BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

MÉXICO EN LA ALDEA GLOBAL

Coordinador: Alfredo Rojas Díaz Durán

 

 

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PARA UN DIÁLOGO PROFUNDO

Raúl Corral Quintero

Llegará un momento en que el hombre de ciencia, por muy entregado que se halle a su propia especialidad y a su método de trabajo particular, deberá extender su mano al filósofo y, si es creyente, al teólogo.

TEILHARD DE CHARDIN



Voy a externar mi opinión personal acerca de la situación actual del mundo y, de ahí, sustentar las bases para un diálogo profundo. Sé que a la mayoría de los lectores les parecerá que se trata de una simple opinión personal. Cierto es, se trata de una simple opinión, puesto que soy sólo uno. Pero les recuerdo que no existen sino como uno y, de uno en uno, es que finalmente existimos todos. La especie no existe sino en cada quien, la especie no se salva, cuando cada uno se salva es que ahí se salva la especie. Tenemos entonces, “especie”, “todos”, “pueblo”, “sociedad”, “Estado” o “sistema social” no existen; son seres imaginarios que nadie ha visto caminando.

Sistemas que poseen necesidades análogas a uno, por conformarse de uno, sin embargo, “todos” no son de la misma calidad de uno, porque uno es la sustancia y “todos” o “pueblo” son reflejo análogo fantasmal de la sustancia. Fantasmas que existen como símbolos, discursos, historias. Descripciones que nos envuelven con sus reglas del juego, haciéndonos ver “realidades” que toda persona cuerda sabe que no son realidades tangibles: son realidades simbólicas. Disfraces de poder que visten personas que dominan la mente y el cuerpo de individuos que cobran impuestos, deciden, contratan a nuestro nombre, engañan, ocultan, reprimen y hasta matan o cometen genocidio; pero que también sirven y son necesarios para el beneficio común tan complejo de hoy.

Existe en todo el mundo un alarmante distanciamiento entre masa gobernada y gobernantes. Problemas de identidad, producto de la creciente diferenciación cultural. Por ello es que, cuando se dice “Estado” o “sistema de gobierno”, la mayor parte de la población no se considera incluida. Se habla del “sistema” como de algo instituido, resguardado por burócratas calculadores de signos, a despecho de casi toda realidad que les envuelve y nutre de datos. “Calcular”, sea a lápiz o con computadora, es contar. “Contar” es narrar, describir; calcular deviene del latín calculus, que significa “contar con piedras”.

De información que refleja la realidad como espejo, se nutren las bandas de intercambio de los sistemas gubernamentales. Por ello es que, cuando digo sistema, no me refiero al gubernamental, me refiero a todo tipo de sistemas. Me refiero, al “sistema real total”, que incluye a todo y a todos. ¿Cómo? La totalidad del sistema social humano es el “sistema de sistemas” más superior de la realidad conocida, puesto que erguirse, pensar y verse, subsume prácticamente el universo conocido (físico, biológico y psicosocial, al menos).

Así, cada uno de nosotros está hecho de partículas, átomos, gases y minerales; como también de sistemas biológicos y psíquicos muy complejos. Todo esto, para estar presentes finalmente en sociedad, sobreviviendo y reproduciendo el mundo a partir del intercambio de toda clase de símbolos y necesidades, cuya memoria “nuestros líderes” dicen “representar”.

Somos la sustancia del sistema social real, pero, a la vez, somos tan frágiles que, basta que la radioactividad rebase ciertos límites, que falte oxígeno o hidrógeno, que falte el hierro o el cobre en nuestra sangre, que falte el agua o los alimentos o se disemine una plaga microscópica fatal, para que la humanidad muera y con ello todo sistema social. Mucho se habla del caos o derrumbe total del sistema social, pero entonces, no habrá quien para contarlo. Puede haber fases de desequilibrio extremo en la vida de cualquier sistema, pero, de la muerte total del sistema no tiene caso hablar. Pero, por otro lado, basta con que sobrevivan dos o tres parejas de seres humanos, para que el sistema social siga existiendo.

Nuestro planeta se encuentra en fase de desequilibrio, no conocemos a fondo las repercusiones del calentamiento global del planeta ni de su termodinámica interna, ni de la contaminación de los mares, ni de los efectos de largo plazo de la radioactividad exacerbada, ni de cómo arribar a un verdadero gobierno mundial sin perder las autonomías culturales, ni de cómo evitar que las empresas globales arruinen a las locales, ni de cómo evitar la guerra y la sobrepoblación ni de cómo distribuir la riqueza, ni detener a tiempo las mutaciones de ciertos virus ni de los efectos de largo plazo de transgénicos y clonaciones. Los recursos dedicados al desarrollo sustentable o a un verdadero desenvolvimiento sustantivo, son muy insignificantes comparados con la industria de la guerra, de la contaminación o de la corrupción. La ONU es un fantasma y todos los gobiernos nacionales sólo resguardan su coto imperial. En suma, no hay plan de gobierno nacional o global que prevenga los efectos negativos de las decisiones que se toman.

Pareciera ser que el Estado de cosas es omnipotente, pero en realidad el Estado es tan frágil, que no existe más que en la cabeza de cada quién. La palabra “estado” es el participio pa- sado del verbo estar: lo sucedido, pasado o determinado. El pasado existió como presente y el futuro es ejercicio memorístico proyectivo dado a partir de referenciación de imágenes o ítems. El pasado existió y el futuro posiblemente existirá, por lo que sólo los encontramos en memoria, memoria que fusiona pasado y futuro como negación de la diferenciación infinita proliferadora del “presente intersubjetivo”. Sólo el presente es real. Para transformar el estado de cosas, ha bastado con que cambie el sistema de creencias o se deje de creer, para que tarde o temprano el Estado cambie o pierda su forma. Basta con que se compre o se deje de comprar, para que el mercado cambie o se sacuda. El poder, lo mismo subjetivo que nacional o global, se reproduce lo mismo a favor que en contra, por esto, el mejor antídoto contra el poder es darle la espalda, no reproducirle ni a favor ni en contra para que éste cambie languidezca y junto con él todas sus pretensiones.


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