EDAD MODERNA ESPAÑA
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

MANUAL PRÁCTICO DE LA HISTORIA DEL COMERCIO

Álvaro de la Helguera y García

 

 

 

 

 

 

5. ESPAÑA

Enclavada España en la parte meridional de Europa y muy cerca del continente de África, siendo dueña de una de las llaves del concurrido Mediterráneo y de numerosos puertos en dos mares diferentes y poseyendo buenas condiciones climatológicas y ricos veneros de riquezas, se encontró con elementos favorables para fomentar su marina y desarrollar su comercio; pero el carácter especial de los españoles, sintetizado por el arrojo caballeresco y la osadía aventurera, el fanatismo religioso y la ortodoxia católica, si bien ayudó a extender su dominio colonial con la conquista de un Nuevo Mundo, en cambio no supo sacar el debido provecho de sus descubrimientos geográficos, porque su sed implacable de glorias militares y expediciones que parecen novelescas, de independencia activa y avasallamiento opresor, degeneró en el ejercicio de las injusticias y severidades con los países vencidos y en el olvido de las industrias y artes de los pueblos laboriosos, perdiendo con estos procedimientos antieconómicos los brillantes esplendores de su admirable grandeza, los lucrativos goces del trabajo productor y los fecundos manantiales de la prosperidad pública.

Colón, Cortés, Pizarro, Pinzón, Valdivia, Velázquez, Magallanes y otros bravos marinos e ilustres campeones, ávidos de renombre o riqueza, dieron a la monarquía española con sus expediciones y conquistas tan numerosos y tan extensos territorios, que no hubo jamás en el mundo nación que la igualase y pudo decir que nunca se pone el sol en sus dominios, pues llegó a poseer en el Oriente las islas Filipinas, Carolinas y Marianas, y en el Occidente a Méjico, Guatemala, Colombia, Perú, Chile, Paraguay, Tierra Firme, Río de la Plata y Grandes Antillas; pero cuando en tiempos de Felipe II pasó el reino de Portugal a formar parte de la corona de España, la dominación colonial ibérica alcanzó el mayor grado de prosperidad, porque se amplió con las importantes posesiones lusitanas de la India y de la América, dando lugar esta considerable acumulación de territorio y la política económica imperante en aquella época, a un comercio tan colosal entre la metrópoli y las colonias, que excedió a toda ponderación y comprendió toda clase de productos ultramarinos y europeos, entre los que sobresalieron los cargamentos de metales preciosos, maderas finas, leños tintóreos, cortezas de quina, pieles curtidas, telas de lana, tejidos de lino, instrumentos agrícolas, objetos de lujo, frutas, aceites, vinos, aguardientes, comestibles, quincalla, bisutería, añil, cochinilla, cera y tabaco.

La administración colonial pasó por muchas vicisitudes y diferentes reformas. Durante los treinta primeros años de la dominación española se nombraron diversas autoridades militares, civiles y eclesiásticas, que dirigieron descuidada, incompleta y arbitrariamente los servicios de los territorios conquistados; pero como muchos de estos quedaron en completo abandono, algunos aventureros se posesionaron de ellos por su propia cuenta y recogieron la mayor cantidad posible de metales preciosos, de la que pagaban al rey la quinta parte, y el gobierno se mostraba satisfecho porque su aspiración consistía en retirar grandes valores de las colonias para atender a las necesidades crecientes de la metrópoli; y si llegaron a dictarse ordenanzas protectoras de los indios y se reconocieron sus derechos como hombres, fué para considerarles como contribuyentes. Este sistema no dio buen resultado, pues como se fundaba en un régimen contributivo tan exagerado que todos deseaban eludir, disminuyó la población y empobreció al país.

Carlos I procuró remediar estos males y organizar una administración regular, considerando a los países conquistados como provincias españolas, y al efecto promulgó en el año 1542 una colección de leyes comunes para toda la nación, por las cuales se crearon: un Consejo Supremo de Indias, en Madrid, para la alta dirección administrativa de las colonias; una Cámara de Comercio y Justicia, en Sevilla, para la resolución de los asuntos mercantiles trasatlánticos; varios Virreinatos en las colonias para el gobierno civil y militar de las mismas; algunas Audiencias ultramarinas, en los territorios americanos, para dar consejo al virrey y administrar justicia al pueblo; diversos tribunales eclesiásticos para decidir las cuestiones relativas al clero y a la religión, y se autorizó a las ciudades para elegir sus cabildos o municipios; pero esta organización, si bien mejoró a la anterior, resultó defectuosa, porque como los funcionarios permanecían pocos años en sus cargos y los extranjeros no podían comerciar en las colonias, todos procuraron enriquecerse a costa de la nación, y para lograrlo en breve plazo emprendieron un sistema tan vasto de abusos y corrupciones, de desfalcos y concusiones, de contrabandos y defraudaciones, que los dominios ultramarinos de los españoles quedaron sometidos por largo tiempo a un pillaje universal.

Carlos III trató de evitar tales excesos en 1776, y para conseguirlo reorganizó políticamente las colonias, fundando al efecto los cuatro Virreinatos de México, Perú, Nueva Granada y Buenos Aires; y las ocho capitanías generales independientes de Chile, Caracas, Guatemala, Florida, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Nuevo Méjico; pero aun cuando esta nueva administración distó todavía de ser concienzuda y honrada, consiguió hacer desaparecer los principales fraudes y abusos; así es que en cierto límite llegó a ir moralizando los actos del régimen colonial, extendiendo los cultivos del suelo ultramarino y aumentando los rendimientos de la corona española.

El comercio y la navegación entre España y sus Indias se ejerció primeramente por las flotas y galeones reales, constituyendo una especie de regalía o preeminencia del rey, que Isabel I vinculó por su testamento en favor de los castellanos y leoneses, que su esposo Fernando V extendió después a los aragoneses, que Felipe V amplió luego a los catalanes, y que Carlos III generalizó más tarde a los demás españoles; habiéndose fundado también con la sanción de los reyes para mantener el monopolio temporal del tráfico ultramarino en su particular provecho, varias Compañías privilegiadas, como la de Caracas en 1728, la de Cuba en 1735; la de Honduras en 1756 y la de Filipinas en 1785, hasta que al fin decretó el gobierno de Madrid la libertad de comercio entre la metrópoli y las colonias occidentales, por la ordenanza de 1765 y la de las colonias entre sí por la de 1774.

El primitivo tráfico hispano colonial se hizo por buques aislados, pero cuando este tráfico comenzó a organizarse, salían anualmente de la Península para América dos escuadras reales cargadas de mercancías, y escoltadas por 6o ó 70 buques de guerra, de las que una, llamada de la flota, se dirigía a Veracruz para abastecer el territorio de México, en tanto que la otra, denominada de los galeones, se enviaba a Puerto Rico para surtir los dominios de Chile y el Perú. Tan pronto como estas escuadras llegaban a sus destinos respectivos, pasaban los delegados comerciales a bordo del navío almirante y en presencia del gobernador colonial fijaban el precio oficial de las mercancías; después comenzaba el mercado, que duraba cuarenta días, haciéndose con más facilidad las transacciones voluntarias entre los comerciantes españoles y americanos que los repartimientos obligatorios de los corregidores a los indios; siendo los principales artículos europeos conducidos a las colonias: tejidos, muebles, comestibles, bebidas, bisutería, quincalla, instrumentos agrícolas y objetos de lujo; que se cambiaban por los productos del país para llevarlos a la metrópoli, como oro, plata, pieles, tabaco, azúcar, canela, vainilla, cacao, café, añil, campeche, quina, etc. Después de terminar las operaciones, se reunían las escuadras en la Habana para regresar a España.

Estas expediciones marítimas se verificaron con regularidad durante largo período, y aún fueron aumentando en importancia a medida que los pueblos indígenas se iban acostumbrando al uso de los artículos europeos o que los mineros americanos se iban entregando al fausto con sus enormes riquezas; mas a pesar de eso, en tiempo de Felipe III los viajes de las escuadras sólo tuvieron lugar cada tres años, y en el reinado de Felipe IV los galeones estuvieron otros tres años anclados en Veracruz esperando la llegada de los comerciantes, cuyos hechos, tan contradictorios entre sí, presentan un extraño fenómeno, que parecería imposible si no lo explicaran los actos de contrabando directo e indirecto más continuo, escandaloso y generalizado que se registra en la historia comercial del universo.

Este contrabando se practicó a la vez en la metrópoli y en las colonias de mil modos diferentes. En la exportación de la metrópoli, como el pacto hispano colonial reservaba a España el derecho exclusivo de abastecer sus dominios ultramarinos y la industria nacional era insuficiente para satisfacer los pedidos que de los mismos se hacían, los exportadores españoles cargaban como suyas mercancías que eran de industriales extranjeros, y prestando o vendiendo en su nombre eludían la ley o defraudaban al fisco; otras veces, los comerciantes ingleses, franceses, holandeses y de otros países, transbordaban sus géneros en alta mar a las escuadras españolas, que los conducían fuera de registro y al regresar entregaban el importe.

En la importación de la metrópoli, cuando llegaban al puerto peninsular de destino los navíos cargados con mercancías de la India, pasaba a bordo un delegado de la aduana para impedir el fraude, pero la mayor parte de las veces se dejaba sobornar y consentía el alijo de lo no manifestado; también sucedía que el capitán presentaba al cónsul la documentación del buque, y los interesados en el cargamento convenían con él la cifra que debía presentarse en la aduana; siendo de advertir que casi todos estos hechos ilícitos se realizaban en la metrópoli con la complicidad de las autoridades encargadas de evitarlos, y muchos de ellos con la tolerancia del mismo gobierno que los había prohibido.

En la exportación de las colonias, como los productos de las mismas debían ser vendidos a la metrópoli y allí los tenían que adquirir las demás naciones a precios muy elevados, algunas establecieron agentes en los países productores que las compraban de antemano para cargarlas clandestinamente en sus buques con la aquiescencia de las autoridades, o en costas poco frecuentadas, y en vez de dirigirse a Cádiz o Sevilla se encaminaban directamente a Londres o Amsterdam; otras veces, los buques españoles tomaban más carga que la expresada en sus documentos y en alta mar transbordaban el exceso a los navíos extranjeros, que hacían rumbo a sus respectivas naciones.

En la importación de las colonias, el contrabando era más considerable y empleaba medios más ingeniosos; unas veces, los portugueses encargados legalmente de abastecer de esclavos a las colonias españolas se aprovechaban de la contrata de asiento para introducir con los negros toda clase de mercancías; otras, salían de Portugal con destino al Brasil buques ingleses y holandeses cargados de mercancías de sus naciones, quienes al llegar a las costas americanas remontaban el río de la Plata, las descargaban en cualquier lugar seguro, y con ayuda de los jesuitas las transportaban por tierra hasta Chile y Perú; otras, entraban en los puertos barcos extranjeros con el pretexto de arribada forzosa por avería, y conseguían permiso del gobernador para reparar el buque y desembarcar los géneros, que se depositaban en un almacén de doble llave o puerta falsa, para sacarlos de noche; y otras, se presentaban las naves pequeñas en los fondeaderos extraviados, donde por medio de una señal convenida acudían los habitantes en embarcaciones menores para recoger la carga a cambio de dinero; pero el contrabando más enorme y el que mayor perjuicio causó al comercio fue el que continua y directamente hacían en los dominios españoles barcos muy ligeros y veleros que, burlando la vigilancia y persecución de los guardacostas, llevaban en sus bodegas importantes expediciones de mercancías, cargadas en los grandes depósitos que con tan censurable fin establecieron los ingleses en Jamaica y Barbada, los franceses en la Martinica y Guadalupe, los holandeses en San Eustaquio y Curasao, y los daneses en Santo Tomás y San Juan.

El comercio y la navegación entre España y Filipinas no se hizo directamente, o sea entre la metrópoli y su única colonia asiática, sino indirectamente, o sea entre la América española y la isla de Luzón; al efecto, todos los años verificaban el viaje del puerto mejicano de Acapulco al puerto de Manila, y viceversa, uno o dos galeones reales, llamados del Mar del Sur, que principalmente cargaban en el Occidente para el Oriente oro, plata, vino, comestibles, herramientas y artículos europeos; y en el Oriente para el Occidente especerfas, porcelanas, sederías, tejidos de algodón, maderas finas y objetos chinos, siendo de advertir que el importe del cargamento tomado en Acapulco no debía exceder de 2.700,000 pesetas ni el del tomado en Manila de 500,000 piastras, por más que la venalidad de las autoridades eludió siempre el cumplimiento de esta restricción, consintiendo que se embarcase el triple o el cuádruple del valor autorizado. Las expediciones se realizaban en cada país bajo un régimen diferente; en el puerto americano, las de salida se sometían a las formalidades generales de la exportación, y las de entrada al adeudo del derecho de la tercera parte del precio de compra; en el puerto filipino, las de entrada gozaban franquicia arancelaria, y las de salida se inspeccionaban por el gobierno, quien distribuía doce mil permisos o boletos, que costaban a 120 piastras y daban opción a embarcar en el galeón cierta cantidad de géneros.

Durante la Edad Moderna, España fue, con respecto al mundo entero, la nación más grande en extensión territorial y la más rica en metales preciosos; pero falta de gobiernos prácticos e inteligentes, desarrolló una política tan torpe y una administración tan mala, que en vez de hacer valer aquellos importantes elementos para conquistar el primer rango en el concierto universal de los pueblos, los descuidó bastante para perder sus numerosos dominios coloniales y convertirse en potencia de segundo orden.

Prolijas y complejas fueron las causas ocasionales de la decadencia de la nación española; pero la más importante fue el fanatismo religioso, porque en su afán de hacer del mundo una monarquía católica sirvió de fundamento al destierro de los judíos, que sostenían el comercio; a la expulsión de los moros, que cultivaban el suelo; a la guerra de Flandes, que empobreció al país; a la fundación de conventos, que amortizó la propiedad, y al rigor de la Inquisición, que hizo emigrar al pueblo.

También contribuyeron a fomentar su debilidad los reglamentos gremiales de los oficios, que disminuyeron la producción de los artículos fabricados; las guerras marítimas con los ingleses, que destruyeron las fuerzas navales; las luchas sangrientas con los franceses, que consumieron las rentas públicas; las piraterías de los filibusteros, que saquearon los cargamentos coloniales; las emigraciones a América, que despoblaron la metrópoli; las inmigraciones de extranjeros, que acapararon todos los trabajos; los privilegios de la Mesta, que impidieron la defensa de los campos; las preocupaciones sociales, que menospreciaron las artes mecánicas; las incautaciones de bienes, que desconfiaron a los propietarios; las inseguridades del mar, que arruinaron las pesquerías; las prohibiciones de importación, que redujeron la entrada de mercancías necesarias; las restricciones de exportación, que proscribieron la salida de productos sobrantes; los diezmos del mar, que entorpecieron el comercio de cabotaje; las barreras interiores, que mortificaron el tráfico de provincias; las legislaciones de ferias, que coartaron las transacciones mercantiles; las leyes suntuarias, que redujeron el consumo de géneros; los excesos de contrabando, que mermaron los ingresos nacionales; las inmoralidades administrativas, que desprestigiaron las instituciones públicas; los impuestos excesivos, que esquilmaron a los pecheros; los aumentos de las deudas, que pesaron sobre los contribuyentes; los empréstitos forzosos, que derrumbaron el crédito del país; los desórdenes financieros, que constituyeron una plaga, y tantos otros lamentables errores que consumaron en su conjunto el aniquilamiento de España en medio de su opulencia.

Los desastres económicos sufridos por España durante el reinado de los soberanos de la casa de Austria se repararon hasta cierto punto en la época de los reyes de la dinastía de Borbón, pues merced a la gestión inteligente de algunos de sus ministros y al progreso general realizado en las ciencias, se inauguró una era de provechosas reformas y útiles iniciativas con las que se protegió la agricultura roturando terrenos, repoblando bosques, extendiendo cultivos, abriendo acequias, formando praderas y cruzando ganados; se desarrolló la industria, favoreciendo las manufacturas textiles las fundiciones metalúrgicas, los talleres tipográficos, las fábricas de cerámica, los curtidos de pieles y las salazones de pescados; se aumentó el comercio, suprimiendo las tasas de los granos, los monopolios de los aguardientes, las aduanas de las provincias, las exageraciones de los aranceles, las trabas de los mercados y las prohibiciones de los tráficos coloniales; se fomentó la navegación, fundando arsenales, creando escuelas náuticas, reformando las construcciones navales, persiguiendo a los piratas extranjeros, estableciendo líneas de barcos y substituyendo los pesados galeones por buques veleros.

Se impulsó el trabajo, construyendo caminos, carreteras, abriendo canales navegables, rectificando el cauce de los ríos, limpiando los puertos cenagosos, levantando edificios públicos y ennobleciendo las artes mecánicas; se reorganizó la Hacienda, aboliendo algunos impuestos de consumo, estancando la venta del tabaco, mejorando las tarifas de aduanas, evitando los gastos inútiles y extirpando los privilegios tributarios; se moralizó la Administración, persiguiendo los actos de contrabando, reprimiendo los abusos de los arrendatarios, vigilando el cobro de los impuestos, investigando las ocultaciones de las riquezas, perfeccionando los servicios oficiales y castigando las infracciones de las leyes; se difundió la civilización, creando Reales Academias, Universidades literarias, Escuelas especiales, Museos nacionales, Bibliotecas públicas y Sociedades económicas; y se promovió la riqueza, fundando Montes de piedad, Positos de granos, Bancos agrícolas, Instituciones de crédito, Compañías de comercio y Sociedades de navegación; pero necesario se hace reconocer que las luchas con Inglaterra y las alianzas con Francia, así como las debilidades políticas y las convenciones internacionales, constituyeron grandes obstáculos que impidieron el desarrollo completo de las mejoras perseguidas y formaron obscuros lunares que empañaron el brillo natural de los nuevos organismos, los cuales, si bien fueron bastante eficaces para atajar muchos males, en cambio llegaron demasiado tardíos para repararlos todos; y no pudiendo ya España sacudir su enervamiento ni desechar su postración, entró en el período contemporáneo sin haber alcanzado su antiguo esplendor como nación de gran riqueza, ni recobrado su elevado rango como potencia de primer orden, porque sus ejércitos aguerridos estaban mermados en gran manera y sus dominios europeos quedaban perdidos para siempre.

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