LOS LENGUAJES DE LA ECONOMÍA

Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía.

PARTE TERCERA: LOS MARCOS CONCEPTUALES DE LA ECONOMÍA.

CAPÍTULO 11.- MONEDA, EXPECTATIVAS Y NO-MERCADO

La nueva economía clásica y la política económica

Dado que las conclusiones de las teorías de la hipótesis de las expectativas racionales no dependen de la introducción de las expectativas reales al análisis económico, sino del supuesto de que los mercados alcanzan rápidamente el equilibrio, a menudo se considera a la escuela de las expectativas racionales como un retorno a la «Economía clásica de los años veinte». Una Economía prekeynesiana, pero posterior a la Economía política. De ahí la denominación de «Nueva Economía Clásica».

Esta Nueva Economía Clásica ha proporcionado algunas ideas y conceptos adicionales de naturaleza tanto teórica como empírica a diferentes áreas de la Economía. Aunque se ha aplicado especialmente a la macroeconomía, a los mercados financieros y a modelos de comportamiento microeconómico, su influencia sobre los métodos y los problemas ha hecho que ésta se extienda a otros campos de investigación económica.

Si bien los ejemplos originales de Muth pertenecían al campo de la microeconomía, el mayor interés de las expectativas racionales se ha producido en el área de la macroeconomía. “Parte de este interés se originó debido a los evidentes fracasos de la macroeconomía convencional de los años setenta. La estanflación y la persistente inflación creó un clima receptivo para las nuevas ideas en este campo.” (Sheffrin, 1983).

Otros factores importantes para la expansión de la hipótesis de las expectativas racionales fueron las perturbadoras proposiciones que surgieron de la nueva macroeconomía -clásica-. Una de éstas afirmaba que el comportamiento predecible de las autoridades monetarias no tendría ningún efecto sobre el nivel de producción o de otras variables reales en un sistema macroeconómico representativo.

Esta proposición ha absorbido la atención de muchos economistas y ha desencadenado el surgimiento de nuevas ideas macroeconómicas de autores no pertenecientes a la hipótesis y, muy especialmente, de autores procedentes de la síntesis o de tradiciones keynesianas. Así, para los partidarios de las expectativas racionales no existe ninguna oportunidad sistemática para el mejoramiento de la actuación económica. Esta creencia no se basa en estudios empíricos, sino en la aseveración apriorística de que, si existieran oportunidades sistemáticas, quienes toman las decisiones privadas ya las habrían aprovechado y eliminado. Quienes toman las decisiones privadas saben tanto como quienes toman las decisiones públicas y, por definición, no existen oportunidades para que los nuevos miembros del mercado obtengan tasas de rendimiento por encima del promedio. Y si tales oportunidades no existen, nadie podrá mejorar la actuación económica existente.

Ciertamente, para la hipótesis de las expectativas racionales, la información no es completa ni perfecta. La carencia de una información correcta, como veremos, es una de las causas principales de las perturbaciones estocásticas, de los ciclos económicos. Por supuesto, sin información correcta, la economía pierde su carácter determinista. Pero, la información disponible para los responsables de las actuaciones públicas no es mejor que la información disponible para quien toma las decisiones privadas. Los agentes económicos tienen acceso a la misma información o a los mismos modelos, siempre relevantes, y aprenden a prever rápidamente lo que podrían hacer los que elaboran las políticas públicas. Si éstos usan ciertos tipos de modelos econométricos para pronosticar los eventos económicos y luego intervienen en la economía sobre la base de tales pronósticos, los actores económicos privados saben lo que van a hacer los responsables de las políticas públicas. Cuando los agentes económicos privados toman decisiones, lo hacen en el entendimiento de que los gobiernos intervendrán en la economía en ciertas circunstancias. En consecuencia, una decisión de actuación pública efectiva no tendrá ningún resultado nuevo sobre las decisiones de los agentes económicos privados. El efecto de la actuación ya ha sido incorporado en las decisiones iniciales sobre la base de los valores esperados.

La nueva información puede alterar las decisiones, y los cambios inesperados de la economía deberán generar una información nueva. Pero no hay razón para creer que las autoridades públicas podrán generar nueva información acerca de la economía existente que no esté en disposición de quienes toman decisiones privadas. En consecuencia, la nueva información es un evento aleatorio.

Pero alcanzado este extremo, debe advertirse un corolario, como recuerda Thurow (1983), poco conocido de las proposiciones de la hipótesis de las expectativas racionales: aunque quienes toman las decisiones privadas saben lo que harán los responsables de las políticas económicas, la ineficacia resultante de las políticas monetarias y fiscales no conduce a la conclusión de que tales políticas deberían ser abandonadas. Si fuesen abandonadas inesperadamente, el propio abandono tendría consecuencias sobre la economía, ya que constituiría un acontecimiento aleatorio inesperado. Por lo tanto, la decisión de no intervenir en una recesión con el estímulo monetario y fiscal podría hacer que la recesión empeorara, aunque la intervención misma no pudiera eliminar la recesión. En consecuencia, quienes elaboran las políticas económicas deben continuar tomando las decisiones que ya están tomando, como si no fuese cierta la hipótesis de las expectativas racionales.

Pero las contribuciones de la hipótesis de las expectativas racionales a la macroeconomía no se han limitado al problema de la oferta agregada. Las cuestiones planteadas en estas discusiones afectaron a los fundamentos básicos que justificaban la utilización de los modelos empíricos econométricos. Esencialmente, la aplicación coherente de la hipótesis de las expectativas racionales cuestiona un supuesto fundamental implícito en la utilización de todos los modelos económicos. “Para decirlo de forma sencilla, parece que las ecuaciones de los modelos económicos no permanecen invariables ante los cambios de la política; o, en otras palabras, los modelos económicos cambian a medida que se contemplan situaciones diferentes de la política económica.” (Sheffrin, 1983).

Pero las inferencias de ello pueden ser drásticas para la propia hipótesis y ello en varios sentidos. En principio, si se compara al agente económico con el buen economista profesional, el cual se considera que posee el modelo relevante que describe el funcionamiento económico; si un cambio en la política económica conlleva una modificación en algún sector de la economía, el modelo pierde eficacia y, por consiguiente, el agente no dispone durante algún momento de tiempo del verdadero modelo de la economía y sus expectativas pierden el calificativo de racionales. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, cuantos mayores cambios introduzcan las actuaciones públicas y todo lo mayor que sea el número de sectores que alcancen, mayor podrá ser la efectividad de las políticas públicas. En este contexto, no tendrán los mismos efectos las políticas que simplemente reduzcan la tarifa del impuesto sobre la renta, que aquellas otras que modifiquen la base o alteren en mayor medida el sistema tributario.

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