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CURSO DE TEORÍA POLÍTICA
 

Eduardo Jorge Arnoletto

 

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Capítulo 12: LA TEORÍA POLÍTICA ANTE AMÉRICA LATINA. ANÁLISIS Y PERSPECTIVAS.

Introducción.

Al cabo de este recorrido queda en pie, para un politólogo latinoamericano, un interrogante: en qué puede ayudar la Teoría Política a comprender los procesos latinoamericanos? Este último -y breve- capítulo es el esbozo de un intento de respuesta a esa pregunta; un anticipo de un futuro trabajo de mayor aliento.

Toda la tercera parte de este libro fue un intento de apertura desde la Teoría Política hacia el panorama actual del mundo, buscando comprenderlo. En este último capítulo queremos plantear algunas ideas más específicas sobre nuestra región. Esa reflexión se ordena alrededor de cuatro interrogantes:

- cuáles son las principales características estructurales de América Latina.
- cuáles son las causas del subdesarrollo de los países latinoamericanos.
- cuál es nuestra situación actual y nuestra perspectiva a mediano plazo en cuanto a dependencia o autonomía.
- cuáles son las tendencias y perspectivas a largo plazo.

a) Principales características estructurales de América Latina.

Pese a opiniones en contrario, entendemos que en este mundo post-guerra fría, el esquema centro-periferia sigue siendo válido como modelo de interpretación del mundo. Ya hemos planteado algunas observaciones al respecto (ver pag. III-12 y ss.) que no vamos a repetir aquí.

Dentro de ese esquema, los países latinoamericanos son países periféricos. Ninguno de ellos forma parte del centro desarrollado y poderoso del mundo. Pese a haber iniciado hace ya bastantes años procesos de industrialización, todos dependen del mercado mundial en su condición de productores de materias primas y productos alimenticios. Los principales países de la región (Brasil, México y Argentina), que son también los más industrializados, poseen una industria no integrada, dependiente en cuanto a insumos-clave y a tecnología, y desnacionalizada en cuanto a la titularidad de las entidades productoras principales. Por otra parte, todos estos países se encuentran en el área de influencia directa de los EE.UU.

Los países latinoamericanos forman claramente parte del llamado "tercer mundo". Como ya vimos, ha surgido una singular opinión según la cual, al haberse derrumbado los regímenes políticos de "socialismo real", que conformaban el "segundo mundo" tampoco existiría el tercero... Esa opinión ha provocado sobre todo comentarios irónicos, pero aparte de ellos, pensamos que el tema no es una cuestión de número de orden sino de realidades estructurales, y en ese sentido hemos propuesto (ver pag. 9d2) la expresión "países subdesarrollados" por entender que no es un eufemismo (como la famosa frase "países en vías de desarrollo") ni tiene gran carga ideológica (como "mundo pobre").

Los países latinoamericanos forman parte, pues, del mundo subdesarrollado, pero presentan una diferencia notable con otras regiones del mismo mundo (1) que han sido sede de grandes civilizaciones milenarias y cuya cultura no es dependiente de la europea, de modo que, aunque estén sometidos a la presión de los intereses económicos, y aunque experimenten cierta aculturación en aspectos de la vida práctica, en su vida íntima, cultural, religiosa, siguen siendo ellos mismos.

América Latina es, por el contrario, "un mundo deducido" (según la feliz expresión de Alain Rouquié), llevado por medio de la conquista a la esfera de influencia directa de la cultura europea. Aunque algunas regiones de América fueron también asiento de grandes culturas, y su presencia se hace sentir hoy, la opción general es por el mestizaje y el sincretismo cultural y religioso. Ese caracter "europeo" o "europeizante" de los países americanos tiene una clara consecuencia: en la estratificación internacional aparecen como una "clase media" de las naciones: ni totalmente europeas ni totalmente del "tercer mundo".

Quizás por ese motivo, la dependencia de los países latinoamericanos respecto de los países centrales no se manifiesta sólo como una consecuencia obligada de la relación asimétrica de fuerzas, o sea como una imposición externa, sino también como algo internalizado, algo que condiciona desde adentro. Se trata, desde luego, de la fuerte aculturación que evidencian las élites dirigentes, pero también de conductas más sutiles y generalizadas, como ponerle a los hijos nombres sajones, o admirar el pelo rubio y los ojos azules...

Una prueba de la dependencia de los países latinoamericanos puede encontrarse aplicándoles las teorías de la modernización. Como vimos (pag. 362 y ss.) el proceso de modernización estudiado en los países europeos y en los EE.UU. presenta una serie de características y recorre una serie de fases o etapas en una secuencia determinada. Ese es el camino que debiera recorrer todo nuevo candidato a la modernización. Esa es la idea implícita en los "modelos evolucionistas decursivos" (ver pag. 9d3 y ss.) y en los teóricos anglosajones del subdesarrollo como "desarrollo insuficiente" que debe ser resuelto siguiendo los patrones evolutivos evidenciados por los países ya desarrollados.

La modernización y el desarrollo latinoamericanos han sido, por el contrario, procesos irregulares y atípicos. La industrialización fue tardía, no integrada y no autónoma; la urbanización fue excesiva y no relacionada sólo con la industrialización sino también con el caracter expulsivo del medio rural; la secularización fue anterior a la industrialización y relacionada con la inserción en el mercado internacional como fuente de materias primas; el desarrollo del sector terciario de la economía fue prematuro, excesivo y parasitario. Esas perturbaciones indican claramente que se trata, no de un proceso "insuficiente" sino de un proceso "mal llevado"; más exactamente, indican la presencia de un centro de decisiones externo al sistema, que no responde a los intereses del sistema pero que está en condiciones de determinar su comportamiento. En otras palabras, se trata de países penetrados.

La dependencia también se evidencia en la distribución de la población. La población latinoamericana está mal distribuida para las exigencias de un desarrollo endógeno. Su actual distribución, periférica y macrocefálica, es principalmente consecuencia del rol económico desempeñado por los países latinoamericanos en el mundo.

En países de economía extravertida, su comercio exterior es su salario. La extraversión económica latinoamericana la acompaña desde su ingreso a la historia "europea". América Latina ha tenido varios "dueños" (España o Portugal, Inglaterra, EE.UU.) pero esa característica se ha mantenido constante. Dice A. Rouquié que "con la conquista, las sociedades americanas..se integran al mercado mundial en función de las necesidades de las sociedades europeas. La extraversión económica..ha condicionado las modalidades de introducción del capitalismo en América Latina". Por tal motivo "..la característica principal de estas sociedades..es el desfasaje entre lo económico y lo social..Las situaciones económicas son independientes de las relaciones sociales..Esta 'desarticulación' es producto de una dependencia multiforme..de un acceso indirecto, mimético, a la civilización industrial y de una integración a un escenario cuyo actor dominante es extranjero".

Otro rasgo característico de ese desarrollo mal llevado (o mejor dicho, llevado en función de los intereses de otros) y no simplemente incompleto o insuficiente, es la enorme magnitud de los desequilibrios regionales internos. Se ha hablado de "colonialismo interno" y de la "simultaneidad de lo no contemporáneo" para aludir a esa extraña situación en la que lo arcaico, lo tradicional y lo avanzado, e incluso lo futurista, conviven en el mismo país. De Brasil, por ejemplo, se ha dicho que es como si en el mismo territorio coexistieran Inglaterra, la India y el Africa. Dice Helio Jaguaribe: "El Brasil se caracteriza por un brutal contraste entre sus indicadores económicos -que lo sitúan como la octava economía del mundo occidental- y sus indicadores sociales, de nivel afro-asiático" (2).

Brasil es un caso extremo de desequilibrio en la distribución del ingreso, pero con distintas variantes y niveles ésa es una situación general en Latinoamérica. Incluso aquellos países que, como la Argentina y el Uruguay, habían alcanzado alrededor de la década de los sesenta un grado ponderable de equilibrio en la distribución del ingreso y una consolidada y voluminosa clase media, han experimentado y siguen experimentando un proceso regresivo, algo así como una marcha desde el desarrollo (limitado y relativo pero desarrollo al fin) hacia el tercer mundo: una "latinoamericanización" de la América blanca del cono sur...

El regimen de tenencia de la tierra, en Latinoamérica, ha producido prácticamente en todas partes la paradojal presencia simultánea, antagónica y a la vez complementaria, del latifundio y el minifundio.

El latifundio es funcional para economías orientadas hacia la satisfacción de las necesidades de otros mercados, pero en el caso latinoamericano no es sólo una institución económica: es fundamentalmente una institución de caracter social y político, que hace posible el mantenimiento con un mínimo de resistencia de un orden social tradicional. En sí mismo es una especia de aparcería precaria combinada con la prestación de servicios laborales en varias formas de servidumbre personal. Desde un punto de vista político, es la institución que hace posible la concentración del poder político en los garantes del pacto de dependencia.

El regimen de tenencia de la tierra y la organización misma de la actividad agropecuaria hacen que las áreas rurales sean expulsivas, y que las poblaciones migren hacia las grandes ciudades. Otro rasgo paradójico de la realidad latinoamericana es que un territorio casi desierto o al menos muy poco densamente poblado es la sede de los conglomerados urbanos más grandes del planeta: se calcula que ciudad de México y San Pablo alcanzarán ese nivel a fin de este siglo.

Esos conglomerados urbanos, de infraestructura absolutamente deficitaria, se caracterizan por el crecimiento de un enorme sector terciario parasitario, por la marginalidad y por la proliferación de asentamientos espontáneos. La magnitud de esa urbanización desesperada no guarda ninguna relación con el proceso de industrialización ni tampoco con la densidad de población promedio del país, ni con su porcentaje de crecimiento vegetativo global. Es un proceso alimentado por las migraciones internas, impulsadas por las situaciones desesperantes en los lugares de origen y la ilusión de encontrar algún modo de vida diferente en las grandes ciudades.

En esos enormes núcleos urbanos, con sus "ciudades perdidas", sus "favelas", "poblaciones" o "villas miseria", la calidad de vida se ha ido y se continúa deteriorando hasta niveles asombrosos, y cunde la criminalidad por todas partes, con ribetes de guerra social, tanto de parte de los marginales como de las "fuerzas del orden", con sus escuadrones de la muerte y sus ejecuciones sumarias... mientras los que poseen algún patrimonio viven en edificios fortificados, como prisioneros al revés, y las clases dirigentes latinoamericanas tienen un escaso nivel de cohertencia interna: son modernas y arcaicas a la vez, son avanzadas y retrógradas, cultivan intelectualmente una cultura y estilo de vida típicamente europeos pero ejercen una dominación paternalista típicamente tradicional... Aquí no puede aplicarse la regla de "congruencia" de la que habla Parsons. Aquí la "incongruencia" es funcional para los fines del capitalismo dependiente. Rouquié lo explica diciendo que las clases dirigentes, al no ser dueños de la situación sino garantes de la dominación externa, se proveen de legitimaciones ideológicas y culturales de origen externo para ejercer su hegemonía interna, que sólo es viable mediante las prácticas autoritarias tradicionales.

Esa brecha pasmosa entre la ideología declarada y el comportamiento real ha generado una verdadera "cultura política de las apariencias". En lo formal y sobre todo en lo verbal, todo ocurre como si la adhesión a las reglas de la democracia pluralista y liberal fuera completa y sin grietas: hasta las revoluciones (en realidad, golpes de estado) y el terrorismo de estado se ejercen en nombre de una presunta restauración del orden democrático conculcado por el desorden y la corrupción... Ésto ha hecho que sucesivas violaciones al orden constitucional recibieran nombres tan pintorescos como Revolución "Libertadora", "Argentina", "Proceso de Reorganización Nacional" y otros semejantes.

En lo real, en la vida política concreta, vemos que detrás del escenario público, destinado al recitado de los grandes principios y al culto formal de la voluntad popular, funciona otro escenario, un escenario "privado", donde el acuerdo o conformidad de los factores reales de poder otorga o no la viabilidad a las decisiones del pueblo supuesto soberano. Dice A. Rouquié que "la voluntad colectiva no es nada sin el reconocimiento de la razón colectiva, expresada en las élites". Tales son nuestras democracias.

Se nos podrá objetar, y no sin razón, que situaciones de este tipo no son ajenas al resto de las democracias occidentales, aun las más avanzadas. Se trata, a nuestro entender, de una cuestión de grado: las democracias latinoamericanas presentan un panorama extremo, y en ocasiones caricaturesco (sólo superado por las "democracias" africanas) de los problemas vigentes en las grandes democracias occidentales. La habitual asimetría en la interacción élite-masa presenta en nuestro caso una tendencia a la dominación unidireccional que cuestiona permanentemente el principio mismo de la soberanía popular que se invoca.

Ésto nos lleva, naturalmente, a plantear el tema de la violencia. Es ya una tradición en la literatura sobre el tema considerar que América es un continente violento. En realidad, si se toma un periodo de tiempo suficientemente prolongado (por ejemplo, los últimos cien años) y se mide la violencia por algún parámetro objetivo, como sería, por ejemplo, la cantidad de hombres muertos por otros hombres, en nombre de fines estatales o privados, nos encontramos con que Europa es largamente más violenta que América.

Pero América merece igualmente el calificativo, sobre todo por la existencia en su vida política de una violencia social cotidiana, estructural, vinculada con el mantenimiento de situaciones de injusticia social. Esa violencia forma parte integrante, normal y habitual, de las relaciones sociales asimétricas. No se exterioriza mientras la resignación de los sumergidos los mantenga lejos de actitudes contestatarias, pero se manifiesta plenamente en cuanto la protesta social sobrepasa un cierto nivel verbal. En ésto no hay mayormente diferencias de regímenes: gobiernos democráticos o autoritarios proceden de manera similar.

Esa violencia estructural impregna el estilo de las relaciones sociales fundamentales, especialmente entre los sectores integrados en la dinámica social y los sectores marginales. El incremento de la delincuencia en los grandes conglomerados urbanos de América Latina tiene ya muchas características de "guerra social", así como el modo en que proceden los organismos de seguridad: asesinato de marginales y de menores vagabundos a cargo de los "escuadrones de la muerte", detenciones arbitrarias, pruebas obtenidas mediante tormentos, maltrato con propósitos intimidatorios a los detenidos, etc.

Más ocasionalmente pero también presente es la llamada violencia política expresiva, que es una modalidad de participación política, un modo de expresión política, que no es un mecanismo capaz de producir cambios por sí mismo sino una forma de enviar un "mensaje" enfatizado a los que gobiernan sobre el caracter insostenible de alguna situación, en un contexto dominado por la precariedad de los canales de comunicación normales entre gobernantes y gobernados. En general, esos "mensajes" indirectos son escuchados, como puede verse estudiando las ulterioridades de los "bogotasos", "cordobasos" y "caracasos" que jalonan la historia reciente de América Latina.

En cambio, es mucho más escasa la violencia revolucionaria. Pese a la fama de "continente revolucionario" que tiene América Latina, las verdaderas revoluciones son aquí muy escasas. Es cierto que se ha abusado mucho del término "revolución", y se lo ha usado para toda clase de golpes de estado, asonadas y pronunciamientos, siempre más o menos palaciegos, pero revoluciones verdaderas, es decir, manifestaciones de violencia política que producen cambios sociales estructurales, hay solamente tres: la mexicana, la cubana y la nicaragüense o sandinista. La mexicana ha terminado desembocando en una situación rígidamente institucionalizada y conservadora, diferente pero a la vez semejante a la situación anterior a la revolución. La cubana produjo cambios estructurales muy grandes y ostenta algunos logros notables (salud, educación) pero su fracaso económico global es completo y políticamente consistió esencialmente en un cambio del centro del cual depender; al colapsar ese nuevo centro (la U.R.S.S.) tiene ahora los días contados, al menos bajo su forma actual, que nunca alcanzó una plenitud democrática interna. La sandinista quebró al poco tiempo sus alianzas originarias, enfrentó una fuerte oposición alimentada desde el exterior y terminó frustrando sus propósitos originarios (excepto la caída de los Zomoza) en una ambigua salida electoral. Resumiendo, si medimos la trascendencia de la violencia revolucionaria latinoamericana por sus frutos históricos concretos la podemos considerar casi nula. Lo propio de América Latina no es el espíritu revolucionario sino el conservadurismo, vivido en una modalidad que Rouquié llama acertadamente "inmovilidad convulsiva".

Desde el punto de vista cultural, la principal característica estructural de América Latina es el sincretismo, con neto predominio de la cultura europea, especialmente de su variante ibérica, aunque también se encuentran elementos de otros orígenes, traídos por la inmigración posterior a la formación de las naciones latinoamericanas.

Se caracteriza también por marcadas diferencias cualitativas entre la cultura de las élites y la cultura de las masas. La cultura de las masas es más tradicional y aferrada a las originarias raíces indígenas e ibéricas, mientras la cultura de las élites se muestra más influenciada por los orbes culturales dominantes del mundo occidental moderno: la cultura francesa en el arte, la literatura, la música y la moda; la cultura inglesa en las instituciones y el comercio, y la cultura norteamericana en el estilo corriente de vida.

Se podría aplicar aquí el concepto formulado por Toynbee, el "herodianismo", que es esa situación de aculturación en la que la élite dominada acepta la cultura dominadora y la fusión de pueblos bajo su égida, con el apoyo de la clase media, mientras el bajo pueblo permanece ajeno a la realidad del proceso o es neutralizado. Este concepto surgió del análisis de fenómenos culturales del mundo helenístico, y con algunos matices (por ejemplo, el uso de los medios de comunicación modernos permite que muchos elementos de la cultura dominante lleguen al bajo pueblo también) puede aplicarse al caso latinoamericano.

Se ha dicho que, en su acceso al mundo moderno, la cultura latinoamericana ha encontrado una gran traba en su escasa vocación científica y tecnológica, que la ha privado en su desarrollo modernizador de una fuente esencial de autonomía. Es cierto que, comparativamente, la cultura ibérica se adaptó peor a las exigencias de la modernidad que otros países occidentales. Pero también es cierto que, curiosamente, hay muchos latinoamericanos trabajando en los centros de investigación de los países avanzados, donde encuentran la oportunidad laboral que no encuentran en sus propios países, lo que habla de un designio político, más allá de los condicionamientos culturales.

Resumiendo lo dicho hasta aquí, tenemos que Latinoamérica está compuesta por un conjunto de países que presentan, en general, las siguientes características estructurales: se trata de países periféricos, que configuran una "clase media" de las naciones dentro del mundo subdesarrollado; un "mundo deducido" de la cultura europea y dependiente, con una dependencia no sólo impuesta sino también internalizada, cuya modernización y desarrollo han sido hasta aquí irregulares y atípicos, con una industrialización tardía, no integrada y no autónoma; con una urbanización excesiva, una secularización no relacionada con la industrialización y un desarrollo desproporcionado del sector terciario. Su población está mal distribuida, en forma periférica y macrocefálica, en función de su extraversión económica, que está también en el origen de su desequilibrio en el desarrollo relativo de sus diversas regiones y en el desequilibrio entre sus indicadores económicos y socio-culturales. La tenencia de la tierra se caracteriza por la presencia simultánea de latifundio y minifundio, y se advierte la presencia de fuertes migraciones internas hacia las megalópolis, en una "urbanización desesperada". Su clase dirigente no es congruente en su ideario explícito y su acción, y practica una cultura política de las apariencias, en la que predomina la violencia social cotidiana y la violencia política expresiva antes que la violencia revolucionaria. Prima en ellos un sincretismo cultural del tipo "herodiano", con marcadas diferencias entre la cultura de las masas y la cultura de las élites.


(1) Alain Rouquié "EXTREMO OCCIDENTE. INTRODUCCION A AMERICA LATINA", Emecé, Bs.As., 1990.

(2) Helio Jaguaribe et al. "BRASIL, 2000 - PARA UN NUEVO PACTO SOCIAL", Paz e Terra, Río de Janeiro, 1986.

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