LA INEQUIDAD DE GÉNERO Y LA FEMINIZACIÓN DE LA POBREZA
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POBREZA, INSERCIÓN PRECARIA Y ECONOMÍA POPULAR EN RISARALDA

Mario Alberto Gaviria Ríos
Hedmann Alberto Sierra Sierra

 

 

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CAPITULO IV. LA INEQUIDAD DE GÉNERO Y LA FEMINIZACIÓN DE LA POBREZA

Mario Alberto Gaviria Ríos

La inequidad de género produce problemas de distribución y problemas de asignación con altos costos para la sociedad.

Los problemas de equidad de género no se identifican con los problemas de equidad social, aunque en el caso de las mujeres, estos tengan todavía expresiones que, en muchos casos, son más dramáticas.

La inequidad de género, con sus connotaciones históricas, está en la raíz de los problemas de equidad social que afectan principalmente a la mujer, pero también de graves problemas de asignación de los recursos con que cuenta la sociedad para el cumplimiento de sus tareas básicas en lo económico (la producción), en lo social (la reproducción) y en lo político (la creación).

Para mayor claridad, en esta parte se denominan problemas de distribución a los propios de la inequidad social que, aunque tienen un impacto específico y directo sobre las mujeres, son compartidos con otros grupos vulnerables; y problemas de asignación a los que tienen que ver con la aplicación de recursos a las grandes tareas que se derivan exclusivamente de la perspectiva existente sobre género.

Ambos tipos de problemas tienen grandes costos sobre el bienestar y la eficiencia en lo económico, en lo social y en lo político. Los primeros más directamente sobre el bienestar individual y la calidad de los “factores”; los segundos más directamente sobre el bienestar social y la asignación de dichos factores.

En la literatura, ya muy abundante sobre temas de género, se ha dado más énfasis a las distorsiones producidas por los problemas de distribución (del ingreso, de los bienes y servicios y de los subsidios entre hombre y mujeres); menos a las distorsiones producidas en la asignación de recursos de la sociedad, cuyos costos son tan altos o más que los producidos por los primeros.

Ambos son el resultado de fallas del mercado, cuya solución requiere de la intervención del estado y, por lo tanto, de la planeación. La solución de los primeros pasa por fórmulas comunes a otras políticas sociales de distribución del ingreso. La solución de los segundos solo se da con profundos cambios de orden cultural e institucional.

Los problemas de distribución relacionados con la cultura de género han sido documentados en numerosos estudios empíricos. Sus indicadores se agravan todos los días, conservando la especificidad propia de las distintas regiones y culturas. La mujer está sobre - representada en los grupos de pobreza, recibe menos apoyo que el hombre para actividades productivas y accede más difícilmente al crédito y a la asistencia técnica, lo cual la hace menos productiva . Por esta causa, la mujer está en inferiores condiciones para participar en las grandes tareas de la sociedad, con costos evidentes para su bienestar individual, pero también con un costo social para el bienestar y la eficiencia de la sociedad como un todo (principalmente por la vía de las carencias producidas en el capital humano).

En relación con los problemas de asignación de recursos se dan varias clases de ineficiencia, asimilables a imperfecciones y a fallas del mercado producidas por la cultura de género . Esas fallas se dan en el ámbito económico de la producción (predominante de un horizonte de corto plazo), en el social de la reproducción, y en el ámbito político, que acá se le llama de la creación o de las decisiones que afectan el futuro de la sociedad, estos dos últimos pertenecientes a un horizonte que se extiende hacia el largo plazo.

En el ámbito económico la cultura de género está generando ineficiencias significativas en la producción total de la economía, distintas a las generadas por los problemas de distribución que afectan a la mujer como responsable de actividades productivas (atrás se mencionaron la discriminación en el acceso a la asistencia técnica, el crédito, la capacitación profesional y otros recursos de producción, que tienen que ver directamente con la disponibilidad y calificación de factores de producción).

La actual perspectiva de género distorsiona los precios de la mano de obra femenina, introduce rigideces en el mercado laboral y concentra el poder de decisión sobre la asignación de los recursos laborales del hogar. En los tres casos se producen costos para la sociedad como un todo, que la alejan de la frontera de posibilidades de producción por la sub-utilización o mala asignación de sus recursos productivos.

La sub-valoración del trabajo femenino distorsiona los precios de la fuerza laboral e introduce sesgos en su asignación que van en contravía del óptimo social. El menor costo artificial o “cultural” del trabajo de la mujer (en igualdad de capacidades profesionales con el hombre), claramente produce una combinación ineficiente entre trabajo masculino y trabajo femenino, distorsiona la estructura de producción de la economía hacia aquellos sectores donde se sobre utiliza la mujer, se generan incentivos a la baja productividad, particularmente de la mujer en relación con su potencial, y se afecta la asignación de otros recursos productivos complementarios del trabajo femenino, en un caso generalizado de mala asignación de recursos en la economía. Así, por factores culturales, la sociedad está produciendo menos de lo que podría, reduciendo sus niveles de bienestar. La magnitud de estos costos está asociada con la participación de la mujer en la fuerza de trabajo.

Pero además del efecto sobre precios, la “cultura de género” introduce directamente rigideces en la movilidad de la fuerza de trabajo femenina, que por convención ha estado anclada a las tareas domésticas y de reproducción. La mujer se ha visto limitada en su capacidad de elegir trabajo y la economía en su posibilidad de asignar el recurso humano femenino de acuerdo con su potencialidad. Y ya no solo por los problemas de distribución que le han quitado a la mujer la posibilidad de acceder a ciertos recursos productivos y formarse en ciertas áreas profesionales, sino por la convención cultural de que la mujer debe estar exclusivamente al lado de los hijos, al menos durante una etapa importante en su vida, o, en casos extremos pero muy frecuentes, estar confinada en el hogar.

Así, por efecto de la cultura, la sociedad se ha visto privada de un más eficiente aprovechamiento de su fuerza laboral total. Por cultura ha renunciado al aporte generalizado de la mujer en muchos ámbitos de la actividad productiva, incluso en casos en los que, superadas las trabas de la equidad, la mujer logra prepararse profesionalmente.

Relacionado con lo anterior se deben mencionar las pérdidas para el hogar producidas por la imposibilidad cultural de asignar más eficientemente sus recursos laborales. El poder de decisión, frecuentemente concentrado en los hombres, y los tabúes sociales, se complementan para impedir que la unidad familiar asigne sus recursos (hombres y mujeres) de la manera más eficiente entre tareas productivas, reproductivas y políticas; con lo cual la familia pierde la posibilidad de generar mayores ingresos y bienestar.

En el ámbito social, la cultura de género está produciendo serias distorsiones en una de las tareas más importantes de la sociedad, cual es la tarea reproductiva. Visto con criterios económicos, al no valorar el aporte masculino en la reproducción, los precios de mercado no coinciden con los precios sociales y se están generando ineficiencias asociadas con la cantidad de las personas (cambios en el tamaño de la población) y la calidad de su información, lo cual tiene un impacto directo sobre el bienestar colectivo.

A este respecto las distorsiones se producen en dos sentidos: en primer lugar, el hombre participa menos de lo socialmente conveniente; en segundo lugar, la sobrecarga a la que se ha visto sometida la mujer después de su ingreso en la fuerza laboral, ha influido negativamente en la calidad de la tarea reproductiva.

La subestimación del rol masculino en la formación de los hijos ha producido un sesgo en la asignación de la fuerza laboral masculina hacia actividades productivas. Se trata de un caso clásico de distorsión en los precios en el que la relación de precios de mercado, influenciados por la cultura de género, es diferente de la relación de precios sociales (la que se daría en el caso de una valoración real del aporte del hombre en la tarea reproductiva). Con ello se ha desatendido la tarea más importante de la sociedad con efectos difíciles de estimar sobre la calidad en la formación de ciudadanos, y sobre los niveles de bienestar social.

Como afirma María Nieves Rico (1993, p31) “se hacen necesarios estudios respecto a las consecuencias culturales de la no presencia de los hombres en los espacios y roles tradicionales considerados femeninos”. De igual manera, se podría agregar, es necesario estudiar las consecuencias de la no presencia de la mujer en los ámbitos tradicionalmente reservados al hombre, en la economía, la sociedad y la política.

Otro efecto, de origen más reciente y quizás menos difícil de medir, es el que se ha generado sobre la tarea reproductiva después del ingreso de la mujer a la fuerza laboral. La sociedad ha desatendido la reproducción como propósito colectivo; aceptó la incorporación de la mujer al trabajo productivo pero no produjo los arreglos institucionales necesarios para compensar su menor aporte forzoso a la reproducción. La presión cultural, por una parte, y la inadecuación organizacional, por otra, han obligado a la mujer a ampliar su jornada por encima de límites razonables, con lo cual inevitablemente se corre el riesgo de reducir la calidad en la tarea reproductiva, con costos irreparables para la sociedad.

Tan importantes como las anteriores (aunque muchos menos mencionadas que ellas), son las distorsiones que ha producido la cultura de género, en el ámbito político, sobre la actividad creativa de la sociedad. Al concentrar el poder político en los hombres para la toma de decisiones sobre el futuro, la sociedad ha estado renunciando a la especificidad del aporte femenino y con ello ha mutilado la fuerza creadora total y su potencial innovativo en la construcción de una VISION, en la formación de consensos de largo plazo, en el diseño de estrategias, y en la ejecución, seguimiento y evaluación de sus programas.

También aquí, como en el ámbito social de la reproducción, la cultura de género produce una distorsión en los precios que sirven de guía a las decisiones de la sociedad. Al subestimar la participación de la mujer en lo político, en relación a su contribución en la tarea reproductiva, la sociedad la confina a esta última y produce una situación en la que la participación de la mujer en lo político es inferior a la óptima. Aunque imposibles de calcular, los costos para la sociedad son reales y tienen indudable impacto sobre sus niveles de bienestar.

En resumen, la cultura de género afecta negativamente la asignación óptima de recursos de la sociedad en las tres tareas básicas para su desarrollo, la tarea productiva, la tarea reproductiva y la tarea creativa, con lo que se obtiene una combinación inadecuada de las tres. Se pueden distinguir tres tipos de “causas”, directamente asociadas con esa cultura, que se relacionan entre sí y llevan a soluciones privadas distantes del óptimo social.

La primera tiene que ver con los “precios” distorsionados (monetarios o no) cuya raíz está en la “valoración desigual” que se da a iguales aportes del hombre y la mujer en lo productivo, lo reproductivo y lo creativo. Se trata, principalmente, de señales equivocadas para las decisiones de las personas, de los hogares, de las empresas y de la comunidad, en relación con el aporte de fuerzas (lo femenino y lo masculino) que deben estar presentes en todos los ámbitos de la vida humana. Esas señales se apartan de los precios sociales, principalmente por la subestación del trabajo de la mujer en lo productivo, la subestimación de su aporte en lo creativo y la subvaloración del aporte del hombre en lo reproductivo.

La segunda causa tiene que ver con el sesgo que produce la cultura vigente de género, sobre las instituciones: las normas, la definición de jornadas laborales, la desigual compensación de aportes específicos, etc., y cuya raíz inmediata se encuentra en la subordinación que enmarca las relaciones de poder entre hombres y mujeres. De allí se deriva una concentración de poder político en los hombres, para la tarea creativa, así como del poder de decisión en el hogar sobre la manera como se deben asignar los recursos productivos de la familia.

Finalmente se pueden mencionar las rigideces introducidas por la cultura de género en el mercado laboral femenino, que son resultado de la “objetivación” del género y que reducen o eliminan, por convención social, la posibilidad de que hombres y mujeres escojan su campo de trabajo de acuerdo con sus aptitudes y su formación.

Y así como es obvia la relación que existe entre estos tres tipos de causas y los problemas de asignación de recursos de la sociedad como un todo, también es clara su incidencia sobre problemas de distribución:

- La inequidad en la distribución del ingreso y de los recursos productivos en detrimento de las posibilidades de la mujer. El acceso desigual al crédito, a la asistencia técnica, a la información y a otros recursos productivos.

- La inequidad social en la satisfacción de necesidades básicas que coloca a la mujer en condiciones de inferioridad con relación a los hombres.

Para efectos del diseño de política es necesario reconocer que las “causas” arriba mencionadas son reductibles al “sujeto” del desarrollo, a sus valores, prejuicios y actitudes. De esa manera el desarrollo como proyecto y el género como proyecto, se convierten, desde el punto de vista de la planeación, en un único propósito: el que le corresponde realizar al “sujeto” y solo a él. La planeación por lo tanto debe concentrar sus acciones en “habilitar” al sujeto y en crear las condiciones para que pueda realizar su proyecto.

Para solucionar las fallas del mercado en relación con el género, es necesaria la intervención del estado (la planeación)

Las fallas de mercado generadas por la cultura de género, conforman un equilibrio estable que es muy difícil de romper porque está provisto de su propio “sistema inmunológico” que lo defiende de cualquier intento de cambio, a pesar de que, como ya se dijo, los costos para la sociedad son incalculables.

Este equilibrio estable se apoya, en primer lugar, en los “tabúes” y preconceptos derivados del concepto de género (que comparten hombres y mujeres); en segundo lugar en la rigidez de las instituciones de la organización social; y en tercer lugar (caso específico de “institución social”) en la distribución desigual del poder entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, producida no solo por la propia cultura de género sino también por la inferioridad de condiciones a la que ha sido sometida la mujer (por factores de inequidad en la distribución).

Romper cualquier equilibrio estable es difícil y es tarea de muchos años. En el caso de las distorsiones producidas por la cultura de género, su eliminación en ningún caso podrá ser resultado del mercado: se trata de una verdadera revolución cultural que exige estrategias apropiadas y paciencia para esperar resultados. Por el horizonte de corto plazo que le es propio y por los condicionamientos a los que está sometido por parte de los actores, el mercado no está en capacidad de dar solución a las carencias producidas por la falta de una perspectiva de género. La manera de hacerlo y de generar condiciones en las que se superen las imperfecciones del mercado es con una intervención clara del Estado, entendido para este efecto no solo como el gobierno sino como el conjunto de la sociedad.

Esta intervención es particularmente importante, no solo para contrarrestar los enormes costos que se producen en términos de equidad, sino por los incalculables beneficios en términos de eficiencia en la asignación de recursos y de bienestar. En otras palabras, la incorporación social de una nueva perspectiva de género a todas las actividades del Estado es indispensable para optimizar la rentabilidad y el bienestar social (no necesariamente la rentabilidad y el bienestar privado de corto plazo) y por ello debe ser objeto inaplazable de la planeación .

La formulación de estrategias para introducir una nueva perspectiva de género y crear las condiciones de una mejor y más equitativa asignación de recursos, deberá empezar por reconocer, no solo las situaciones de inequidad y las formas como dentro de la cultura de género los distintos factores protegen el equilibrio de la actual perspectiva y mantienen una situación ineficiente desde el punto de vista de la producción y del bienestar social, sino especialmente la forma como la mujer ha empezado a resolver el problema en circunstancias concretas. Ellas han tenido que enfrentar de tiempo atrás las consecuencias de la inequidad de género y las trabas que de ella se derivan para una asignación más eficiente de los recursos. De hecho una mayor participación de la mujer en los distintos ámbitos deberá contribuir a reestructurar la economía, la sociedad y la política.

La cultura de género es una perspectiva, una forma de entender la sociedad y el desarrollo y, como tal, no puede ser confundida con un capítulo de los planes de desarrollo (el dedicado a solucionar los problemas de equidad o de asignación asociados con ella). En realidad se trata de un enfoque que debe estar presente, puesto que se trata del reconocimiento efectivo de que hombres y mujeres, por igual, tienen derecho a la realización de sus proyectos de vida en lo personal, lo económico, lo social y lo político.

El Estado debe emprender acciones en distintos frentes. Lo más urgente es, por supuesto, la recuperación del regazo que en términos de necesidades prácticas ha producido la inequidad en la distribución del ingreso. Por allí hay que comenzar, con estrategias de focalización como las que ya se aplican en el caso de los grupos más vulnerables y pobres de la población.

En el frente económico, hay que hacer una reestructuración en el ámbito productivo. La Sociedad como un todo (hombres y mujeres) debe asumir la tarea de la producción y el crecimiento económico. Reestructuración a través de incentivos y medidas que complementen la nueva valoración cultural y contribuyan a igualar los precios de mercado con los precios sociales, de tal manera que los parámetros de decisión de los actores económicos, hombres y mujeres, se guíen por estos últimos y contribuyan al logro de condiciones de óptimo en la producción y el bienestar. Esto supone eliminar la variable género en la determinación de la remuneración del trabajo femenino.

La Frontera de posibilidades de producción de una sociedad no se puede alcanzar si el 50% de su fuerza laboral está maniatada, se subestima su trabajo, se la coarta en la elección del campo de actividad y no se le dan las facilidades de capacitación y de recursos productivos necesarios para que pueda aportar según sus potencialidades.

La corrección de estas distorsiones en tareas productivas y reproductivas le permitirá a la sociedad ubicarse sobre su frontera de posibilidades económicas. La misma corrección con respecto a la tarea creativa, permitirá ampliar dicha frontera. Ambas correcciones y las que se hagan en materia de distribución, crearán la posibilidad de alcanzar los máximos niveles de bienestar. En este sentido son de especial importancia las compensaciones por costos específicos de género (no culturales) como el del tiempo de maternidad en las mujeres y la compensación por el trabajo de hombre y mujeres en las demás actividades de la tarea reproductiva. “Socializar los costos de la reproducción social tendría un gran impacto en el desarrollo del mercado laboral de manera neutral en cuanto a género” (Palmer, 1994, p110).

En el frente social y cultural es necesario emprender acciones destinada a crear una conciencia distinta sobre el género que reconozca, en hombres y mujeres, percepciones, intereses y necesidades diferentes e igual derecho de realizar proyectos personales y de participar en la vida económica, social y política de la sociedad. Esas acciones deberán “habilitarlos” y brindarles los medios y el apoyo necesario para que puedan aportar todo su potencial, toda su especificidad e interactuar entre sí, en pié de igualdad, en el cumplimiento de las tareas de la sociedad.

El resultado debe ser la desobjetivización y desesencialización del concepto de género (Lamas, 1996), para garantizar a hombres y mujeres iguales oportunidades de formación, de opción por el trabajo y de intervención en lo económico-productivo, en lo social-reproductivo y en lo político-creativo. Es necesario respetar el género desde su origen, para que pueda ser un proyecto personal que, partiendo del sujeto, logre el máximo despliegue de su potencial, a través de la complementariedad creativa de los sexos, vistos como polos de un continuo que se da en hombres y mujeres .

De esta manera se podrá esperar una valoración “equitativa” o real del aporte de ambos en las actividades económicas, sociales y políticas; la eliminación de distorsiones sobre precios y la aceptación consensual de las tareas reproductivas y creativas como un gran propósito de la sociedad que requiere el compromiso de hombres y mujeres. Lo que hoy es una relación de poder desigual entre los sexos debe pasar a ser una relación complementaria de igual poder entre ellos

La sociedad como un todo debe asumir la responsabilidad de la tarea reproductiva, haciendo una reestructuración en el ámbito social. Hombres y mujeres y sus instituciones, deben encontrar la forma de integrar o compatibilizar las tareas productivas con las reproductivas; en el marco de nuevas formas de organización, normas y leyes que hagan posible la total movilidad de los factores laborales, masculinos y femeninos, la adecuación de las jornadas de trabajo, y la libre decisión por parte de mujeres y hombres sobre su ubicación en la sociedad (en lo económico, lo social y lo político).

Con este propósito, no solo es necesario generar el convencimiento de que hay que cambiar la perspectiva de género y restaurar la equidad en todos los ámbitos de la actividad humana para optimizar el bienestar de la sociedad; también es necesario generar el convencimiento de que ese cambio es posible, porque se trata de una construcción cultural e histórica.

Finalmente en el frente político, la sociedad debe asumir la tarea de la creación y hacer una reestructuración en el ámbito político. La intervención del estado debe regular la concentración de poder por motivos de género y buscar garantías para que hombres y mujeres participen en las decisiones de la sociedad. No se trata simplemente de hacer posible la igual participación de mujeres y hombres en la realización de las tareas de desarrollo; más importante aún, se trata de pensar el desarrollo desde las ópticas femenina y masculina.

La mujer ha ido demostrando cómo lograr la necesaria integración de las tareas de la sociedad en los tres ámbitos. La gran dificultad está del lado del hombre: primero en su concientización y luego en su adaptación a tareas que culturalmente no acepta. En este sentido y en el corto plazo, los perdedores de un cambio en la perspectiva de género son principalmente los hombres y ello debe ser tenido en cuenta en la planeación. La otra gran dificultad está del lado de las instituciones, porque la actual organización de la sociedad y de sus actividades laborales, económicas, sociales y políticas, carece de una perspectiva adecuada de género.

No será posible para una sociedad lograr los máximos niveles de creatividad y de integralidad en la construcción de su futuro si se restringe la participación de una de las fuerzas necesarias para el acto creativo. No hay ninguna razón para que, a nivel de pensamiento, se rompa la ley que ha explicado el surgimiento y la evolución del universo.

Nuevas oportunidades

Cambiar la perspectiva de género con un proceso de reestructuración en lo económico, en lo social y en lo político, como el mencionado más arriba, representa un cambio que, seguramente, no es posible sin transformar otras estructuras mentales, económicas, sociales y políticas en la sociedad. En este sentido, la nueva perspectiva de género formaría parte de un cambio de época. Y es eso precisamente lo que está viviendo el mundo, en todos los países a finales del presente siglo, cuando han aflorado en forma complementaria fenómenos como el de la globalización (en lo económico, en lo cultural y hasta en lo político, para ciertos efectos) y el de la modernización (que ha replanteado radicalmente el papel del estado, de las instituciones de las personas y de las regiones). Caso particular de este último fenómeno es el de la descentralización o apertura hacía adentro que también se ha producido con fuerza en muchos de nuestro países (desarrollados y en vía de desarrollo) .

Globalización, modernización y descentralización constituyen un marco propicio para un cambio en la perspectiva de género y de reestructuración que ello requiere.

La globalización: por las posibilidades que ofrece de abrir la mente y propiciar el cambio de paradigmas mediante el diálogo. La cultura de género como proceso “local”, en cuanto determinado por el espacio (el territorio) y el tiempo, se ve sin duda influenciada por los procesos globales. Pero también, por el imperativo de eficiencia que le lanza a las economías que quieran competir y tener éxito en una economía internacionalizada. En el nuevo contexto no es posible continuar con la subutilización del recurso femenino.

La globalización representa, además, una gran oportunidad de dialogar con otras culturas, de matizar conceptos y conocer otras formas de incorporar la variable género en las decisiones micro, de personas y familias, en el nivel institucional intermedio y en el nivel de la políticas macro.

La modernización: por el replanteamiento que hace del papel de las personas y de sus instituciones. El tabú de las organizaciones ha sido puesto en tela de juicio; el cambio de contexto ha planteado la necesidad de reestructuraciones en lo productivo, en lo social y en lo político, que pasan por el aumento en el capital humano, por el replanteamiento y fortalecimiento de las instituciones (de las normas, de los valores y de los organismos de apoyo) y por la consolidación de las regiones como “sujetos del desarrollo”. La introducción de una nueva perspectiva de género requiere precisamente de un cambio en las personas, en sus instituciones y en su organización social referida a una región y territorio concreto.

La descentralización: por la referencia concreta, geográfica, económica y cultural, que le da el reto de la globalización y la modernización. Con la descentralización y el cambio en el escenario de la planeación que ella implica, se hace más próxima la necesidad de crear desde abajo y construir con fuerzas propias el desarrollo en un mundo globalizado y moderno (“desarrollo endógeno”). Y eso no es posible si la sociedad local no cambia su perspectiva de género. Globalización, modernización y descentralización le plantean a las sociedades un reto de creatividad que, sin duda, se enfrentará más eficazmente con la incorporación complementaria de lo femenino y lo masculino como fuerzas creadoras.

BIBLIOGRAFÍA

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