Toponimia española
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¡GUA!, EL INSOSPECHADO ORIGEN DEL LENGUAJE

Alfonso Klauer

 

 

 

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Toponimia española

En la elaboración de los nombres de los pueblos y accidentes geográficos de la península Ibérica ha intervenido un considerable número de grupos étnicos con sus respectivas lenguas. Por lo menos hay que reconocer la mano o la voz ejecutora de los siguientes. Los innominados grupos originarios que hace 900 mil años llegaron hasta Atapuerca, en el norte de España. Sus sucesores durante la larga Edad de Piedra. Los azilios que incursionaron en algún momento entre 15 mil y 12 mil años atrás 88. Los tartesios, en el suroeste. Los íberos, en toda la costa oriental hasta los Pirineos. Los vascos en el norte. Los lusitanos en el oeste. Los pueblos que ocuparon la cuenca del Guadaira, en Andalucía, en el tercer milenio aC 89. Y con posterioridad a ellos, los celtas, en el primer milenio aC.

Más tarde aparecieron dos pueblos semíticos: fenicios y hebreos, cuya presencia e influencia fue de tanto como un milenio. Pero también griegos. Luego vino la fuerte presencia romana por casi seis siglos.

Tras la debacle de Roma aparecieron en la península –o, como creemos, reaparecieron tras el destierro al que los obligó el poder romano 90– los visigodos, suevos, alanos y avaros con muchas voces de origen germánico. Más tarde se produjo la presencia y dominación árabe en gran parte de España, pero, sobre todo y durante ocho siglos, en el sur.

A la contribución de todos ellos debe sumarse la de catalanes, aragoneses, gallegos, asturianos, castellanos y otros. Pero también de leoneses y andaluces. Y, entre otros también llegados de fuera, de arameos y bereberes.

Qué mixtura inextricable no habría de surgir tras todo ello. Y cuán grande debe haber sido la tarea del español, en los últimos cinco siglos en particular, para presentar ante el mundo una toponimia que, a simple vista por lo menos, aparenta ser fonéticamente bastante homogénea, y castiza.

Sorprendentemente, y de manera unánime –hasta donde nos ha sido posible revisar–, los especialistas en toponimia destacan que en España el impacto lingüístico que, por la cantidad de réplicas, más logra percibirse, es el árabe, y sin duda pues en el sur. Allí –subrayan todos–, la raíz "gua" en los ríos de Andalucía fue introducida en mérito a que, entre los árabes, "wada" o "wadi", "guad" o "uad" –dependiendo de la fuente del dato–, significa río. Pero también pues, al norte de Andalucía, alcanzó a ser rebautizado el río Ana (o Anas), que naciendo en Castilla – La Mancha termina desembocando en el golfo de Cádiz, en el límite entre España y Portugal.

Curiosamente, y desconociéndolo los árabes, en una lengua prearábiga "Ana" significaba precisamente "río" 91. De eso modo, "wadi ana" = "Guadiana" pasó a significar "río río". Así, hoy, cuando decimos   Gráfico Nº 34 "río Guadiana" = "río wadi ana", estamos entonces pronunciando el que quizá es el máximo tautotopónimo: "río río río". Pero con tanto salto lingüístico, hay lugar a suponer adicionalmente que el remoto "ana" quizá fue la transformación de un primario "awa".

Por su parte, y presentados en el gráfico, Guadalquivir, que deriva de Wadi al Kabir, significa río grande. Guadalimar, de Wadi al Ahmar, río rojo. Guadiaro, río de aro 92. Asimismo, aunque no aparecen en el mapa, Guadalaviar, de Wadi al Abyad, río blanco. Y Guadalope, de Wadi al Lope, río del lobo 93.

Guadalbanar, de Wadi al Fanar, río de la casa clara; y Guadalhorra, de Wadi al Ghar, río de la cueva, no solo no aparecen en el mapa sino que tampoco forman parte de la inmensa lista de topónimos mayores que presenta la Enciclopedia Encarta. No están pues incluidos en la cifra de topoguánimos que presentamos a continuación.

Constituyen parte de los 199 topónimos menores que hay que considerar adicionalmente.

Otro tanto ocurre con los topoguánimos árabes que hacia 1480 aún existían en España, y que han desaparecido por sustitución. Es el caso de los ríos que eran llamados Wádí Saqura, Wádí Tabernas, Wádí Andaras, Wádí Bauru y Wádí Fardis. Pero también de nombres como: Wasiya, Wabrú, Al–Muwassita, Walyar, Watur, Al–Walima, Guajar, Warkar, Genalguacil, Wábasar, Al–Watá, Wádí Ás, Wániya y Wádí Al–Mansúra 94. Y con otros que han quedado sustituidos, como Casahuar, de Castilla y León, que hoy es Casuar 95. O como el medieval Couam Cardelem, que hoy es Cuevacardiel 96. O Torredouato, que aparece hoy como Torre de Obato 97.

El atlas de Encarta apenas ofrece 258 topoguánimos mayores de España. Pero –como muestran las marcas en rojo en el Gráfico Nº 34–, su distribución es prácticamente homogénea en todo el territorio.

¿Significa eso que los árabes implantaron su "gua" por igual en toda España, incluso en los reductos catalán, vasco, asturiano y gallego? Quizá, aunque poco probable. ¿O significa por el contrario que, entonces, independientemente de los árabes, los pueblos de España habían recurrido a su propio y remoto "gua" para bautizar topónimos? También quizá, pero, dados los antecedentes hasta acá ofrecidos, más probablemente.

Entre los topoguánimos que presenta Encarta hayamos por ejemplo el emblemático Gua o Gúa, que se muestra en el mapa, en el extremo norte, en Asturias. Y no creemos que sea una simple casualidad que esté a tiro de piedra de Atapuerca, un lugar ocupado por el hombre y homínidos antecesores hace casi un millón de años.

Pero también Araguás (= arawa), y Guara (= wara), en Aragón.

Pangua (= Pangwa, de Tailandia) y Wamba, en Castilla y León. Gualda (~ Gualdo, de la isla de Córcega). Gualba y Gualta, en Cataluña. Guaridas (= wari), en Extremadura. Guamil (~ guama), en Galicia. Alguazas (= guasa), en Murcia. Eguara (= wara), en Navarra.

España no se ha librado de incluir la voz /awa/ en muchos de sus topónimos. He ahí por ejemplo: Aguasmestas, Aguas Cándidas, Aguasal y Aguaviva. Pero nadie duda que esas "aguas" de España son precisamente las "aguas" del español: ríos, mares, lagunas, lagos, pozos, charcos, etc. Pero también postulamos como hipótesis que estas "aguas" de España son las mismas que muchas "awas" ancestrales y aborígenes de Asia, Oceanía y América. Así las cosas, también la Real Academia podría empezar a cuestionarse que la voz española "agua" derive de la voz latína "aqua". Parece más probable que ambas tengan un origen común, remoto, e inidentificable, o muy difícil de precisar.

En adición a los datos que proporciona el atlas de Encarta, hemos podido encontrar 199 topoguánimos menores en España. La relación completa forma parte del Anexo Nº 16. Veamos sin embargo algunos ejemplos. Aguanal (= wana) y Aguanz (= awa), en el país vasco. Aguañal (= awa), en Asturias. Alfaguara (= wara), río que atraviesa varias regiones. Araua (= arawa), en el país vasco. Beragua (= rawa), en Navarra, pero al nombre se le reputa de origen vasco 98. Fauar y Gual, en Aragón.

Guari (= wari), también en Aragón, para el que Rizos Jiménez postula que derivaría del topónimo arábigo Alguaire 99. Guarz, topónimo con muchas variantes y muy extendido en el alto Aragón, que el mismo autor presume que derivaría de "hórtos" (= huertos, en latín).

Indica que antiguamente "huerto" aparecía como "guarto". Y que Guarz ha dado origen a Guaz. Guaza (= guasa), en Castilla y León. Guerelagua (= lawa), en el país vasco.

Hay además Oragua (= rawa), en Navarra. Ragualla (= rawa), en Aragón. Sanguarte, en Navarra. Talagua (= lawa), en Navarra, pero se le reputa como una voz de origen romance. Vaguada (= bawa), pero implícitamente se le considera de inobjetable origen castizo. Y Zaguako (= sawa; e = huaco).

También Huampernal, en Asturias, una cueva cuyo nombre, como Fampernal, se les considera variantes de Fompernal 100. Pero todo sugiere hasta acá que el primer nombre es precisamente más antiguo.

Hay por último Guanares (= wana), en Castilla y León, y se nos dice que precisamente se aplica a los lugares donde hay guano o abono abundante. No obstante, y como se ha visto, hay en otras partes de España y Europa topónimos fonéticamente muy similares, a los que sin embargo no se les relaciona con dicho excremento. Es por ejemplo el caso de El Caleyón de la Huana (= wana), de Asturias 101. El de Castilla y León, entonces, y solo él, resultaría derivado de una voz quechua.

¿Llevaron los conquistadores esa inapreciada voz andina a España? Poco, muy poco probable. ¿Fue entonces trasplantado el topónimo a la península, a raíz de la fama que adquirió el guano peruano en el mundo occidental, en las postrimerías de la primera mitad del siglo XIX? Muy difícilmente, pues estaba ya bien arraigado el uso de "estiercol", derivado del acreditado latín "stercus".

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