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EL TURISMO EXPLICADO CON CLARIDAD
Autopsia del Turismo, 2ª parte


Francisco Muñoz de Escalona

 

 

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IV. CIENCIA Y TURISMO

Como ya he dicho, con el término turismo designan los expertos un fenómeno que tiene efectos sobre la economía y se concibe como viaje de placer al mismo tiempo que conjunto de bienes y servicios privados y públicos incluidas las acciones y medidas de apoyo, fomento y regulación tomadas por las autoridades competentes de los países involucrados y el corpus de conocimientos o teorías que sirven para explicarlo y gestionarlo en beneficio de los turistas y de los países visitados. Después de mostrar la evolución de lo que dicen los expertos que es el turismo hago la siguiente pregunta: ¿Alcanza el conjunto de principios y teorías aportados por los expertos en turismo el nivel que llamamos científico? Dar respuesta a esta pregunta es la finalidad de este capítulo porque creo que es extremadamente útil para nosotros. A pesar de sus semejanzas, no es lo mismo la noción de turismo de la gente, los escritores y los empresarios que la que de los expertos, sea esta de origen teórico o empírico. Después de la larga excursión bibliográfica del capítulo anterior, me propongo enjuiciar en este el estatus alcanzado por los estudios de turismo aprovechando los razonamientos de los expertos que se ocuparon de esta cuestión.

Como la gente, los expertos elaboraron sus nociones de turista y de turismo basándose en la observación. Y como la gente y los empresarios, los expertos parten de la observación para elaborar las nociones de turista y turismo sin olvidar las elaboradas por los primeros. Como ya he dicho, los expertos combinan la noción de turismo de la gente (turismo es lo que hacen los turistas siendo estos los viajeros por placer) con la que tienen los empresarios en particular (turismo es lo que los empresarios venden a los turistas). La noción de los expertos distingue dos elementos constitutivos del fenómeno. Por una parte, el elemento subjetivo o humano (el flujo de turistas, sus deseos y las peculiaridades que los distinguen de los demás viajeros) y, por otra, el elemento objetivo o material (los recursos, bienes y servicios por los que se interesan los turistas). Junto a estos dos elementos, los expertos prestan atención al conjunto de relaciones de todo tipo que se generan entre los turistas por un lado y los residentes en el lugar visitado, por otro.

Las aportaciones de los primeros expertos no se despegan significativamente de las nociones de la gente y de los empresarios a pesar de sus esfuerzos por reelaborarlas y expresarlas de un modo más formalizado y de sus explicaciones a la luz de los principios de ciencias entre las que destacan la sociología, la economía, la psicología, la historia de las civilizaciones y la geografía. Durante la primera mitad del siglo XX los expertos aportaron sus formulaciones teóricas sobre el turismo desde alguna de las disciplinas citadas o de varias de ellas a la vez, impelidos por el convencimiento que tuvieron (y que siguen teniendo) de que el turismo es un objeto de estudio especialmente complejo por sus múltiples e inmanejables facetas.

La crítica que Ossipow hizo a la noción canónica es posible verla hoy como la parte emergente de un iceberg. Es cierto que la definición que Hunziker propuso en 1941, y que un año más tarde reprodujo en la obra que escribió con Krapf, gozó durante años de un alto consenso en la comunidad internacional de expertos en turismo, léase AIEST. Pero eso no quiere decir que no existieran disidencias y críticas antes y después de 1942.

La defensa que de ella hizo Krapf hay que entenderla como un reflejo del estado de cosas existentes durante las décadas centrales del siglo pasado en una materia cuyo tratamiento empezó siendo empírico para transformarse después en especulativo y conceptual para complicarse más tarde con el problema de averiguar a qué ciencia social había que adscribirla. Cuanto más simple es una cuestión más variadas y múltiples son las respuestas que se le dan, ley que Krapf vio confirmada en el proceso de formación de la noción de turismo. Una de las razones que explican la multiplicidad de nociones aportadas por los expertos, según Krapf, es que la forma habitual bajo la que aparece una cosa, su aspecto accidental, la experiencia que de ella se tiene, preside la idea que de ella se forma. Es precísamente esto lo que explica, a juicio de Krapf, que el turismo sea una cosa para un inglés y otra para un suizo, pues mientras el primero ve en él su propio desplazamiento al otro lado del Canal lo que percibe el segundo es el conjunto de actividades lucrativas a las que da lugar la estancia de los turistas ingleses en su país. La visión del primero se aproxima a la noción de la gente, centrada como ya he dicho en el sujeto que se desplaza, mientras que la visión del segundo coincide con la noción de los empresarios, centrada en las mercancías que necesitan los primeros. La reflexión repite, una vez más, las viejas cuestiones, como la del sentido positivo y negativo del turismo, la del turismo dinámico y el turismo estático o la del turismo emisor y el turismo receptor. Tanto el suizo como el inglés del ejemplo de Krapf, tanto la gente como los empresarios, aplican una teoría sensorialista del conocimiento basada en la percepción del mundo exterior que transmiten de una forma puramente descriptiva, anecdótica y alejada de la abstracción de las teorías científicas más elaboradas.

Si la Costa Azul o el Oberland de Berna atrajeron la estancia de extranjeros en el pasado de un modo tan significativo, el motivo no radicaba exclusivamente en la belleza excepcional del paisaje o en los múltiples y variados recursos de sus servicios de hospitalidad. Según los análisis que se hacían del turismo a mediados del siglo XX, los factores que explican la atracción de visitantes son los relacionados con la acogida que dispensa la población residente a los visitantes y con el grado de certeza que los visitantes tengan de encontrar en los lugares que se proponen visitar lo que necesitan para satisfacer sus más recónditos deseos. Estas son las consideraciones que se hizo Ossipow para sostener que el turismo ha de ser estudiado desde la psicología, no desde la sociología de la Cultura o desde la economía, como sostienen los expertos de la AIEST, para quienes, nos guste o no, el turismo ha de verse esencialmente como un hecho económico y social, por lo que son la economía y la sociología las ciencias a las que hay que recurrir para estudiarlo.

Krapf se contradijo cuando, al referirse a la polémica con Ossipow y sus seguidores, afirmó que existe una historia del turismo que narra las hazañas de quienes recorren la tierra por aventura, curación, erudición, peregrinación o simple placer, en oposición a la historia económica, que se ocupa del desarrollo del comercio. Igualmente olvidó que, en 1942, había hecho suyos los planteamientos de Hunziker, encarnados en una noción del turismo en la que lo económico queda subsumido en el magma envolvente de lo sociológico. El turismo está, según ellos, insisto, más cerca de la sociología que de la economía. Sorprende, pues, la radical reivindicación del lado económico del turismo que Krapf hizo más tarde al destacar que, por ser el turismo un servicio pagado, absorbe una parte de la renta. Es decir, que el turismo es un hecho económico y social que debe ser estudiado por la ciencia más afín a su naturaleza, la economía.

He subrayado que el turismo es un servicio porque esta afirmación terminó por convertirse en un tópico tan repetido que condujo a olvidar que del sustrato material del turismo forman parte, en virtud de la concepción hegemónica de los expertos, no solo servicios sino también bienes, y que no es solo uno sino un conjunto heterogéneo de bienes y servicios. A pesar de la virulencia de la polémica mantenida por ambos estudiosos, entre la postura de Krapf y la de Ossipow no hay más que una diferencia de matiz en lo que atañe al campo científico en el que hay que incluir el turismo. Mientras el primero pensaba que el turismo es un fenómeno económico y social, para el segundo el turismo es un fenómeno psicológico. Pero la polémica pierde gran parte de su sentido si se admite que la psicología es también una ciencia social.

Para Krapf y para quiénes defendían y defienden la noción oficial y canónica, el turismo es en el fondo un acto de consumo. Y, por mucho que se quiera calificar como actividad económica, el consumo pertenece a la esfera de las necesidades y los deseos, una parcela de la realidad estudiada por la psicología, y la psicología es una de las ciencias en las que se apoya la economía. Las diferencias entre los dos estudiosos no estaban tanto en las motivaciones o en que defendieran la primacía de una u otra ciencia social. Las diferencias radican en que, para Krapf y sus seguidores, la realidad del turismo incluye tanto al turista como a la industria turística, mientras que Ossipow y los que aceptaron sus argumentos sostenían que en el turismo sólo cuenta la industria turística, hasta el punto de que para ellos turistas son quienes utilizan los servicios de la industria turística al margen de los motivos del desplazamiento, un razonamiento que sorprende en quien sostuvo que el turismo ha de ser estudiado por la psicología. También las incongruencias del crítico Ossipow eran, pues, manifiestas.

Walter Hunziker denunció la falta de interés que durante muchos años existió por la investigación y por la enseñanza del turismo sobre bases científicas, hecho que achacaba a la presencia de problemas empresariales perentorios a los que había que dar respuestas inmediatas restando tiempo al sosegado tratamiento de las cuestiones teóricas. La situación no ha cambiado en nuestros días. También hoy se cree por los expertos y por los organismos internacionales competentes que los problemas de la industria son prioritarios, lo que les lleva a olvidar la búsqueda, para mí prioritaria, de un modelo explicativo más convincente y más eficiente que el que ha venido configurándose a lo largo del siglo y medio precedente. Olvidan que tanto en la actividad científica como en la actividad productiva los rodeos son altamente rentables y fructíferos. Ossipow sostenía que el descenso continuo de la tasa de beneficios de la industria turística planteaba la conveniencia de investigar el turismo de un modo científico, lo que indica que para él los estudios realizados no alcanzaban este nivel.

A la vista del extraordinario desarrollo que venía adquiriendo la enseñanza del turismo, Walter Hunziker consideró que había llegado el momento de establecer su concepción general para que la enseñanza tuviera fundamentos más sólidos. Por ello formuló los principios básicos de una doctrina turística que, ya a mediados del siglo XX, se percibía como necesaria. Pero, qué se entiende por doctrina, se preguntó Hunziker. Su respuesta es que la doctrina es un conjunto de conocimientos sobre un objeto determinado, en este caso el turismo, un sistema lógicamente construido según criterios científicos, que sirve para fines didácticos sobre la materia. Hunziker hizo dos precisiones más para disipar ciertos malentendidos. Una de ellas se refiere a las relaciones entre doctrina y teoría. Basándose en las enseñanzas de Werner Sombart, sostuvo que teoría turística y doctrina turística pueden parecer una y la misma cosa siempre que entendamos la teoría como una manera de tomar conciencia del estado de cosas y de agrupar nociones aisladas en un todo sistemático. Pero, si por teoría entendemos un sistema abstracto de tesis y normas que se alejan de la realidad empírica a medida que avanza hacía la perfección, la confusión no es posible.

La doctrina turística era para él un compendio lógico de conocimientos próximos al turismo como realidad o como fenómeno objeto de estudio. La doctrina turística se mueve en un nivel de abstracción bajo y más cercano a la realidad que la ciencia. Hunziker se opuso por ello a los intentos de fundar una ciencia turística en pie de igualdad con otras disciplinas científicas, como las ciencias económicas, la filosofía, el derecho, etc.

¿Puede entonces el turismo ser objeto de conocimiento científico? Ossipow responde afirmativamente, pero Hunziker, más riguroso, recurre antes a Max Weber para afirmar que la ciencia tiene por objeto la representación ordenada de la realidad, es decir, que el objeto de la ciencia no es una mera colección de hechos sino la formulación de las relaciones que existen entre ellos. Sauermann, por su parte, sostiene que el turismo es susceptible de conocimiento científico ya que la tarea de la ciencia es asir y ordenar la realidad por medio del pensamiento abstracto y es evidente que el turismo forma parte de la realidad.

Según Max Weber, cuando un problema nuevo se trata con un método nuevo y se tienen ante sí nuevas perspectivas se asiste al nacimiento de una nueva ciencia. Por esta razón Hunziker cree que la doctrina turística puede ser considerada como una ciencia nueva, pero se decanta por ver en el conjunto de conocimientos acumulados sobre el turismo una disciplina menor cuyas nociones proceden de las ciencias sociales, muy particularmente de las ciencias económicas (obsérvese que rectificaba así su postura de años antes, más proclive a la sociología). Esperaba que con estas declaraciones acabara, de una vez por todas, la vana disputa sobre si la doctrina turística es o no una ciencia, pero no deben pasarnos inadvertidas sus oscilantes posturas en una materia de tanta trascendencia.

Fijado el lugar de la doctrina turística en el concierto de las ciencias, que para Hunziker es el de una disciplina científica de rango menor, creyó poder legitimarla planteando el problema a resolver. Para ello recurrió a la definición de turismo de 1942 ligeramente corregida por la AIEST, como ya hemos visto en el capítulo anterior, la cual responde, en su opinión, a las exigencias que debe poseer un objeto de conocimiento o de pensamiento, caracteriza dicho objeto y lo delimita. Para él, no se concibe un cuerpo de doctrina sin sistema. Al indagar si hay sistema en la doctrina del turismo encontró la respuesta en su propia definición de turismo, el resultado de sus investigaciones y el fundamento de la doctrina que propuso, y encontró en ella el germen que conduce a la formación del sistema que necesitaba, el conjunto de relaciones y de fenómenos que se derivan de un hecho determinado, el turismo, al que consideró una emanación de la cultura.

Según Hunziker, la doctrina turística se ocupa del análisis del turismo y trata de poner de relieve su importancia como factor de cultura. La fijación que Hunziker tuvo en la cultura como referente del turismo le impidió concebirlo como una actividad productiva como las demás. Su reconocida autoridad entre los expertos influyó en que la disciplina discurriera por unos derroteros que tardarían en ser corregidos, aunque nunca del todo, como trataré de demostrar.

Inspirándose en la reconocida autoridad de Max Weber, Hunziker estableció el siguiente paralelismo: En materia de economía social, Max Weber pensaba que el análisis de los fenómenos sociales y el desarrollo de la cultura, desde el punto de vista singular de su dependencia y de su importancia económicas, constituye un principio científico de fuerza creadora que continuaría siéndolo en el futuro. Estaba convencido de que si se aplica este principio con prudencia y sin prejuicios dogmáticos, puede pensarse lo mismo con respecto a la doctrina turística, siempre que se fije como tarea de la misma el análisis de los fenómenos sociales y el desarrollo de la cultura desde el punto de vista de su carácter turístico. Es decir, si se estudia el turismo para determinar en qué medida está condicionado por otros fenómenos y por las relaciones inherentes al desplazamiento y a la estancia en un lugar extranjero y en qué medida se influyen entre sí.

Para Hunziker no existió nunca la menor duda: el objeto de la doctrina turística no es otro que el estudio del complejo conjunto de relaciones y fenómenos turísticos en función de su significación para la cultura.

No es extraño, pues, que, a pesar de sus manifestaciones en sentido diferente, ubicara la doctrina del turismo en los aledaños de la sociología hasta el punto de hacerla una rama específica de la sociología de la cultura. Su naturaleza viene dada para él por los seis grandes campos que estableció en la obra de 1942: La sanidad pública, la técnica, la cultura, las cuestiones sociales, la política y la economía. Para él, el objeto de análisis de la doctrina del turismo no es otro que la función del turismo en el sistema cultural. Con este pensamiento remarcó aun más si cabe todo el escoramiento que años más tarde habría que intentar corregir sin conseguirlo del todo. Ha sido esta evitable orientación temática la que ha llevado a tantos sociólogos de la cultura al campo del turismo con tan negativos resultados por no haberse abstenido de pronunciarse sobre cuestiones económicas, un campo que obviamente les es ajeno como estudiosos.

Hunziker rechazó incluso abiertamente dar a la doctrina general del turismo el carácter de una doctrina general de la economía pública (macroeconomía) o el de una doctrina general de la economía de la empresa (microeconomía). A su juicio, ambas disciplinas formulan sus principios y leyes de modo muy abstracto, siendo así que el turismo se comporta mal en el campo de la abstracción. La Doctrina General del Turismo no es una teoría o una ciencia turística sino el conjunto de visiones que las ciencias sociales permiten formular en el campo del turismo, siendo por ello interdisciplinar, según la interpretación que años más tarde alcanzaría alto predicamento en la comunidad de expertos.

Hunziker reconoció con claridad que el problema surge porque una disciplina así configurada no tiene capacidad para ocuparse más que de simples recapitulaciones sumarias, sobre todo cuando se utiliza en la enseñanza. Los verdaderos detalles de interés solo los pueden aportar las ciencias específicas, que son las únicas que permiten avanzar en la formulación de una verdadera doctrina general. Para Hunziker nunca hay oposición entre teoría y práctica, como ocurriría si insistiéramos en hablar de una teoría del turismo o de una ciencia del turismo, frase con la que parece dar a entender que niveles de abstracción excesivos son responsables de que en otras ciencias se den altos grados de oposición entre teoría y práctica, creencia que puede ser interpretada como prejuicio o resabio anticientífico. Se comprende, pues, que para Hunziker, la doctrina turística no sea una ciencia como las demás sino tan solo un conjunto de conocimientos construido lógicamente de acuerdo con criterios científicos para ser usado en los centros de enseñanza.

La comunidad de expertos se ha mostrado siempre indecisa a la hora de establecer un cierto orden jerárquico entre las ciencias sociales en las que bebe la doctrina del turismo. Para unos, la primera es la economía, algo que otros lamentan hasta el extremo de achacar a esta preeminencia el lastre que impide avanzar en el conocimiento del turismo. Para otros, la ciencia matriz del turismo es la sociología, pero lo cierto es que esta ciencia, que cree poder explicar la propensión que los seres humanos tienen a desplazarse de un lugar a otro, no explica las razones que llevan a los empresarios a satisfacer con bienes y servicios las necesidades de quienes se desplazan.

La doctrina del turismo al uso está también empapada de geografía, tal vez porque el turismo es visto como desplazamientos de contingentes masivos de gente entre diferentes lugares caracterizados por recursos que son objeto de estudio de la ciencia geográfica. Lo mismo cabe decir de la historia, la antropología y de las demás ciencias que se tienen como necesarias para el estudio del turismo, como la museística, el transporte, la publicidad, el marketing y la logística, con lo que se cae en tal cúmulo de normas y principios que nada de extraño tiene que obstaculice el avance del conocimiento tanto o más que la dependencia de una sola ciencia lo mismo que los árboles impiden ver el bosque.

Para quienes el turismo ha sido considerado y tratado únicamente, desde sus orígenes hasta nuestros días, esencialmente, como una categoría económica, solo las facultades de ciencias económicas o las escuelas avanzadas de economía deben ocuparse del turismo. Para quienes se oponen a que se subordine la doctrina turística a las ciencias económicas, por muy importante que sea el aspecto económico, el turismo debe estudiarse por medio de una mezcla de todas las ciencias sociales, pero preferentemente por la sociología, por ser lo social el aspecto determinante, según ellos.

Agotada la polémica científica hace varias décadas, prevalece hoy el tratamiento aportado por el marketing. Después de hecha la depuración, solo queda como objeto del turismo el estudio de hoteles, balnearios, agencias de viajes, parques temáticos y empresas de recreación y actividades lúdicas y deportivas junto con la publicidad, la promoción y el estudio y cuantificación de las motivaciones de los turistas, sus gastos, preferencias y días de estancia. El estudio de las empresas de transporte tiene cada vez menos peso en el turismo, lo que se debe a que el transporte se ha convertido ya en una rama productiva de cuyo estudio se ocupa una comunidad de excelentes expertos y trabajos altamente formalizados. Los expertos del turismo han renunciado a competir con ellos. Una decisión dictada sin duda por la prudencia.

Todavía en los años setenta del siglo pasado era posible encontrar estudios del turismo en los que se seguía planteando la pregunta a la que trató de responder Hunziker: ¿Es el turismo una materia que pueda representar el objeto de una ciencia particular, y, en tal caso, llegar a ser una nueva ciencia?; o, más limitadamente, ¿puede el fenómeno turístico ser objeto de conocimiento científico? Las opiniones continuaban estando todavía muy divididas en la década de los setenta, lo que prueba que los esfuerzos de Hunziker, Krapf y otros no tuvieron los efectos que pretendían conseguir, terminar de una vez por todas con la disputa, tan vana como inútil, sobre si la doctrina turística es o no una ciencia, lo cual es posible que se deba, como ya he dicho, a la ambigüedad del término doctrina y al uso que de ella se puede hacer como sinónimo de ciencia.

El más acérrimo defensor de la idea de tratar el fenómeno del turismo como objeto de una ciencia única, independiente y original fue el geógrafo yugoslavo Zivadin Jovicic, para quien la idea de una ciencia distinta del turismo no ha sido contestada y puede encontrarse en las obras de W. Hunziker, P. Defert, U. Fragola, J. I. Arrillaga y otros muchos autores. A ella no pueden oponerse más que quienes no conocen el proceso de evolución del pensamiento científico, que está en continúa diferenciación e integración.

Jovicic planteaba que el turismo es el objeto, no de diferentes ciencias sociales, sino de una nueva disciplina científica, sin negar la existencia de disciplinas especializadas, como la economía turística, la geografía turística, la psicología turística o la sociología del turismo. La colaboración interdisciplinar está, según Jovicic, en el origen mismo de la aparición de una ciencia específica del turismo. Si no se disponía aun de esta ciencia nueva es porque, por una parte, el desarrollo del pensamiento científico sobre un fenómeno tan interesante se encuentra considerablemente ralentizado y, por otra, porque el fenómeno es extremadamente complejo y cuenta con dificultades intrínsecas que obstaculizan su conocimiento científico. Es posible y deseable que participen en la investigación de este campo muchas disciplinas científicas diferentes, pero interesa que sea una sola disciplina científica la que estudie el fenómeno en toda su integridad. Es la postura del auténtico cruzado de la causa que fue Jovicic, quien, para mayor claridad, añadía que esto no lo puede hacer la economía del turismo, porque el turismo es más complejo que la economía, ni la geografía del turismo, porque el turismo no puede ser reducido a simples desplazamientos por el territorio. Las aportaciones de la sociología, la psicología y otras disciplinas eran para él aun más unilaterales. Solo la fundación de una ciencia independiente permitiría aprehender este fenómeno sui géneris tanto en su indudable unidad como en su indiscutible complejidad.

Hacía tiempo que existían propuestas concretas para designar a la nueva ciencia independiente. El italiano Fragola propuso llamarla "turismología" o "turismografía". Jovicic prefería la primera denominación. Con ella tituló, en 1972, una revista dedicada a esta disciplina, para él independiente y autónoma. Turismología le pareció a Jovicic un término perfecto por práctico y acertado desde el punto de vista técnico y lingüístico. Rechazó el término “turistología” que propuso Defert en 1966. Tampoco le pareció aceptable hablar de "ciencia turística" porque el adjetivo hace referencia a un cúmulo de actividades. La palabra "turismología" no le parecía especialmente eufónica, le parecía incluso desagradable, pero creía que el esfuerzo que supone acostumbrarse a una nueva expresión no debe ser obstáculo para el progreso de la terminología científica.

Según Jovicic, en una disciplina científica, lo más significativo es que cuente con un objeto y una finalidad. La cuestión del método tenía para él una significación secundaria. De acuerdo con la opinión generalizada, creía que el turismo es un fenómeno singular por único y que ninguno de sus componentes puede ser estudiado aisladamente, ya que para poder estudiar aisladamente cualquier aspecto del fenómeno es indispensable conocer su esencia, su naturaleza profunda, pues, de lo contrario, se corre el riesgo de presentarlo desde un ángulo unilateral o de desnaturalizarlo, cayendo en el economicismo, en el geografismo o en el sociologismo. Pero lo cierto es que se cae con harta frecuencia en los dos últimos y que, aunque resulte de momento paradójico, no solo no se cae en el economicismo que tantos denuncian sino que la economía no se aplica correctamente al estudio del turismo.

En virtud de su pretensión, Jovicic estableció que el objeto de la 'turismología', en tanto que disciplina científica distinta y autónoma, es precísamente el turismo, un fenómeno socioespacial complejo que se identifica con respecto a otros por sus similitudes y contrastes. El turismo se asemeja a la salud y a la cultura y, por sus formas y manifestaciones, al urbanismo y a los transportes y comunicaciones, pero se distingue de ellos en que su complejidad es mayor porque entrelaza más intensamente los elementos dispares, sociológicos, espaciales, psicológicos, políticos, etc. Es precisamente en este entrelazamiento de elementos dispares donde reside, según Jovicic, la especificidad del turismo como fenómeno diferente a cualquier otro. La turismología se propone desarrollar las siguientes tareas, según su creador: Definir y estudiar las dimensiones espaciales, sociológicas y económicas del turismo; estudiar la correlación existente entre lo general y lo particular, lo que tiene en el turismo un valor a la vez teórico y práctico, y estudiar las nociones y definiciones fundamentales, los elementos de clasificación y el marco metodológico, así como responder a la cuestión de saber dónde, cómo y por qué desarrollar el turismo. La elección de los métodos ha de hacerse en función de la tarea que se trata de estudiar. Tales métodos son muy variados, por esta misma razón: matemático-estadísticos, descriptivo-explicativos (analogías, comparaciones), empírico-normativos, etc. Pero, en virtud de la propia especificidad del fenómeno, los problemas científicos deben ser tratados y resueltos recurriendo, ante todo, a una síntesis de elementos particulares y dispares.

Jovicic reconoció, finalmente, que construir una nueva disciplina científica es un proceso complicado y muy ambicioso pero una organización eficiente puede ayudar a su consolidación. Entre estas herramientas citaba la formulación de cuadros, la institucionalización del trabajo científico, el lanzamiento de publicaciones especializadas, etc., con las que él mismo colaboró con entusiasmo para conseguir la ansiada consolidación y su posterior desarrollo hasta conseguir la nueva disciplina científica. Con la propuesta de hacer de la turismología una nueva disciplina científica original y autónoma, Jovicic se opuso a la postura mayoritaria en la comunidad de expertos, para la que el turismo es el objeto de estudio de diferentes disciplinas. El italiano Alberto Sessa, afirmaba que el enfoque interdisciplinario puede llevar al mismo resultado, a su 'recomposición' global con enfoques independientes, aunque también él defendió la conveniencia de contar con una nueva ciencia social que no se confundiera con la economía, de la que proceden muchas de sus materias, a la que llamó teoría sistemática o sistémica del turismo. La preeminencia del enfoque económico en los estudios del turismo no es para Sessa más que un hecho histórico, un enfoque que no basta para conocer el íntegramente el fenómeno, algo que, a su juicio, sólo se puede llegar por medio de la teoría sistemática. En su opinión había que ir hacia una nueva ciencia capaz de contemplar el turismo en toda su globalidad, rebasando la parcial y limitada ciencia económica. Extraer los argumentos para estudiar el turismo solo de la economía le parecía a Sessa una limitación y un error. Pero, incluso aunque nos limitáramos a esta ciencia, no beberíamos considerar el turismo como un mero acto de consumo, como se venía insistiendo como hemos visto, porque en la actividad turística también cuenta la producción, algo que ya había reconocido él mismo en 1968 expresando esta obviedad: como en cualquier otra actividad productiva, la fase de la producción es muy distinta a la del consumo… Más adelante veremos que lo hizo de una forma harto singular. Este experto, a pesar de sus aspiraciones a la originalidad, nunca salió de la ortodoxia.

He subrayado la frase anterior porque fue la primera vez que se puso de relieve una verdad tan elemental. Y, sin embargo, en el campo del turismo aportó un planteamiento verdaderamente innovador, aunque ni el mismo Sessa llegara a percatarse de ello, como demuestra la frase con la que terminó su razonamiento: … aunque, en el turismo, por sus peculiares características económicas solo el acto de consumo permite identificar la producción turística. Es aquí donde Sessa muestra su ortodoxia. Como más tarde demostraré, esta es la principal anomalía y el más grave escollo en el que caen los estudios del turismo. Sessa resumió su razonamiento con estas palabras: tenemos necesidad de una noción de turismo que sea útil para delimitar la actividad económica turística como consumo y como producción. No se percató nunca de que no es posible alcanzar esta meta si nos empeñamos en identificar la producción desde el consumo, la oferta desde la demanda. Sorprende que Sessa no solo no aportara la noción de turismo que asegura que necesitamos sino que afirmara, textualmente, que la producción turística es tal en la medida en que el turismo es un acto de consumo. Buscaba originalidad y solo reafirmó lo que desde muchos años antes sostuvieron los expertos que le precedieron. El turismo fue, pues, una vez más, concebido por Sessa como un acto de consumo, pero, en virtud del progreso, ya no lo caracteriza por sus meras connotaciones placenteras sino que, como fenómeno al servicio de grandes masas, lo concibe como una necesidad natural de la vida moderna, una derivación directa de ella. Sessa regresaba así aún más en el tiempo, nada menos que a los planteamientos que el suizo Guyer-Freuler hizo en 1905, a la consideración de que el turismo es un fenómeno de nuestro tiempo que se explica por la necesidad creciente de descanso y cambio de aires gracias al cual se refaccionan las fuerzas humanas gastadas en la producción. Lo que fue un golpe de intuición para el suizo es hoy una evidencia. En palabras de Sessa, la evolución social, económica y técnica ha llevado a considerar indispensable y estrictamente útil a los fines de preservar y garantizar la productividad del trabajador el descanso anual además del semanal

Por esta razón a Sessa no le parecía correcto que todo cuanto se ha hecho en materia turística se hiciera, según él, solo en clave económica, puesto que pensaba que el turismo había llegado a tener otros valores sociales y culturales además de los puramente económicos, y, como repitió hasta la saciedad Hunziker, tiene en su núcleo más íntimo el elemento humano. Todo lo cual hace, a juicio de Sessa, más compleja y difícil la investigación científica de esta nueva realidad de los tiempos modernos, una actividad en la que son los hombres los que se exportan, no las mercancías. Este planteamiento hace particularmente fascinante la materia, pero tampoco de esta singular observación extrajo Sessa todo lo que pudo haber extraído tanto en el campo teórico como en el de sus aplicaciones prácticas. De haberlo conseguido, se habría dado cuenta de que el turismo es una actividad productiva como las demás, no un batiburrillo de actividades productivas inconexas reunidas en el gasto de cada turista.

El centro del problema para Sessa es si hay o no una noción de turismo desde la cual se pueda desarrollar un sistema del turismo, una doctrina específica. Después de un minucioso análisis de los problemas con los que se enfrenta cualquier materia científica, Sessa se mostró convencido de que el turismo es un objeto científico en el sentido indicado, en esencia el mismo que Hunziker consideró, que la doctrina turística puede ser tratada como una ciencia a condición de que se base en un sistema completo de nociones y conocimientos.

La noción de turismo de Sessa se basa, como la de Hunziker, en el traslado o desplazamiento en el territorio de un individuo o conjunto de individuos, traslado o desplazamiento al que sigue la estancia fuera del domicilio habitual, estancia que tiene carácter pasajero o transitorio. A la duración de la estancia no se le suele dar importancia, pero en su opinión, también se debe tener en cuenta para distinguir al turista del excursionista. La duración de la estancia pasajera puede ser discutida y determinada de diferentes maneras, pero lo esencial es que no sea larga ni se transforme en definitiva.

Sessa terminó por asumir los planteamientos del geógrafo yugoslavo antes citado al reivindicar la exigencia de una investigación global (teoría sistemática) para desentrañar la esencia de un fenómeno tan complejo como el turismo. No basta con decir que el turismo es un típico fenómeno de carácter interdisciplinario que ha de ser estudiado con métodos y técnicas de disciplinas diversas. Esta es, sin duda, la postura mayoritaria. En su opinión ha faltado el esfuerzo necesario para definir una teoría de base, la creación de un sistema propio que permita al turismo consolidarse como un sistema original de ciencia y de conocimiento científico.

Su noción de turismo, en la que considera esencial que la estancia no se convierta en definitiva y que el elemento subjetivo (el turista) utilice el elemento objetivo (el equipamiento turístico), contiene, en su opinión, la base que permite construir la teoría sistemática del turismo para poder llegar a una ciencia del turismo, una teoría de base que sirva como 'encuadramiento' de todo el fenómeno de cara a su conocimiento científico y a la construcción de una teoría. Sessa achaca a varias causas que no se haya conseguido aun la teoría sistemática del turismo capaz de superar la viaja doctrina general del turismo. Una de esas causas es su complejidad, pero hay, a su juicio, otra tan importante como ésta, la insistencia en estudiar el turismo desde el punto de vista de las ciencias económicas, una actitud en la que, en su opinión, han caído muchos expertos y es la causa del estancamiento que padecemos en el conocimiento del turismo.

Muchos expertos insistieron, sobre todo en España durante las décadas pasadas, en que el turismo como objeto de conocimiento científico depende del reconocimiento académico de los expertos y, por consiguiente, de que la institución universitaria se ocupe de la enseñanza de los conocimientos acumulados. La aspiración a que los conocimientos acumulados adquirieran status de ciencia fue una consecuencia directa de esta pretensión. Si, a juicio de Sessa, se quiere constituir una ciencia del turismo debe contar con un método propio y un objeto específico ya que son éstos los elementos que caracterizan la existencia de una ciencia. El nudo crucial del estudio del turismo consiste en un objeto específico, el fenómeno turístico, pero este es también objeto de investigación de varias ciencias como la economía, la sociología, la psicología, la geografía, etc., disciplinas que tienen sus propios métodos. De aquí surge la imposibilidad de poder hablar de una ciencia turística, ya que el método de esta ciencia no es propio sino que pertenece a otras disciplinas científicas.

Hoy se acepta explícitamente y de modo generalizado que no es posible aspirar a la constitución de una ciencia del turismo al mismo nivel de las ciencias sociales reconocidas. A la hora de las formulaciones se admite que el turismo es un hecho de naturaleza social que puede ser objeto de conocimiento científico, lo mismo que los demás objetos de la misma naturaleza, con los instrumentos propios de las diferentes ciencias sociales actualmente consolidadas. Esta situación se conoce, como ya he dicho, con el nombre de interdisciplinariedad, pero la característica no es específica del turismo. Lo que ocurre es que, quienes insisten en la interdisciplinaridad del turismo, siguen defendiendo de otro modo su pretendida especificidad y admitiendo la existencia de una disciplina científica sui géneris que aspira a un lugar propio en el conjunto de las ciencias sociales.

La inexistencia de un método de investigación específico del turismo impide este reconocimiento y convierte a la pretensión en una quimera, por no decir en una aberración epistemológica. Es más correcto, e incomparablemente más fructífero, considerar la existencia de tantas ciencias aplicadas al turismo como ciencias sociales se reconocen por la comunidad científica mundial. Todo lo que no sea esto es caer en un triunfalismo del que no es posible esperar resultados satisfactorios desde el punto de vista del avance del conocimiento En todo caso, lo que queda perfectamente claro es que la doctrina turística no es una ciencia autónoma, aunque contenga una parte propia que podría ser sometida a la crítica científica y constituir el fundamento de la actividad pedagógica y formativa. La doctrina turística no es una ciencia equiparable a las demás, pero posee un sistema completo de nociones y conocimientos. No ha conseguido imponerse la consideración del turismo como ciencia nueva, autónoma e independiente que se ubique en el vasto campo de las ciencias sociales, pero funciona como una especialidad y cuenta con una nutrida y heterogénea comunidad de expertos y de investigadores. Sin embargo, aunque se reconoce que el turismo, en virtud de lo que se cree que son sus peculiaridades y características intrínsecas, requiere un tratamiento interdisciplinar, los expertos se expresan como si el turismo fuera el objeto de estudio de una ciencia autónoma. Una ciencia que, en definitiva, no puede ocultar estar formada con materiales de muy diversa procedencia y cuya operatividad como instrumento de enseñanza suele dejar por ello mucho que desear. Al aceptar que el turismo es un hecho social y no solo económico se admite que cualquier aportación doctrinal es de utilidad para conocerlo y para enseñarlo. Nadie debe sorprenderse de que muchos investigadores del turismo tengan que aportarse sus propias bases teóricas y que muchos alumnos perciban un descomunal desfase entre lo que aprenden en los centros y las necesidades del puesto de trabajo que terminan ocupando en la llamada industria turística. Si la realidad industrial del turismo está formada en un ochenta por ciento por hoteles, hay, evidentemente, un error de planteamiento en la enseñanza que se imparte en los centros y hasta en la misma designación de las titulaciones que se otorgan. Algunas universidades, aunque tarde, creen estar rectificando porque cambian el título de técnico en turismo por el de técnico en gestión hotelera. Una nueva forma de confundir turismo con hotelería entre quienes con tanto afán aspiran a evitarlo.


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