos de dos partes: la incineración del cadáver en una pira junto con numerosos animales y rehenes troyanos, previamente sacrificados, y una competición de fuerza, destreza y habilidad. Los sacrificios de animales a los dioses eran frecuentes en la Antigüedad. En el caso de Grecia, las fiestas religiosas se desarrollaban de acuerdo con un estricto protocolo. Los sacerdotes y sus auxiliares formaban una procesión seguidos de los animales que iban a ser sacrificados y a continuación el grupo de coterráneos que ofrecía el sacrificio, que era el acto culminante de la fiesta. Con el paso del tiempo se añadieron numerosos ritos entre los que hay que resaltar representaciones teatrales, y competiciones deportivas. Según los historiadores, los primeros juegos atléticos se celebraron en honor de Zeus el año 1370 a. C. Más tarde cayeron en el olvido para ser restaurados en el siglo IX a. C. aprovechando una tregua en las frecuentes guerras entre las diferentes nacionalidades griegas. Los juegos del año 776 a. C. consistieron en una sola prueba, la carrera del estadio (medida de longitud de 192,27 metros). En las ediciones posteriores se incluyeron nuevas pruebas: carreras más largas, saltos de longitud, un penthalon, lanzamientos de disco y de jabalina, luchas cuerpo a cuerpo y otras, y participaron atletas griegos sicilianos y cretenses. Los juegos olímpicos eran cuadrienales, se celebraban en verano, duraban cinco días y estaban ligados a ritos religiosos. Cada ciudad enviaba a sus atletas, que tenían que ser de estirpe griega y de condición libre. Los juegos olímpicos se convirtieron ya en el siglo VI en un hito destacado para las familias griegas de mayor nivel social.

El ejemplo de Olimpia fue seguido por numerosos santuarios. Todos los años se celebraba algún acontecimiento deportivo en alguna ciudad o lugar sagrado que congregaba participantes y espectadores de todas las ciudades griegas. Entre todas terminó destacando Atenas, ciudad que, desde mediados del siglo VI, organizaba entre otros el festival conocido como las Grandes Dionisias o Dionisias Urbanas, que duraba varios días y que incluía, entre otras actividades, la representación de obras de teatro. Todo ello era aprovechado por los ciudadanos para exhibir sus habilidades, aumentar su reputación social y, en definitiva, para aumentar su riqueza.

Los romanos siguieron celebrando los juegos olímpicos, enriqueciéndolos con nuevas pruebas, con asistencia de atletas procedentes de todos los rincones del Imperio. En el año 393 d. C, el emperador Teodosio suprimió por decreto los Juegos. Dieciséis siglos más tarde reaparecieron gracias a los desvelos del marqués de Coubertain. Los primeros Juegos Olímpicos de los tiempos modernos se celebraron en Atenas en 1896. Desde entonces se celebran en una ciudad diferente cada cuatro años y constituyen un elemento incentivador de desplazamientos circulares de reconocida capacidad y eficacia, razón por la que todas las ciudades del mundo aspiran a servirles de sede, un objetivo para cuya consecución invierten sumas astronómicas, a las que hay que unir las que deben seguir invirtiendo si su candidatura llega a ser aceptada por el Consejo Olímpico Internacional. La elección de la ciudad donde se celebrarán los Juegos Olímpicos de turno será incluida en los planes de desplazamiento que consumirán masivamente deportistas, aficionados, informadores y espectadores con residencia en cualquier lugar del mundo. Los organizadores esperan siempre que los ingresos que de ellos se obtengan rentabilizarán las inversiones realizadas tanto por los gobiernos involucrados (nacional, regional y local) como por las empresas adjudicatarias de los diferentes servicios prestados a los visitantes.

Podemos ofrecer otros ejemplos que ilustrarían los numerosos, tal vez incontables, elementos incentivadores de cuya presencia en el espacio y en el tiempo da testimonio la histórica. Los hay para todos los gustos y de todos los tipos imaginables, como veremos más adelante, cuando estudiemos su tipología: relacionados con las actividades productivas en toda su amplia gama, así como con las actividades formativas, educativas, culturales, espectaculares, deportivas, conmemorativas, festivas, religiosas, competitivas, contemplativas, aventureras, placenteras, instructivas y curativas o medicinales, entre muchas otras.

Tal vez no sea fácil saber desde cuando los gobiernos y los empresarios se percataron de que las inversiones en ciertos tipos de incentivación de planes de desplazamiento circular pueden ser rentables (sin descartar que puedan ser ruinosas), tanto desde el punto de vista individual (financiero o empresarial) como colectivo (económico). Junto a los Juegos Olímpicos podemos invocar las Exposiciones Universales, desde la que se organizó en Londres en 1852, siguiendo por la de París de 1878, la de Chicago de 1893, la de París de 1900, la de Barcelona de 1929 y la de Roma de 1942 (que no llegó a celebrarse), entre otras muchas, hasta llegar a las tres últimas, las celebradas en Sevilla (1992), Lisboa (1998) y Hannover (2000). Como los Juegos Olímpicos, las exposiciones universales exigen también elevadas inversiones y están consideradas, a priori, como altamente rentables desde numerosos puntos de vista, no siendo de descartar, sin embargo, que algunas tengan resultados desfavorables, al menos a corto plazo, como fue el caso de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, en 1929, que provocó el endeudamiento de la corporación municipal hasta hace poco, casi hasta las mismas puertas de la Exposición Universal de 1992.

Seguirán organizándose estos y otros grandes eventos urbanos en el futuro previsible porque no se justifican solo por su alta rentabilidad financiera sino por otras muchas razones, entre las que ocupa un lugar destacado la construcción de lo que hoy llamamos imagen de la ciudad.

Hoy se habla ya de un arte especial, el que se ocupa de la llamada construcción de ciudades. Podemos citar a estos efectos una frase de Vittorio Magnano Lampugnani, quien afirma que la cultura es un recurso que ha de manejarse con economía y contención. Esto se refiere a ese arte especial de construir ciudades, un arte que tiene primordialmente una función de servicio y que nos ofrece una larga y magnífica tradición en la que inspirarnos. A lo largo de su historia y su evolución, esta tradición ha proporcionado una amplia gama de soluciones que sería estúpido rechazar sin una buena razón. La ciudad es un objeto muy costoso tanto en inversiones como en el trabajo que supone crearlas. La ciudad ha de proporcionar un hogar a mucha gente y generaciones enteras sufrirán las consecuencias de sus efectos (las cursivas son nuestras) (ver V. M. Lampugnani, La ciudad normal, Babelia, El País, 30 diciembre 2000, p. 21)

No debo dejar de citar la atención que recibieron desde muy pronto los lugares singularizados por algún acontecimiento religioso. En este apartado debemos recordar las frecuentes visitas que griegos y romanos hicieron a Delfos, el santuario dedicado al dios Apolo, atendido por una pitonisa a la que se le consultaba habitualmente sobre el porvenir o sobre el éxito de las expediciones guerreras. En la Edad Media encontramos el fenómeno de la invención del sepulcro de un apóstol de Cristo, Santiago el Mayor, uno de los hijos del Zebedeo, cerca de Finisterre, en Galicia (España). El supuesto sepulcro suscitó el llamado Camino de Santiago, ideado, auspiciado y explotado en todos los sentidos de la palabra durante siglos por la orden monástica francesa de Cluny, a la que se debe la redacción del Codex Calixtinus (cuyo autor o compilador parece que fue el francés Ayméric Picaud). La primera guía data del siglo XII (hacia 1135-1140).

Como afirma J. L. Barreiro (Ver: La función política de los caminos de peregrinación en la Europa medieval. Estudio del Camino de Santiago, Tecnos, Madrid, 1997), el capítulo VIII del libro V del Codex implica una visión de los principales centros de peregrinación de Francia integrados en el Camino de Santiago que ya no responde solo a una práctica común de los caminantes, sino a una idea explicitada y plasmada en un documento cuyo fin era la difusión de la ruta y la incentivación de los viajeros a través de la descripción minuciosa de sus contenidos hagiográficos y artísticos y de la calidad de sus infraestructuras. Cuando este capítulo fue escrito habían transcurrido menos de dos siglos desde que los primeros peregrinos europeos habían llegado a la tumba de Santiago, tiempo insuficiente para que la infraestructura artística y viaria del Camino se hubiese desarrollado tan armoniosamente de forma espontánea; por lo que cabe suponer que el redactor del Codex Calixtinus estaba plasmando, en realidad, un programa de viajes cuyos contenidos se habían explicitado mucho antes. Junto a las peregrinaciones a Santiago debemos citar también las que tuvieron por meta la Ciudad Eterna (Roma) y la ciudad de Jerusalén, lugar santo de las tres grandes religiones monoteístas. Los musulmanes, a su vez, contaron desde el principio con la obligación de peregrinar, al menos una vez en la vida, a La Meca, lugar al que se dirigen anualmente y desde hace nada menos que trece siglos grandes flujos de fieles procedentes de todos los lugares del mundo.

Lo mismo puedo decir de los lugares santos del hinduismo, como Benarés y el río Ganges. Son hechos bien documentados de ayer, de hoy y de siempre. Y, por cierto, no cabe duda de que fueron, son y serán siempre masivos, una característica que algunos expertos en turismo, entre los que destaca el francés Dumazedier, creen que es exclusiva de los desplazamientos de vacacionistas a partir de mediados del siglo XX. No reparan quienes así piensan en el carácter relativo e impreciso del término masivo, pero tampoco en los numerosos testimonios que hacen referencia a la masificación en el pasado. Al referirse a la soledad de su vida en París, Nicolás Gogol escribe en uno de sus cuentos que, un príncipe, en ansiosa espera, vagaba por la ciudad, que lo tenía definitivamente harto. El verano le resultó aún más insoportable: multitudes de forasteros se esparcieron por los manantiales de aguas minerales, los hoteles europeos y los caminos. El fantasma del vacío era total. Las casas y las calles de París eran intolerables; sus jardines quemados por el sol, languidecían irremediablemente entre los edificios. Gogol describe la vida parisina durante los meses veraniegos, época en la que ya en la primera mitad del siglo XIX la ciudad quedaba desierta, algo que un siglo más tarde iba a ser común en cualquier zona urbana de cierto tamaño.

Aunque sea brevemente, debo retomar el hilo que había tomado al hablar de la función que cumplieron las ciudades de la Antigüedad para seguir devanándolo con referencia a las ciudades renacentistas italianas (ciudades - estado, como las de la Antigüedad), a la ciudad de Londres a fines del siglo XVI, a la que ya me he referido más arriba, a las ciudades flamencas y, más tarde, también a las ciudades francesas modernas, cuyo esplendor tiene lugar a partir del siglo XVIII por la deliberada implantación de lo suntuoso en la corte de Luis XIV (ver la obra de Werner Sombart Lujo y capitalismo, de 1912, editada en castellano por Alianza, Madrid, 1979)

El estilo de las ciudades francesas fue muy imitado más tarde por otras ciudades en otros países europeos. Para entonces ya se había transformado la percepción de la riqueza propia de las culturas de la Antigüedad, mantenida, aunque ya en fase de clara transición, durante la Edad Media. Lujo, ostentación, riqueza, elegancia, refinamiento y buen gusto son términos que reflejan bien la sociedad dieciochesca, en la que tan alto papel jugaron las ciudades, pero sin olvidar el cumplimiento de funciones en las que también destacaron y siguen destacando muchas ciudades, como la producción, el comercio, la investigación, el cultivo de la ciencia, el pensamiento y el arte en todas sus manifestaciones y la actividad política y financiera.

Estamos, además, en el siglo del romanticismo, un movimiento artístico y cultural, que si bien nació como consecuencia del desarrollo de las grandes ciudades, en detrimento de lo rústico o campesino (de lo burdo, lo basto y lo plebeyo), también contempló la revalorización intelectual y artística de la Naturaleza, del paisaje y de lo pastoril, elementos que, por cierto, paradójicamente, también se encuentran en el campo, y que fueron parte de la quintaesencia de los nuevos gustos de la época (la Ilustración), aunque siempre vistos desde una óptica profundamente urbana. Las ciudades intensificaron a partir de esta época la rivalidad (competencia) entre ellas. De acuerdo con la lógica propia de la rivalidad, surgieron las modernas políticas orientadas al engrandecimiento urbano. La aspiración de muchas ciudades medievales a imitar los adelantos de otras, como aconteció con los relojes en edificios públicos o religiosos en los siglos XII y XIII, se intensificó con la aplicación de medidas incentivadoras de visitantes en competencia muy reñida por captar una parte sustancial de estancias de forasteros.

No se reduce la tecnología captadora de visitantes a erigir monumentos singulares en las ciudades o en la organización de eventos. Mientras los costes de transporte obstaculizaron la exportación de numerosos productos, una forma de rebasar la capacidad del mercado interior de muchas ciudades consistió en fomentar visitas masivas de forasteros. El autor anónimo de Viaje de Turquía (Castalia, Madrid, 2000) pone en boca de Pedro de Urdemalas una frase que muestra la aplicación de esta técnica en la Italia del siglo XVI: De Florencia vine a Bolonia por un pueblo que se llama Escaroeria donde todos son cuchilleros, y se hacen muy galanos, y muchos aderezos de estuches labrados a las mil maravillas, y lo que más de todo es que por muy poco dinero lo dan. Y no pasa caminante que en apeándose no lleguen en la posada veinte de aquellos a mostrar muchas delicadezas y fuerza dándolo tan barato que todos compren. (ob. cit. p. 601) Al hablar de Bolonia, el autor ofrece un nuevo testimonio de lo mismo: Lo que por acá se trae de allá y se lleva en toda Italia son jabonetes de manos de la insignia del medio melón o del león, que son los mejores, aunque muchos los hacen. Son tan buenos que parescen pomas de almizcle en ámbar; no se dan manos veinte criados en cada tienda d’estas a dar recado. Al rey de le puede acá empresentar una docena de aquellos. (Son) muy baratos. Hay también guantes de damas labrados a las mil maravillas, y no caros, todos cortados de cuchillo, con muchas labores. No hay quien pueda pasar sin traer algo d’esto. (ob. cit. p. 603)

En la medida en que el proceso urbanizador ha logrado ofrecer ciudades que atesoran verdaderas joyas arquitectónicas y estilos urbanísticos que merecen ser conservados, protegidos y restaurados con criterios de fidelidad, se comprende que la comunidad internacional decidiera declarar a ciertas ciudades patrimonio de la humanidad. La UNESCO es un organismo de la ONU que se encarga de hacer este tipo de declaraciones. La intención no deja de ser plausible, pero tampoco puede descartarse que las autoridades locales que aspiran a que su ciudad figure en tan elitista catálogo, lo hagan con fines en parte publicitarios y mercantilizados ya que se admite que las ciudades que lo consiguen ven aumentar sustancialmente el flujo de visitantes.

Resumiendo lo dicho cabe decir que hay ciudades que disponen de un conjunto patrimonial e institucional de cuyo nivel relativo, en los diferentes contextos territoriales y demográficos, depende su capacidad para ser utilizado, parcial o integralmente, como inputs (incentivación) de la producción de turismo o PDC/PEP.


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