LOS LENGUAJES DE LA ECONOMÍA

Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía.

PARTE TERCERA: LOS MARCOS CONCEPTUALES DE LA ECONOMÍA.

CAPÍTULO 5.- PROBLEMÁTICAS Y MARCOS CONCEPTUALES EN ECONOMÍA.

Introducción.

Para Claude Jessua (1991), el interés del estudio de la evolución de la ciencia económica radica en dos tipos de enseñanzas que pueden obtenerse. Una primera lección es una exigencia de modestia al comprobar, desde nuestros días, ciertos errores cometidos por grandes pensadores. Una segunda lección trata de un cierto sentimiento de relatividad histórica, los análisis responden a los problemas y acontecimientos económicos de la época en que vieron la luz, sin que ello reste riqueza a un lector actual.

También una tercera lección debe sacarse: la pluralidad de sistemas analíticos existentes. Los esfuerzos de los economistas -del pasado y actuales- han producido gran variedad de sistemas analíticos. Las diferencias entre éstos se deben en parte a la diversidad de situaciones institucionales a las que sus formuladores se referían. Y, en parte, también a la diversidad de fines para los que construyeron cada uno de los principales sistemas. “Una de las fuentes fundamentales de diferencia entre las principales familias de ideas en Economía se encuentra en los diferentes temas en torno a los cuales se organizaron originalmente y que a su vez moldearon las categorías usadas dentro de la estructura analítica.” (Barber, 1967).

William J. Barber utiliza dos analogías para convencernos en este punto. Las construcciones teóricas ofrecidas por los economistas se caracterizan a menudo como «cajas de herramientas». Pero las herramientas contenidas en estas cajas conceptuales no están diseñadas según idénticas especificaciones. Por el contrario, su forma está influida por las dimensiones de la tarea que se espera que cumplan. Instrumentos que son útiles para tratar ciertos problemas, a menudo no están proporcionados al tamaño y naturaleza de otros.

También puede compararse el modo de operar de un economista teórico con un fotógrafo profesional. La función de ambos es producir imágenes de la realidad, pero ninguno puede describir la realidad en su total complejidad. Tampoco estarían desempeñando su oficio correctamente si lo hicieran. Su tarea es captar la cualidad esencial del tema propuesto y ofrecer así una visión que el observador casual podría de otro modo pasar por alto. En ambos casos, las imágenes transmitidas dependen tanto del observador como de su campo de observación. Lo que una cámara fotográfica recoge está determinado, por ejemplo, por la dirección en la que apunta el objetivo, por la distancia focal y por la apertura del diafragma, así como por el tipo de cámara y de objetivo. De manera similar, los sistemas analíticos en Economía afinan nuestras intuiciones sobre ciertos aspectos del mundo, pero enturbian otros que caen fuera de su foco central. Así pues, ningún sistema puede hacerlo todo. Su fuerza y su debilidad son las dos caras de la misma moneda.

Esta característica de las ideas económicas y de las construcciones teóricas en Economía justifican el realizar un repaso de la literatura. Si los economistas hubieran perseguido siempre idénticos objetivos, probablemente estaría justificado restringir la atención a sus más recientes hallazgos. Pero de hecho no ha sido así. En diferentes momentos los economistas han forjado sus instrumentos e ideas con finalidades completamente diferentes.

Cada bloque de ideas económicas fue organizada en torno a conjuntos diferentes de cuestiones. Las circunstancias que estimularon su formulación se han alterado considerablemente por obra de los acontecimientos subsiguientes. Sin embargo, muchas cuestiones centrales se han replanteado posteriormente, de modo que nos encontramos de nuevo ante los problemas teóricos y retos de política económica con que ellos se enfrentaron. Así, un recorrido por los marcos conceptuales de la economía nos proporciona un conocimiento de las posibilidades y limitaciones de las mismas, nos equipa para abordar mejor nuestra actual realidad.

Cada lenguaje, cada sistema de ideas proporciona una visión distinta, no siempre contradictoria entre sí, de la naturaleza del universo económico y de las maneras como los hombres pueden enfrentarse a él de la forma más adecuada y efectiva. Contar con tal conjunto de ideas o marco de referencia resulta imprescindible para acercarnos con garantías a los acontecimientos económicos, pues en caso contrario carecemos de criterios para hacer inteligible cuanto observamos, para aislar los acontecimientos importantes de aquellos que no lo son.

El desarrollo de cada una de las grandes construcciones teóricas ha ido generando una diversidad de categorías analíticas y de conceptos. Estas categorías presentan, dentro de cada bloque, una coherencia y una consistencia lógica que han dado lugar a conjuntos de teorías articuladas entre sí. Estas teorías cubren, con más o menos fortuna, la necesidad de ofrecer explicaciones de los acontecimientos y posibilitar las observaciones pertinentes de los mismos. En este sentido, puede entenderse la labor de los economistas como la de construcción de marcos conceptuales o lenguajes.

Retomando la existencia de una pluralidad de corrientes de pensamiento económico, en demasiadas ocasiones se las ha presentado como una historia de ganadores y perdedores, “la historia de nuestro pensamiento económico puede caracterizarse como una serie de «revoluciones»” (Jonhson, 1978), o de enemigos irreconciliables (Napoleoni, 1973). Ha sido y es ésta una interpretación negativa. “La lucha por la hegemonía en el recinto de la Ciencia, casi siempre seguida de resultados análogos en el campo de las decisiones económico-sociales, se ha planteado preferentemente de forma negativa, extremando las diferencias con otros grupos de economistas, sobre todo en los casos en que tales diferencias eran tan sólo de matiz o de énfasis. Las «escuelas» se han presentado como conquistadoras y depositarias de la verdad integral; como el logro magno de la lucha de la verdad contra el error; las sucesivas «escuelas» han contribuido a crear la sensación de que el pasado -en este caso el pasado concreto de la Ciencia Económica- no contiene más que una suma de errores, con la posible excepción de tales o cuales autores que reciben la honrosa distinción de precursores.” (Estapé, 1964).

Nada más lejos de nuestra comprensión actual de la Ciencia Económica. En parte porque podemos decir que “en la ciencia económica como en otras disciplinas el progreso científico se alcanza menos por negación que por generalización o englobamientos sucesivos.” (Jessua, 1991). La llamada por Keynes Economía clásica respecto a sus propias ideas (Keynes, 1936) y las de éste respecto a los neoclásicos (Rojo, 1984), son muestras de generalización en economía. Aunque, ciertamente no toda la evolución de las doctrinas económicas puede ser contada así. Pues no puede negarse que en ninguna parte exista un conflicto entre ideas de diferentes corrientes. Es más, en ocasiones, este conflicto se encuentra en el seno de una misma corriente; esto es: incoherencia o inconsistencia lógica (Robinson, 1978).

Pero, junto a esta visión, es también conveniente tener en cuenta dos aspectos. Uno que una corriente de ideas económicas es capaz de experimentar cambios significativos a lo largo del tiempo. Estos cambios pueden resultar de la incorporación de nuevos elementos no tenidos en cuenta con anterioridad. Un ejemplo, que no será tratado en esta revisión, sería la Economía del desarrollo y, más en particular, la Escuela de la Dependencia (Furtado, 1971; Seers, 1981). Pero, también estos cambios pueden proceder de cambios en supuestos básicos. Éste sería el caso de la actual situación de la Economía del crecimiento económico (Romer, 1986 y 1990).

Llegados a este extremo y antes de mencionar el segundo aspecto, conviene recordar que algunos desarrollos de la ciencia económica han tenido su origen en la extensión a otros campos de investigación distintos de los originarios. Estas extensiones unas veces han sido unidireccionales (por ejemplo los trabajos editados por Antoni Casahuga (1980) sobre la teoría económica de la democracia), otras bidireccionales (Hirschman, 1970 y 1981). Otro ejemplo sería la Economía ecológica (Passet, 1979; y, Georgescu-Roegen, 1971).

El segundo aspecto que queríamos mencionar se refiere al hecho de que muchos de los paradigmas económicos son el resultado de la confluencia de ideas procedentes de diferentes corrientes de pensamiento, económicas y no económicas. Ejemplos de ello serían la anteriormente mencionada Economía ecológica, la Economía postkeynesiana (Eichner, 1978), la Economía institucionalista (Piore, 1979; y Hodgson, 1988) o la Escuela francesa de la Regulación (Boyer, 1986). Esto evidencia, en parte, que los lenguajes económicos no son (siempre) inconmensurables.

Este aspecto, junto con lo que hasta el momento hemos visto, nos ha inclinado a realizar una revisión de ciertas ideas económicas que consideramos clave. No realizaremos, pues, una revisión a las diferentes corrientes de pensamiento económico que han existido o que existen en la actualidad, aunque en ocasiones nos acerquemos a este tipo de presentación. Este recorrido nos permitirá mostrar como se han ido construyendo los marcos conceptuales, los lenguajes de la economía.

Esta decisión tiene su origen en lo que hemos dicho en el último apartado de la parte referida a la metodología de la ciencia. Nos permite desarrollar cuanto nos proponemos con mayor comodidad. Sin embargo, este proceder no está exento de riesgos. Para superarlos parcialmente, dedicaremos un primer apartado a exponer algunos aspectos de cómo se explican los economistas. Esta exposición, incluso, nos libera en parte de la necesidad de exponer las posiciones metodológicas de cada una de las corrientes que trataremos en distintos momentos.

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