POBREZA, INSERCIÓN PRECARIA E INEFICIENCIA SOCIAL
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

POBREZA, INSERCIÓN PRECARIA Y ECONOMÍA POPULAR EN RISARALDA

Mario Alberto Gaviria Ríos
Hedmann Alberto Sierra Sierra

 

 

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PARTE II: ASPECTOS CONCEPTUALES

CAPITULO III. POBREZA, INSERCIÓN PRECARIA E INEFICIENCIA SOCIAL

Mario Alberto Gaviria Ríos

Desde la década pasada la pobreza recuperó un lugar importante en la agenda internacional dados los dramáticos niveles que ha alcanzado. La Declaración del Milenio, suscrita en el año 2000 por 189 países en la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, estableció ocho objetivos que constituyen un pacto entre las naciones para eliminar la pobreza ; los mismos que han inspirado una propuesta de acuerdos mínimos hacia donde deben dirigirse los esfuerzos regionales y municipales en el Eje Cafetero (PNUD, 2004).

Si bien hay consenso en la necesidad de erradicar este problema, no lo hay en cuanto al concepto mismo de pobreza y, por tanto, en las políticas más apropiadas. La pobreza es un término que no tiene, hasta ahora, un estatus conceptual definido sino, más bien, el valor de un término descriptivo para designar a un segmento de la población que se encuentra en una condición carencial o deficitaria respecto al acceso a bienes y servicios básicos de la sociedad.

El mayor problema de las políticas contra la pobreza, en términos de la definición de las mismas, es que usualmente pretenden trabajar sobre los efectos del fenómeno (la pobreza vista como carencia, donde lo determinante es el acceso de las personas a un conjunto de bienes y servicios materiales) y no sobre las potencialidades de los pobres (la pobreza vista como potencia, con lo que resulta fundamental la creación de oportunidades para desarrollar capacidades en las personas). E igual sucede con la forma de medirla. Se impone, entonces, para dilucidar este problema, una revisión del estado del arte sobre la conceptualización de la pobreza.

Se puede llegar a pensar que el ejercicio propuesto termina siendo una imperdonable liviandad académica, mientras la pobreza está ahí rondando. Ello resulta razonable porque dicho fenómeno social observa una tendencia creciente. Pero la labor se justifica porque su permanencia como realidad es, en buena parte, producto de su escasa y confusa conceptualización y, consecuentemente, de su medición y las estrategias que se han estado implementando para combatirla.

El propósito fundamental de este documento es contribuir a la construcción de un estado del arte sobre la conceptualización de la pobreza. Aunque es claro que la reflexión sobre este fenómeno social debe responder, por lo menos, a tres preguntas: ¿quiénes son los pobres?; ¿dónde están? y ¿cuántos son?; en este trabajo solo se abordará la primera de ellas, la misma que remite al concepto.

La intencionalidad es llegar a un enfoque más adecuado que permita aprehender las complejas características de la pobreza y trascienda la mera descripción, logrando incorporar analíticamente los factores que están en su origen y dinámica, y así poder orientar las políticas públicas para su erradicación. Por ello, se profundiza en una comprensión de la pobreza en su dimensión relacional y se concluye que ella es ante todo un fenómeno de inserción social precaria

Hasta no hace muchos años la mayor parte de las teorías del desarrollo enfatizaron en la disponibilidad de recursos materiales como fundamento para juzgar sobre la prosperidad de una sociedad, y redujeron la pobreza a un problema de carencia de recursos, Hoy día, con los desarrollos de la teoría, con la importancia que se le da al conocimiento como factor endógeno, la pobreza se aborda desde una mirada más integral y no sólo como un problema de equidad y justicia (como sin duda es) sino también como un problema de ineficiencia social, cuyos costos son asumidos tanto por las personas que la padecen, como la sociedad en su conjunto.

Una perspectiva tradicional de la pobreza

La persistencia y agudización de la pobreza y la marginación social es un fenómeno que ha ganado visibilidad gracias a un sinnúmero de análisis tanto de agencias multilaterales y nacionales como de investigaciones realizadas en espacios académicos. No obstante, en la reconocida abundancia de estudios sobre la pobreza persisten dificultades teóricas y metodológicas relacionadas tanto con la definición del fenómeno como con la utilización de instrumentos adecuados para una aproximación pertinente a la realidad de la pobreza.

En el ámbito de la discusión conceptual sobre pobreza se observan dos nociones básicas . De un lado, ella es concebida como una falta de recursos personales, individuales o del conjunto de los miembros del hogar. De otro lado, la pobreza es entendida y estudiada en su dimensión relacional, en cuanto implica unos modos de vida caracterizados por ciertas carencias o privaciones básicas que suelen ir acompañadas de una inadecuada participación e integración social de las personas que sufren dichas carencias.

En relación con esta primera noción, los conceptos de pobreza de aceptación corriente se han referido a la subsistencia y las necesidades básicas, relacionándolas con el ingreso. El criterio mínimo de necesidades (por ejemplo, requerimientos nutricionales) equipara el consumo de ese nivel inferior a una línea de pobreza.

En concreto, el concepto de subsistencia hace referencia al ingreso que una persona debe obtener para satisfacer sus necesidades nutricionales y así mantener su eficiencia física. De ese modo, deja de lado otras necesidades sociales de las personas, como miembros que son de una compleja red de relaciones sociales .

El concepto de necesidades básicas, por su parte, es una extensión de la percepción de subsistencia y se centra en el conjunto de necesidades requeridas por una comunidad como un todo, y no ya con base en necesidades individuales o de las familias, para su sobrevivencia física. Ambos conceptos terminan justificando la idea de que el crecimiento de la riqueza material es todo lo que se requiere para superar el problema de pobreza.

A partir de estos enfoques tradicionales ha tomado fuerza, especialmente en la corriente neoclásica, la visión dualista (Gráfico 1) que identifica a los pobres como aquellos que no han logrado insertarse en el proceso económico (Corredor, 1999 y 2004). Esta es una concepción dualista del problema, en tanto se concibe que la realidad social está constituida por un “adentro” (población no pobre, que ha logrado integrarse a la dinámica capitalista) y un “afuera”.

Según este enfoque dualista, derivado del principio de la dicotomía moderno/tradicional introducida por A. Lewis y del concepto de desarticulación desarrollado por F. Perroux, la economía de los países en desarrollo (y en especial la urbana) puede descomponerse en dos partes. Por un lado, está el sector "moderno" donde las firmas capitalistas dan a sus empleados ingresos relativamente altos y regulares, gracias a una organización eficiente y a una tecnología avanzada. Por otro lado, existe un sector residual donde las personas apenas sobreviven, al estar vinculadas a actividades tradicionales y de baja productividad .

Gráfico No 1: Visión Dualista de la sociedad

A partir de esta comprensión del fenómeno de pobreza, es claro que la estrategia para enfrentar el mismo se reduce a una aceleración del crecimiento económico, pues de esa forma el “afuera” (la población pobre) podría integrarse al proceso económico. Así mismo, los pobres estarían totalmente identificados y corresponderían a aquellas personas y hogares vinculados laboralmente al sector informal de la economía.

Sin embargo, la teoría dualista parece no estar totalmente justificada. En primer lugar, no es claro que el sector informal (marginal) sea independiente del resto de la economía; al contrario, en economías como la colombiana existe evidencia de un alto grado de complementariedad entre los sectores formal e informal . En segundo lugar, al menos en parte del sector informal existen barreras de entrada determinadas por factores como la habilidad para el trabajo, los requerimientos de capital y la experiencia, por lo que dicho sector no juega plenamente un papel de residual y, en algunos casos, puede ser una opción laboral frente a su similar moderno. Finalmente, no existe evidencia que pruebe que la segmentación del mercado de trabajo esté configurada de tal manera como para que los salarios del sector moderno sean totalmente independientes de los ingresos de trabajo en el sector informal .

La pobreza como un fenómeno de inserción precaria

En una perspectiva relacional, y a la luz del enfoque de capacidades y derechos (Corredor, 1999), se plantea como problema la inserción precaria de la población pobre en las dinámicas económica, social y política, que les impide beneficiarse del valor que contribuyen a generar socialmente. Para este enfoque es claro que las personas pobres sí están integradas al sistema capitalista, y aportan de manera importante a la dinámica económica, pero de manera precaria dada su carencia de dotaciones iniciales. Es decir, contrario a lo que afirma la corriente dualista, no existe un “adentro” y un “afuera”.

Para esta visión teórica la pobreza es expresión de un escaso desarrollo de capacidades y derechos. Tiene su origen en la incapacidad de la sociedad y del Estado en permitirles a todas las personas un igual acceso a las oportunidades y en ofrecer condiciones adecuadas para aprovecharlas. La carencia de dotaciones iniciales y la ausencia de condiciones para poder garantizar el ejercicio efectivo de los derechos, inhiben el desarrollo de las capacidades y conducen a una inserción precaria de importantes sectores de la población.

El concepto de capacidad humana se relaciona ampliamente con el de “capital humano”, pero entre uno y otro existen claras diferencias (Sen, 1998). Mientras el concepto de “capital humano” enfatiza en el carácter de agentes de producción de los seres humanos, el de capacidad se centra en la habilidad de las personas para llevar el tipo de vida que consideran valiosa e incrementar sus posibilidades reales de elección. Aún más, la concepción de capital humano cabe dentro de la perspectiva más amplia de capacidad humana: si una persona alcanza mayores niveles de productividad en el proceso productivo, mediante una mayor educación y un mejor acceso a los servicios de salud (factores fundamentales de acumulación de capital humano), se puede esperar que igual pueda dirigir mejor su propia vida y disfrutar de mayor libertad para hacerlo.

En concreto, a partir de Amartya Sen, es claro que las capacidades de las personas no están sólo referidas a un problema de habilidad o de productividad. Ellas hacen referencia a la potenciación de las personas para decidir sobre sus desempeños y optar por las oportunidades.

Las dotaciones iniciales hacen referencia al patrimonio económico y social y el capital humano con que cuentan las personas en un momento determinado del tiempo. Las dotaciones iniciales incluyen los bienes y servicios mercantiles y no mercantiles, tangibles e intangibles. Los bienes mercantiles son: alimentación, vestuario, vivienda, seguridad ambiental, salud, educación, servicios básicos, transporte y recreación. Están referidos al ámbito de lo privado y pueden ser objeto de intercambio. Las personas pueden acceder a estos bienes y servicios si cuentan con el ingreso necesario.

Los bienes no mercantiles están referidos al ámbito de lo público, al espacio social. No pueden adquirirse mediante el ingreso y son entre otros: el sentido de pertenencia, la seguridad, la justicia, la libertad, la identidad, la autonomía, el reconocimiento social y el medio ambiente.

Esa carencia de dotaciones iniciales se traduce en una situación en la cual la persona pobre se muestra incapaz de satisfacer sus necesidades vitales, no sólo en términos de sobrevivencia física (alimentación, salud, vivienda) sino también en términos de su desarrollo como persona: participación en los procesos culturales, sociales y políticos; identidad; autoestima; sentido de pertenencia; acceso a la formación y a la información.

La pobreza se presenta entonces como un círculo vicioso en el que se es pobre dado que se carece de unas dotaciones iniciales mínimas, con lo cual el desarrollo de capacidades humanas es muy bajo y las personas encuentran dificultades para ejercer sus derechos . A su vez, la ausencia de un verdadero ejercicio de los derechos dificulta la potenciación de capacidades en las personas, con lo cual se perpetúa la situación de pobreza (Corredor, 1999).

De manera especial, la situación de precariedad de activos físicos y humanos que enfrentan los pobres, los hace vulnerables. La vulnerabilidad es una exposición permanente al riesgo que genera las condiciones del entorno y a partir de ella es posible pensar la pobreza en términos dinámicos, en el sentido que las dificultades que enfrentan los pobres se acrecientan por la incertidumbre a la que están sujetos. Entre las principales carencias que propician la vulnerabilidad se destacan: la dependencia económica, la inexistencia de derechos de propiedad sobre la vivienda, el riesgo ambiental, la malnutrición, la falta de educación y las deficientes condiciones de salud.

Esos cambios en el entorno tienen que ver fundamentalmente, pero no en forma exclusiva, con condiciones económicas, entre las que sobresalen la situación del mercado laboral, la política económica, la inflación y la dinámica del crecimiento económico. Dada la indexación imperfecta, la aceleración en el alza de los precios tiende a aumentar la pobreza, dado que la capacidad para protegerse de la inflación ha estado relacionada en forma positiva con el nivel de ingresos. A su vez, la reducción del crecimiento económico disminuye las oportunidades de empleo y generación de ingresos en los diferentes sectores de la economía, con lo cual la pobreza tiende a aumentar (Salama y Valier, 1997, cap. 3).

Ahora, la pobreza vista en su dimensión relacional exige considerar el fenómeno de aislamiento social que sufren los pobres, lo cual contribuye para que esa inserción precaria se agudice de manera progresiva. Como destaca Kaztman (2001), una de las características de los pobres es que tienen escasos puntos de coincidencia con la gente de condición económica acomodada. Con demasiada frecuencia, los “pobres” y los “ricos” asisten a distintas escuelas, viven en lugares separados, comen apartados unos de otros, practican sus cultos en momentos y lugares diferentes, contraen matrimonio con personas de su misma condición y reciben atención médica en distintos lugares.

Según Kaztman, si bien son heterogéneas las situaciones que afectan a los hogares con desventajas sociales, se pueden destacar al menos dos características que comienzan a perfilarse con claridad en el núcleo duro de la pobreza actual. Por un lado, se observa un debilitamiento de los vínculos de la población pobre con el mercado laboral, que se manifiesta con particular intensidad entre los trabajadores con bajas calificaciones. Por otro, un progresivo aislamiento de los pobres urbanos del resto de la sociedad.

En su análisis, Kaztman centra la atención en los problemas que tienen que ver con la diferenciación, la segmentación, la segregación y cómo esto afecta el progresivo asilamiento de los pobres urbanos. La diferenciación se refiere simplemente a la distribución entre grupos sociales de una serie de atributos, ingresos, educación, tipo de vivienda, entre otros. La segmentación, por su parte, es un proceso de reducción de las oportunidades de interacción de grupos o categorías sociales distintas. En términos estáticos, una sociedad segmentada es donde hay una muy baja interacción, fuera del mercado de trabajo, entre grupos o estratos socio-económicos distintos.

La segregación en cambio refiere a procesos de polarización y endurecimiento de las distancias sociales, que responden a la voluntad de actores cuyos comportamientos alimentan una especie de sinergia negativa, con lo que se va reduciendo progresivamente la sociabilidad informal entre los grupos que se segregan. El caso extremo es la segregación racial , pero existen otras segregaciones como la residencial, donde operan mecanismos menos visibles y más complejos.

Esos procesos de segmentación y segregación social, según Kaztman, se manifiestan en distintos ámbitos de interacción. En el mundo del trabajo, en el sistema educativo, en el sistema de salud, en las áreas de residencia, en los servicios de esparcimiento, en la seguridad pública, etc.

El aislamiento social se caracteriza por el debilitamiento o quiebre de los vínculos que unen al individuo con la sociedad. Estos vínculos se refieren, en primer lugar, a aquellos que el individuo establece con el mercado de trabajo, ya que éste no sólo es su principal fuente de ingresos sino que además, y por su intermedio, él obtiene estatus e integración al sistema social.

Entonces, una primera forma de aislamiento social se refiere a aquellas personas que estando activas en el mercado del trabajo se encuentran sin empleo; fenómeno que afecta de manera especial a la población pobre, que es la que enfrenta tasas de desocupación significativamente más altas en comparación a otros grupos socioeconómicos. A ello se suma la exclusión de los pobres de los “buenos empleos”, entendidos éstos no sólo como aquellos que tienen un nivel de ingresos aceptable, sino también como los que van acompañados de diversos grados de protección social (Sunkel, 2003).

Los mecanismos de aislamiento mencionados inciden en una baja tasa de integración al mercado de trabajo (particularmente en el caso de las mujeres y los jóvenes) y también en modos de integración que presentan altos grados de precariedad e inestabilidad. Uno de los efectos centrales de este debilitamiento de los vínculos con el mercado laboral es lo que Kaztman ha denominado “segmentación”, es decir, un proceso de reducción de las oportunidades de interacción entre grupos o estratos socioeconómicos distintos. La hipótesis de Kaztman (2001) es que este proceso de segmentación (o de progresivo aislamiento social de los pobres) se traduce en una fuerte limitación en términos de movilidad social.

Intentando resumir cuáles son las consecuencias posibles de esta reducción de la interacción, Kaztman refiere tres niveles de capital social: capital social individual, capital social colectivo y capital ciudadano. El capital social individual es la capacidad que tiene una persona de movilizar la voluntad de otras personas en su beneficio, básicamente. El capital social colectivo es la capacidad que tienen de movilizar las voluntades de muchos en favor de una meta colectiva, y el capital ciudadano tiene que ver con los sentimientos de pertenencia de compartir problemas y destinos con otras personas.

La reducción de las interacciones disminuye el capital social o las posibilidades de acumular capital social individual por parte de los trabajadores menos calificados, dado que reduce la posibilidad de contar con redes de información y contactos que facilitan la búsqueda de otros empleos y el acceso a servicios. También comprime la posibilidad de acumular capital social colectivo porque al separarse de las personas más calificadas, que en general son las que tienen voz, reduce la fortaleza de las instituciones laborales y la posibilidad de reivindicaciones que pueden articular a los pobres urbanos.

De igual forma, afecta la acumulación de capital ciudadano, dado que el trabajo deja de operar como el vínculo central de pertenencia a la sociedad. Además, se debilitan los sentimientos de ciudadanía al no compartir problemas y destinos con los trabajadores más calificados.

En el ámbito de la segmentación educativa planteada por Kaztman, se destaca primer lugar la exclusión de los niños de hogares pobres de los colegios de mayor calidad. Pero además, del hecho que los niños provenientes de los hogares pobres no tienen acceso a los colegios de mayor calidad., ocurre que ellos alcanzan en promedio menos años de escolaridad.

Kaztman señala que la baja escolaridad de los sectores pobres está relacionada con un fenómeno generalizado de deserción escolar. Los jóvenes que pertenecen a hogares pobres normalmente se ven obligados a ingresar al mercado de trabajo para aportar ingresos a sus hogares, con lo que abandonan la educación. Como consecuencia de ello sólo tienen acceso a malos empleos, de baja productividad y bajos salarios. A su vez, la misma falta de educación actúa como una barrera infranqueable para la movilidad ocupacional, asegurando prácticamente la pobreza futura. De este modo, se realiza el proceso de reproducción intergeneracional de la pobreza.

Otro factor que también se asocia a la baja escolaridad de los sectores pobres es lo que se ha denominado el "clima educacional del hogar", entendido como el promedio de años de escolaridad de los padres. Además, el nivel social del vecindario o barrio también puede tener efectos propios en el rezago escolar y la inactividad juvenil, incluso después de controlar el clima educacional del hogar.

Se plantea entonces, al igual que en el ámbito laboral, un proceso de "segmentación", es decir, "de reducción de las oportunidades de interacción entre grupos o estratos socioeconómicos distintos". Lo preocupante de este fenómeno es la evidencia que se tiene acerca de los efectos de la composición social de los establecimientos educativos sobre los hábitos, aptitudes, rendimientos y expectativas de logros académico de los estudiantes. Kaztman (2001) cita algunas investigaciones que muestran que niños provenientes de hogares pobres, pero que asisten a colegios con composición social heterogénea, tienen un rendimiento mayor que los niños que asisten a colegios de composición social pobremente homogénea, y lo mismo pasa con las expectativas de logros académicos en el sentido del nivel de formación que se espera alcanzar.

Resulta importante revisar cómo influye la segmentación educativa en la formación de los mismos activos de que se habló antes, es decir, el capital social individual, el capital social colectivo y el capital ciudadano. Al respecto Kaztman plantea que la segmentación educativa propicia el debilitamiento de la formación de redes de reciprocidad y solidaridad, en tanto se reduce la posibilidad de que los que tienen más conozcan de manera directa los méritos de los que tienen menos y se motiven a construir lealtades con ellos.

Con respecto al capital social colectivo, la segmentación lo debilita en tanto se reduce la participación de los padres de estudiantes de clase media en la educación pública y por ende también se atenúa el impacto sobre el mantenimiento de la calidad de los servicios . Y con respecto al capital ciudadano, los estudiantes pobres ven reducidas sus oportunidades de experimentar la pertenencia a una comunidad con iguales derechos y obligaciones, con similitud de problemas y recompensas.

Es interesante resaltar que la segmentación planteada no obedece solamente a las diferencias en la calidad de la enseñanza que se imparte sino, y fundamentalmente, a las oportunidades de interacción con estudiantes de clase media. Por ello señala Kaztman que el dejar a un lado la posibilidad diferencial de acumular capital individual, colectivo y cívico, es lo que explica algunos fracasos en los programas que intentan reducir las disparidades en rendimiento académico entre muchachos de distinto origen socioeconómico. Estos se han concentrado en mejorar la dotación y el equipamiento docente así como el número de horas de clase, pero sin modificar las oportunidades de interacción con aquellos que ya tienen incorporados los hábitos, las aptitudes y las expectativas que suelen ser congruentes con los logros educativos.

Por último, cabe referirse a ciertas formas particulares de aislamiento de los pobres urbanos en relación con el espacio que habitan. En este ámbito ya no se habla de segmentación, sino más bien de segregación espacial; la misma que se puede definir como una aglomeración geográfica de familias de igual condición social -étnica, de edad o de clase- (Sunkel, 2003), y que en últimas depende de los contextos nacionales y de cada ciudad. La composición socialmente homogénea de los vecindarios de sectores de escasos recursos tiene una incidencia negativa en los comportamientos de riesgo (rezago escolar; jóvenes que no estudian, ni trabajan, ni buscan trabajo; madres adolescentes) y en el mayor o menor éxito en el mercado de trabajo (Kaztman, 2001).

Gráfico No 2: factores de aislamiento social de los pobres.

Los procesos anteriores constituyen, en el planteamiento de Kaztman (2001), mecanismos sociales a través de los cuales se produce un aislamiento social gradual y sostenido de los pobres (Gráfico 2); una dinámica perversa en la que las segmentaciones en ámbitos como el trabajo, la educación, y el lugar donde la gente vive, inciden en la persistencia, endurecimiento y la transmisión intergeneracional de la pobreza.

En algunos ejercicios el Banco Mundial ha entrevistado personas pobres dándoles la oportunidad de describirse a sí mismas y a su situación (Robison et. al. 2003) y ellas han señalado que las penurias que les impone la pobreza no son solamente el resultado de la privación de bienes y servicios materiales, sino también de la falta de estima, respeto e inclusión. La pobreza es, según esas personas, consecuencia de la privación tanto de bienes y servicios materiales, como de bienes socio emocionales.

Cuando los pobres tienen la oportunidad de expresarse sobre su condición, describen como una de sus mayores carencias la falta de capital social, del que derivan los bienes socio emocionales. Algunos estudios del Banco Mundial han permitido observar que “[la pobreza] lleva a los pobres a excluirse a sí mismos de las redes sociales que los rodean. ... Mantener cualquier relación cuesta dinero... Quienes sufren privaciones o se encuentran excluidos no tienen los medios materiales para vivir junto al resto de la población” (citado por Robison et. al, 2003, 55).

La idea que subyace en este planteamiento es que la pobreza se relaciona en parte con la falta de capital social de una persona dentro de redes ricas en recursos. Cuando una persona carece de capital social dentro de esas redes, no solamente ve limitado su acceso a esos recursos, sino que a menudo, cuando logra acceder a ellos, se encuentra en una posición desventajosa en comparación con quienes gozan de capital social.

Según lo anterior, los pobres, que suelen carecer de capital social dentro de redes ricas en recursos, con frecuencia deben realizar sus intercambios en condiciones desventajosas. Además, muchas veces no disponen de información sobre oportunidades de progreso, porque no tienen contactos de aproximación con redes ricas en capital social.

En síntesis, la pobreza entendida y estudiada en su dimensión relacional lleva a concluir que los pobres son aquellos cuyos recursos materiales e inmateriales no les permiten cumplir con las demandas y hábitos sociales que como ciudadanos se les exige. De este modo, la pobreza es sobre todo pobreza de ciudadanía entendida como "aquella situación social en la que las personas no pueden obtener las condiciones de vida - material e inmaterial - que les posibilite desempeñar roles, participar plenamente en la vida económica, política y social y entender los códigos culturales para integrarse como miembros de una sociedad" (Bustelo 1999, 87). Es no pertenecer a una comunidad en calidad de miembros plenos, esto es, es un fenómeno de exclusión social.

Pero esa exclusión no puede definirse como plena dado que, como se evidencia en los planteamientos anteriores, la población pobre y no pobre sigue teniendo vínculos en los procesos económicas, sociales y políticas, solo que con una precariedad progresiva. Por eso se define la pobreza como un fenómeno de inserción precaria en la actividad económica, social y política, y ella no se reduce a la simple escasez de bienes materiales.

Ahora, como fenómeno social, esa inserción debe entenderse como un continuo que puede ser virtuoso (cuando se asciende hacia una inserción adecuada) o vicioso (cuando se profundizan las condiciones de precariedad). En la Gráfico 3 el estado 0 representa una situación hipotética inicial y la línea horizontal doble marca la frontera entre una condición de inserción precaria (IR) de la población y una situación de inserción adecuada (IA).

Las flechas ascendentes indican una dinámica de inserción virtuosa y las descendentes una dinámica viciosa. La sociedad siempre se encuentra en movimiento, de esta forma ella puede avanzar hacia un estado ideal como A, donde toda la población se inserta de manera adecuada a los procesos económicos y sociopolíticos, o hacia un estado degradado como P, en el que aumenta el número de personas con inserción precaria (población pobre).

Gráfico No 3: la dinámica de inserción social.

Esta perspectiva de comprensión de la pobreza tiene algunas ventajas. En primer lugar, a diferencia del enfoque estático dualista, la noción de inserción precaria incorpora una visión dinámica de dicho fenómeno social. En segundo lugar, y en clara relación con el primer punto, plantea la pobreza como un problema de elección colectiva, expresado en la política pública que puede favorecer un continuo virtuoso.

Es un problema de elección colectiva en tanto, si bien la pobreza es una situación que se expresa en forma individual, sus efectos van más allá de la persona que la sufre. La pobreza es causa de menor bienestar y crecimiento para la sociedad y representa un enorme costo social que tiende a perpetuarse (conforma un equilibrio estable). En la literatura sobre pobreza se ha ponderado más el costo individual o personal de dicha condición y se ha prestado menos atención a la pobreza como causa de ineficiencia social y de pérdida de oportunidades de crecimiento y desarrollo.

La dimensión de género: un nuevo factor de inserción precaria.

La pobreza vista a la luz de los determinantes de género conforma una nueva perspectiva que gana importancia en los noventas. Los estudios que se enmarcan en esta preocupación examinan las diferencias de género en los resultados y procesos generadores de pobreza, enfocándose en particular en las experiencias de las mujeres y preguntándose si ellas forman un contingente desproporcionado y creciente de los pobres.

En la intención de responder a esa pregunta, si las mujeres están sobre representadas entre los pobres, lo que constituiría uno de los principales fundamentos del concepto de feminización de la pobreza, existe una contradictoria información empírica. Sin embargo, una constatación inicial muestra que en países como Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá, República Dominicana y Venezuela, la incidencia de la pobreza en los hogares bajo jefatura femenina es mayor que en la de aquellos encabezados por hombres (Montaño, 2003).

Otra evidencia disponible sugiere que la proporción de pobres entre los grupos familiares con una jefatura femenina es elevada, particularmente cuando esta mujer tiene hijos pequeños. En América Latina las familias a cargo de mujeres solas son más numerosas en la categoría de menores ingresos (indigentes) en 9 de 13 países de la región. El Centro Internacional para la Investigación sobre la Mujer revisó 61 estudios realizados en países en desarrollo durante la última década y en 53 de ellos halló un mayor grado de pobreza en familias encabezadas por mujeres (Buvinic, 1998).

Sarah Gammage (1998) considera que los estudios de caso en América Latina no presentan evidencias convincentes que permitan concluir que el género de la cabeza de familia influya en la probabilidad de que una familia sea pobre, y afirma que esa debilidad empírica puede obedecer a que el indicador utilizado tradicionalmente, jefatura femenina, no es la medida correcta para identificar los factores de género que puedan predisponer a los hogares a la pobreza. Por ello propone extender la definición de cabeza de familia a una de “mantenimiento femenino”, entendido éste como aquella circunstancia en la que más del 50% de los ingresos familiares sean generados por la mujer.

En el planteamiento de Gammage la “Jefatura de jure” o cabeza de familia es un atributo que responde a expectativas culturales sobre quién se considera la autoridad en la toma de decisiones, o sobre quién es el dueño de los activos; y está mediado por normas y dictámenes sociales que moldean el rol del hombre y la mujer como actores económicos, proveedores y responsables del cuidado y la crianza de los hijos.

La “jefatura de facto” o mantenimiento femenino, por el contrario, utiliza el género del principal perceptor de ingresos para determinar si un hogar está encabezado por una mujer o por un hombre. Gammage considera que ello permite un análisis ligeramente más rico de género y pobreza que el que posibilita la definición de jefatura de jure, que es como llama a la categoría cabeza de familia o jefatura de hogar.

En la perspectiva tradicional, jefatura es un concepto que intenta localizar la coincidencia de la generación de ingresos y la autoridad para la toma de decisiones en un solo individuo. No obstante, las familias son un agregado de individuos que pueden actuar de forma cooperativa o de forma competitiva en un gran número de decisiones. El debate sobre jefatura y pobreza no tiene por objeto descomponer correctamente las estructuras en la toma de decisiones y los resultados de la negociación, sino más bien dividir las familias con base en ciertas características que las predisponen a la pobreza.

En vez de identificar a una sola cabeza de familia de uno u otro género, el propósito esencial es el de validar que dicha característica puede estar correlacionada con un ingreso familiar total más bajo, una cartera más pequeña de activos y una dependencia económica y demográfica más alta. La definición económica de jefatura puede extenderse, entonces, a una de mantenimiento usando una definición de portafolio de ingreso para categorizar las familias mantenidas por la mujer y las familias mantenidas por el hombre.

Ahora, una de las principales hipótesis que sirven para explicar la existencia de un mayor grado de pobreza entre las familias con mantenimiento femenino se encuentra en el hecho de que las mujeres que las proveen perciben un ingreso menor en comparación con los hombres (Montaño, 2003; Buvinic, 1998). La mayoría de estas mujeres trabajan en actividades mal remuneradas o en centros de producción fuera del mercado. La mayor parte de ellas consigue empleos mal remunerados debido a una persistente discriminación de género en términos de empleo y salario .

La ausencia de tiempo “libre” para invertir en un trabajo adicional que les genere ingresos; la falta de acceso a créditos comerciales, el menor acceso a activos y recursos productivos como la tierra, las divisas y el capital financiero, físico y humano, son elementos que caracterizan a las mujeres cabeza de familia en distintas sociedades (León y Deere 2000). Las investigaciones sobre la economía de las familias pobres muestran que un aumento en la carga familiar, sea por un descenso en el ingreso, o por la llegada de otro hijo, tiende a modificar la manera como las mujeres distribuyen su tiempo entre trabajo y ocio.

El hecho de que las mujeres respondan a las crecientes exigencias internas y externas sobre la familia sacrificando más de su tiempo libre es típico en las familias pobres. De esta forma las mujeres pobres pueden quedar atrapadas en el círculo vicioso de la privación: al no estar en capacidad de realizar tanto trabajo, delegan el cuidado de los niños a sus hijas mayores, quienes entonces deben abandonar sus estudios. Como consecuencia de ello, la privación pasa de una generación de mujeres a otra, lo que conduce a la feminización de la pobreza en términos de ingresos (Buvinic, 1998).

Estudios recientes también han dejado en claro que, si bien las familias mantenidas por una mujer pueden carecer de recursos, éstas generalmente distribuyen mejor los recursos que sus contrapartes masculinas. La clave parece encontrarse en el hecho de que aquellas familias en las cuales las mujeres controlan los recursos, aunque sean escasos, prefieren invertirlos en el bienestar de sus hijos . También gracias a estos estudios se conoce que el acceso a recursos instrumentales, como el crédito o la propiedad de la tierra (León y Deere 2000) pueden ser determinantes en superar la exclusión de las mujeres y brindarles oportunidades para salir de la pobreza.

Distribuir las oportunidades para un acceso equitativo al mundo del trabajo y las instituciones y dotar a mujeres y hombres de similares oportunidades para la competitividad son los dos pilares de la lucha contra la pobreza, lo que obliga a dejar de lado acciones paliativas, focalizadas y de corto plazo que suelen ejecutarse entre las mujeres. Se trata de combatir lo que se denomina inclusión desventajosa de las mujeres que forman parte de una comunidad con derechos reconocidos, pero recortados, donde persisten usos y costumbres que postergan sus derechos y que son el motivo por el que se mantiene vigente el uso retórico del concepto de feminización de la pobreza.

Comentarios finales

Como se señaló antes, la noción de pobreza como inserción social precaria incorpora una visión dinámica de este fenómeno social, donde se reconoce la posibilidad y la necesidad de impulsar una política pública que contribuya a favorecer un continuo virtuoso de participación plena de la población en la vida económica, social y política.

Resulta igualmente interesante enfocar la pobreza como un fenómeno social que no obedece, al menos de manera plena, a factores de responsabilidad personal, sino que está condicionado en gran medida por el contexto económico y sociopolítico prevaleciente en una sociedad.

La falta de claridad sobre el fenómeno de la pobreza ha propiciado en el pasado el predominio de una política social centrada en la lucha contra los efectos de la pobreza y no en sus causas. De esa forma se ha impuesto asistencialismo que ha servido para construir una relación social de dominación y una cultura política de dependencia de los “asistidos”, en vez de promover una cultura basada en la emancipación de las personas pobres.

Ahora, la pobreza no es solamente un problema de justicia que afecta a las personas, es también un problema de eficiencia que afecta a toda la sociedad. Si bien la pobreza es una situación que se expresa en forma individual, sus efectos van más allá de la persona que la sufre y su solución es condición necesaria (no suficiente) para el crecimiento económico y el logro del óptimo social.

El crecimiento económico es, a su vez, una condición necesaria (no suficiente) en un propósito de reducción de la pobreza. Además, debe ser claro que una salida definitiva a este fenómeno social trasciende las posibilidades del mercado. La amplia evidencia en contra de la operancia del supuesto efecto “derrame”, mediante el cual se intenta fundamentar que primero la economía debe crecer y a partir de ello esperar un proceso difusor automático de los beneficios de dicho crecimiento, hace poco plausible la hipótesis clásica que confía en una “mano invisible” que garantiza el paso de lo individual, del interés egoísta de las personas, a lo social, que implica el bienestar del conjunto de la sociedad, y hace innecesaria e inconveniente la intervención de las instituciones públicas.

BIBLIOGRAFÍA.

• ARCOS, Oscar; et. al. (2000). Inserción precaria, desigualdad y elección social. Ediciones CINEP. Bogotá.

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