¡Gua!, el insospechado origen del lenguaje declaración personal
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¡GUA!, EL INSOSPECHADO ORIGEN DEL LENGUAJE

Alfonso Klauer

 

 

 

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Declaración personal

En mis doce libros anteriores y en éste he redactado los textos en primera persona del plural. En verdad, la motivación no ha sido otra que una sincera humildad intelectual. Pero ésta a su vez está fundada en el hecho de que en los libros he incursionado en esferas intelectuales distintas a la de mi formación académica. Permítame sin embargo el lector redactar acá algunos párrafos en primera persona del singular.

Conociendo bastante la geografía del Perú, y suficientemente bien la de Sudamérica, pero además con muchos topónimos de Centroamérica, el Caribe y Norteamérica en mente, desde por lo menos dos décadas atrás tenía la sospecha de que la partícula "gua", "hua" o "wa" no era de origen quechua ni aymara, las dos más grandes lenguas nativas todavía habladas en el Perú.

Una reciente estadía de dos años y medio en la Amazonía peruana, me permitió recopilar más de mil voces, entre topónimos, etnónimos, zoónimos y fitónimos, que, conteniendo todas la partícula "gua" – "hua", incrementaron aún más mi sospecha, dado que el Imperio Inka, y su lengua, el quechua, no tuvieron mayor ingerencia en tan vasto espacio. ¿Pero entonces, a qué lengua podía atribuirse la empecinada diseminación de esa partícula, y cuál podría ser su significado?, me fui preguntando todavía a tientas.

Inmediatamente después, en la costeña ciudad de Lambayeque, la revisión exhaustiva del atlas de Encarta 2005 me permitió recopilar, más allá de cuanto había podido imaginar, 71 mil topoguánimos mayores, de prácticamente todos los espacios del globo. A mitad de ese camino, sin embargo, la que venía siendo una recopilación curiosa e intuitiva, tras formularme explícitamente la primera hipótesis general, ya había pasado a tener el carácter de una investigación científica.

¿Cómo explicar la universalidad de la voz /ua / en la toponimia?, fue pues la primera hipótesis que me planteé.

Pero inmediatamente surgió otra: ¿es realmente / ua / una voz cuya presencia en la toponimia es mayor de la que estadísticamente puede esperarse para cualquier sonido silábico? Y si es así, ¿por qué tiene esa mayor frecuencia? A partir de allí, como en abanico, fueron abriéndose otras interrogantes: ¿es cuantitativamente distinta la presencia de la voz / ua / entre las lenguas "vivas", las "fosilizadas" y las "muertas"? ¿Es distinta la presencia de la voz /ua/ entre los topónimos, los etnónimos y los antropónimos? ¿Y entre los topónimos y el léxico común en las lenguas más habladas? Y si así fuera, ¿qué razones pueden explicar esas diferencias? Sin embargo, la digitación de los casi 150 mil nombres que se presenta en los anexos, me permitió reparar además que, en miles de esos guánimos, aparecían repetidamente, y también en todo el planeta, voces más complejas, tanto con la estructura bisilábica "wa_a", como sus inversas con la estructura bisilábica "_awa".

Tratándose pues de un conjunto de voces que habrían podido constituir un léxico primigenio, fue entonces que surgieron las que a la postre pasarían a ser las hipótesis más importantes de este trabajo: ¿nos remite la topoguanimia mundial a la que habría sido la primera lengua –o protolengua– hablada por el hombre o, eventualmente incluso, por los homínidos que lo precedieron?, y, ¿fue quizá portando una sola lengua que el hombre pobló la Tierra? En fin, este trabajo pone de manifiesto que la toponimia mundial parece encerrar esos y todavía muchos otros secretos. Porque, como se verá, además de la ya advertida hipótesis de que el poblamiento de América no se habría dado por el estrecho de Bering, sino por la que he denominado "la ruta del gua"; también la toponimia me ha permitido postular la hipótesis de que el español, y otras lenguas romances, no serían hijas del latín, sino lenguas prerrománicas a las que esa lengua impactó fuertemente con su léxico.

Asimismo, ha sido la toponimia la que me ha permitido formular una hipótesis explicativa de por qué diversos espacios del globo tienen hoy densidades poblacionales más altas que las de su entorno, y, sobre todo, mayores que las que debería esperarse en razón de la pobreza de los respectivos territorios. Y, por ejemplo, ha sido también la toponimia la que me ha permitido formular la propuesta, reiteradamente planteada, de que la Academia Española debe revisar el origen lingüístico y espacial que viene atribuyendo a muchas voces del léxico que ha incorporado desde América y otras latitudes.

De otro lado, si como todo indica, de una surgieron miles de lenguas a lo largo de miles de años, en los últimos siglos el mundo viene experimentando una drástica reducción de las lenguas en uso. En efecto, sobre las 6 912 lenguas que probablemente todavía eran habladas al inicio de este siglo, apenas 8 reúnen al 40 % de los habitantes del planeta, según reporta SIL International en Ethnologue: Languages of the world 43.

De acuerdo a esa misma fuente, en lo que va del siglo pueden haberse extinguido ya 460 de ese total de lenguas, pues solo contaban con 50 o menos personas hablándolas. Entre ellas, habrían pasado entonces a condición de extintos 82 etnoguánimos. Ese sería el caso, por ejemplo, de: Awa, de Camerún; Wari, de Brasil; Wapato y Tawakoni, de Estados Unidos; Laua, de Papúa – Nueva Guinea; Wanai, de Venezuela; y Wagaya, Yalgawarra, Nawagi, Waray y Wakawaka, de Australia.

Según indicó en 2005 el filólogo español Arsenio Escolar, en La utopía de la lengua universal, «casi todos los expertos en lingüística coinciden en que en un siglo habrán desaparecido tres cuartas partes de las lenguas que hoy se hablan en el mundo» 44. Esa desgarradora proyección, y el previsible acrecentamiento de la globalización, Internet incluida, «nos lleva inevitablemente a que en muy pocas generaciones habrá un idioma universal en el que se entenderán todos nuestros bisnietos o tataranietos, vivan donde vivan», afirma el mismo autor.

Sin embargo, en 1973, advirtiendo ya la tendencia que se venía observando, el etnohistoriador venezolano Miguel Acosta Saignes, en Sobre la lengua universal, previó que la mayor parte de los pueblos «no desearán perpetuar como idioma universal a ninguno que recuerde las conquistas cruentas, las guerras, los genocidios, los tiempos del gemir colonial» 45.

Comparto sin reservas esa previsión. Pero, como largamente he desarrollado en ¿Leyes de la historia? (2003), no ha sido la voluntad de los hombres, o de la mayoría de los pueblos, la que ha prevalecido en los grandes cambios que se han experimentado en la historia de la humanidad. Siempre han prevalecido los grandes intereses de las potencias hegemónicas, o, más precisamente, de sus élites. Y propagar su propia lengua, que por lo demás siempre fue la única que masivamente conocían bien, no ha sido una excepción.

Como ayer Grecia y Roma, y hoy Estados Unidos, mañana habrá de ponerlo en evidencia China, cuya lengua, repentinamente, pero por razones objetivas, han empezado a estudiar ya millones de personas en todo el mundo. Como mostré en el indicado texto –pero también en Descentralización: Sí o Sí (2000)–, todo indica que el gigante asiático pasará a convertirse en el centro de la Novena Ola de la historia.

En 1887 Lejzer Ludwik Zamenhof hizo su muy meritoria y encomiable propuesta del Esperanto (Esperanza) como lengua universal.

Sin embargo, a más de un siglo del Primer Congreso Mundial de Esperanto, realizado en París en 1905 46, solo dos millones de personas lo hablan como segunda lengua 47. Es decir, solo 3 de cada 10 000 habitantes del planeta. No obstante, forma ya parte del privilegiado grupo de las 347 lenguas más habladas del mundo.

Es muy difícil prever el futuro del Esperanto. Y más aún imaginarlo realmente como lengua franca universal. Con buena parte de los topoguánimos y etnoguánimos del mundo en mente, resulta asombroso que el alfabeto de esa lengua no incluya el grafema "w" 48, tan frecuente en aquéllos. Por lo pronto, solo entre los primeros, más de 45 mil nombres tendrían que sufrir cambio, y otro tanto en 2 500 nombres de étnias y lenguas. Solo pues con el ánimo de respetar valores tan preciados por cada pueblo, como su propio nombre y el de su lengua, el Esperanto debería incluir el grafema "w" en su alfabeto.

Sin embargo, siendo que la lengua es la más alta, estimada y caracterizada expresión de la cultura de cada pueblo, cualquier lengua que aspire a constituirse en la lengua franca universal, incluso dentro del más largo de los largos plazos, no debe pretender sino ser segunda lengua entre los pueblos del planeta. Al fin y al cabo, también es pre- visible que el poliglotismo de todos los habitantes de la Tierra será una de las características del mundo del futuro.

En el contexto de los esfuerzos de integración que se viene haciendo en el mundo, entre los que el de la Unión Europea resulta paradigmático, quizá la Organización de Naciones Unidas puede auspiciar que un equipo internacional de lingüistas haga una propuesta en la que por fin se concrete, bajo el espíritu del que habría sido el primer y único lenguaje del planeta, la lengua que a la postre comunique e identifique a todos los seres humanos.

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