BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

MÉXICO EN LA ALDEA GLOBAL

Coordinador: Alfredo Rojas Díaz Durán

 

 

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LA POBREZA COMO EL RETO NÚMERO UNO (LO SOCIAL)

Integración de los excluidos. Hoy abundan los excluidos en nuestra realidad: pueblos indios y campesinos, subempleados urbanos y desamparados, niños y ancianos abandonados. Se requiere un compromiso serio del gobierno y de la sociedad, para ayudarlos a superar en forma real y permanente sus necesidades, siempre respetando su dignidad y cultura propia.

Entre los más excluidos abundan las personas con capacidades diferentes, mismas que merecen el respeto y el apoyo que se le debe a todo ser humano.

El problema del campo. La improductividad del campo condena a la miseria a la mayor parte de los habitantes rurales, la cuarta parte de la población total. Muchos campesinos y ejidatarios se han visto forzados a vender sus parcelas, emigrando a las ciudades y al extranjero; de hecho, el empleo agropecuario ha permanecido estático en la última década. Además, la insuficiente producción alimenticia requiere importaciones, merma la balanza comercial y nos condena a la dependencia extranjera, cuando hasta 1975 México era exportador neto agropecuario. Debemos cambiar esta situación con un plan integral de créditos y desarrollo técnico del campo, de capacitación y habilitación del campesino, de auspicio de canales de comercialización y de agroindustrias de transformación. Se requiere conciencia de la magnitud del drama campesino, respeto por las manos que nos dan de comer, se requiere solidaridad hacia los compatriotas marginados del campo. Es necesario desincentivar el desplazamiento rural, arraigando al campesino mediante un nivel de vida igual o superior al urbano, con oportunidades culturales amplias y con una infraestructura acorde a la del mundo próspero.

Bienestar compartido. Hoy enfrentamos retos inéditos para los próximos 25 años. Necesitamos generar 1.3 millones de empleos anuales, el doble de la década pasada. También necesitamos ahorro e inversiones, salarios justos y bienestar compartido. No podemos seguir endeudándonos como hasta ahora, ni seguir dependiendo de rescates y conveniencias foráneas, y menos aún seguir hundiendo a la sociedad en colapsos sexenales. Queremos que México, dentro de 25 años, tenga un bienestar semejante al de las naciones prósperas del mundo.

Ante la realidad, tenemos que reenfocar nuestra “ventaja competitiva”, para pasar del salario contraído a la robotización y a la alta tecnología, del desperdicio de recursos a la eficiencia productiva. Tenemos que lograr que la principal ventaja competitiva del país sea el desarrollo del conocimiento, fundado en el talento de los mexicanos: creatividad, adaptabilidad y resistencia. Debemos incorporar al bienestar a grandes grupos depauperados. Es urgente superar la crisis de la banca y de sus deudores. No podemos tolerar más derrumbes financieros y devaluaciones, quiebras de la seguridad social o bancarrotas de paraestatales. Tenemos que vacunarnos contra la especulación financiera que aumenta a nivel mundial y su inestabilidad inherente, ampliar el mercado interno como lo han hecho todos los países prósperos que antes eran subdesarrollados.

Desigualdad, ilegalidad, inseguridad, penuria fiscal, son inercias no tocadas, a veces empeoradas por el cambio. Dos rasgos tienen en común estas dolencias: son viejas y son crónicas. Persisten en el tiempo y tienden a reproducirse, no a resolverse.

No recuerdo un solo programa gubernamental orientado a combatir la pobreza que no haya nacido y muerto en medio de rechazos venidos de todos los flancos de la sociedad. Al mismo tiempo, ni los críticos ni la sociedad han sido capaces de crear programas alternativos que mostraran el camino de lo que ellos querían o de lo que el país necesita en la materia.

Desde los viejos programas Pider (Inversión para el Desarro— llo Rural) de la década 1970-1980, pasando por el Coplamar (atención a zonas marginadas) de la década 1980-1990, hasta el Pronasol y el Progresa de la década 1990-2000, los programas gubernamentales de combate a la pobreza han tenido mala prensa. Se subrayaron sus excesos y se desconocieron sus logros, al tiempo que reclamaban al gobierno por su falta de política social.

Una confusión prevaleciente en el juicio sobre estos programas es que pueden descalificarse en bloque porque no dan resultado. La pobreza no sólo no desaparece sino que tiende a agravarse en el país. No suele hacerse tampoco la suma de cuánto más graves serían las cosas si no hubieran existido esos programas ni las instituciones educativas, de salud y bienes subsidiados que son parte cotidiana de la política social del Estado. En todo caso, la paradoja de opinión pública que me interesa subrayar sigue ahí: hay pocos reclamos tan presentes en la sociedad civil y la prensa como el reclamo contra la desigualdad.

Puede haber un error de principio en el corazón de estos programas asistenciales. Responden a la pregunta equivocada: ¿cómo atacar la pobreza?, en vez de a la pregunta correcta: ¿cómo crear riqueza? En todo caso, quien mire hacia la desigualdad mexicana aprenderá a no hacerse ilusiones sobre el futuro de México. Si lo que México busca para el siglo XXI es consolidarse como un país democrático, próspero y equitativo, está más cerca de ser un país democrático que un país próspero, y será antes un país próspero que un país equitativo.

En el largo plazo, ninguna sociedad puede reproducirse virtuosamente sin emparejar sus niveles de vida y acortar sus desequilibrios sociales. No es por filantropía que hay que tener un país menos desigual, más homogéneo. Es para darle -- viabilidad al país mismo: viabilidad económica, viabilidad de mercado, viabilidad de cohesión social. Para hacer viables a los países en el largo plazo, hay que disminuir las desigualdades dando oportunidades a todos.

Dignidad humana y corresponsabilidad social. Creemos que todo ser humano es sujeto de la historia y no su objeto; goza de dignidad preeminente que no deriva de sus posesiones, estudios, raza, edad o sexo, sino que la tiene por sí, porque es persona. Y como ninguna persona puede nacer y vivir sola, sino que todos necesitamos de otros para trabajar y educarnos, procrear y convivir, crecer y amar, todos somos corresponsables del bien común, del pasado, presente y futuro de nuestras familias y sociedades, de nuestra patria y mundo; así, lo que nosotros no hagamos por los demás nadie más lo hará.

Debemos rescatar el valor y significado del trabajo humano, de la dignidad del trabajador para establecer una escala de valores que den sentido, programa y proyecciones a la vida de los mexicanos, como base de un gran proyecto de país.

En varios aspectos, en la época de la globalización del mundo, se reabre la problemática del trabajo. El modo en que se globaliza el capitalismo, articulando y rearticulando las más diversas formas de organización técnica de la producción, implica una amplia transformación en la esfera del trabajo, en el modo que el trabajo entra en la organización social de la vida del individuo, de la familia, del grupo, de la clase y de la colectividad en todas las naciones y continentes, islas y archipiélagos. Visto en amplia perspectiva, el desarrollo del capitalismo global ha transformado las condiciones sociales y técnicas de las actividades económicas, influyendo o modificando las formas de organización del trabajo en todos los sectores del sistema económico mundial, comprendiendo los subsiste- mas nacionales y regionales. Se modifican bastante y radicalmente las técnicas productivas, las formas de organización de los procesos productivos, las condiciones técnicas, jurídicopolíticas y sociales de producción y reproducción de las mercaderías, materiales y culturales, reales e imaginarias.

La misma mundialización de la cuestión social induce a unos y otros a percibir las dimensiones propiamente globales de su existencia, de sus posibilidades de conciencia. Aunado a lo que es local, nacional y regional, se revela lo que es mundial. Los individuos, grupos, clases, movimientos sociales, partidos políticos y corrientes de opinión pública son desafiados a descubrir las dimensiones globales de sus modos de ser, actuar, pensar, sentir, imaginar. Todos son llevados a percibir algo más allá del horizonte visible, a captar configuraciones y movimientos de la máquina del mundo.

Ya son muchos los que reconocen que viven en el mismo planeta, como realidad social, económica, política y cultural.

El planeta Tierra ya no es tan sólo un ente astronómico, sino también histórico. Lo que parecía, o era, una abstracción, hoy se impone a muchos como una nueva realidad, poco conocida, con la que hay que convivir. El planeta Tierra se convierte en el territorio de la humanidad. La dinámica de la nueva división transnacional del trabajo, que incluye la dinámica de las fuerzas productivas y la universalización de las instituciones que sintetizan las relaciones capitalistas de producción, ha recreado diferentes aspectos de la cuestión social y, simultáneamente, engendrado otros nuevos.

Éstos pueden ser considerados, en síntesis, algunos de los aspectos más evidentes de la cuestión social presente en la sociedad global: desempleo cíclico y estructural; crecimiento de contingentes situados en la condición de subsegmentos; sobreexplotación de la fuerza del trabajo; discriminación raci- al, social, de edad, política, religiosa; migraciones de individuos, familias, grupos y colectividades en todas direcciones a través de países, regiones, continentes y archipiélagos; nuevo surgimiento de movimientos raciales, nacionalistas, religiosos, separatistas, xenófobos, racistas, fundamentalistas; múltiples manifestaciones de pauperación absoluta y relativa, muchas veces manifestadas en términos de “pobreza”, “miseria” y “hambre”. Estos y otros aspectos de la cuestión social, vista en escala mundial, a menudo se presentan mezclados, combinados y recíprocamente dinamizados.

Creo que el trabajo es una de las características que distinguen profundamente al hombre del resto de las criaturas.

Rocco Buttligione comenta que el hombre está llamado al trabajo porque mediante el trabajo cuida la persona, la propia y la ajena, y ejerce su responsabilidad respecto a ella. Nadie puede cumplir su vocación propiamente humana sino mediante el trabajo. La dinámica humana está marcada por el encuentro con la verdad, la belleza y el bien (en una palabra, quizá podríamos decir, con el Ser) y por la admiración y asombro que nos causan para después procurar cultivarlos.

Dentro de esta admiración y asombro debemos situar el trabajo, que es su consecuencia.

El proceso laboral es siempre un proceso colectivo, social. No se trata sólo de la necesidad natural de remediar el hambre, se trata más bien de que, el trabajo es esencial a la realización del hombre en cuanto hombre. El trabajo, es esencial a esa realización, es el trabajo inteligente y libre, o sea, personal. El hombre que no se dirige antes que nada a su corazón, no puede trabajar una relación justa con los demás hombres, ni tampoco con las cosas. La relación con el otro está, efectivamente, marcada por la capacidad de acogerse en la interioridad propia y entablar con él, de formas diversas, una relación justamente humana.

Pero como se ha dado un enorme desarrollo del trabajo humano en la época moderna, al margen de la justa concepción del trabajo, la filosofía social humanista quiere penetrar a fondo hasta el corazón mismo de la esencia de éste, para orientar y disciplinar de otro modo sus ingentes energías, suministrándole nuevas categorías para cuestionar la gran realidad del trabajo humano y contribuir así a su más profunda manifestación.

De ahí que busquemos que en México el trabajo humano tenga prioridad sobre el capital y las cosas. En la nueva cultura laboral el trabajo humano, físico o intelectual es dignidad humana en acción y, por ende, es prioritario sobre el capital o los bienes materiales. En consecuencia, el trabajador debe gozar de una retribución justa y en proporción al valor que genera su labor, que le permita una vida digna con su familia.

Asimismo, todo trabajador debe realizar su trabajo con eficiencia y calidad, con lealtad y creatividad, entendiendo que coadyuva a su realización personal y a su propio progreso profesional, al bienestar de su familia, al desarrollo de su sociedad y al fortalecimiento de su nación.

Estemos convencidos de que es necesario reformar y modernizar la legislación laboral, para impulsar un sindicalismo libre y democrático, responsable y transparente, mediante el consenso de las partes. Para ello, debe perfeccionarse la administración de la justicia laboral. También, es necesario mejorar, ampliar, hacer eficiente y consolidar la seguridad social en la atención de la salud de los asegurados y el sistema de jubilaciones y pensiones.

Podemos también estar convencidos de que, en México, empresarios, trabajadores y autoridades, lograremos con inteligencia y espíritu de justicia, la tan anhelada y necesaria rei vindicación salarial. El salario mínimo, entendido como la base mínima de remuneración para el sustento digno del trabajador y de su familia, debe recuperarse paulatinamente mediante incrementos anuales superiores a la inflación, en función del incremento de la productividad del país, hasta que éste llegue a ser digno y remunerador. También es necesario que la remuneración al trabajo humano, más allá del salario mínimo necesario, se determine en función tanto de la productividad, capacitación y competitividad del trabajador, como de la responsabilidad social del empleador. Es urgente formalizar el empleo informal, para que esos trabajadores gocen de protección legal y que tales empresarios contribuyan debidamente al gasto público.


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