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LOS CONDICIONANTES EXTERNOS EN LOS PROCESOS DE INTEGRACIÓN
El rol de Estados Unidos de América ante los casos europeo y latinoamericano


Eduardo Rivas

 

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El papel de Europa en el mundo Una perspectiva alemana 1967 Konrad Adenauer

Conferencia dictada por el ex Canciller alemán en el Ateneo de Madrid, España, el 16 de febrero de 1967.

Resulta muy tentador hablar sobre la historia y la cultura europeas precisamente en España, porque España tiene una gran historia, que durante siglos ha estado estrechamente ligada a los demás países europeos por la política, el arte y la cultura, y ha proyectado hacia un amplio campo la cultura europea.

Sin embargo, la primera mitad de este siglo ha traído consigo una evolución que amenaza la libertad de los pueblos europeos y con ello la cultura europea en su más íntima sustancia, y que puede tener como consecuencia la desvigorización total de Europa y de todos sus Estados.

Por ello me propongo hablar de este peligro y de lo que hemos de hacer para salvar a Europa.

Cuando hablo de Europa, me refiero a todos los Estados situados en Europa, con excepción de la Rusia soviética. La Rusia soviética, sin sus Estados satélites del lado occidental, constituye un gran continente en sí.

Al hablar de la unificación de Europa no puede pensarse en una unificación con la Rusia soviética de la misma manera en que han de unirse los demás Estados europeos.

La Rusia soviética está situada parte en Europa y parte en Asia. Con sus veintidós millones de kilómetros cuadrados, es el mayor Estado de la Tierra, comprendiendo más del doble del territorio de la China roja o de Estados Unidos. Una unificación de los países europeos con la Rusia soviética habría de equipararse a una absorción de Europa por aquélla. Una unificación sólo con la parte de la Rusia soviética situada al oeste de los Urales plantearía inmediatamente la cuestión de qué sería entonces de los territorios rusosoviéticos situados en Asia. En tal caso parecería que se quería dividir la Unión Soviética.

Pero en esto no pensamos los europeos, y por ello la unificación de Europa sólo puede comprender los demás países europeos. Y se da el caso de que ellos son los que se encuentran en el más grave peligro de perder su libertad.

El peligro en que se hallan los pueblos europeos se hace patente si se examina la distribución del poder sobre la Tierra y se llega a comprobar con qué rapidez ha progresado la pérdida de poder de los países europeos.

Trataré de ofrecer en pocas palabras una visión de la distribución del poder en el mundo a comienzos del siglo XX, o sea, hacia 1900, enfrentando después esta visión a la situación mundial de 1960.

Hacia 1900 el acontecer político en el mundo era dirigido desde Europa. Las grandes potencias europeas, como Reino Unido, Francia, Alemania, Austria-Hungría, Italia, España y otras, determinaban el curso de la política. Estados Unidos no ejercía, en los principios del siglo XX, una política exterior propia. La Rusia zarista, si bien estaba interesaba en el acontecer europeo, no tenía suficiente influencia determinante sobre elmismo. Los grandes pueblos de Asia y África, como Japón, China y otros, no prestaban apenas atención a los asuntos de Europa, o bien eran colonias o protectorados europeos.

También los pueblos europeos tenían conflictos entre sí, pero al propio tiempo tenían siempre un cierto sentido y una comprensión de la importancia de Europa y se cuidaban de menoscabar esta importancia por medio de su política.

Ahora bien, ¿cuál era la distribución del poder sobre la Tierra sesenta años más tarde, aproximadamente hacia 1960? En lo que se refiere al poder y a la influencia, Estados Unidos se halla ahora a la cabeza. Posee una población de 179,3 millones de habitantes y un territorio de 9,3 millones de kilómetros cuadrados. Sus tropas comprenden una totalidad de dos millones y medio de hombres. En segundo lugar se  CCXX encuentra la Rusia soviética, con un territorio de 22,4 millones de kilómetros cuadrados.

Es, con mucho, el mayor Estado de la Tierra, y su población alcanza los 210 millones de habitantes. Su fuerza militar es de 2,7 millones de hombres. A estos dos gigantescos países les sigue la China roja como tercera superpotencia. He de señalar aquí que, en el caso de la China roja, las indicaciones numéricas se basan en parte en cálculos aproximados. Tiene una superficie de 9,7 kilómetros cuadrados, o sea, algo más de la de Estados Unidos, y mucho menos de la mitad del territorio de la Rusia soviética. Se calcula que su población asciende a 630 millones de personas y sus tropas a unos tres millones de hombres.

¿Y cómo es la situación en Europa? La totalidad de su territorio, excluyendo la parte ruso-soviética, es pequeña, aproximadamente 4,9 millones de kilómetros cuadrados.

Pero la población en Europa es extremadamente densa, habiendo alcanzado en 1960, los 425 millones de personas, de los que 183 millones pertenecen a las clases activas. A fin de poder calcular el valor de la población, quisiera exponer las cifras de participación de Europa, Estados Unidos y el resto del mundo en la producción industrial. En 1960, Europa participaba en la producción mundial con un veintisiete por cien, la Unión Soviética con un dieciocho por cien, Estados Unidos con un 33 por cien, y el resto del mundo con un veintidós por cien.

Si bien la producción material no puede considerarse un índice de la producción espiritual, la inmensa producción de Europa sí permite suponer que los europeos poseen una gran fuerza espiritual. El trabajo físico y espiritual que es realizado en Europa es indispensable para la prosperidad y la evolución del mundo entero.

En los últimos momentos de la guerra mundial surgió un factor que como ningún otro, determinó la relación de poder en el mundo y, con ello, la influencia política y económica de las potencias o de los grupos de potencias. Este factor consiste en la utilización de la fuerza atómica en la guerra, con su increíble capacidad destructora, y además, el desarrollo de los portadores de esta terrible arma, sean cohetes o bien sean aviones. Dos de las tres superpotencias, Estados Unidos y la Rusia soviética, disponen de un gigantesco arsenal de explosivos nucleares y de portadores para el lanzamiento de dichos explosivos a través de los mares y los continentes. Tan sólo Francia posee, como única potencia continental europea, un armamento atómico, el cual, sin embargo, no es muy importante. Lo mismo puede decirse de Reino Unido. La China roja está desarrollando también una fuerza nuclear. No podemos calcular exactamente su potencia actual, al igual que no podemos juzgar con exactitud a qué ritmo puede seguir desarrollándose.

Entre las dos potencias mundiales, Estados Unidos y la Rusia soviética, se están celebrando actualmente negociaciones con el fin de convertir la producción y la posesión de tales armas en privilegio exclusivo suyo. En ello reside el mayor peligro para los demás pueblos de¡ inundo, y en especial, para los de Europa; peligro especialmente temible en el aspecto de la producción, pues entraña la posibilidad de perder la fuerza y la influencia en los campos político y económico. Debido a su capacidad productiva, indispensable para el mundo, los países europeos, o sea, Europa, está en peligro de ser víctima de las divergencias que existen entre las potencias mundiales y de ser destruidos en la lucha a consecuencia de su situación geográfica y la densidad de su población.

El peligro para Europa es mucho mayor de lo que se imagina la mayoría de los hombres. La evolución desde la última guerra, sobre todo el desarrollo de las armas atómicas y, como consecuencia de ellos, las negociación entre la Rusia soviética y Estados Unidos, pueden significar para los pueblos europeos el fin de su influencia política. Las superpotencias pueden hacer caso omiso de la oposición de un determinado país europeo. La voz de una Europa unida, sin embargo, habría de ser escuchada por ellas, en su propio interés.

¿Qué es lo que se ha hecho hasta ahora para alcanzar nuestra meta, o sea, una unificación de Europa? Al contestar esta pregunta me limitaré al período posterior a 1945, a pesar de que ya en los años veinte muchos habían reconocido la necesidad de una unión europea. Pienso en este momento en Aristide Briand. Recuerdo también mis propias  CCXXI consideraciones, que dadas las experiencias de la Primera Guerra mundial, a cuyo final se encontraba Alemania totalmente aislada y sin amigos, me llevaron a reconocer que Alemania y Francia deberían colaborar para preparar y hacer posible una unificación de los Estados europeos si Europa quería hallar su felicidad y su prosperidad.

En 1946, Winston Churchill exigió en Zurich la creación de los Estados Unidos de Europa y una colaboración estrecha entre Francia y Alemania. En octubre de 1948 me reuní por primera vez con Robert Schuman, el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, quien en mayo de 1950 presentó el proyecto de una Comunidad Europa delCarbón y del Acero (CECA). Ésta se convirtió en realidad en abril de 1951. Las horas del fracaso de la Comunidad Europa de Defensa se cuentan entre las más trágicas de Europa después de la guerra, ya que la Comunidad Europea de Defensa, de haber llegado a realizarse, nos habría traído ya en aquel entonces la unificación política de Europa. Tras su fracaso había que comenzar de nuevo.

Los tratados de Roma, firmados en marzo de 1957, tuvieron como resultado la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA), a las que se unen los seis componentes de la CECA. Estos tratados, cuya gran importancia reside en el terreno económico, han sido firmados por los seis partenaires a sabiendas de que los tratados en cuestión no podrían sustituir la unificación política europea.

Desde luego, ya en 1950 se demostró con ocasión de las negociaciones acerca de la CECA y más tarde también en las negociaciones sobre la CEE, que Reino Unido, a causa de sus relaciones con los países de la Commonwealth, no estaba dispuesta ni en condiciones de acceder a una auténtica anexión a Europa que comprendiera la aceptación de todos los deberes relacionados con la misma.

No ignoran ustedes que el primer ministro británico, Harold Wilson, se encuentra negociando actualmente con los gobiernos de los seis Estados componentes de la CEE sobre las condiciones de entrada de Reino Unido en dicha comunidad. Hemos de esperar el resultado de estas negociaciones. Sin embargo, la CEE no es lo mismo que una unión política europea. Deseo hacer resaltar muy expresamente este punto y subrayar, además, que ante todo necesitamos la unión política. A raíz de la declaración de los seis jefes de gobierno en Bonn el día 18 de julio de 1961, por la cual se formaba una Comisión para la elaboración de un estatuto político europeo, surgió el llamado Plan Fouchet I. En enero de 1962 se presentó un nuevo proyecto, el Plan Fouchet II, en el que se preveía una incorporación de las instituciones económicas europeas a la comunidad política y su subordinación a la misma. El plan fue revisado posteriormente respecto a este punto. Los ministros de Asuntos Exteriores de los Seis negociaron seguidamente en abril del mismo año, en París, sobre la nueva versión del Plan Fouchet II. Cuatro de los seis ministros de Exteriores le dieron su aprobación. Los representantes de Holanda y Bélgica exigieron para dar su conformidad, la inmediata participación de Reino Unido en las negociaciones.

A fin de superar la paralización que con ello se produjo, el presidente de la república francesa, de acuerdo con el canciller alemán, propuso al presidente del Consejo de Ministros italiano, que entonces presidía, según el turno, el círculo de los jefes de gobierno, invitar a los seis jefes de gobierno a Roma para la ulterior deliberación y decisión. Italia se negó a aceptar esta propuesta.

Desde 1962, las negociaciones acerca de la unión política europea están en suspenso, pero la idea de la unificación europea y, con ello, el proyecto de entonces permanecen aún vivos, a lo que ha contribuido en gran medida la evolución desde 1962.

Opino que todos los que ocupan puestos de responsabilidad tienen que haberse dado cuenta, en el curso de estos años, de la magnitud del peligro que corre Europa y del hecho de que ya no tiene tiempo para esperar pacientemente hasta que algún día se produzca la solución perfecta que pueda satisfacer de igual modo a todos los Estados partenaires. En nuestra época, la rueda de la historia se mueve con increíble velocidad. Es preciso actuar rápidamente, si queremos que la influencia política de los países europeos siga existiendo.

Si no puede alcanzarse inmediatamente la mejor solución posible, no queda más remedio que aplicar la segundo o la tercera de las soluciones que entran en consideración.

 CCXXII En el caso de que no todos colaboren, es preciso que actúen aquéllos que están dispuestos a ello. Es mi opinión que Francia y Alemania pueden formar con su colaboración el núcleo de la unión política de Europa. No debería concederse demasiado valor a la forma de tal unión. Lo mismo da que llegue a constituirse una federación o una confederación o a adaptarse una forma jurídica cualquiera: lo principal es la actuación, el comienzo. No me falta la esperanza. Precisamente las últimas semanas han demostrado que el acuerdo germano-francés, revivificado y aprovechado por los dos partenaires, puede ser un instrumento para fomentar la unificación política europea.

Nuestra meta -estoy plenamente convencido de ello- no puede seguir siendo una Europa de los Seis. España ha de agregarse a ella. No sólo por su situación geográfica, sino también por su historia, su tradición, su contribución insustituible a la cultura europea, España tiene que ser una parte esencial de la futura Europa unida.

Pero al pensar en Europa también hemos de mirar hacia el Este. Forman parte de Europa países que tienen un rico pasado europeo. También a ellos ha de ofrecérselas la posibilidad de asociación. Europa ha de ser grande, ha de tener fuerza e influencia para poder hacer valer sus intereses en la política mundial.

Lo que en los últimos tiempos se está produciendo en la China roja constituye una última y seria advertencia para Europa. Suceda allí lo que fuere, será una seria amenaza para la Unión Soviética y también para la Rusia de este lado de los Urales. El peligro para Europa que se proyecta hacia aquí desde el Lejano Oriente es, con toda probabilidad, mucho más inminente de lo que la mayoría de nosotros pensamos. Cuando todavía era yo canciller federal estudié una y otra vez el problema de la Rusia soviética y la China roja, y ello a raíz del diálogo que sostuve con Nikita Kruschev en 1955, con ocasión de mi visita a Moscú. Ya en aquel entonces Kruschev consideraba muy grande la amenaza china y la tomaba muy en serio.

La superación de distancias aún muy largas por la técnica modera de armas nos acerca con increíble velocidad los peligros que existen en Extremo Oriente. Creo que un mapa demostraría que las distancias entre los territorios en los que los chinos se encuentran preparando la guerra nuclear y las grandes capitales europeas ya significan tan sólo, medidas en línea aérea, una seguridad impresionantemente reducida, si se tiene en cuenta el radio de acción de las armas modernas teledirigidas.

No debe creerse que la unificación política de Europa nos colocaría en contraposición a Estados Unidos, sino todo lo contrario. El secretario de Estado, John Foster Dulles y su sucesor, Christian A. Herter, siempre han presionado para que se realizara la unificación política de Europa. Los intereses de Europa y los de Estados Unidos no siempre son idénticos, y los países europeos han de ser colocados mediante la unificación de Europa, en la posición de poder hacer valer también sus intereses. Lo esencial y lo fundamental, es decir, la conservación de la libertad y de la paz como los más altos valores de la humanidad, constituyen una meta, lo mismo en Estados Unidos que en Europa.

Permítanme volver a señalar, finalmente, el peligro extraordinario que encierra la situación política de nuestra época. Dicho peligro consiste, por una parte, en la velocidad con la que se han efectuado los desplazamientos del poder. Reside, además, en el hecho de que hay superpotencias cuya existencia implica el peligro de que las demás potencias sean conde- nadas en mayor o menor grado a la insignificancia, o sea, a convertirse en instrumentos de la voluntad de los grandes. Finalmente, se basa en la imposibilidad de calcular la evolución de la China roja.

Este peligro de la situación, es decir, la extraordinaria velocidad de las evoluciones, obliga a Europa a una actuación rápida y decidida; la obliga a una rápida unificación política, a fin de poder defender sus intereses especiales y conservar con ello su existencia como factor del acontecer mundial.

Pero no sólo deberíamos considerar esta necesidad inevitable, sino también la ventaja de que nuestra actuación obtenga resultados positivos. Es alentador, por ejemplo, observar cómo ha repercutido a favor de Europa la unión económica de los países europeos que aún se halla en estado de creación y evolución. Cuando los países europeos,  CCXXIII o al menos una gran parte de ellos, se encuentren integrados en una unión política, su voz se escuchará en la política mundial, también en la cuestiones relacionadas con las armas nucleares y la utilización de la fuerza atómica para fines pacíficos.

Las negociaciones que actualmente se están celebrando entre Estados Unidos y la Unión Soviética son vitales para Europa. Una guerra nuclear sería una guerra de grandes superficies, la cual afectaría en el grado más amplio y devastador a Europa, a causa de su gran densidad de población. En Europa viven por término medio 89 personas por kilómetro cuadrado, frente a diez en la Unión Soviética, veintiuna en Estados Unidos y setenta en China. Europa desea contribuir a eliminar el peligro de una guerra nuclear.

Pero antes de que se realicen compromisos, Europa ha de saber de qué se trata. En el interés de Europa, sin embargo, no es posible, y además sería francamente absurdo, que hayan de ser controladas sólo las potencias no nucleares, no siendo sometidas a control las nucleares. No nos podemos convertir en objetos controlados por los Estados nucleares dominantes.

Acerca de las negociaciones actuales entre Estados Unidos y la Unión Soviética respecto a la no proliferación de armas atómicas, es de señalar aún lo siguiente: en la conferencia de las nueve potencias celebrada en Londres en 1954, la República Federal Alemana se comprometió a no producir armas atómicas, comprometiéndose asimismo a someterse a un control del cumplimiento de este compromiso por las otras potencias con las que había firmado este acuerdo. Tras su firma se creó, con sede en Bruselas, un organismo para el ejercicio de este control. El representante estadounidense en este organismo ha expresado la satisfacción de su país por el modo de ejecución del mismo.

¿Por qué Estados Unidos se propone acceder a la petición de la Unión Soviética en el sentido de que este país ejerza un control de todas las potencias no nucleares? ¿Por qué tal exigencia, totalmente injustificada, por parte de la Unión Soviética? Pues bien, cuando el presidente del Consejo de Ministros danés, Jens Otto Krag, negoció con Aleksey N. Kosygin el pasado año en el Kremlin, acerca del citado acuerdo, que ya en aquel entonces era discutido, Kosygin manifestó sin reservas que sólo le interesaba la firma de los alemanes. El motivo de ello, según indicaciones de los organismos alemanes de investigación científica, es bien patente. La Rusia soviética desea obtener el control sobre la totalidad del territorio atómico de Alemania, ya que con ello conseguiría el control de toda la producción de fuerza atómica en la República Federal Alemana, y al propio tiempo, teniendo en cuenta la creciente utilización de la fuerza atómica en el terreno económico, también el control en la mayor parte de la economía alemana. Los alemanes, de este modo, se veían colocados en una posición de dependencia económica de la Unión Soviética, y no solamente Alemania, sino partes enteras de la Europa occidental. Ello significaría el fin de una Europa libre y unida.

El espíritu con el que ha sido ideado este proyecto se desprende de las siguientes disposiciones que el acuerdo, en lo que hasta ahora puede vislumbrarse, ha de incluir: “El control del cumplimiento y ejecución del acuerdo ha de asegurarse por el hecho de que los Estados no nucleares se comprometen mediante su firma a someter su investigación atómica pacífica a un control a escala mundial”.

“Modificaciones del acuerdo pueden ser decididas en una conferencia de todos los Estados firmantes mediante mayoría de votos, pero no contra el voto de uno de los Estados nucleares”.

Esto significa, pues, un dominio de los llamados Estados nucleares sobre el planeta y a la vez sobre la economía mundial. Si se tiene en cuenta que, según el criterio de los científicos europeos, los gastos de la producción de corriente eléctrica por la energía atómica serán reducidos dentro de algunos años -diez aproximadamente- a un tercio de los actuales a base de carbón o aceite, queda bien claro que aquí se intenta establecer el dominio de las llamados Estados nucleares sobre los otros Estados del mundo.

Es significativo que científicos estadounidenses se hayan puesto en contacto con científicos alemanes a fin de convencerles de que la Unión Soviética, al adjudicársele tal control, no obtendría una influencia sobre la economía en Alemania y en Europa.  CCXXIV No hay nada más llamativo de toda esta situación que el hecho de que la Unión Soviética extra para sí misma el control en la más amplia medida y, en cambio, rechace todo control de la propia Unión Soviética.

Los europeos están en peligro de caer bajo el control de los rusos en el terreno de la producción de fuerza atómica para fines pacíficos. Este peligro indica lo extraordinariamente urgente que es la creación de la unión política europea. Por ello ha de hacerse todo lo posible para crear cuanto antes un estatuto europeo, una unión política europea, cuya voz no podrán desatender ni las superpotencias ni la conciencia universal.

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