Inesperada sorpresa
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¡GUA!, EL INSOSPECHADO ORIGEN DEL LENGUAJE

Alfonso Klauer

 

 

 

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Inesperada sorpresa

Descubrir el Perú depara mil sorpresas. De todo orden, de todo género. Muchas han dado lugar a investigaciones fructíferas. Pero todo indica que hay aún bastantes misterios por desentrañar, que bien pueden dar lugar a arrancar de la oscuridad otros mayores.

Gráfico Nº 1 -Guanaco

Nos atendremos acá a uno solo: el misterio de los nombres.

Huascarán, por ejemplo, es el nombre de su montaña más alta. Su cumbre alcanza soberbia casi 7 mil metros sobre el nivel del mar. Le sigue en fama el Huandoy. Ambas constituyen la cima del célebre Callejón de Huaylas, cuyo centro poblado más importante es la ciudad de Huaraz, a la que sigue en importancia Carhuaz. Y entre las muchas que se asientan en sus pequeños y quebrados valles interandinos se encuentra Cahua.

En la costa, con las nieves perpetuas de aquéllas a la vista, yacen ciudades como Huacho, Huaura, Huaral y Huarmey. Hacia el este, tras las cumbres, pero naciendo de sus deshielos, corre serpenteante el río Huallaga, el cuarto más importante de cuantos nacen en la cordillera.

De las regiones en que está dividido el territorio, una es Moquegua, otra Huánuco y una tercera Huancavelica. Entre las ciudades más importantes nadie duda en situar a Huancayo y, con sus mismos nombres, a las capitales de las ya citadas regiones. Pero asimismo a Huamanga. Y a Bagua, que tiene el privilegio de ver reiterado su nombre.

La agricultura se sirve del guano, el famoso abono excrementicio que deposita en las islas del litoral –como Guañape por ejemplo–, entre otras un ave marina denominada guanay. Y entre sus objetos está producir frutos como la papa huayro, la caigua, la guaba, la guanábana y el huacatay, este último un condimento muy socorrido en la comida peruana.

Las planicies del área cordillerana albergan a millones de guanacos, que constituyen una de las especies a las que se clasifica como camélidos sudamericanos. Y vuelan en torno a lagos y lagunas miles de parihuanas y huallatas. Aquéllos y éstas bien se cuidan de toparse con los hualos, venenosos sapos, y de ver capturadas sus crías por el huamán, el halcón andino.

En el inmenso llano amazónico, los terrenos inundables, tahuampas, están plagados de aguajes, palmáceas que proveen los frutos y helados predilectos de las huambrillas, las muchachas, por lo menos cuando el tiempo no es asolado por una tupida aunque leve huarmi lluvia.

Pero entre las especies de árboles y arbustos pueden encontrarse también la tagua, el azúcar huayo, el huasaí y la catahua. A la sombra de éstos crecen la huangana y la guagua, mamíferos que proveen al hombre de carnes muy preciadas. Y entre los troncos merodean huapos, araguatos, guacarís y otros tipos de monos. Pero también dejan verse y oírse, entre las aves, los multicolores guacamayos, las huapapas, las panguanas y los huaycos; entre los reptiles, la iguana y la guascama; y, enseñoreándose en el territorio, sin duda el jaguar. Por lo demás, en los cinco millones de hectáreas permanentemente inundadas, deambulan peces como la huapeta, el acarahuazú y la arahuana, en ríos como el Atunhuasi, el Cachahuayo y el Puinahua.

¿Cómo podría extrañar entonces que entre quienes desde tiempos inmemoriales ocupan esos vastos espacios se encuentren los aguas, aguano, aguarunas, amahuacas, awajún, cachinahuas, huancas, huambisas, omaguas y yaguas? O que sea manguaré el instrumento que con un tronco hueco fabrican los nativos para llamarse a la distancia. Y que sea el chuchuhuasi una de sus bebidas predilectas y el ayahuasca una de sus ceremonias emblemáticas.

Tampoco debe sorprender pues que el huayno y el huaylas sean los bailes más populares de los telúricos predios cordilleranos que recurrentemente son asolados por desprendimientos de huaycos. Ni que guasca sea el equivalente de borrachera y huarique, el escenario de la misma. Huachafo, sinónimo de mal gusto. Huairuro, el nombre de una colorida pequeña y popular fruta que se usa de adorno. Huaraca, la cuerda con que los niños juegan trompo. Ni que sea lagua el nombre de uno de los potajes andinos más sabrosos. Y Yawar Fiesta la denominación de una tradicional y también emblemática festividad de revancha anticolonialista.

Pues bien, hasta aquí los subrayados ya dicen bastante de la motivación central de este trabajo. No obstante, la recurrencia del vocablo, que en todas sus representaciones gráficas reproduce siempre el sonido / ua /, obliga a tratar de dar respuesta al fenómeno. Es decir, compromete a buscar las causas o, mejor, los orígenes de tan llamativa reiteración.

Sin duda no se trata de una construcción lingüística reciente.

Cupo a los conquistadores españoles liquidar en el siglo XV al tercer imperio andino, el Tahuantinsuyo, el gigantesco dominio sobre el que hegemonizó el pueblo inka a partir del Cusco, y al que dio ese nombre antes de que Colón viniera al mundo. Y cupo a Pizarro dar muerte a Atahualpa mientras éste enfrentaba a su hermano Huáscar por la administración del territorio que habían heredado de Huayna Cápac. Ni la colosal fortaleza de Sacsahuamán pudo evitar la hecatombe. Y las achiguas, palios en que los súbditos paseaban al emperador, pasaron al olvido. Cerrándose al propio tiempo los acllahuasis en que se criaban las futuras esposas de los emperadores cusqueños. Y no más hubo de recurrirse al Intihuatana, reloj solar, para advertir el tiempo de las cosechas. Por el contrario, al cronista mestizo Guamán Poma de Ayala le tocó en suerte empezar a escribir sus magníficos relatos.

En la milenaria historia del pueblo inka, que sin embargo hegemonizó en los Andes menos de un siglo, ya en sus mitos fundacionales puede leerse nombres como Guanacaure, Matagua y Guayanaypata.

Remoto es pues en el valle del Cusco el enraizamiento del vocablo que aquí nos convoca.

¿Pero es suficiente esa razón para atribuir al pueblo inka, y a su idioma, el quechua, la paternidad y difusión del / ua / en el territorio Gráfico Nº 2 -Jaguar Gráfico Nº 3 Yawar Fiesta / Víctor Delfín Gráfico Nº 4 -Sacsahuamán   Gráfico Nº 5 -Ciudad Wari Gráfico Nº 6 -Línea de Nazca peruano? No, no es suficiente. En primer lugar porque la hegemonía inka fue muy breve. Ni el tiempo, ni la animadversión contra el avasallador pueblo cusqueño, ni los recursos de difusión que existían por entonces permitían un logro como ése. Y, en segundo lugar, porque no hubo presencia inka en la vasta Amazonía, donde sin embargo –y como a duras penas ha sido insinuado–, el /ua/ está archipresente.

Rastreando pues en la historia anterior al Imperio Inka hemos de toparnos con Wari, el que entre los siglos X y XII, y desde la metrópoli del mismo nombre, se constituyó en el segundo imperio andino, controlando entre espacios cordilleranos y costeños tanto como 600 mil km2. Hoy, en el entorno de la que fue esa sede imperial, podemos encontrar pueblos como Anchiguay, Aualla, Carhuac, Nagua y Quihuas.

¿Debemos por ello pensar entonces que fue el quechua de los chankas el que impuso el /ua/ en estas latitudes del planeta? No, cualquiera que conozca un poco la historia de los pueblos de los Andes Centrales intuye ya que debemos rastrear más hondo.

Y es que, retrotrayéndonos en el tiempo, ya vino a la memoria el nombre de Tiahuanaco, la también efímera pero no menos esplendorosa civilización que erigieron los kollas sobre la altiplanicie en la que yace el lago Titicaca. También allí nos encontraremos con pueblos como Huaita, Huancarune, Jancocahua, Llallahua y Quehuari. Y en las áreas vecinas, donde hubo presencia kolla durante siglos, está siempre amenazante el volcán Huaynaputina y en sus faldas pueblos como Chillihuane, Corahuaya, Quiñahuata y Talocahua. ¿Con esos indicios podemos ahora atribuir la paternidad del /ua/ a los kollas y a su lengua el aymara? Quizá, pero bien vale la pena seguir ahondando.

Durante los primeros siglos de nuestra era, el territorio del Perú fue escenario del florecimiento simultáneo de varias culturas en manos de etnias muy distintas y distantes. En la zona surcordillerana, de manos de predecesores de los ya nombrados chankas, surgió la cultura Huarpa en el valle del mismo nombre. En la vecindad, pero en territorio costeño, los más asombrosos y reputados geoglifos del Perú fueron plasmados sobre el desierto por los pobladores de Cahuachi, la capital de Nazca. De allí que mal pueda extrañar encontrar en el entorno poblados como Atahuaranga, Huairani, Huaroto, Huayapuquio y Saihua.

Siempre en la costa, pero algo más al norte, en la región de Lima, Pachacámac fue el centro religioso ecuménico del área andina. Desde allí, y durante siglos, siguió afianzándose el quechua por el amplio territorio de los Andes Centrales. En las inmediaciones de este nuevo foco hemos de hallar Lunahuaná, Huangáscar, Huatiana, Catahuasi y Huantán. Y donde hoy es la capital del Perú, sus antiguos pobladores habitaban lugares como Huachipa, Huampaní, Huaquerones, Huallamarca y Huatica. Y algo más al norte, allí donde floreció la cultura Chancay, hallamos nombres como Huandaro y Vilcahuara.

Los viejos y polvorientos caminos de entonces, delimitados seguramente con piedras y estacas de guarango y hualtaco, remontando tórridos desiertos, vinculaban a esos pobladores con los de las culturas Moche, en La Libertad, y Mochica, en Lambayeque. En el área de la primera encontramos hoy pueblos como Chagual, El Huabal, Hualay y Huanchay, así como el puerto de Huanchaco, célebre porque desde allí los navegantes precolombinos viajaron periódica y sistemáticamente a Oceanía.

Allí donde surgió la cultura Mochica, encumbrada a partir de sus exquisitas joyas de oro fraguadas en hornos a los que llamaron guayras, hemos de encontrar pueblos como Carhuaquero, Hualapampa, Marayhuaca y Vinguar. En ellos sus actuales pobladores todavía se divierten embrigándose con el guarapo, de sus cocinas salen deliciosos guargüeros, y sus viviendas están cubiertas de caña guayaquil. Por lo demás –como constató en el siglo XVII el jesuita Juan Lorenzo Lucero–, se recurre todavía hoy a la guayusa –o, como él la refirió, guañusa– para alcanzar trances alucinógenos.

En el extremo norte del Perú, el pueblo tallán, en Piura y Tumbes, inmortalizó su frase de asombro: ¡guá! La pronuncian todos y a toda hora. Así los de Chiquirahua como los de Huanábano, Guatara y Huaipará. Y los de Hualtaco, Huasimal y Huaquilla. Para todos ellos, como para los moches y mochicas, el alucinógeno cáctus San Pedro fue siempre conocido como huachuma. Y el huaylulo era una de las especies más conocidas entre su variada flora.

En los 700 kilómetros más septentrionales de la costa peruana, escenario de las últimas menciones, no se habló nunca quechua ni aymara. Hasta tres lenguas fueron habladas: sec, quignam y muchik, siendo esta última la más extendida. Entre tanto, en el reducto amazónico se hablaban 50 e incluso más lenguas distintas. ¿A cuál pues atribuir la paternidad del que resulta cada vez más reiterativo /ua/? Ahondando todavía más en la historia, queda entonces por hacer referencia al que fue el primer imperio andino: Chavín. Mas con él estamos ya en el 1200 aC. No obstante, su sede fue Chavín de Huántar.

De su área de influencia son los ya citados Huascarán, Huandoy, Huaraz, Carhuaz y el Callejón de Huaylas, que no podemos dejar de pensar que fueron nombres impuestos por el pueblo chavín. En condición de restos arqueológicos quedan hoy antiguos poblados como Carhua, Huamanhuaín y Huaribamba. Y, para el recuerdo, los nombres de desaparecidos poblados como Huamazaña y Huaray.

El más célebre de los últimos descubrimientos arqueológicos en el Perú ha puesto en evidencia que, hasta dos milenios antes de Chavín, surgió en la costa, a 150 kilómetros al norte de la ciudad de Lima, la que por ahora resulta ser entonces la ciudad más antigua de América: Caral, en el valle del río Supe. Sus monumentales siete pirámides de piedra dicen bien de la envergadura y ámbito de acción del pueblo que la erigió. Sin duda alguna sus gobernantes dominaron íntegramente el valle, obteniendo incluso ingentes dosis de proteínas de la generosa costa donde desemboca el río, a 25 kilómetros de la ciudad. Difícilmente puede entonces ponerse en duda que fueron los pobladores de Caral quienes bautizaron a dos de los poblados de valle como Huacache y Lurihuasi.

Gráfico Nº 7 -Joya Mochica Gráfico Nº 8 -Piedra Chavín   Gráfico Nº 9 ¿Fue en definitiva Caral el centro inicial de expansión del /ua/? Si así fuera, habría entonces que suponer que los antiguos reductos de recolectores–cazadores de Huanta y Jaywa, en la región de Ayacucho, y de tanto como 13 mil años de antigüedad, fueron bautizados más tarde y por otros. Y ya veremos que hay bastantes razones para asumir que esos nombres tienen ésa o incluso una raíz más honda en el tiempo.

El / ua / está pues omnipresente en el territorio del Perú. En el escenario de todas y cada una de sus culturas. Pocos nombres hay sin embargo que con igual derecho correspondan a todo el espacio y al decurso de todas las culturas y pueblos de esta parte del mundo. Dos, fonéticamente muy emparentados, son quizá los característicos: huaca y huaco. Aquél da cuenta de objetos sagrados o tótems y, en su sentido más comúnmente utilizado, hace referencia a las construcciones ancestrales de carácter mortuorio y religioso. Y huaco hace referencia a los bellos y magníficamente acabados objetos de cerámica precolombina conocidos y apreciados en todo el mundo.

Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), huaca (o guaca) y huaco (o guaco) derivan de la voz quechua "waca" (= dios de la casa) 1. Y en el mismo se reconoce que son voces usadas en gran parte de Sudamérica y toda América Central. Nadie duda del carácter autóctono de los objetos a los que hacen referencia esos nombres.

Pero al reconocerse que el vocablo de origen es quechua, implícitamente se nos está diciendo que en el resto de Sudamérica y en América Central se usan esos vocablos por adopción o, en caso extremo, porque fueron trasplantados desde los Andes. El trasplante es muy difícil de admitir, porque no hubo en el período prehispánico hegemonía de ningún pueblo de los Andes sobre todo el espacio sudamericano, y menos pues sobre América Central; y poco cabe imaginar al Imperio Español en la tarea de difundir un vocablo quechua. Y, de haberse dado, la adopción masiva muy probablemente solo ha ocurrido en el transcurso de los últimos dos siglos.

No obstante, como habrá de verse más adelante, el universo del /ua/ nos tiene reservadas insospechadas revelaciones en torno a ésos y otros vocablos igualmente significativos, tanto para el caso del Perú como de toda América Meridional.

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