EL ECUADOR DEL MAÑANA.Desde una visión critica al neoliberalismo

EL CAPITAL SOCIAL[1] Y LA FORMACION DE REDES SOCIALES EN EL ECUADOR

Partamos recordando que el capital social no nace en forma natural, sino que, por el contrario, debe ser creado. De otro lado, el binomio capital social y pobreza encuentra problemas para funcionar. Asimismo, una vez creado ese capital debe ser utilizado para no agotarlo.

La descripción de la realidad económica, política, social y cultural del Ecuador nos dejó en claro que ese país atraviesa por enormes dificultades económicas, lo cual se traduce en un pobre capital económico y, por otro lado, la pobreza, desigualdad e inestabilidad política crecientes, así como un deterioro de la actividad cultural, denuncian paupérrimos niveles de acumulación de capital social, político y cultural y no digamos sobre su distribución en el espacio social ecuatoriano.

 

Ahora bien, frente a este panorama poco alentador surge la necesidad de buscar mecanismos que nos permitan, entre otras cosas, crear el capital social necesario que apuntale el proceso de crecimiento y desarrollo del Ecuador.

 

Sin embargo, antes de sugerir algunas medidas, es fundamental empezar cuestionando la tesis neoliberal referida a que la desigualdad juega un papel positivo en la economía. En este sentido, recordemos la posición del austriaco Von Mises para quien “los nuevos ricos son los precursores del progreso” (Ahumada, 1996: 117). Al respecto, Consuelo Ahumada observa que “la desigualdad en la riqueza y el ingreso es defendida entonces como uno de los rasgos esenciales de la economía de mercado: su función es suministrar incentivos al individuo para que obtenga lo mejor de sus habilidades y oportunidades, cualesquiera que sean. Si la desigualdad puede ser justificada en términos económicos, para estos pensadores el problema de la justicia social está por fuera de toda consideración” (Ahumada, 1996: 117-118).

 

Frente a esta posición del neoliberalismo, la realidad social nos plantea una cuestión diametralmente opuesta. La desigualdad nunca podrá ser asimilada como positiva en el ámbito económico y social; pues, los ricos que son en número cada vez menos, van apropiándose del mayor porcentaje de la renta y, los pobres e indigentes, que es el sector abrumadoramente mayoritario en la sociedad, participan menos de la riqueza nacional. Will Hutton nos aclara esta situación: “Los resultados de la elevada y creciente desigualdad son desastrosos... la desigualdad penetra en el tejido social, destruye las relaciones de confianza y mina nuestra capacidad de simpatizar con los demás. Aunque nadie cree en la igualdad absoluta renunciar totalmente a la idea de igualdad es renunciar a un objetivo moral, económico y social esencial. La desigualdad deshace la solidaridad social y amenaza el ejercicio de la libertad individual, tan valorada por la derecha y, hasta cierto punto, por todos, mientras la sociedad se balcaniza y se vuelve peligrosa” ( Hutton, 2000:86). Lo que en definitiva a Hutton le preocupa es el aniquilamiento del capital social debido a la polarización entre ricos y pobres quienes se encuentran y observan diferentes y no comparten espacios comunes. Lo que la desigualdad consigue,  a diferencia de lo que piensa Von Mises, “es destruir esa capacidad de afinidad. Reduce hasta tal punto los espacios sociales y públicos comunes en los que se relacionan los seres humanos que se socava el lenguaje común y los códigos morales que entendíamos y con los que nos tratábamos. Puesto que no podemos comprender a los que son cada vez más pobres, perdemos la capacidad de simpatizar y confiar en ellos” (Hutton, 2000:88). Entonces,  si los patricios y plebeyos, los ricos y pobres, hablan y piensan diferente, resulta imposible, desde esa óptica, esperar que todos podamos, lo que Jesús Palacios alienta: ‘pronunciar juntos el mundo’.

 

Por otra parte, Robert Putnam corrobora la tesis de la incongruencia entre desigualdad y la conformación de una comunidad cívica. Precisamente, en el estudio que Putnam desarrolla sobre la fuerza de la sociedad civil en las regiones italianas concluye que “el índice de comunidad cívica está estrechamente relacionado con la distribución  de los ingresos, y afirmaba que las actitudes sociales más igualitarias son un factor esencial de la comunidad cívica” (Wilkinson, 2000:100).

 

Con esta precisión, ahora sí podemos plantearnos las preguntas: Y ¿cómo construimos capital social en el Ecuador?. ¿Cómo distribuirlo?. Para responder a esa interrogante debemos partir señalando que es necesario, como condición sine qua non, mejorar los niveles de distribución del ingreso y aliviar la desigualdad social existente en la comunidad ecuatoriana. Y para lograrlo se requiere que el Estado intervenga activamente en el cumplimiento de una de sus principales funciones sociales: implementar políticas redistributivas. En ese sentido, la presencia estatal en el ámbito de la economía y del control de los sectores estratégicos resulta ser indelegable, con lo cual se preserva el interés mayoritario; pues, “una de las tareas de la regulación y el arbitraje que debe ejercer el Estado es no permitir que la sociedad civil se reduzca a los intereses empresariales, e incluso que los intereses empresariales no se reduzcan a los de los inversionistas” (García Canclini, 1999:54).

 

Empero, ello no implica que el sector privado quede al margen de la propuesta. Por el contrario, el sector productivo privado debería tomar a su cargo, junto con el Estado, la creación de empleo y la posibilidad de estimular a través de los salarios, la demanda, así como el ahorro y la inversión y, consecuentemente, incidir favorablemente sobre la oferta, con lo cual se cierra el círculo virtuoso de la producción en la economía.

 

Con ello, lo que se pretende conseguir es que los sectores público y privado no sigan considerándose como antagónicos y de intereses irreconciliables. No. Es hora de entender que lo público y privado en el esquema que se propone no pueden actuar aislada y opuestamente sino que, por el contrario, deben ser dos actores que se complementan y que empujan vigorosamente, desde sus ámbitos de acción, el crecimiento y desarrollo nacional. En este punto es oportuno recordar a García Canclini para quien “el Estado es un lugar de articulación de los gobiernos con las iniciativas empresariales y con las de otros sectores de la sociedad civil” (García Canclini,1999:54).

 

En la creación del capital social ayuda también un factor que es esencial y que ya lo habíamos analizado, nos referimos a la educación ya que éste posibilita consolidar los nexos de solidaridad, cooperación y respeto por las normas cívicas; pues, según Piedad Restrepo, “el aprendizaje puede reducir la incertidumbre acerca del comportamiento de los otros e incluso, en las escuelas a los estudiantes se les enseña -básicamente en aquellas en que prima el humanismo- a comportarse cooperativamente... Asimismo es importante el capital social familiar como recurso vital para la educación de los hijos” (Restrepo, 1999:146-147,  lo que va en guiones es añadido). No podemos soslayar, que el capital social en Latinoamérica es pobre dado, entre otras cosas, por la “oferta educativa escasa y de baja calidad para más de la mitad de los pobladores de América Latina y el Caribe... Los pobres de América Latina han vivido este vacío de capital social, pero esta falla se ha agravado con las políticas neoliberales, por la retirada del Estado en favor de la iniciativa privada, por la disminución del gasto público; por el abandono del apoyo al patrimonio natural y cultural y  las organizaciones de la gente” (Carta de los Provinciales Latinoamericanos, 1996). Desconocer esa realidad simplemente implicaría negar la posibilidad de construir capital social en la comunidad ecuatoriana y latinoamericana a partir de la educación de su población.

 

Es fundamental, de otro lado, la participación de la gente en asociaciones sean estas formales o informales ya que ayudan a profundizar los lazos de confianza, respeto y cooperación entre las personas.

 

Además, debemos poner atención en lo que Piedad Restrepo denomina estructura institucional como determinante del capital social; pues, “ si en un país las instituciones son fuertes y efectivas, es decir hacen cumplir los acuerdos privados y las leyes, con seguridad los ciudadanos confiarán en ellas y por ende las políticas del gobierno tenderán a ser más creíbles y exitosas” (Restrepo, 1999:148). Para lograr esto es importante conseguir que en el Ecuador las funciones del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial., trabajen en forma autónoma e independiente unas de otras y que los organismos de control (Contraloría General del Estado, Fiscalía General de la Nación, Comisión Anticorrupción), vigilen celosamente el manejo adecuado y transparente de la cosa pública. Por lo que se aboga, en resumidas cuentas, es el combate a la corrupción en todas sus formas. Debe quedar  en claro en la opinión pública nacional que la ley es extensiva y aplicable a todos los ciudadanos sin distingo ni privilegios de ninguna clase.

 

Otro elemento a considerar en la creación del capital social, lo constituye el fortalecimiento de la sociedad civil. No es posible concebir que la cooperación, la solidaridad y el sentimiento de reciprocidad surjan en una sociedad, donde la participación ciudadana no sea activa. No es dable, por otro lado, hablar de capital social y delegar -exclusivamente- al Estado la generación de ese capital. La propuesta de crecimiento y desarrollo económico sostenido y suntentable implica una radical “transformación cultural que no puede ser lograda con la simple emisión de leyes y regulaciones. En ella hace falta construir estructuras sociales representativas que, mediante la experiencia vivida, modifique los conceptos que tiene la ciudadanía de si misma, de su gestión y del papel del gobierno, y así auspicie la activa participación ciudadana en los campos que hasta ahora se consideraban de exclusiva responsabilidad gubernamental” (Ferraté,2000:50). Lo que se propone, en definitiva, es concienciar a la sociedad sobre la necesidad de que todo cambio orientado ya sea a crear o fortalecer el capital social, sólo podrá hacerse efectivo si ese gran desafío y reto es asumido tanto por el Estado, el sector empresarial privado y la sociedad civil en su conjunto, de forma tal que sus acciones antes que evidenciar contraposiciones reflejen la existencia de consensos y complementariedad en sus tareas. Y es que resulta fundamental reconocer que “el capital social se fundamenta sobre todo en la participación de la sociedad civil y del Estado en la expansión de las oportunidades”  (Carta de los Provinciales Latinoamericanos, 1996).

 

Para tal propósito se requiere de un cambio de mentalidad y, en cuanto tienen que ver con la ciudadanía, ésta debe internalizar “su responsabilidad y papel protagónico en la producción y distribución de la riqueza, en la creación de empleos y, consecuentemente, en la generación de bienestar social y mejoramientos del medio ambiente y los niveles y la calidad de vida” (Ferraté,2000:50).

 

Esto resulta trascendente considerar debido a que los países latinoamericanos requieren con urgencia la existencia de una sociedad civil robusta, responsable y articulada, promotora de discursos alternativos; pues, sin la sociedad civil, como bien lo afirma John Keane, no hay ciudadanos con capacidad para reclamar una identidad, así como sus derechos y obligaciones dentro de un marco legal y político. Con sociedad civil saludable es posible romper aquello que el propio Keane denominada “sociedad incivil[2], es decir aquella sociedad que vive en la incivilidad, muy propia del capitalismo sin rostro humano que nos cobija.

 

Pero la pregunta es ¿cómo fortalecemos la sociedad civil?. Para responder a este interrogante, debemos anotar que se vienen discutiendo y proponiendo a nivel académico algunas interesantes alternativas, entre las cuales podemos recoger a las siguientes:

 

·      Alentar un efectivo proceso de descentralización administrativa y financiera en el país, con lo cual los consejos provinciales, los municipios y las juntas parroquiales pueden, en forma local, resolver la problemática a nivel provincial, cantonal y parroquial, respectivamente. La relación entre organismos seccionales y comunidad, en este sentido se vería fortalecida dado el  acercamiento que se promueve y de la atención que se pueda dar a sus requerimientos. De otra parte, no se puede desconocer que vía descentralización se logra una mayor participación ciudadana en la discusión y resolución de la problemática que los aqueja a nivel local o regional. Es importante resaltar que la descentralización debe ser entendida como un mecanismo de fortalecimiento de los gobiernos seccionales bajo la directriz principal del Estado y no como lo promueve el modelo neoliberal, esto es, como una instancia de debilitamiento del poder central.

 

·      Promover la formulación de proyectos tendentes a fortalecer la participación de los Organismos No Gubernamentales (ONGs) en los campos social y ambiental.

 

·      Orientar los esfuerzos para conseguir recursos que permitan financiar proyectos que fortalezca la sociedad civil. Entre ellos podemos destacar la llamada condonación o conversión de deuda externa por actividades de interés social o ambiental en los que la sociedad civil tenga preponderante participación. Además se podría apelar a fondos promovidos por organismos internacionales como el Banco Mundial (BM), BID, el PNUD, orientados a ubicar recursos financieros para  el funcionamiento y trabajo de organizaciones de la sociedad civil y, además, -insistimos- en la descentralización financiera del presupuesto público.

 

Sin embargo, esta nueva visión sobre lo que debe ser el nuevo rol del Estado y el fomento del capital cultural y social en el Ecuador y, extensivamente en Latinoamérica, para que tenga efectividad debe ser avalada -se insiste nuevamente- dentro de un amplio acuerdo regional. Se debe proponer la elaboración de un Consenso post-Washington en el que las naciones latinoamericanas reconozcan que, por una parte, el ajuste económico lo que ha producido en sus economías es un gran desajuste social y, por otra, develen la incoherencia con que trabaja el modelo neoliberal, esto es, poner al hombre al servicio del mercado, al hombre al servicio del desarrollo; cuando debe ser absolutamente lo contrario: el principio y fin de toda actividad económica, de todo modelo económico es el hombre, pero no cualquier hombre, lo que se requiere es un hombre-ciudadano no un hombre-individuo como alienta el modelo neoliberal. Lo que se necesita es un hombre que se preocupe por el bienestar común y no aquel interesado de lo que sucede y afecta solamente a su esfera privada.  El ‘Consenso post-Washington’, tomando prestada la reflexión que sobre socialdemocracia hace Will Hutton, no sólo consistiría “en ayudar a los más débiles a vivir con el capitalismo, sino también en reformar al capitalismo para que no arrase los valores morales y humanos imprescindibles para que tanto el capitalismo como la propia vida tengan sentido” (Hutton, 2000:98). Solamente el espíritu integrador latinoamericano podrá facilitar la adopción de ese tipo de resoluciones y, en definitiva, circular en contravía con el modelo neoliberal. Las posiciones contestatarias al sistema  que en forma aislada se promuevan en la región tienen pocas posibilidades de fraguar como una estrategia válida. El sistema capitalista tiene muy claro la estratagema de dividir para reinar.

 

Y es que Latinoamérica debe estar consciente que “no es suficiente hoy en día enarbolar filosofías de denuncia, hacen falta filosofías de anuncio; una filosofía matinal. En lugar de filosofías de protesta, a los latinoamericanos les hacen más falta filosofías de propuesta” (Guadarrama, 148). Y una de esas filosofías de propuesta es precisamente lo ya señalado y que inteligentemente Pablo Guadarrama la describe como aquello de volver a la humanización del hombre y que el modelo neoliberal lo ha relativizado; pues, “el humanismo constituye la antítesis de la alienación, pues presupone aquella reflexión, y la praxis se deriva de ella, dirigida a engrandecer la actividad humana, a hacerla cada vez más cualitativamente superior en tanto contribuya a que el hombre domine mejor sus condiciones de existencia y se haga más culto (Guadarrama, 148). Esta posición no cae en el utopismo. No. Este argumento se apoya en la posición de Eduardo Galeano para quien es “desde la esperanza y no desde la nostalgia, que hay que reivindicar el modo comunitario de producción y de vida, fundado en la solidaridad y no en la codicia, la relación de identidad entre el hombre y la naturaleza y las viejas costumbres de libertad” (Jaramillo, 1995:54).

 

Solamente si enarbolamos la bandera del humanismo estaremos en capacidad de construir un país y una región donde la gente sea respetada y considerada por su sola condición natural de ser persona y, por lo mismo, dueña de derechos que exigir y de deberes que cumplir en la sociedad. La lógica con que funciona esta propuesta es por demás sencilla y evidente (muchos inclusive podrán calificarla de perogrullo), pero quizá por tener esa especial característica es que no se la toma precisamente en cuenta a la hora de delinear estrategias de desarrollo.

 

[1] Pierre Bourdieu define al capital social como las suma de los recursos, reales o virtuales, acumulamos en un individuo o grupo en virtud de poseer una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuo. Pero a más de ello, el capital social se entiende como una organización social, un sistema de redes, normas y de confianza, que facilita la coordinación y cooperación para el beneficio mutuo.

[2] Para John Keane “[sociedad incivil] es una expresión torpe, que suena mal; en el peor de los casos, resulta un sinsentido lingüístico, y en el mejor, parece, al menos a la primera vista un anacronismo. Por los diccionarios de la lengua inglesa nos enteramos de que [incivilidad] es un término casi en desuso, de que el adjetivo [incivil] se aplica en el siglo XVI al comportamiento [contrario al bienestar civil], es decir, [bárbaro], [inculto], [indecoroso]], [impropio], [descortés] y [grosero]. En ese sentido lo empleaba la gente del campo cuando hablaba de [gobierno malo e incivil]” (Keane, 2000: 22).

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