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MANEJO DEL AMBIENTE Y RIESGOS AMBIENTALES EN LA REGIÓN FRESERA DEL ESTADO DE MÉXICO

José Isabel Juan Pérez (CV)

 

 

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2. Los ambientes naturales del pasado.

El historiador de lo ambiental debe aprender a hablar algunos lenguajes nuevos, así como a plantear nuevas preguntas. Sin duda, el más exótico de los lenguajes que debe aprender es el del profesional de las ciencias naturales. Conceptos de la geología, que permiten remitir nuestras nociones de la historia a los periodos de las eras geológicas. Gráficas climatológicas, en las que las temperaturas y las precipitaciones oscilan a lo largo de los siglos, sin tomar en consideración la seguridad de los reyes y los imperios. La química del suelo, con sus ciclos del carbón y el nitrógeno, sus balances del PH agitadas con la presencia de sales y ácidos que establecen los términos de la agricultura.

Cualquiera de estos elementos podría añadir una poderosa herramienta al estudio del ascenso de las civilizaciones. En su conjunto, las ciencias naturales constituyen elementos de apoyo indispensables para el historiador de lo ambiental, que debe empezar su labor por la reconstrucción de los paisajes del pasado, aprendiendo en qué consistían y cómo funcionaban antes de que las sociedades humanas se hicieran presentes y los reorganizaran. Es importante conocer lo que ocurrió en el pasado para poder entender lo que sucede en el presente (Worster, 1989).

Pero, sobre todo, es la ecología -que examina las interacciones entre los organismos, y entre éstos y sus ambientes físicos- la que ofrece la mayor ayuda al historiador de lo ambiental. Ello es así debido en parte a que, de Charles Darwin a la actualidad, la ecología se ha ocupado de las interacciones del pasado tanto como de las del presente, pues ha sido parte integral del estudio de la evolución biológica. Esta ciencia también se ocupa de los problemas asociados al origen, la dispersión y la organización de toda la vida vegetal. Las plantas constituyen, de lejos, la porción mayor de la biomasa terrestre. A todo lo largo de la historia, la gente ha dependido de manera decisiva de los vegetales para obtener alimentos, medicamentos, materiales de construcción, áreas de caza y un resguardo ante fenómenos naturales y riesgos ambientales.

Con una notable frecuencia, las plantas han sido aliadas de los humanos en su lucha por sobrevivir y multiplicarse (una de estas relaciones, desde un punto de vista personal es la domesticación de plantas en varias partes del mundo). Por lo mismo, allí donde los humanos y la vegetación se relacionan, se agrupa un mayor número de temas para el historiador de lo ambiental que en ninguna otra parte. Elimínese la ecología de las plantas, y la historia ambiental pierde sus bases, su coherencia, su primer punto de apoyo.

La ecología contemporánea ofrece una cantidad de ángulos para la comprensión de los organismos en su medio ambiente, todos los cuales tienen tanto limitaciones como posibilidades de uso en la historia. Sería posible, por ejemplo, examinar un organismo aislado y su capacidad de respuesta a condiciones externas; en otras palabras, estudiar la adaptación en términos fisiológicos individuales. O se podría rastrear las fluctuaciones en el tamaño de la población de una planta o animal determinado en un área determinada: sus tasas de reproducción, su éxito o fracaso evolutivo, sus ramificaciones económicas (precisamente esto es lo que se estudia en Progreso Hidalgo, la evolución de los sistemas de cultivo a partir del reparto agrario).

Existe una tercera estrategia, más prometedora para los historiadores que necesitan comprender a los humanos y la naturaleza en su mutua relación. Cuando se reúnen organismos de muchas especies, forman comunidades que por lo general resultan muy diversificadas en su estructura, y que actualmente reciben el nombre de ecosistemas. Un ecosistema es la mayor generalización hecha en el campo de la ciencia, pues comprende tanto los elementos orgánicos como los inorgánicos de la naturaleza, vinculados entre sí en un mismo lugar, en una activa relación de interdependencia (el ecosistema es la unidad básica de estudio de la ecología).

El número de especies que hace parte de un ecosistema fluctúa en torno a un punto determinable; el flujo de energía permanece constante. El ecólogo se interesa en el modo en que esos sistemas siguen funcionando en medio de constantes perturbaciones, y en cómo y cuándo sufren desperfectos graves. Es aquí, sin embargo, donde surge un problema en torno al cual la ecología no ha logrado establecer un claro consenso. ¿Hasta dónde son estables estos ecosistemas naturales, y hasta qué punto son susceptibles de alteración? ¿Resulta adecuado describirlos como equilibrados y estables hasta que el ser humano entra en contacto con ellos? Y, si es así, ¿en qué momento resulta excesivo un cambio en su equilibrio, al punto de dañarlos o destruirlos?

La dificultad inherente a la determinación del daño a un ecosistema es válida tanto en el caso de los cambios introducidos por los seres humanos como en el de los que se deben a fuerzas no humanas. Una tribu sudamericana, por ejemplo, puede limpiar una pequeña parcela en la selva con sus machetes, sembrar unas pocas cosechas y dejar después que la selva vuelva a ocupar el terreno. Tales prácticas agrícolas de tumba y quema han sido vistas por lo general como inofensivas para el ecosistema en su conjunto, cuyo equilibrio natural se ve eventualmente restaurado. Sin embargo, en algún punto a lo largo del proceso de intensificación de este estilo de agricultura la capacidad de la selva para regenerarse a sí misma debe verse afectada de manera permanente, y el ecosistema resulta deteriorado.

El historiador de lo ambiental suele terminar hablando acerca de "cambios" inducidos por el uso de los "sistemas". El American Heritage Dictionary define un sistema como "un grupo de elementos interactuantes, interrelacionados o interdependientes, que conforman, o son vistos como, una entidad colectiva". Podría por tanto hablarse de sistemas en la naturaleza, en la tecnología o en la economía, o en el pensamiento y en la cultura. Todos estos, a su vez, podrían ser descritos en su interacción sistémica, hasta que la mente vacila ante la complejidad. Las personas en el medio ambiente - siendo aquí "cambio" un término neutral e indiscutible -, antes que del "daño", un concepto mucho más problemático.

Eugene Odum (1972), a través de diversas ediciones de su popular libro de texto Fundamentals of Ecology, es un hombre de sistemas sin paralelo, que ve al conjunto de los dominios de la naturaleza como una totalidad jerárquicamente organizada en sistemas y subsistemas, todos ellos compuestos por partes que funcionan de manera armoniosa y homostática, en un conjunto en el que el ritmo de cada sistema recuerda a la concepción de la naturaleza como un mecanismo de relojería sin fallas, propia del siglo XVIII.

Si aquella versión temprana estaba supuesta a revelar la presencia de la mano ingeniosa del divino creador del mecanismo, la de Odum, por el contrario, resulta del trabajo espontáneo de la naturaleza. Sin embargo, tiende a aumentar el número de los ecologistas que se alejan de esta imagen de orden. Encabezados por los paleoecologistas, especialmente los botánicos, que recogen muestras en turberas y - mediante el análisis del polen - intentan reconstruir ambientes antiguos, empiezan a considerar un tanto estático el diseño de Odum. Al mirar hacia la Edad de las Glaciaciones y aún antes en el tiempo, están descubriendo abundantes evidencias de desorden y conflicto en la naturaleza. Si se los abstrae del tiempo, dicen los críticos, los ecosistemas pueden tener un tranquilizador aspecto de permanencia; pero allá afuera, en el mundo real, histórico, resultan más perturbables que imperturbables, más cambiantes.

Son pocos los científicos que han percibido a las personas o a las sociedades humanas como parte integral de sus ecosistemas. Por lo general, las excluyen como distracciones e imponderables. Sin embargo, las personas constituyen el más importante objeto de estudio del historiador y, por lo mismo, su tarea consiste en reunir lo que los científicos han separado. En el caso de Progreso Hidalgo, los agroecosistemas existen, porque existen los campesinos y su cultura. El ser humano y su cultura son importantes como elementos de los ecosistemas, tanto urbanos como rurales.

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