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EL PALIMPSESTO DE LA CIUDAD: CIUDAD EDUCADORA

Jahir Rodríguez Rodríguez

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El Urbanismo en América.

"América, no invoco tu nombre en vano. Nuestra tierra, ancha tierra, soledades, se pobló de rumores, brazos y bocas... hoy nacerás del pueblo como entonces. Hoy saldrás del carbón y del rocío. Hoy llegarás a sacudir las puertas con manos maltratadas, con pedazos de alma sobreviviente, con racimos de miradas que no extinguió la muerte, con herramientas hurañas armadas bajo harapos."(1) Así, describía el camino que habría de recorrer la América amerindia en su proceso de poblamiento y de construcción de hombres y mujeres que habitarían el espacio para hacer ciudad y construir ciudadanía.

Se recuerda que el desarrollo no es parejo sino desigual y combinado y si esto se puede observar de manera más clara en los países periféricos de hoy, con mayores evidencias se presentaba en el mundo precolombino, ya que aquí en ese sentido había de todo; diferentes sistemas sociales y dentro de cada uno diversos grados de atraso y desarrollo, dos conceptos que suelen ser confundidos pero que la sociología del desarrollo ha logrado distinguir como ya se hizo aquí para beneficio de ambos; el atraso o adelanto de un pueblo es el resultado de un proceso autónomo e independiente en el acceso al manejo de sus propias fuerzas productivas y que por lo tanto tiene que ver con el tipo de la tecnología empleada, con los recursos naturales y humanos que posee, así como con el uso que se les de, mientras que la polarización de su desarrollo o su contrapartida el subdesarrollo, es inducida por otros, manipulada por agentes exógenos a la propia cultura; significa dependencia en el empleo del acervo de bienes disponibles y más claramente contribución al desarrollo de otros pueblos que se manifiestan como la parte dominante de la relación; además, el atraso o el adelanto son conceptos más subjetivos y valorativos que objetivos como sí lo es el grado de desarrollo, medible a través de índices; hablar de atraso en las costumbres puede conducir a polémicas con alta dosis de bizantinismo, mientras el ingreso "per cápita" o la explotación de recursos por las compañías transnacionales es un dato cuantificable; aunque el estado objetivo de la situación de desarrollo o subdesarrollo repercute en los comportamientos de las personas de diferentes maneras, igual que influyen los estados de atraso o adelanto.

Era necesario insistir en lo anterior para ubicarnos en lo que después del descubrimiento se llamó América, ya como continente este es un concepto posterior a 1492; existían aquí al inicio de la conquista los cuatro fenómenos, porque entonces esa vasta extensión de tierra de polo a polo era sólo sumatoria de pueblos, la mayoría de ellos sin contactos entre sí; pueblos atrasados, nómadas, sin conocer todavía el fuego, la agricultura o la domesticación de animales, con herramientas de piedra no pulimentada aún y escaso conocimiento de la naturaleza; pero también había pueblos subdesarrollados por otros, seguramente con base en el mismo atraso de los unos y también en el adelanto de los que, estando en la fase previa de la formación del imperio, ponían todo su avance en la mira de la subyugación de los menos aventajados; es el caso de los Incas, Aztecas y ante todo los Mayas, pueblos que habían hecho desaparecer diferentes etnias por absorción mediante conquista, o el de los Muiscas que sin estar al nivel material y político avanzado de los anteriores venían expandiendo inicialmente su importancia dominante cada vez mayor.

Bien conocidos fueron los "mitimaes" incas o colonizaciones indígenas que se enviaban a las regiones recién conquistadas para castigar la rebeldía sometiendo, pero también como forma de poblamiento. La diversidad era tal que había culturas extendidas por vastos territorios, entendidas estas culturas no como grupos unificados mediante contactos permanentes, sino más bien como categorías estadísticas simbiotizadas de pueblos que compartían algunos rasgos originales comunes sobre raíces lingüísticas, valores, normas, costumbres, tecnologías, rituales, cosmogonías, etc., aunque no de manera exacta y repetida desde el punto ancestral de donde habían partido; y grupos tribales, en el sentido sociológico de comunidades pequeñas independientes, así pertenecieran con otros y sin saberlo, a una misma raíz cultural Caribe, Arawak o Tolteca.

Pero a partir de finales del siglo XV varió la situación con una correlación de fuerzas que hizo cambiar las cosas en todo el continente para que, sin embargo siguieran sustancialmente iguales en ciertas regiones; como no hay historia sin sociología ni sociología sin historia, el análisis de lo que sucedió posteriormente nos dice que el sometimiento paulatino por parte de los nuevos pueblos conquistadores significó la sustitución de un subdesarrollo por otro donde ya de hecho existía este apoyado en el atraso; pero cobijando ahora sí, tanto a los pueblos que por su mismo aislamiento vivían rezagados o ya sometidos a la dependencia por el expansionismo de sus vecinos, y a estos mismos, que poco pudieron hacer frente a la fuerza conquistadora europea y a la nueva tecnología. Para todos significó la unificación bajo un solo sistema social, con todas las desigualdades y combinaciones que dentro de él pudieron darse, mantenidas hasta nuestros tiempos; de esta manera hubo y hay en toda América, y en cada país particularmente, desde aldeas cuyo modo de vida parece haber quedado estancado o suspendido en la Colonia, hasta grandes ciudades también con enormes contrastes internos, enroladas en el tren de la Revolución Industrial, representativas de la modernidad frente a la parte aldeana y campesina del país tradicional.

Qué había en América en el momento del descubrimiento por los europeos, en el campo de las manifestaciones urbanas? Se emplea la palabra descubrimiento por ser la más conocida; pero después del cumplimiento de los 500 años (1992), cada vez se emplea menos, sustituyéndola por encuentro de dos mundos o invasión.

Descontando la magnificencia de las ciudades imperiales de Aztecas, Mayas e Incas bien conocidas, veamos unos ejemplos que podrían repetirse para todo el continente precolombino. Los Urabáes, en el límite entre Colombia y Panamá, valientes y caníbales, tenían templos encerrados algunos en maderos y cubiertos con los mismos, más ramas secas, donde adoraban a sus dioses que los españoles llamaron demonios, transmitían su filosofía a través de hechiceros y adivinos de y a la comunidad; vivían en poblados hechos por vasallos de cada cacique, encerrados por frágiles cercas en forma de fortificación, como barrera protectora y sus casas eran unidas la una a la otra, rectangular la del cacique, circulares y más pequeñas las de los demás miembros de la comunidad. Los Guazuzes, más hacia el nororiente, aunque ya habían superado el nomadismo, se encontraban asentados y sus habitaciones esparcidas, distantes las unas de las otras, por lo general en las copas de los árboles; no vivían en aldeas propiamente dichas sino en residencias separadas, multifamiliares, ya que en cada una de ellas coexistían entre ocho y diez indígenas con mujeres e hijos de varias uniones, sujetos a un cacique que dominaba entre ocho y diez casas de estas, con sus propios vasallos.

En el caso de la cultura Muisca la lengua chibcha, pero con ramificaciones etnográficas que llegaban hasta la Costa Atlántica colombiana por intermedio de Guanes y Araucos _sucesivamente-, estaban ubicados en el actual territorio colombiano dentro de lo que hoy es la planicie bogotana, en Tunja y en los valles de Fusagasugá, Pacho, Cáqueza y Tenza, nombres por lo demás de origen indígenas; polígamos, poligínicos y patriarcales, con obediencia al marido y padre y de todos al cacique, no construyeron habitaciones con piedras sino con materiales menos duraderos; sus casas eran de bahareque, circulares, techo pajizo y forma cónica, estratificadas socialmente según el rango, como que las de los principales se distinguían de las demás por sus varios aposentos, dibujos ceremoniales y decorativos, con cercados protectores, en cuyas esquinas se elevaban gruesos maderos pintados de rojo donde se sacrificaban víctimas humanas; de hecho la del Zipa de Cajicá era la más vistosa e imponente, las puertas y cercados de los de Tunja y Ugamuxi adornadas en oro. Los ritos religiosos se realizaban en edificios especiales para el culto, las sepulturas primarias como réplicas menores de viviendas, con cámaras para los objetos, la comida y los acompañantes en el viaje cuando se trataba de personajes prestantes; enterramientos que por lo general se hacían bajo el techo protector de la vivienda, de algunas investigaciones arqueológicas se deduce que para la construcción se utilizaron fuertes maderos escogidos entre la flora regional, afirmados en el piso sobre cascajos o láminas de piedra para protegerlos de la acción destructora de los agentes naturales.

Las tierras donde estaban asentadas estas viviendas, vistosas sobre todo por el color los cercados, eran localidades de propiedad individual, que se transmitían por herencia a las mujeres e hijos del difunto, aunque también participaban en la explotación de tierras de uso colectivo, con bosques y lugares de pesca comunes. Fernández de Oviedo las describe así:

Sus moradas son casas de maderas cubiertas de paja, a dos aguas; hay chicas, grandes y mayores según la calidad del morador o señor de la casa, en las muy principales es cada una como un alcázar cercado y con muchos aposentos dentro, muchas pintadas y pulidas. Estas con grandes patios y otras particularidades propias del señor.(2)

El abandono de ciudades monumentales precolombinas hizo que el bosque secundario cubriera los antiguos asentamientos, transformando sus edificaciones con el paso del tiempo en montículos que denuncian al arqueólogo pero también a los "guaqueros", la presencia de un vestigio por conocer; al menos es lo que se puede ver en regiones planas como la península de Yucatán plagadas de estos promontorios, que ya abandonados cuando llegaron los españoles, facilitaron el saqueo; de la misma manera que sucedió en la región de los Zenúes, cuyas tumbas no fueron cavadas sino levantadas sobre la superficie cubriendo con tierra los despojos mortales; este rasgo de su cultura funeraria y las decoraciones en los árboles vecinos con oros musicales y oropeles colgados, las hicieron presa fácil para el despojo.

Hasta este siglo, cuando a muy altos costos en recursos humanos y financieros se ha tratado de reconstruir la memoria histórica ciudadana precolombina; gracias a tal esfuerzo las culturas menores como la Tayrona, que hasta hace una década no pasaba de ser un grupo tribal andino al norte del país, aunque con preciosos trabajos en oro, pasaron a figurar como pueblos de gran adelanto urbano; allí Ciudad Perdida era por el siglo XV un asentamiento o mejor un conjunto de asentamientos de aproximadamente 5.000 habitantes cuando Sevilla, una de las más grandes de España, tenía 10.000. En estos casos y si bien parece un despropósito, la "guaquería" ha desempeñado el papel de impulsora de la investigación arqueológica, y a pesar de sus irreparables destrozos, ya que por lo regular solo después de descubiertos y saqueados estos sitios por "guaqueros", especialmente donde se sabe con certeza que se trabajó el oro, llegan los investigadores; por eso donde no se trabajó el metal o no se lo usó ni hay objetos para el comercio clandestino, de esos lugares existe información aún más fragmentaria.

Eduardo Galeano cita la siguiente anécdota sobre la poca importancia que tuvo en los siglos sucesivos el proceso de urbanización alcanzado por los precolombinos:

"1939. Copán. Por cincuenta dólares se vende una ciudad sagrada, y la compra John Lloyd Stephens, embajador de los Estados Unidos en América Central. Es la ciudad maya de Copán, en Honduras, invadida por la selva, a la orilla del río. En Copán se han hecho piedra los dioses, y piedra los hombres que los dioses eligieron y castigaron. En Copán habían vivido, hace más de mil años, los sabios astrónomos que descubrieron los secretos del lucero del alba y midieron el año solar con precisión jamás alcanzada... el tiempo ha mutilado, pero no ha vencido, los templos de bellos frisos y escalinatas labradas. Las divinidades se asoman todavía en los altares, jugando a las escondidas entre el plumaje de las máscaras. El jaguar y la serpiente abren todavía sus fauces en las estelas alzadas en la maleza, y hombres y dioses respiran desde estas piedras calladas, jamás mudas".(3)

Pero fue la colonización con todo su contenido mercantil e histórico la que determinó el rumbo del proceso urbano de los últimos quinientos años en América; las primeras fundaciones fueron fuertes de defensa, sitios atrincherados a la manera de fortalezas cándidas e hitos de avanzada como Santo Tomás en la República Dominicana, el fuerte de Navidad construido por Cristóbal Colón en su primer viaje con los restos de la embarcación Santa María, una vez que esta naufragó en Haití o la ya nombrada Santa María la Antigua del Darién, el primero de los nombrados fundado el 24 de diciembre de 1942; las más antiguas hoy podrían ser Santiago de los Caballeros en la Dominicana (1524), Santo Domingo (1496) y Concepción de la Vega (1495); adelante fueron razones comerciales las que hicieron se desarrollara preferencialmente una civilización costera urbana, con urbes de importancia estratégica fundamental en el Caribe isleño y en tierra firme por las costas de Colombia y Venezuela, con Cartagena, Santa Marta, Maracaibo, La Guajira, La Habana y en otras orillas, con Veracruz en México, San Salvador de Bahía en Brasil, Santa María de los Buenos Aires en Argentina o el Callao en Perú; es una característica de la economía exportadora sobre todo española y portuguesa, ya que solo hasta los siglos XVIII y XIX y en algunos casos como el de Brasil con la fundación de Brasilia en 1955 e inaugurada en 1960, buena parte de estos territorios empezaron a ser poblados hacia el interior. Solo de esta manera se explica que un asentamiento como Mompox, fundado en 1540 sobre el río de la Magdalena, vital para el avance hacía el interior y cerca de la costa, a los pocos años de establecido contara ya con construcciones importantes, algunas de ellas destinadas a albergar distintas órdenes religiosas que se establecieron allí, pero también como gran puesto de importancia económica sobre el río; en las primeras décadas del siglo XVIII tenía más de 3.000 casas construidas con muy buenos materiales, ocho o diez iglesias, vivía del comercio por la vía acuática, situación que moldeó su propia forma urbana(4); hoy, cambiadas las circunstancias, solo quedan registros de este pasado esplendoroso. Por lo demás, los inmensos territorios costa adentro, la mayoría de sus recursos - no necesarios para la economía europea de los siglos anteriores-, así como la competencia de otras potencias colonialistas, impulsaron la división arbitraria en zonas sin que los habitantes percibieran el sentido de pertenencia a un país separado por grupos étnicos ya existentes; con nuevas fundaciones que en igual forma fueron manifestando los nuevos intereses internos y externos.

"La Implantación física de las ciudades constituyó un hecho decisivo para la ocupación del territorio americano por los conquistadores europeos. Y no solo en relación con las zonas de influencia de cada ciudad sino también en relación con el conjunto, puesto que las ciudades se organizaron como una red urbana por obra de la autoridad centralizada en las metrópolis. El sistema de comunicaciones entre las distintas ciudades dibujó el mapa unitario del continente, cuyas regiones habían estado hasta entonces incomunicadas".(5)

Concuerda esta opinión con la de Ángela Guzmán quien sostiene en su documentado estudio, que es a partir de los poblados articulados administrativamente que se llevará a cabo la efectiva colonización e incorporación del territorio al imperio español; son pueblos de indígenas y pueblos de blancos, constituyendo un sistema jerarquizado urbano de ciudades, villas, parroquias y viceparroquias, con zonas de influencia unas dentro de otras, con una ciudad eje y la villa dominando entre ambas, aunque con rangos diferentes, todo el panorama regional en el sentido en que aquí empleamos el concepto; de lo cual se desprende que en parte fue formando estas regiones como se estableció una de las estrategias más efectivas empleadas por la conquista española; y añade:

"Durante la conquista la `ciudad` tuvo un papel militar: baluarte y referencia para el reconocimiento, dominio, control y demarcación del territorio, a la vez que otorgaba derecho de conquista y constituía un sistema de poder".(6)

Así Santa fé de Bogotá, Quito, Ciudad de México y Buenos Aires son ejemplos de centros de irradiación de poder que aún conservan, porque continuaron desempeñando durante la República el mismo papel político y administrativo asignado durante la colonia; en otros casos, agotado el oro, la abundancia de mano de obra o la razón primordial de su existencia, fueron desapareciendo fundaciones o entrando en franca decadencia de la cual no se recuperaron nunca o cuando lograron hacerlo, se debió a la presencia de nuevas razones políticas o económicas que lo justificaron; casos hubo en que: "1900. Mérida de Yucatán. El henequén. Con hilo sisal, hilo de henequén, se ata cuanta cosa existe en la tierra, y usa sogas de henequén cuanto barco hay en el mar. Henequeneando prospera Yucatán, una de las regiones más ricas de México: en Mérida, la capital, doradas verjas impiden que las mulas y los indios pisen los jardines mal copiados de Versalles. El carruaje del obispo es casi exacto al que usa el papa en Roma, y desde París vienen arquitectos que imitan castillos franceses de la Edad Media, aunque los héroes de ahora no van en pos de las princesas sino de los indios libres".(7)

De eso solo queda ahora el recuerdo; pero casos hubo también en que, como las ciudades surgidas en la baja Edad Media alrededor de un castillo, en América lo hicieron alrededor de un convento monumental para la época como es el caso de Monguí. Ciudades españolas o portuguesas tuvieron origen similar en un santuario, una virgen milagrera y toda la actividad social y económica que esto genera por parte de monjes, peregrinos y comerciantes. Fueron muchas las poblaciones que nacieron en los cruces de caminos que, a medida que se extendía la posesión de hecho, atravesaron los territorios colonizados; como lo continuaron haciendo porque durante los primeros siglos y aún en el siglo XIX cuando los únicos medios de transporte terrestre eran los hombres, las mulas, los caballos y en ocasiones los bueyes, se hicieron fundaciones que crecieron pero algunas jamás llegaron a convertirse en ciudades permaneciendo como poblados menores; las largas jornadas y la calidad de las vías se hicieron menos pesadas gracias a estas postas, apeaderos, fondas, pequeños comercios en donde las cabalgaduras podían reposar, alimentarse o cambiarse por otras, mientras los viajeros hacían lo propio, se quedaron siendo solo puntos en el camino, si bien otros crecieron por el proceso de aglomeración o hasta por la circunstancia de quedar distantes exactamente una jornada de otros, ya que los viajeros dividían el trayecto recorrido de acuerdo con el tiempo pero también con las posadas de las cuales eran pobladores de paso.

Las fundaciones son actos políticos de ocupación que en el Nuevo Mundo se llevaron a cabo durante toda la Colonia; por eso los conquistadores primero y los colonizadores después debían fundar ciudades, ya que todos ellos sabían que solo poblando se acredita la ocupación de un territorio; pero sobre todo tuvieron lugar desde el siglo XVI en el caso de la Nueva Granada, con la aplicación total o parcial de las Leyes de Indias en la expansión del proceso urbano; leyes un tanto tardías como ordenanzas para el poblamiento, si se tiene en cuenta que fueron promulgadas muchas de ellas por Felipe II alrededor de 1573 cuando ya gran número de asentamientos habían definido características urbanas más o menos precisas. En la mayoría de los casos fue el simple sentido práctico de los conquistadores y algunos modelos de poblados metropolitanos lo que sirvió de guía; sin embargo el trazado para la distribución espacial del poblado si fue común, por lo general cuadricular en damero, como un tablero de ajedrez, cuyo primer ejemplo quedó impreso en Santo Domingo, fundada desde 1496 por Bartolomé Colón, nada nuevo por lo demás como se había utilizado en los trazados urbanos antiguos como en Babilonia en el siglo VIII a.n.e.; los peninsulares lo usaron aquí aún desafiando los accidentes más atrevidos de la geografía, como se puede observar hoy en urbes que han conservado esta estructura de la forma, donde sin vías anulares o de trazo irregular que no sean en línea recta, prolongan sus calles por planadas y hondonadas indistintamente, como si se hubiera tratado de una orden perentoria e inflexible. Estas "ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación" como en realidad se llama este conjunto de recopilación de las Leyes de los reinos de Indias en este y otros aspectos, constituyen un verdadero cuerpo de preceptos que sustituían la dispersión de numerosas normas sueltas promulgadas anteriormente; los asentamientos urbanos se orientaron entonces según la dirección de partida de los caminos principales, a partir de la plaza, con calles que definían claramente la relación entre espacio público y espacio privado, entre área edificable y no edificable.

Bien distintas estas pautas de asentamientos por ejemplo a la construcción de urbes hechas por los Tayronas, ubicados en un complejo montañoso al norte del país, territorio de gran verticalidad, cercano al mar, con alturas hasta de 5.778 mts.; aprovechando las pendientes para formar superficies planas en terrenos esparcidos, construyeron terrazas que hoy se consideran obra de ingeniería empírica monumental; pegadas a la montaña a la manera de triángulos isósceles vistas en el cierre transversal, estas terrazas se ampliaban cada vez con nuevos y fuertes muros paralelos a los anteriores, rellenas las cavidades con tierra entre uno y otro para formar las superficies, sobre la cual llegaron a construir hasta 12 viviendas. Estas formas como las ordenas para los nuevos asentamientos debieron decirles poco a los conquistadores españoles y portugueses, provenientes de países en los que estaba aún vigente el espíritu del medioevo, sobre todo en asuntos de esquemas espaciales urbanos, las cuales dentro de su concepción conservadora debieron parecerles tan revolucionarias como inconvenientes.

Haber realizado fundaciones antes de 1573 entre el Virreinato de Buenos Aires y el de México, se constituyó en un obstáculo para el cumplimiento estricto de las nuevas especificaciones; estas, verbigracia, no determinaban plazas cuadradas como terminaron imponiéndose finalmente, sino rectangulares, de un largo de una y media veces el ancho, localizada en el epicentro de la fundación, como lo había sido por largo tiempo en la ciudad latina cuyo eje y vitalidad parece girar entorno al espacio público, a la plaza, al ágora parlera (8) sitio locuaz y de vida citadina como señala Chueca Goitía, añadiendo que:

"... es perfectamente comprensible que para todo hombre latinizado y mediterráneo, lo esencial y definitivo de la ciudad sea la plaza y lo que ésta signifique, de modo que cuando falta no acierta a comprender que una aglomeración urbana puede llamarse ciudad, al contrario de los anglosajones que poseen "towns", del inglés "tun" y del teutónico "tunoz", que significa recinto cerrado. El ejemplo vivo para los primeros colonizadores pudo haber sido la ciudad de Santa Fé, cercana a Granada, reconstruida en 1491 a partir de un campamento militar en el que se siguió estrictamente un trazado octogonal tanto en sus calles y plazas como en la muralla que la defendía. Para una empresa de la magnitud de la conquista americana, éste parecía un sistema perfecto: la ubicación de calles y espacios abiertos, el reparto de solares y su dimensionamiento, y las construcciones mismas se facilitaban indudablemente dentro de un patrón rectilíneo que permitía acometer con mayor celeridad las labores de fundación, muchas veces precedidas de ceremonias que culminaban con la demarcación de la plaza y el trazado de las calles principales".(9)

No se trata de algo nuevo entonces, ya que en períodos históricos anteriores encontramos registrados ejemplos de esta forma, en Babilonia y en ciudades de Oriente; no obstante a quienes insisten en que el plano urbano sistemáticamente octogonal solo aparece en las fundaciones coloniales griegas (10), primero aparecieron unos ejes rectos cortándose en ángulo recto, después una sucesiva composición de manzanas conformadas por casas modulares del mismo tipo unifamiliar con atrio; este carácter se acentúa a partir de las fundaciones coloniales de la Jonia, con centro en Mileto; Thales destruida por los Persas en el 494 a.n.e. fue reconstruida veinte años más tarde con un plano famoso en la historia del urbanismo, precisamente por su racionalidad geométrica y la sabia distribución de los elementos en el centro cívico (11), sin que se sepa si aquí intervino quien es considerado uno de los primeros urbanistas registrados, Hippodamos de Mileto, de cuya personalidad y teorías se da testimonio en "La Política" de Aristóteles, atribuyéndosele el trazado y planificación de El Pireo como puerto y barrio anexo a Atenas. Los romanos, perfeccionaron y divulgaron el sistema, a través de las fundaciones realizadas por el imperio, de donde seguramente siguió a la península y al modelo de Santa fé.

No se olvidaron los detalles; según las ordenanzas correspondientes de las citadas Leyes, las calles debían concordar con el clima, anchas en lugares fríos y angostas en los calientes, y en lugares donde fuera previsible la defensa del poblado con caballería, era preferible diseñarlas anchas, de una mensura no menor a la ocupada por una hilera de cuatro caballos "a la jineta"; además se establecía el número de viviendas por calle, espaciosas y holgadas dado el bajo valor del suelo, entre otras cosas . Dentro de estos límites se inició la nueva vida urbana en América, con asentamientos aldeanos, preindustriales, ciudades rurales de artesanos y campesinos, si bien de gran significado político y económico. Con diferencia entre regiones, porque la arquitectura colonial hispanoamericana como lo anota nuevamente Jorge Rueda, puede considerarse humilde en la Nueva Granada, donde, por ejemplo, los conventos y las iglesias no son más que hermanos menores de los mexicanos o limeños, aunque cumplieron las mismas funciones de evangelización en la conquista ideológica; tal vez más europeos allí que en Colombia donde la sencillez libre de pretensiones, constituye su verdadero mérito y hasta cierta originalidad proporcionada por el medio tanto humano como de recursos técnicos. No obstante en todos por igual:

"La plaza, como en toda ciudad española, era un centro de animación; allí había que dirigirse todos los días para estar bien informado de lo que ocurría en la ciudad... las ciudades fueron la piedra angular del avance en los nuevos territorios durante la conquista y luego durante la Colonia, de la organización de la vida económica, social y política. Es por ello que asumieron un carácter centralizador y representativo de la vida del país... si hablar de la capital es referirse al país y, más aún, si la historia de la villa se identifica con la de América, hablar de la plaza mayor significa aludir al corazón de esta historia. Para cualquier análisis que aspire a penetrar el devenir de América, es esencial considerar este fenómeno de concentración de la historicidad. En efecto se genera en el Nuevo Mundo Español una estructura económica, social y política centrípeta, con foco en la plaza, que resume la vida del país y constituye el epicentro del acaecer histórico".(12)

A partir del comienzo aldeano y usando la clasificación empleada por José Luis Romero en el libro ya citado, se puede hablar para Latinoamérica de las ciudades de las fundaciones, las hidalgas de Indias, las criollas del Siglo XIX después de la independencia, las patricias, las burguesas y las masificadas actuales. Sea lo que fuere, no puede pensarse en un proceso de urbanización en toda América en forma paralela, simultánea y en línea recta ascendente; pero cómo pudo ser la vida cotidiana en una de estas poblaciones que haciéndose ciudades apenas dejaban de ser aldeas? Nuevamente Galeano nos lo recuerda describiendo a Lima en 1769, la señorial, al menos en lo relacionado con los vendedores de lo que hoy se llamaría la economía informal, haciendo una evocación alegórica y poética para manducarios golosos:

"Con la lechera, a los siete, nace el bullicio de Lima. En olor de santidad llega, detrás, la vendedora de tisanas. A las ocho pasa la vendedora de cuajadas. A las nueve otra voz ofrece confites de canela. A las diez, los tamales buscan bocas que alegrar.

Las once son horas de melones y confites de coco y maíz tostado. Al medio día pasean por las calles los plátanos y las granadillas, las piñas, las lechosas, chirimoyas de terciopelo verde, las paltas prometiendo suave pulpa. A la una llegan los pasteles de miel caliente.

A las dos, la piconera anuncia pocarones, buñuelos que invitan al atraganto, y tras ellas avanzan las humitas, rociadas de canela, que no hay lengua que olvide. A las tres aparece el vendedor de anticuchos, corazones destrozados, seguidos por los pregoneros de la miel y el azúcar. A las cuatro la picantera vende especias y fuegos. Marca las cinco el cebiche, pez crudo penetrado de limón.

A las seis nueces. A las siete mazamorras puestas a punto por la intemperie en los tejados. A las ocho los helados de muchos sabores y colores abren de par en par, ráfaga fresca, las puertas de la noche".(13)

A finales del siglo XVIII el mundo Latinoamericano y sus localidades urbanas fueron recibiendo de manera frontal el impacto de mercantilismo tan viejo ya que, entre otras cosas, había dado origen tres siglos antes al descubrimiento del continente;

"Entonces las ciudades hidalgas de Indias, que se habían construido a partir de las fundaciones, se diversificaron según las posibilidades que les ofrecía su situación y su estructura social: unas -perpetuando la ideología de la ciudad hidalga- mantuvieron su sistema tradicional, iniciando la marcha hacia un destino de ciudades estancadas, y otras -aceptando la ideología burguesa- dieron el salto para transformarse en activas ciudades mercantiles -con una vocación internacional que destrozaba los límites hispánicos-, presididas por nuevas burguesías que crecían con vigor. Fue un cambio profundo, acentuado por otros factores que acelerarían la diversificación: unas que entre hidalgas y burguesas, preferían mantenerse dentro del área hispánica, y otras, decididamente burguesas, que entreveían las ventajas de la independencia política".(14)

Las nuevas relaciones surgidas en las décadas siguientes a la independencia de las metrópolis en el siglo XIX, reorientaron la economía hacia nuevos polos, de la misma manera que lo hicieron con los procesos urbanos rediseñando las pautas de asentamiento; ciudades que habían desempeñado papeles estelares durante toda la Colonia entraron en decadencia por ese nuevo ordenamiento, unas veces porque se había agotado la explotación básica que les dio vida como en Potosí o Guanajuato, otras porque la nueva tecnología en el transporte estableció rutas comerciales más expeditas; es el caso de Barranquilla que desplazó a Cartagena, de la misma manera que ésta lo había hecho con Santa Marta; en todos los casos, se trata de una economía neocolonial dirigida hacia una metrópoli, que cambia el sentido del proceso de urbanización cuando esta también cambia, ya que en adelante serían otros los polos hacia donde se dirigiría. En realidad los efectos de estas transformaciones sólo se vieron a partir de 1850, razón por la cual se afirma que si la independencia política para buena parte del territorio latinoamericano se produjo en las primeras décadas del siglo XIX, la Colonia económica se prolongó hasta la mitad del mismo. Por eso, a mediados de la misma centuria la transformación urbana en diferentes regiones americanas fue considerable y rápida, con naturales excepciones, porque: "A favor del nuevo mercantilismo internacional, México, La Habana, Santiago de Chile, Lima, Río de Janeiro y Sao Paulo, crecieron cuantitativamente de modo notable, y su fisonomía arquitectónica recibió un fuerte influjo europeo, a poco andar del siglo XIX.

O así las ciudades colombianas, adormecidas en su existencia luego de las guerras de emancipación"(15); afirmación que no parece tan cierta si se tiene en cuenta que al lado de los asentamientos estancados fueron activándose otros con procesos típicos de la nueva acción económica como Medellín, Barranquilla, Santiago de Cali y Bucaramanga, las urbes empezaron a ser otras como lo reflejaba este barrio de Buenos Aires: "1870. Buenos Aires. El barrio Norte. Un jinete de blusa verde sopla corneta que anuncia el peligro. Estrépito de cascos, bullicio de campanillas, estampida de transeúntes: el nuevo tranvía viene corriendo sobre rieles a la loca velocidad de diez kilómetros por hora. Un diario de Buenos Aires promete reservar una columna, cada día, para las víctimas. Algún muertito hace el tranvía, por no defraudar, pero al poco tiempo ya nadie habla de sus furores homicidas.

La fiebre amarilla ha invadido Buenos Aires y está asesinando a trescientos por día... Mucho ha crecido esta ciudad derramada sobre las riveras del río. Hace un par de siglos, Buenos Aires era una aldea triste y perdida. Hoy ya la habitan ciento ochenta mil personas y la mitad son extranjeros: Albañiles, lavanderas, zapateros, peones, cocineras, serenos, carpinteros y otros arribantes que los vientos alisios han traído desde el Mar Mediterráneo".(16)

La misma plaza ya advertida como corazón y nervio de todo asentamiento urbano en la colonia peninsular, encabezaba las transformaciones y expresaba semiológicamente lo que estaba sucediendo con su lenguaje de cambio:

Al hablar de "plaza colonial" nos referimos a una estructura característica prototipo de Plaza Mayor o de Plaza de Armas, que se origina en América con la fundación de las primeras ciudades españolas y que dura, en casi todos los países hispanoamericanos, hasta mediados del siglo XIX. Solo en la segunda mitad de este siglo, la plaza experimenta verdaderas modificaciones funcionales. Ellas corresponden tanto a una transformación de la estructura económica, general en Hispanoamérica, que posibilita el desarrollo de las ciudades, como a las nuevas ideas urbanísticas europeas que traían en las valijas los criollos que volvían a adquirir "educación en Europa" o los europeos que desembarcaban en América buscado fortuna. Así, a mediados del diecinueve, la "Plaza colonial-española", la Plaza Mayor, se convierte en "Plaza de la Independencia", de gusto neoclásico y romántico; y cada ciudad se ufanaría de considerar la suya como "una de las más bellas de Suramérica"(17), expresión que contraste con lo que solían criticar los viajeros llegados del Viejo Mundo, considerando que la suciedad y el abandono de las urbes no podía ser peor.


1. NERUDA, Pablo. Canto general. Orbis. Barcelona. 1983. p 94.

2. El nombre de "Valle de los Alcázares", con el cual bautizaron la sabana de Bacatá, tuvo origen en la perspectiva que desde lejos ofrecían estos poblados a los ojos de los conquistadores, más parecidos a fortalezas inexpugnables, de vistosos colores. Algo parecido sucedió en el Norte de América, desde el nacimiento del Río Colorado hasta el sur del actual Estado Mexicano de Coabuila; como los indígenas se encontraban en la fase sedentaria de aglutinarse formando los primeros asentamientos urbanos ciertamente numerosos y fácilmente divisables desde lejos, los conquistadores les dieron el nombre de "indios pueblos".

3. Citado por GALEANO, Eduardo. Memorias del Fuego II. La referencia original es de Gendrop, Paul. La escultura clásica maya. En: Artes de México. México. p. 184.

4. RUEDA, Jorge. Su trabajo está incluido dentro de la Historia del Arte Colombiano dirigida por Barney Cabrera, Eugenio. Con el título de Las primeras fundaciones. México. p 699 y ss.

5. ROMERO, José Luis. Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Siglo XXI. México. 1984. p 57.

6. GUZMAN, Ángela. Poblamiento y urbanismo social en Santander. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 1987. p. 10 y ss.

7. Cfr. Citado por Eduardo Galeano, "Memorias del fuego II" p. 313 La referencia original es de REED, Nelson. "La guerra de las castas de Yucatán". Era. México. 1971.

8. CHUECA GOITIA, Fernando. Op. cit. p. 11.

9. RUEDA, Jorge. La ciudad en la colonia. Salvat. Barcelona. 1976. p.858

10. TERAN, Fernando. El problema urbano. Salvat. Barcelona. p.14 y ss.

11. Ibid

12. ROJAS-MIX, Miguel. La plaza mayor. El urbanismo instrumento de dominio colonial. Muchnik. Barcelona. 1978. p.28 y ss.

13. Citado por Galeano, Eduardo. Memorias del Fuego. La referencia original es de Descola, Jean. La vida cotidiana en el Perú en tiempos de los españoles. Hachette. Buenos Aires. 1962; p.47.

Además Cfr. PALMA, Ricardo. Tradiciones Peruanas. Peisa. Lima. 1969.

14. ROMERO, op cit. p.18.

15. TELLEZ, Germán. La arquitectura y el urbanismo en la época republicana. Colcultura. Bogotá. 1979. p.491 y ss.

16. Citado por Galeano, Eduardo. Memorias del Fuego. La referencia original es de Scobie, James. Buenos Aires del Centro a los Barrios. Hachette. Buenos Aires. 1977. p.252.

17. ROJAS-MIX, op. cit. p.49 y ss.


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