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EL PALIMPSESTO DE LA CIUDAD: CIUDAD EDUCADORA

Jahir Rodríguez Rodríguez

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3.1. PERSPECTIVA URBANÍSTICA.

La ciudad como hecho físico es el espacio natural y artificial - urbanístico y arquitectónico- en el cual se desarrollan las relaciones de producción y las relaciones sociales; es en el sentido más amplio un hecho cultural. Reconocer la ciudad como tal, es reconocerla como medio significacional que incorpora no solo el espacio urbano arquitectónico y su justificación en términos de rentabilidad -costo-beneficio-; sino el de la real participación ciudadana en las decisiones colectivas que tiendan a mejorar la calidad de vida urbana.

La arquitectura, en tanta construcción, funda en esa transformación la posibilidad de su existencia. La construcción de una espacialidad para la dignificación del existir es la máxima aspiración humana: la construcción, ligada al morar, está articulada al pensar como destacara Heidegger.

Es obvio, pues que el hombre -la sociedad- no pueda existir sino en un medio ambiente construido y la configuración de éste implica, necesariamente, una afectación del medio natural. Aquí se hace importante la propuesta de Lefebvre al empezar a pensar en una "utopía experimental por un nuevo urbanismo" con su cita de Giraudoux: "Incluso si al individuo le es posible compensar con la energía y la suerte la mediocridad de partida, siempre será indispensable que un pueblo se lance con todos sus recursos a esta aventura entre historia y leyenda, entre sol y nieve, entre metales y onda, entre trabajo y juego, entre necesidad y fantasía, que puede llegar a ser su vida en el umbral de esta nueva era"

Además, porque en realidad, el futuro de la humanidad es ineludiblemente urbano. Son las ciudades las que albergarán al ciudadano en el siglo XXI.(1)

Digamos ya de entrada que la forma física de la ciudad, al igual que los sonidos lingüísticos, no transmiten nada a nadie sin una referencia cultural. Se desea expresar que, por más que se oiga una lengua sino se relacionan los sonidos con hechos concretos, códigos culturales, diálogo en suma, esta lengua permanece en el olvido, no significa nada. Así la ciudad y arquitectura tienen sentido y son cultura solamente con relación a una vida social que les otorga un sentido u otro. Evidentemente, la misma forma, la misma ciudad, el mismo espacio, significan cosas diferentes y hasta opuestas en diferentes épocas, o para diferentes personas, sin embargo si significan algo, es porque existe un valor referencial concreto.

Del mismo modo no hay que olvidar que la ciudad no es el producto de una sola persona, sino de un proceso de diálogo, o, a veces, de lucha social; la educación de la arquitectura de la ciudad debe ser un proceso social, para aprender las relaciones entre forma física y acuerdo social que están en la base de la arquitectura.

La arquitectura, como el lenguaje no predetermina nuestra manera de pensar, nuestras opciones política y éticas, pero como todo el mundo lo sabe combinada con la ley, los intercambios sociales y las costumbres sociales existentes, forma parte esencial de nuestra vida y condicionan nuestra conducta, nuestra calidad humana y las opciones que una sociedad puede llegar a tener. En este sentido una forma arquitectónica actúa como una Ley escrita. Una vez construida, nadie puede atravesar impunemente una pared ni saltar por una ventana, para lograrlo, hay que derribar la pared o derogar la Ley.

Transformando nuestra ciudad, nuestras ciudades, nos transformaremos a nosotros mismos como colectividad, determinaremos nuestras opciones y las relaciones entre los grupos sociales y el medio físico, artificial y natural. En este orden de ideas la perspectiva urbanística de la ciudad juega un papel fundamental en el espíritu educador de ésta, Bofill se encarga de recordarnos el valor que tiene el espacio urbano en esta relación al responderse la pregunta de qué es el espacio urbano:

"Una ciudad suministra todo tipo de información: uno puede conocer la estructura de la propiedad a través del tamaño o la decoración de las casas; la relación entre pobres y ricos a través de la distribución de los barrios; el estilo de vida, extrovertido o introvertido; también el valor que una comunidad atribuye al encuentro; o el contraste entre palacios y chabolas; la expresión triunfante de los rascacielos consagrados al culto del ego; los ordenados y simétricos monumentos -a la francesa-, siempre teñidos de solapadas ambiciones políticas; en fin, los patios de ciertos palacios orientales, preservados de las miradas indiscretas del transeúnte, pertenecientes a una civilización que prefiere la observación, el juego de las miradas y la imbricación de las pasiones"(2)

Así entendido, el espacio no es esencia vacía, sino más bien evidencia de nuestra forma de ocuparlo y transformarlo, allí interactuamos de manera múltiple y hasta contradictoria y en él expresamos nuestros más efímeros sueños y esperanzas. El orden y el sentimiento tienen cabida en ella, como lo real y lo ilusorio. Por eso la ciudad ya es una realidad dada, con cierta precisión y cierta confusión. En este orden de ideas, "...la ciudad es mucho más que una concentración urbana: es el mapa por donde subrepticiamente, o por lo menos sin obedecer a ninguna conciencia o sin ser comprendidas por ninguna conciencia, corrientes humanas se deslizan, se contraponen, se identifican, se fusionan, se influencian, se interrelacionan, se reproducen, se confronta, se cruzan, se diversifican... todas esas corrientes grandes y pequeñas, con sus afluentes forman la cultura, la estructura social, el entramado de una vida social compleja y rica, que nos atraviesa, nos condiciona, nos potencia y también nos limita"(3)

Precisamente para pensar y construir la ciudad es necesario reflexionar en términos de composiciones, de sensaciones, de visibilidad; es decir, en términos de paisaje y concretamente de paisaje urbano, como realidad natural y cultural. Por consiguiente es importante consignar aquí dos conceptos, pues la cultura urbana, la ciudadanía cultural y sobre todo el planteamiento de la Ciudad Educadora, tienen en el centro de su consideración la realidad y el paisaje, la necesidad de su conservación, de su construcción y de su enseñanza para el respeto individual y colectivo, por parte de ciudadanos e instituciones.

El paisaje, entendido como el conjunto interactuante de elementos físicos, bióticos y antrópicos que presenta un espacio o superficie determinada, el cual posee una variedad de características abstractas de orden estético, ambiental y cultural entre otros que, de acuerdo a la perspectiva del observador y de las acciones que el hombre desarrolle en él, lo hacen agradable o desagradable, armónico o confuso, saludable o nocivo, además de otras diversas connotaciones.(4)

Y el paisaje urbano, como aquella es la porción de terreno considerada en su aspecto artístico y, al propio tiempo, el conjunto de todo lo que se encuentra en una ciudad, en un sector, en un barrio. Es un conjunto de conjuntos. A la manera del paisaje natural, el urbano reúne no sólo los objetos inanimados, sino las formas de vida que pueblan un lugar. Su homogeneidad o heterogeneidad son una medida cultural de coherencia o de caos social. En él se encuentran el pasado, el presente y el futuro de la ciudad.(5)

En síntesis, Viviescas propone la ciudad como el espacio de definición cultural y política, la cual debe contribuir tanto al rescate de esta para los ciudadanos como al de la arquitectura para la cultura y la política, en el marco de Ciudad Educadora.


1. LEFEVBRE, Henry. De lo rural a lo urbano. Península. Barcelona. 1978. p 123.
2. BOFILL, Ricardo. Espacio y vida. Santa fé de Bogotá. 1997. p 90.
3. SANCHEZ ANGEL, Ricardo. Presentación. La poética del espacio. Entrevista con el arquitecto Rogelio Salmona. En: Rev. Políteía. No. 17. Universidad Nacional. Santa fé de Bogotá. 1995. p. 13.
4. Cfr. CIFUENTES, Manuel y RENDON, Piedad. La Contaminación visual del paisaje urbano. Universidad del Quindío. Armenia. l998. p. 3.
5. Cfr. SANCHEZ, Ana L. Procesos urbanos contemporáneos. Bogotá, l995. p. 328.

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