El español, ¿derivado del latín?
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¡GUA!, EL INSOSPECHADO ORIGEN DEL LENGUAJE

Alfonso Klauer

 

 

 

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El español, ¿derivado del latín?

Los especialistas, entre ellos por cierto Menéndez Pidal 391, refieren que «la historia del idioma español comienza con el latín vulgar del Imperio Romano, más específicamente, tiene su origen en el latín vulgar presente en la zona central del norte de Hispania» 392. Y se nos indica también que «el español se originó como un dialecto del latín en las zonas limítrofes entre Cantabria, Burgos y La Rioja, provincias del actual norte de España, convirtiéndose en el principal idioma popular del Reino de Castilla (donde el idioma oficial era el latín)» 393.

Así como en la primera referencia se hace precisión sobre el "latín vulgar", debemos entonces entender que cuando se nos habla de "idioma oficial" se nos está hablando del "latín culto".

Pues bien, varias interrogantes nos surgen en torno a esa breve pero sustancial información que hemos recogido. ¿Cuán grande fue la población rústica de soldados, capataces mineros y agrícolas, y otros, que trasladó Roma al centro de España, como para sostener que allí quedó instaurado el "latín vulgar" que «se impuso a las lenguas ibéricas » 394 en ese territorio y otros del resto de la península? Nunca hemos visto cifras al respecto, pero asumiendo que los romanos transplantados equivalían al 5 % de la población nativa, puede sin duda concluirse que fue un grupo muy numeroso.

Sin embargo, ¿podemos imaginar a ese grupo completamente disperso, en todo el territorio de Castilla, durante los seis siglos de la conquista, incluso en los más pequeños y periféricos caseríos rurales, diseminando empecinadamente su "latín vulgar" hasta desterrar la lengua nativa materna? No, ello es absolutamente inimaginable. Ni Roma ni ningún imperio han tenido nunca a ése como uno de sus objetivos.

Ni tampoco fue un logro que, entonces, se alcanzó de manera involuntaria.

Simplemente, creemos, no hubo tal logro, ni algo que pueda comparársele.

Y menos pues si, por comprensibles razones de seguridad, y temor, las poblaciones trasplantadas de soldados y otros, normalmente vivían en enclaves con escaso contacto con la población nativa. Siempre ha sido más fácil para los ejércitos de ocupación sembrar furtivamente hijos que franco el empeño de enseñar su idioma.

Bastante más verosímil nos resulta imaginar la simultánea existencia del latín culto, entre la aristocracia romana instalada en la colonia; el latín vulgar, entre la población trasplantada desde Roma; y la lengua nativa en boca de la inmensa mayoría de la población lugareña.

Mas este razonamiento debe aplicarse para el caso de las tres grandes provincias romanas en la península Ibérica: Bética, en el sur, cuya capital fue Córdoba; Lusitania, en el suroeste, cuya capital fue Mérida; y Tarraconense, la más grande, con más del 50 % del territorio peninsular, que desde Tarragona administró ese gran espacio 395.

Conforme se observa en el mapa, Castilla, y su porción norte en particular, estuvo siempre alejada de los principales centros de la administración romana, desde los que lógicamente emanaba la influencia del latín culto, y en torno a los cuales sin duda estuvieron concentrados los mayores destacamentos militares que hablaban el latín vulgar, el latín común del pueblo romano. Necesariamente Castilla debió ser pues el territorio que menor influencia lingüística recibió del latín, culto y vulgar.

Es decir, no se puede discutir que hubo influencia lingüística. El latín culto, a través de latín vulgar, del Derecho Romano, y de la aristocracia nativa aliada, sembró en el léxico de los pueblos dominados infinidad de voces latinas, pero también otras que venían del griego.

Pero de allí a asumir que las lenguas nativas fueron extirpadas hay una gran diferencia.

Y más todavía con las observaciones que en el siglo I aC hizo el geógrafo griego Estrabón: «las (tribus) que viven a uno y otro lado del Betis (…) ya no recuerdan su propia lengua» 396. O con aquella que refiere que en el mismo siglo «Julio César pudo arengar públicamente en latín a sevillanos y cordobeses» 397. Muy posiblemente Estrabón mismo no creyó en lo que escribió, ni Julio César creyó que la plebe de la Bética lo entendió. Pero, de cara al poder central en Roma, siempre fue lícito a los generales y sus escribas exagerar cuando no mentir descaradamente.

Pero, creer todo ello hoy, a pie juntillas, es una ingenuidad digna de mejores causas.

Sin que esté de por medio el exterminio de toda la población adulta, íntegra, resulta inconcebible aceptar que en un siglo –como afirmó Estrabón–, un pueblo deje de lado su lengua y asuma otra. Ello no ha ocurrido nunca en la historia de la humanidad. Tampoco entonces en España. Si Sertorio estableció una escuela en Huesca, en el 80 aC 398, de ello no puede colegirse que después el imperio sembró la península de escuelas, única forma en que, eventualmente, y con resultados inciertos, se habría podido alcanzar aquel propósito que sin embargo nunca estuvo en la mente de ningún emperador romano, ni en la propia península Itálica, menos pues en una colonia.

Gráfico Nº 102  Al gallego, en el noroeste, proviniendo del galaico–portugués, se le considera también «fruto de la evolución del latín» 399. Su área de desarrollo estuvo sin embargo más alejada que todas de la influencia lingüística del poder imperial. Teóricamente, en virtud de esa razón, debió recibir menor impacto que cualquier otra lengua de la península.

Sobre el vasco, la única lengua preindoeuropea que aún sobrevive en la península Ibérica, a pesar de su mayor cercanía con Tarragona, virtualmente no se hace observación alguna respecto de la influencia que eventualmente recibió del latín. No obstante, paradójicamente se reconoce que «la romanización fue intensa en la parte sur» 400 de su pequeño territorio, pero en explotaciones de tipo enclave en minas de sal y hierro.

Respecto del catalán, al noreste, en torno a uno de los principales centros de la administración romana, se nos dice que «el cambio del latín vulgar al catalán fue gradual y no es posible determinar en qué momento se inicia su historia» 401. Mas este dato encierra una inconsistencia notable. En efecto, si no es posible determinar los inicios del catalán, un hecho de fecha necesariamente más reciente, en qué se basa entonces la seguridad de que derivó del latín vulgar, cuya existencia es un hecho necesariamente más antiguo.

Al andaluz, en el sur de España, se le considera un dialecto del castellano 402. Córdoba no solo fue, junto con Tarragona, uno de los dos más grandes centros romanos en la península Ibérica, sino que debió congregar a los latinos más célebres de la colonia. Porque mal podría considerarse una simple casualidad que ella fuera cuna del célebre filósofo romano Séneca. Y que en las inmediaciones naciera Trajano que alcanzó a ser emperador del imperio.

Hay pues razones para pensar que tanto en Córdoba como en Tarragona se diera una gran presencia del latín culto, pero entre la aristocracia romana y, a lo sumo, entre las familias nativas que servían de bisagra entre aquélla y la población local sojuzgada. Y que el latín vulgar estuviera en boca de funcionarios menores de la administración imperial y soldados.

Pero asumir que éstos, en su inmensa mayoría analfabetos, aislados y recluidos, alcanzaran a desterrar las lenguas nativas y sustituirlas por su latín vulgar, parece una exageración inaceptable. En todo caso, debería demostrarse porqué no ocurrió lo mismo en otras importantísimas áreas del imperio como Egipto, Turquía y Palestina, donde la presencia demográfica romana fue incluso más grande que en la península Ibérica.

Si, tras la caída de Roma, la dominación castellana, que ha sido incluso más prolongada y más próxima que la de aquélla, no ha podido erradicar al gallego ni al vasco ni al catalán, ¿cómo pretender que los soldados romanos erradicaron en menos tiempo las lenguas nativas? En el caso del gallego se postula que el único logro de la dominación castellana ha sido distanciarlo del portugués 403. En relación con el caso del euskera o vasco, no solo no habría alcanzado logro alguno, 248 Alfonso Klauer sino, más bien, habría sido aquél el que tuvo «al parecer una gran influencia en la evolución del sistema vocálico del castellano» 404.

Pero cuáles son además los fundamentos y pruebas de la endosada paternidad del latín vulgar sobre el gallego, catalán y castellano. La mayor parte de las definiciones de "latín vulgar" dan por cierto que «es una lengua hablada antes que escrita» 405. Hasta el siglo VIII los textos se escribían exclusivamente en un latín artificioso, más próximo al latín culto de los siglos anteriores y ajeno al latín vulgar 406. Además «no hay pruebas de que alguien transcribiera el habla cotidiana de ninguno de sus hablantes» 407, y «no puede estudiarse directamente más que por unas pocas inscripciones» 408.

En definitiva, aun cuando hubo millones de hombres y mujeres que lo hablaron, aún cuando fue la lengua popular del más grande y tradicionalmente acreditado imperio de Occidente, en coherencia con el mejor estilo de la Historia tradicional, que nunca ha incluido como protagonistas a las grandes mayorías, nadie tiene una idea mínima suficiente de cómo fue el latín vulgar. No obstante, contra toda lógica, se le atribuye la paternidad de las lenguas romances.

Si los árabes, con ocho siglos de dominación continua en el sur de España, en la cuarta parte del territorio de la península, no alcanzaron a arabizar ese territorio, ¿por qué se cree que pudieron lograrlo los romanos, en solo seis siglos y en toda la península Ibérica, pero con excepción del país vasco? ¿Y qué características se atribuye al prerromano vasco para que él y solo él resistiera el embate del latín vulgar que hizo sucumbir a las otras y también prerromanas lenguas ibéricas? O, en todo caso, ¿cuál era la flagrante debilidad de éstas? Felizmente –según creemos–, no hay unanimidad absoluta en torno a ésa tan significativa progenitura. En efecto, hemos encontrado entre los especialistas a quienes afirman que con el nombre "latín vulgar" se «hace referencia al hipotético ancestro de las lenguas romances » 409.

Es decir, conforme nos hemos permitido subrayar, tal paternidad del latín vulgar solo sería una hipótesis que, sin haber sido desechada, tampoco ha sido todavía probada. ¿Cómo entonces, con ausencia de rigor, muchos especialistas la dan por cierta? ¿Y por qué no se alerta que es una simple hipótesis cuando se difunde el árbol filogenético del castellano en gráficos como el que mostramos 410, en el que por cierto es nuestra la clara advertencia.

Nuestro asombro sin embargo es mayúsculo al indagar qué se dice a estos respectos sobre el italiano. ¡En ninguna de las fuentes a que hemos recurrido –las más divulgadas en Internet–, se afirma con la misma transparencia y tan rotundamente que esa lengua deriva o es hija del latín! Así, en Il portale d’ella Italia Culturale, puede leerse: «junto [al] latín "culto" existía también el latín hablado, que se fue transformando continuamente con el uso cotidiano, dando lugar a una gran variedad de "latinos regionales", de los cuales derivaron las lenguas vulgares, los lenguajes del pueblo» 411.

Gráfico Nº 103 Gráfico Nº 104  249 «El italiano es una lengua romance. Existe un gran número de dialectos ítalo–romanos», se dice por su parte en el capítulo sobre Idioma Italiano en Wikipedia 412. Y la Promotora Española de Lingüística nos dice que «la lengua italiana pertenece a la rama itálica de lenguas indoeuropeas» 413.

Es decir, allí donde podría sostenerse sin ambages que una lengua deriva del latín, no se hace. Y donde la filiación está en duda, la mayoría de los divulgadores lo afirma sin reservas. Todo al revés.

Aceptando pues que hubo influencia lingüística, en el léxico en particular, nuestra hipótesis es que el castellano, como el gallego y el catalán, del mismo modo que el vasco, fueron lenguas nativas prerromanas que durante siglos se desarrollaron con autonomía y que, durante el Imperio Romano, lograron resistir el embate del latín y pervivir con éxito hasta nuestros días.

Y ha sido en esas lenguas, y no por mediación del latín, sino en todo caso a pesar de él, que España conserva remotísimos guánimos.

Desde Gua, pasando por /awa/, hasta Guadalajara y más.

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