LOS LENGUAJES DE LA ECONOMÍA

Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía.

PARTE TERCERA: LOS MARCOS CONCEPTUALES DE LA ECONOMÍA.

CAPÍTULO 12.- ECONOMÍA INSTITUCIONAL, ESCUELA DE LA REGULACIÓN Y ECONOMÍA EVOLUCIONISTA.

La Economía institucional.
La nueva economía institucional

En un intento de buscar posibles conexiones entre la vieja y la nueva Economía institucional, Malcolm Rutherford (1995) descarta, en primer lugar, que sean la misma cosa. Para este autor, cada una aborda las cuestiones de las instituciones y el cambio institucional desde diferentes perspectivas y con conceptos diferentes. Sin embargo, llega a identificar algunos factores comunes y, sobre todo, una similitud en la problemática abordada. Pero, los problemas para establecer un puente surgen por la imposibilidad de reconciliar el tratamiento de los aspectos como la racionalidad y el papel de las normas en el comportamiento humano o el desarrollo de una teoría del cambio cultural. Estas diferencias en los postulados motivacionales conducen a desarrollar distintos ejercicios analíticos y también a inferencias para la actuación pública claramente divergentes. Podemos caracterizar a la nueva Economía institucional a partir de su conceptualización del individuo, de las instituciones y de los mercados.

El individuo es considerado como la base de las explicaciones de la Nueva Economía Institucional. Sus pautas de conducta son tomadas como dadas e invariantes, al igual que ocurre en las explicaciones neoclásicas. No se trata de la cuestión de si se admite que los deseos y preferencias de los individuos cambian con el tiempo y las circunstancias, o no. Lo que realmente es importante es que para los fines de la investigación económica, los individuos y su comportamiento son tomados como dados y no son susceptibles de formar parte de la agenda de investigación. A partir de esta consideración del individuo, los neoinstitucionalistas intentan explicar la emergencia, existencia y performance de las instituciones sociales. Su explicación se dirige al funcionamiento de todo tipo de instituciones sociales en cuanto a interacciones entre individuos, cuyas preferencias, deseos o normas de comportamiento están dados. Las instituciones pueden afectar al comportamiento de los individuos, pero sólo en la medida que las posibilidades de elecciones o las restricciones que ofrecen o imponen. Las instituciones no pueden moldear las preferencias de los individuos.

Las instituciones, por tanto, emergen sobre la base de comportamientos individuales. Son simplemente fuentes de restricciones externas, de convenciones o posibilidades. La acción de los individuos conduce a la formación de las instituciones, pero las instituciones no alteran las pautas de conducta, deseos o preferencias de los individuos ni inciden en la formación de éstas. Son simplemente semejantes a la restricción presupuestaria que tiene cualquier consumidor en sus actos de consumo. Las instituciones no conforman pautas de conducta o de comportamiento, pero sí que inciden en la actuación de los individuos o en los actos que finalmente llevan a cabo.

Normalmente se habla del mercado como una institución donde las preferencias y objetivos individuales se expresan. El mercado resulta de la agregación de muchos intercambios individuales, sin llegar en ningún momento a estructurar, por sí mismo, la actividad económica. En cambio, para el neoinstitucionalismo, esta noción descriptiva del mercado es deficiente y no suficiente. Al presentar las instituciones como las reglas del juego en una sociedad, esto es, las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana, resulta evidente que éstas estructuran incentivos en el intercambio humano, sea éste político, social o económico.

No obstante, algunos neoinstitucionalistas en sus análisis parten de la consideración de admitir, como algo a priori, la existencia de mercados, como algo natural (Williamson, 1975). En cambio, los viejos institucionalistas y sus continuadores, considerando igualmente que el mercado es siempre una específica institución social, esto es, un conjunto de normas que definen ciertas restricciones al comportamiento de los participantes, enfatizarán que el mercado como institución económica no es un dato natural (Hodgson, 1988).

Este aspecto de los continuadores del viejo institucionalismo, les lleva a reconocer más abiertamente o a enfatizar con más ímpetu la coexistencia de formas institucionales del mercado distintas, tanto a lo largo del tiempo como en un mismo momento del tiempo. En este sentido, cabe entender el énfasis de Galbraith (1973 y 1978) en la coexistencia de un mundo próximo a la competencia perfecta y otro dominado por el capitalismo monopolista. En el primero, en la consecución de las respuestas de qué, cuánto y cómo producir intervendrían los mecanismos tradicionales del mercado; mientras que, en el segundo, el poder y su ejercicio por parte de la tecnoestructura sería uno de los mecanismos más relevantes.

No obstante, existe una característica del viejo institucionalismo que lo diferencia del neoinstitucionalismo en lo que respecta a la conceptualización del mercado en tanto que institución. Esta característica se refiere a las interacciones sociales. Para Lester C. Thurow (1984), en la reconstrucción de una teoría del comportamiento económico resulta decisiva una visión más compleja de la interacción existente entre la sociedad y sus ciudadanos. Las sociedades no son sólo sumas estadísticas de individuos ocupados en el intercambio voluntario, sino algo mucho más sutil y complejo. Un grupo no puede entenderse si la unidad de análisis es el individuo tomado por sí mismo. Una sociedad es claramente algo mayor que la suma de sus partes. Esto implica que las preferencias humanas no se determinan en forma individual, sino en forma social, lo que involucra una interacción intensa entre la sociedad y el individuo. Si el comportamiento humano del mundo real depende, en buena medida, de las expectativas que tenga una persona acerca del futuro, en la medida que éstas están afectadas por los patrones de socialización, la historial cultural, las instituciones políticas y el deseo de poder, las pautas de conducta de los humanos, sus preferencias y deseos resultarán afectados por la interacción social. Por consiguiente, como diría John Rawls (1973), las reglas de juego de un mercado -o de cualquier otra institución- no son axiomáticas, sino que deben ser fijadas por cada sociedad.

 

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