BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

MÉXICO EN LA ALDEA GLOBAL

Coordinador: Alfredo Rojas Díaz Durán

 

 

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ANDAMOS, SANCHO, ANDAMOS...

Cuando Adolfo Aguilar Zínser, me pidió que le ayudara a sumar gente de izquierda al espacio de Convergencia Democrática, con el fin de conformar un gobierno plural, le sugerí que lo mejor era que Vicente Fox se comprometiera públicamente con un Manifiesto a la Nación. Idea que se tradujo en los veinte compromisos con la nación. Se difundieron ampliamente, pero, insistí en que lo fundamental era promover las gestiones con los actores directos del conflicto de Chiapas, para restituir los puentes hacia la paz y construir un marco para reanudar el diálogo nacional entre los diferentes sectores y tendencias. Eso garantizaría una mayor legitimidad y sería un acto llave de gobierno que abriría las puertas hacia la transición política y la gobernabilidad de la nación. Por esta razón, Fox me solicitó que le concertara una reunión con Gloria Benavides, alias la “comandante Elisa”, miembro del Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN), quien aceptó la reunión con grandes reservas. Que, por supuesto, me confesó que sospechaba que Fox tenía un doble discurso.

Ese puente era trascendental para el futuro del país, ya que existía la posibilidad verdadera de acercarse al FZLN iniciando gestiones a favor de la paz. En el otro lado de la mesa, se encontraba Adolfo Aguilar Zínser, con grandes contactos tanto en el nuevo gobierno como en la embajada de Estados Unidos.

Para Elisa Benavides fue una reunión poco afortunada, sin embargo, me solicitó dos días después de la reunión, con el mejor de los ánimos, que Vicente Fox se sumara al manifiesto en el que Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Camacho Solís se comprometerían a resolver el conflicto en Chiapas. Se trataba de manifestar públicamente, el compromiso de implementar los Acuerdos de San Andrés, como motor para aprobar una Ley Indígena viable. Se esperaba que Fox convocara a todas las fuerzas para reiniciar el diálogo y no sólo llevara la iniciativa de una oficina a otra sin compromiso: como si no fuese el jefe máximo. Se trataba de acordar la paz.

Desconozco las razones por las que no se quiso enviar esa primera señal al FZLN. Vicente Fox no se pronunció por implementar los Acuerdos de San Andrés, volvió al autoritarismo burocrático al enviar al Congreso la iniciativa sin los consensos nacionales que garantizaran la paz y la definición de un nuevo proyecto de nación. Días más tarde, platiqué con Rodolfo Elizondo y me solicitó que armara una reunión urgente el mismo 2 de julio del 2000, en las instalaciones del CEN del PAN, para que Fox “dejara constancia de buena voluntad” de lograr la paz y reiniciar el diálogo, en caso de ganar las elecciones. Lo único que logré, previo acuerdo con Elizondo, fue que un miembro del FZLN se presentara en las instalaciones del CEN del PAN para testificar que Vicente Fox sí consolidaría la paz a partir de la construcción de un consenso nacional en torno a los Acuerdos de San Andrés. En esa segunda reunión informal se platicaría con Vicente Fox, pero no se presentó. Minutos antes de la hora acordada se suspendió la reunión, proponiendo el Negro Elizondo que se postergara 48 horas. La reunión nunca llegó, todo seguramente porque, en esos momentos, las preferencias de los votantes ya les daban el triunfo.

A los pocos días de haber ganado la presidencia, me pidió un miembro del FZLN que les hiciera llegar a Elizondo y Luis H. Alvarez la relación completa de presos políticos para que gestionaran su liberación, como un buen gesto político, mucho antes de solicitar las tres famosas señales que hiciera el subcomandante Marcos. Esta lista, que estuvo perdida, la encontraron casi seis meses después. Ese acto fue mi última intervención, podríamos decir como interlocutor, entre ambas partes, ya que no quise seguir jugando un papel en donde presumiblemente había un engaño por falta de una respuesta concreta y para no estorbar las estrategias de ambas partes.

Considero que siempre debe de haber tolerancia para iniciar la reforma del Estado e iniciar la transición política. Coincido ampliamente con Celso Furtado en que el modelo debe partir de dos ideas: a) dar prioridad a la satisfacción de las necesidades fundamentales a que se refiere la Declaración Universal de Derechos Humanos, en el marco de un desarrollo orientado a estimular la iniciativa individual y la conduc-- ción autogestiva, b) establecer la responsabilidad internacional por el deterioro del patrimonio natural del país y del mundo.74

En suma, se debe diseñar una ley multicultural como la sudafricana, un proyecto de desenvolvimiento sustantivo acorde a las circunstancias actuales, fomentar una nueva cultura distributiva incluyente, plantear nuevos proyectos de energía nuclear y alternativa, replantear una reforma fiscal justa, reorientar la educación de acuerdo a las nuevas reformas del Estado. Ampliar la banda de concesionarios de radio y televisión, con un perfil educativo y cultural, sin importar el número de canales. Democratizar los medios y distribuir equitativamente el tiempo oficial entre gobierno federal, estatal, poderes legislativo, judicial y universidades. Impulsar de manera fundamental la construcción de una ley indígena con la aprobación de los propios indígenas. Con todo lo anterior, iniciará la recomposición del Estado mexicano. Una transición político-social pactada que permita pasar de un Estado autoritario a uno democrático.

Debemos comprometernos en un proyecto incluyente, que permita a todas las comunidades indígenas aportar su riqueza cultural y que resulten beneficiados. Que los trabajadores encuentren en el futuro, un sentido a su esfuerzo y contribución en la generación de la riqueza nacional y, ante la modernización industrial, encontrar alternativas de una calidad de vida a favor de la familia mexicana. En fin, garantizar un Estado democrático sin ningún tipo de plutocracias.

Ante todo lo anterior, existen tres escenarios probables. El primero, uno en que todas las fuerzas políticas promoverían el establecimiento de un Estado democrático cediendo en parte de sus exigencias y tal que, en un periodo no muy largo, el país se fortalecería, se democratizarían las instituciones, se elevaría la calidad de vida y se distribuiría equitativamente la riqueza generada en el país. En el segundo escenario, nadie pondría de su parte, cada quien radicalizaría sus demandas en espera de que el modelo macroeconómico explotara y se perdería parte de la soberanía preservándose con ello el modelo autoritario. En el tercer escenario, las principales fuerzas políticas y económicas pretenderían mantener las cosas como ahora están, ignorando las consecuencias sociales.


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