EL ECUADOR DEL MAÑANA.Desde una visión critica al neoliberalismo

EL CAPITAL SOCIAL

Para introducir y definir el término capital social en la presente investigación es oportuno apoyarnos en la llamada parábola de Hume:

 

Tu maíz está maduro, el mío lo estará mañana. Sería beneficioso para ambos que yo trabajara contigo hoy, y que tu me ayudaras mañana. No te tengo cariño y se que tú tampoco lo tienes por mí. Podría entonces esforzarme, no para tu beneficio, sino para el mío propio con la expectativa de un retorno. Pero sé que seré decepcionado y que dependería en vano de tu gratitud. Entonces yo te dejo trabajar sólo y tú me tratas de la misma manera. Pasan las estaciones y ambos continuamos perdiendo nuestras cosechas por falta de confianza y seguridad mutua” David Hume.

 

En el diálogo de los granjeros de Hume “descubrimos” algo que de suyo sería una perogrullada, me refiero a la necesidad de acudir a la cooperación y confianza entre las gentes para aliviar u optimizar, en ese caso, el uso de dos factores de la producción: trabajo y capital. Pero entonces la pregunta surge ¿qué hace que las gentes no puedan apelar a ese recurso que les favorece mucho?. La respuesta que nos entregan los científicos sociales apunta a situarla en la carencia o falta de capital social.

 

Pero entonces, ¿qué entendemos por capital social?. Al respecto, los investigadores lo definen por analogía con la noción de capital físico o humano, como “la organización social, como sistema de redes, normas o la confianza, que facilita la coordinación y cooperación para el beneficio mutuo. El capital social mejora los beneficios de invertir en capital social o humano” (Putnam, página de internet).  Francis Fukuyama rescata la definición de Coleman quien concibe al capital social como el “componente del capital humano que permite a los miembros de una sociedad confiar en los demás y cooperar en la formación de nuevos grupos y asociaciones”  (Fukuyama, 1995: 82). De su parte, Pierre Bourdieu, define al capital social como “las suma de los recursos, reales o virtuales, acumulados en un individuo o grupo en virtud de poseer una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuo” (Richards y Roberts, página de internet).

 

Un elemento distintivo y a la vez extraordinario del capital social es lo que el economista Albert O. Hirschman califica como “recurso moral”, es decir, “un recurso cuya oferta se incrementa en vez de decrecer por el uso y que (a diferencia del capital físico) se agota si no se usa” (Putnam, página de internet). Este criterio es apoyado por el sociólogo James Coleman para quien “el capital social puede ser destruido si las relaciones sociales no se mantienen y es probable que se desgaste si existe una carencia de cierre y de estabilidad, o de una ideología impuesta de autosuficiencia individual” (Richards y Roberts, página de internet). Hasta aquí hemos construido, si se quiere, un marco conceptual que nos permite identificar y distinguir al capital social. Pero quizá en este momento cabe la pregunta –por demás lógica- ¿cómo medimos el capital social?.

 

Cuando hablamos de capital económico éste lo podemos medir, o mejor dicho cuantificar, reduciéndolo a unidades monetarias, entonces podemos hablar de dólares, pesos colombianos, sucres[1], bolívares, etc. Para el caso del capital social, Norbert Lechner nos da la pauta de que la medición[2] debe “combinar criterios individuales (pertenencia a organizaciones, confianza en los demás) con indicadores sociales (existencia de normas de reciprocidad y de compromiso con fines cívicos)” (Lechner, 2000:28).

 

En esta parte, nos asalta una nueva interrogante: Si son tantos los beneficios que produce el capital social entonces ¿por qué este capital es tan esquivo en el actual momento?. ¿Podríamos decir que esto confirma la tesis de Thomas Hobbes de considerar al hombre como el lobo del hombre y que, por tanto, se justifica la aplicación del llamado Leviatán, esto como resultado de la presencia del Estado de naturaleza de Hobbes, es decir, “un mundo donde no hay sociedad, y lo que es peor, existe un miedo continuo, y el peligro de muerte violenta; y la vida humana solitaria, pobre, sórdida, brutal y breve” ?(Vilas, 17) . Lejos de pensar que el hombre por naturaleza actúe en forma aislada, individual,  mezquina y autosuficiente, más bien deberíamos tener presente aquello que nos decía Ortega y Gasset “ el hombre y sus circunstancias”, es decir, el hombre es producto de su realidad, del ambiente en que se desarrolla y desenvuelve. Si tomamos como cierta esta última afirmación, entonces se nos hará mucho más fácil explicar la falta de capital social en nuestras sociedades, de la obsesión que empuja a la gente por captar el poder y hacer uso del mismo en la forma más conveniente a sus intereses, interpretando a su manera, por ejemplo el concepto de democracia y, finalmente, las clases dominantes adoptando una posición de “suma cero”, esto es, que toda acción que implique beneficio para la élite tiene su contrapartida en tanto políticas de afectación y detrimento de la economía y de representación de los sectores populares.  Evidentemente que con el esquema descrito, estamos ubicando al hombre y mujer modernos en el escenario construido por el modelo neoliberal.

 

Con estas referencias queda en evidencia que, por una parte, el capital social no se produce en forma natural y, por otra, que el hombre por su naturaleza tiene una inclinación natural a vivir en sociedad y, por lo mismo, predispuesto a construir el capital social. No debemos olvidar aquello que decía Aristóteles de que el hombre es ante todo un “animal político”[3].

 

Con estas aclaraciones y reservas bien vale adentrarnos en una especie de asociación de conceptos: capital social, democracia y desarrollo, con la finalidad no solamente de contar con mayores elementos y herramientas teóricas para el análisis, sino que también precisar de qué manera el capital social se constituye en un importante fortalecedor de las instituciones democráticas y, en otro sentido, en una nueva forma de reducir lo que Fukuyama y los economistas denominan “costos de transacción”.


 


[1] Menciono al “sucre” como unidad monetaria del Ecuador más como un homenaje póstumo que por su carácter de medio de pago. Como se conoce con la dolarización de la economía aprobada por el ex - Presidente Jamil Mahuad (2000) se sacó de circulación al sucre.

 

[2] Norbert Lechner presenta una importante información que contiene los llamados “latinobarómetros” de los años 1996, 1997 y 1998, donde se concluye entre otras cosas que, en general, “en los países latinoamericanos las personas tienden a desconfiar de los demás. El otro, especialmente cuando es un desconocido, suele ser considerado más como eventual agresor que como posible colaborador. En tales circunstancia resulta difícil establecer lazos de cooperación: A ello se agrega, por otro lado, la percepción de los entrevistados de que no existe reciprocidad. Tanto en sus relaciones de trabajo (o estudio) como, por sobre todo, en las relaciones con el Estado, las personas tienden a pensar que ellas no reciben a cambio lo mismo que entregan. Esta percepción tiene que ver con la opinión mayoritaria de la gente encuestada de que existe discriminación y desigualdad en las relaciones sociales”. (Lechner, 2000:29).

[3] Aunque claro vale anotar, conforme lo destaca Jorge Enrique Adoum, que dada la forma poco honorable como se hace política, el ingenio y el humor de la gente ha llevado a invertir tan famosa frase (hoy antes que ‘animal político’ se habla de ‘político animal’ dado, por ejemplo, el desprestigio en que han caído los partidos políticos y los parlamentos en general; pues, la política antes que ser puesta al servicio de la comunidad es utilizada como herramienta para usufructo personal o de grupos minoritarios, por ello se destaca, precisamente, la inexistencia de una verdadera democracia participativa.

 

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