RIQUEZA, POBREZA Y DESARROLLO SOSTENIBLE
 

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David Barkin

III. La internacionalización del capital

La economía internacional se insinúa en cada aspecto de la vida. Su creciente influencia en las comunidades rurales aparentemente independientes y aisladas es poco entendida en los análisis del cambio rural y virtualmente inexistente en las discusiones sobre sostenibilidad. La expansión internacional, sin embargo, ha transformado la economía dual en un fenómeno global, creando sistemáticamente estructuras que polarizarán a la sociedad y acelerarán procesos que amenazan el bienestar social y el ambiente.¹

Durante siglos, la expansión del mercado mundial ha dejado su marca en las sociedades locales y sus ecosistemas. (e. g., Wolf 1982) Las ondas sin fin de "auge y depresión" caracterizaron este proceso en Latinoamérica y en todo el tercer mundo. Gran parte de los primeros productores y comerciantes que introdujeron nuevos cultivos y crearon nuevos mercados para los productos existentes, se volvieron inmensamente ricos. Tentados por las promesas de vastos mercados y enriquecimiento personal, las olas sucesivas de productores imitaron las historias iniciales de éxito: plantando algodón, granos, frutas tropicales, café, chile y una gran cantidad de otros productos, pero en una escala menor y con menos recursos que sus antecesores. Conforme el proceso continuó, más y más gente falló en sus intentos por producir y venderlos obteniendo ganancias.² A escala global, Raúl Prebisch identificó este problema en el periodo posbélico de la II Guerra Mundial, y expresó las preocupaciones de un grupo importante de latinoamericanos que observaron el declive secular de sus términos de intercambio de materias primas y cultivos alimenticios en relación con los productos industrializados.³ Su advertencia todavía nos obsesiona: los precios relativos de largo plazo de muchos bienes producidos en el tercer mundo, especialmente para aquéllos provenientes de los más pobres, están cayendo sistemáticamente.

En muchos países del tercer mundo, las presiones externas y las políticas domésticas evitan que los agricultores en las comunidades pobres siembren los cultivos que permitan a la gente satisfacer sus necesidades alimentarias básicas. Los efectos de este proceso han sido devastadores: la baja productividad y las condiciones de deterioro del ambiente dificultan a la competencia con los productores del exterior, quienes son mejor financiados, gozan de mayor soporte institucional para capacitar a la mano de obra, tienen rápido acceso a la innovación tecnológica y pueden depender de los sistemas integrados de comercialización para distribuir su mercancía. Como resultado, en todo el mundo en desarrollo los productos alimentarios básicos están siendo importados y las familias rurales empobrecidas. (Barkin, Batt y DeWalt 1991) La pérdida de la autosuficiencia alimentaria magnifica el impacto de la competencia internacional, forzando a un número significativo de gente a migrar en busca de un ingreso con el cual comprar comida. Para aquellos que continúan en el campo, la tarea de mantener los ecosistemas crecientemente frágiles a los que han sido relegados, se hace agobiante, complicada con el acceso restringido al crédito, la asistencia técnica y los insumos productivos.

En contraste, los negocios agroindustriales están ocupando las mejores tierras, cultivando productos de exportación y transformando vastas regiones en pastizales. Esta tendencia es frecuentemente celebrada por las instituciones multilaterales de financiamiento e investigación neo-liberales, un reflejo del éxito de años de ardua labor para persuadir u obligar a los gobiernos de todo el mundo a reestructurar la producción y tomar ventaja de los logros de la especialización dentro del comercio internacional.

Piedra angular de este nuevo orden mundial es la campaña para eliminar las barreras del comercio internacional. La ampliación de la estructura del GATT en la nueva Organización Mundial de Comercio (OMC) y la consolidación de bloques regionales de comercio (e.g. Unión Europea y Tratado de Libre Comercio Norteamericano, NAFTA o TLC) son expresión de los veloces cambios que están afectando a las economías nacionales. Los productores locales de todas partes están amenazados por la disciplina impuesta por el espectro de importaciones.

Las corporaciones trasnacionales están prosperando en este nuevo régimen. Su expansión hacia el sur es parte de una estrategia global para explotar la oferta abundante de materias primas, menores costos de producción y acceso garantizado para los mercados emergentes. Aunque crean nuevos trabajos, los logros raramente son suficientes para contrarrestar el desplazamiento masivo de la gente de las industrias tradicionales y de las labores rurales. En la mayor parte de Latinoamérica, el ajuste económico nacional ha reducido el empleo o movido a la gente a trabajos de tiempo parcial y de bajo ingreso con una caída generalizada de los niveles de vida y de los indicadores de bienestar social. El resultado es una rápida y profunda transformación de las sociedades del los países del sur en maquiladoras con sistemas especializados de producción.

Estas tendencias afectan de igual manera a todos los productores primarios. Las pesquerías nacionales y la pesca en alta mar están plagadas de problemas de sobreexplotación, mientras que los ecosistemas costeros son amenazados por la contaminación; las demandas comerciales conducen por su parte a los gobiernos a transferir los derechos de las comunidades pesqueras tradicionales al capital internacional. Los productores forestales enfrentan la competencia de la importación de madera; se ven forzados a intensificar la tala más allá de la capacidad de las laderas para soportar los nuevos niveles de extracción. (Place 1993)

Los productores industriales de pequeña y mediana escala, así como las comunidades indígenas, deben competir en sus mercados locales con productos similares provenientes de otras partes del mundo. Los productores se transforman en comerciantes, encontrando más fácil y beneficioso importar bienes de consumo básico del mercado global, en vez de luchar con los diversos obstáculos para llevar a cabo la moderna instalación industrial competitiva, en un rango que va desde la información y asistencia tecnológica inadecuada, hasta el crédito caro, limitado y las serias trabas burocráticas.

La crisis de la deuda de los ochenta creó otra oportunidad para que la comunidad financiera acelerara el ritmo de la internacionalización. Los programas de ajuste estructural (SAPs) no sólo desmantelaron la compleja estructura de la regulación gubernamental y la intervención directa del sector público en la economía, sino que también bajaron los salarios reales de los trabajadores y limitaron la autonomía de los campesinos y otros trabajadores independientes. Los SAPs fueron estructurados para "corregir" los excesos del pasado. Su contribución inicial al desarrollo nacional fue malbaratada conforme los gobiernos de todo el hemisferio abusaron de su poder, manteniendo industrias ineficientes pertenecientes a élites ricas y/o poderosas. Mediante la apertura de las economías locales, desarrollaron un aparato industrial altamente protegido durante el periodo de sustitución de importaciones para promover la producción de bienes de capital así como de consumo.

Las instituciones multilaterales de desarrollo (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, bancos de desarrollo regional), se unieron con la comunidad financiera privada internacional y algunas agencias nacionales de desarrollo para reforzar estos programas de "choque". Desde su punto de vista, los costosos programas de subsidio e intervención gubernamental directa, muchos en beneficio de grupos de menores ingresos, habían producido estructuras económicas enfermas, demasiadas costosas para las realidades de estos países. En todo el tercer mundo, la iniciativa privada se encontraba obstaculizada por una marisma regulatoria y por sistemas inadecuados que limitaron sus ganancias. Estos sistemas, distorsionados con frecuencia, beneficiaron a una élite pequeña, pero rara vez movieron a las economías de los países pobres hacia el crecimiento dinámico.

Las presiones para liberar el comercio internacional fueron reforzadas con un proceso de integración regional. Los mecanismos del mercado reemplazaron a los consejos burocráticos, guiando las decisiones de inversión de los grupos empresariales y permitiendo mayor libertad para el capital. La competencia entre los grupos financieros surgió conforme tomaron ventaja de las oportunidades ofrecidas por la economía internacional para crear nuevas industrias y modernizar las viejas, para traer tecnología reciente en un intento por superar los antiguos problemas y para agilizar la tarea de confrontar los retos de la competencia internacional. Las instituciones multilaterales de desarrollo comenzaron a financiar los cambios institucionales y productivos necesarios para impulsar a docenas de países de todo el mundo al mercado mundial. El nuevo ambiente de manejo económico nacional creó las condiciones para que los productores privados (con frecuencia corporaciones transnacionales) se beneficiaran enormemente, atendiendo las demandas del mercado internacional y de un grupo próspero de consumidores locales, quienes son los principales beneficiarios locales de la nueva estrategia. Mediante el fortalecimiento de los mercados locales de capital (especialmente las bolsas de valores), la internacionalización también abrió otra dimensión de vulnerabilidad, de modo que los movimientos especulativos de capital pueden ahora influenciar con más facilidad las decisiones productivas. Latinoamérica rápidamente sintió los efectos desestabilizadores de los movimientos de capital: los financieros internacionales impusieron fuertes límites a la posibilidad de los gobiernos nacionales para promover una estrategia de desarrollo sostenible popular, ocasionando costos particularmente elevados a los trabajadores y campesinos.

1. Para una discusión más completa sobre la internacionalización de capital y su impacto sobre la sociedad, ver, por ejemplo, Froebel, Heinrichs y Krey 1979; Barnett y Cavanagh 1994; y Barkin 1987.

2. El difícil proceso de ajuste en los mercados para los productos rurales es un ejemplo del famoso "teorema de Cobweb" en el análisis económico neoclásico. Debido a que hay un retraso en el proceso de oferta por el ciclo productivo, las diferencias importantes entre demanda y oferta a precios prevalecientes con frecuencia conduce a fluctuaciones inestables de la oferta y a cambios significativos en los precios de mercado que invariablemente afectan más seriamente a la mayoría de productores pequeños, menos capitalizados que sus competidores mejor capitalizados.

3. Claramente, el análisis que hacemos de los ciclos de corto plazo que enfrentan los productores individuales, es considerablemente diferente al fenómeno de largo plazo que enfrenta la sociedad en su conjunto, discutido por Prebisch (1950, 1959). Su discusión sobre los términos de intercambio enriquece el análisis de demanda y oferta con otro sobre las elasticidades precio e ingreso de largo plazo de estos productos en comparación con las de productos industrializados. El argumento sería todavía más convincente, si la comparación incluyera el comportamiento de los servicios en los mercados internacionales. (Véase también nota 2 del capítulo II)

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