Conferencia internacional por la paz
 

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ENSAYOS

EL NUEVO ESPÍRITU DE LA FRONTERA

Dominique de Villepin

Ministro de Asuntos Extranjeros de Francia.

Hoy, más que nunca, quizás, parece que, nuestro mundo se ha embarcado en una carrera loca, en permanente mutación, como si se estuviese buscando a sí mismo. Los puntos de referencia se mueven sin cesar, las certidumbres se derrumban. Tres grandes hitos lo han transformado radicalmente: primero, la ola de emancipación de los pueblos; luego, el soplo de democratización, que dio la palabra a los pueblos en los cuatro confines del planeta. Y, finalmente, la globalización que libera de sus claustros a los conocimientos, las energías y las ideas. Las fronteras han cambiado de naturaleza y, con ellas, los fundamentos tradicionales del orden internacional. ¿Cómo volver a darle al mundo una nueva estabilidad? ¿Cómo abordar los grandes desafíos del nuevo siglo XXI?

Desde siempre, la frontera ha sido fuente de tensiones y de litigios, lugar de cuerpos que chocan entre sí, de refugiados que se amontonan ante las puertas de mundos de ensueño, huyendo de un universo hostil. Recordemos las fronteras entre la zona libre y la zona ocupada durante la segunda guerra mundial, que al caer la noche, atravesaban hombres, mujeres, niños huyendo de la deportación y del horror. Recordemos la esperanza que representaba el cruzar el Atlántico, para aquellos que huían de las guerras europeas. Recordemos los reencuentros fraternales, entre el conquistador de ayer y la América Latina independiente y orgullosa de hoy, cuando desembarcaban en sus orillas los intelectuales republicanos que huían de la dictadura de Franco. Recordemos a Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Max Aub, recibidos por sus hermanos mexicanos; a Luis Buñuel que volvía a encontrar la inspiración en tierras mexicanas. Recordemos también a Pablo Neruda, prometiendo a Rafael Alberti, que algún día se inclinarían juntos ante la tumba de Federico García Lorca.

Unidos estos poetas, supieron recrear la hispanidad más allá de las fronteras que la historia había impuesto.

La espesura humana de las fronteras, nos remite a la de su historia.

En la Edad Media, las separaciones entre reinos e imperios eran difusas, espacios de transición indecisos e indivisos. Las marcas establecidas por Carlomagno, protegían el centro del imperio, de Dinamarca a Austria, del Friul a la Bretaña o a España. Por encima y a través de ellas, se creaban lazos de inclusión y de pertenencia, por ello, hacían brotar culturas marginales dando origen a narraciones míticas y aventuras extraordinarias. Hasta la revolución del espacio conducida por Descartes, la extensión no estaba concebida como algo homogéneo. Los tratados y la repartición de territorios no se elaboraban a partir de mapas, sino de listas: se repartían diócesis y ciudades, en un razonamiento más orientado a polos de influencia que a límites geográficos.

Y aún en nuestra época, detrás de las fronteras claras y precisas de los manuales de geografía, se ocultan a veces zonas grises, desconocidas e inquietantes donde se acumulan tráfico y contrabando. Estas fronteras constituyen refugios, a veces peligrosos, para el equilibrio de un mundo atormentado por amenazas globales. De la Niestre, en Moldavia, a la zona de las tres fronteras, aquí en América Latina, todos aquellos que se aprovechan del desorden y del crimen, encuentran en ellas una guarida fácil, un terreno predilecto en donde se cristalizan las dificultades que tienen los Estados para controlar su territorio y para luchar contra amenazas nuevas y antiguas.

En la esencia misma de la frontera, hay una constante dualidad, una complejidad resultante de las contradicciones de la historia. Inmateriales en el mapa del mundo, sin embargo, las fronteras delinean un cuerpo y una realidad, ya sea la de un estado, la de un imperio o de una cultura. E, incluso, lo simbolizan: con el término “hexágono” se designa a Francia, porque esquematiza su contorno y porque aferra su imagen a la idea de un cuerpo con varias facetas, orientadas sobre todo hacia diversos horizontes y no tan sólo a los cuatro puntos cardinales de la rosa de los vientos. Imagen de una aspiración a la diversidad y a lo universal, que nos acerca a América Latina y particularmente a México, país que se encuentra en el cruce de hemisferios y de océanos, vínculo de unión entre las dos américas.

La frontera encarna también, el espíritu del eterno desafío del hombre situado ante lo imposible, que es preciso vencer. Porque marca un límite y nada resulta menos natural para el hombre que estar limitado por el encierro; algo que es preciso rechazar o abolir, a imagen de César atravesando el Rubicon. Hay frontera del conocimiento, frontera de la civilización y de la naturaleza virginal, según la mitología americana, sueño de un espacio ilimitado que ilustró medio siglo después de que fuera decretado el fin de los territorios vírgenes en Estados Unidos. Hay la frontera, en el discurso de un Kennedy sobre la conquista tecnológica y espacial. Siempre es grande la tentación de querer atravesar el umbral, como Alicia de Lewis Carrol: “pretendamos que hay un camino para atravesar el espejo y pasar a la casa que está del otro lado”, dice ella, antes de penetrar en el otro mundo, el del juego y de la mentira, en oposición al de la seriedad y aburrimiento de los adultos. Abrir un libro, es ya, como bien lo ilustró Julio Cortázar en la Continuidad de los parques, pasar una frontera, y, a veces con el riesgo de nuestra propia vida, penetrar en un universo lejano que quizás ya no existe o que no existe todavía.

Entre cuerpo y espíritu, principio material y espiritual, mundo real y mundo imaginario, la verdad de la frontera, ¿no es acaso permanente metamorfosis? Recordemos la mitología, que transforma una piel de animal estrecha en el límite inmenso de un territorio, por la sola gracia de una repartición hábil. Transmutación que origina una ciudad, Roma, la cual iba a establecer su ley hasta los confines del horizonte, de la totalidad del universo conocido en aquel entonces.

El espíritu de la frontera evoluciona con el paso del tiempo, esbozando siempre la geometría de un principio político. En la Europa anterior a la segunda guerra mundial, las fronteras llevaban la huella de la voluntad de poder, resultaban de negociaciones y tratados o de guerras de conquista. Cuando las fronteras se desplazan hacia el Este y el Sur, bajo la presión de las guerras napoleónicas, nace un imperio.

Cuando las fronteras del imperio austro-húngaro, se dividen al día siguiente de la primera guerra mundial, un imperio muere. “Los amores son como los imperios, escribe Milan Kundera. Al acabarse la idea que los sostiene, se derrumban con ella”.

¿Qué significa “frontera” hoy día? ¿Acaso no estamos siendo testigos de un retorno a un mundo formado por ejes de poder y de influencia, más que por territorios geométricos? ¿Acaso no vemos emerger nuevas formas de organización y de estructura del orden mundial? A través del surgimiento de una Europa sin frontera interior, pero también la conformación de grandes conjuntos regionales que por sí solos pueden dar un sentido a la acción. ¿No vemos acaso, que se delinean nuevos ejes de poder e influencia, más determinantes que los de Estados Unidos? Y, América Latina, aspira también a este movimiento de reagrupación regional, ya presente en el sueño de Bolívar de la Gran Colombia, o en el pensamiento político de José Martí.

Las fronteras de nuestro nuevo mundo, se enciman y se atraviesan, llevando consigo la marca de todos los legados, de todas las épocas de la historia. Época de nacionalismos, que delineaban la envoltura de los estados y la geografía del peligro y de la obsesión. Época de ideologías, que saturaban el siglo veinte y cuya huella llevan ciertas regiones más que otras: de un extremo a otro de la línea de demarcación entre la Corea del Norte y la Corea del Sur, hay carteles unos frente a otros, estremecedoras tentativas de afirmar un mundo mejor. Pero también, hoy día, época de afirmaciones culturales enmedio de tantas tensiones: en la línea de control de Cachemira, entre India y Paquistán, una banderola suena al viento y proclama más allá del turbante naranja de un guardia sikh: “Está usted entrando en la democracia más grande del mundo”.

¿Qué nos enseña, esta sedimentación de la historia de las sociedades en el crisol de las fronteras? Al irse desarrollando, una civilización no necesita protegerse tras de una barrera, pues controla las zonas vecinas por su influencia y por su proyección. En todas partes, durante el periodo helénico, el arte griego establecía más allá de toda frontera su influencia, visible en las medallas acuñadas en la Bretaña céltica, como en las estatuas del norte de la India. Esta penetración pacífica de un espíritu o de una cultura, asegura la vida de las civilizaciones y su renovación. Sólo cuando está en declive y perdiendo creatividad, una sociedad se siente obligada a parapetarse detrás de un muro. El umbral que separa las civilizaciones en pleno desarrollo, deja entonces su lugar a una frontera militar que desearía ser infranqueable.

Sin embargo, la única protección verdadera, es la apertura al mundo. Tal como lo resumía el historiador Arnold Toynbee: “la formidable barrera es tan precaria, como seguro es el humilde umbral”.

El muro levantado en toda Europa por Adriano, como la gran Muralla de China consolidada por la Dinastía Ts’in, en el tercer siglo antes de Jesucristo, hace realidad la tentación de una civilización de levantar líneas rígidas de defensa contra los bárbaros del exterior.

Pero estas barricadas no alimentan una civilización, concentran la energía en el miedo al otro y no en las actividades creadoras, las únicas que pueden asegurar la proyección, influencia y renovación de las sociedades. Incluso, en un plano puramente táctico, las murallas defensivas constituyen un error. ¿De qué nos sirvió la línea Maginot, construida con grandes recursos económicos por un estado mayor avejentado y poco consciente de las mutaciones del mundo? En El Castillo de la Pureza, Arturo Ripstein, cineasta del sincretismo y de la diversidad, pone al desnudo el gran fantasma del aislamiento y el fracaso de toda protección por el encierro.

Las fronteras habían dotado de ritmo la vida de los imperios.

¿Acaso no estaban destinadas a desaparecer con ellos? ¿Acaso no están de hecho desapareciendo, bajo el golpe de los grandes movimientos de unificación que obran en nuestro mundo? Tres transformaciones profundas han marcado el paso a un nuevo tiempo de las fronteras y de la historia. El final de las “ideologías de bloque”, ha vuelto a cerrar el paréntesis de la Cortina de Hierro. Con la caída del Muro de Berlín, se cayeron también las fronteras artificiales erigidas entre los pueblos por los dogmas de sus dirigentes. Europa Central y Occidental, toda esta parte del globo oprimida por el imperialismo soviético, se encuentra finalmente a sí misma. Y, un gran viento de democratización ha soplado en los cuatro confines del mundo: en África, en Asia o en América Latina. Cada vez que una dictadura se derrumba, se desploman las murallas para los pueblos. Pensemos en la Unión Soviética, cuyas poblaciones no podían salir o incluso circular libremente entre las provincias. Recordemos, cómo la libertad de expresión e incluso de pensamiento, estaba prohibida.

Después, la aceleración de la globalización ha hecho porosas todas las fronteras. Ya ninguna es impermeable a la circulación instantánea de información, que pasa a través de cables submarinos o por satélites espaciales. Muy pocas erigen barreras a los flujos de capitales y de mercancías. En Europa, podemos comer carne argentina y frutas israelíes, conducimos autos alimentados con petróleo de Medio Oriente, escuchamos música con aparatos hechos en Asia y bebemos café de América Latina o de África. Las empresas solicitan préstamos financiados en los cuatro continentes y los capitales dan varias vueltas al globo en unas cuantas horas. Las mismas imágenes aparecen en las pantallas de televisión de Norte a Sur, de Este a Oeste.

Y, si bien son interpretadas de manera diferente, según las culturas y las sensibilidades, se imprimen en todas las retinas y llegan a todas las conciencias, sin pasar por el filtro de las fronteras de los gobiernos nacionales. México también, confronta todos los problemas de la globalización. 1994, fue una clara revelación de ello, la firma del Tratado de Libre Comercio con el poderoso vecino del Norte, que terminó con una crisis económica sin precedente. Ese año, que fue también el de la insurrección en Chiapas, puso al desnudo esta otra frontera, entre los circuitos integrados de la economía mundial y un sur abandonado a sí mismo.

Las migraciones, tercera evolución que cuestiona las fronteras antiguas, han adquirido una amplitud sin precedente en la historia.

Desde el inicio de este nuevo siglo, ciento cincuenta millones de personas emigran cada año en el mundo y esta cifra sigue aumentando.

Entre ellas, veintidós millones de refugiados buscan asilo, un territorio en donde reconstruir una nueva vida. El mapa de las migraciones mundiales se hace cada vez más complejo, con nuevas zonas de salida como Asia o India y los hogares de destino más diversos: el planeta migratorio ya es multipolar. Con la internacionalización de la ciencia y de la técnica, con la aparición de un mercado mundial de competencias, las poblaciones migratorias tienen cada vez más instrucción, cada vez más heteróclitas y cada vez más volátiles.

El espacio de flujos ha reemplazado al de los lugares. Lo cercano y lo lejano, el centro y la periferia, han cedido su lugar a las redes y a las conexiones. Las cartas de recomendación han sido substituidas por los gafetes electrónicos, los puestos fronterizos por las grandes terminales de aeropuertos. El espíritu del mundo se transforma: el sistema cartesiano del espacio homogéneo ha sido recubierto poco a poco por el del Ying y del Yang, en donde una parte de uno activa el corazón mismo del otro. Visto desde lejos, el mundo se separa progresivamente de la lógica de Aristóteles, para coincidir más con el ritmo de las transformaciones descrito por Tschouang-Tseu en El Sueño de la mariposa.

Entonces, a la hora de la globalización, ¿acaso las fronteras sólo son cicatrices de la historia? Nada menos seguro. Si bien, las fronteras se esfuman en Europa, están renaciendo en otras partes al mismo tiempo: una cerca electrónica de 350 kilómetros se está construyendo hoy día para separar Cisjordania de Israel y de Jerusalén. Mientras que, las grandes redes se constituyen, las nacionalidades despiertan dando lugar ayer a la explosión de los Balcanes o los conflictos en la región de los Grandes Lagos de hoy. Y, si bien, las fronteras parecen más porosas que ayer, son, sin embargo, infinitamente más numerosas que a principios del siglo XIX, cuando sólo algunos imperios se repartían las tierras habitadas.

En África, en Medio Oriente, en Asia, las fronteras constituyen desafíos geopolíticos mayores. En Europa Central, el tema de los límites nacionales, sigue siendo fundamental para países que a veces fueron borrados del mapa durante varios siglos (por ejemplo, Polonia) o, cuya identidad fue durante mucho tiempo reprimida (Croacia, Eslovenia o Eslovaquia.) Las fronteras se transforman, pero no desaparecen.

Se flexibilizan y se vuelven selectivas, introduciendo nuevas formas de desigualdad. Pues, si bien, los más desahogados pueden hoy día tener un sentimiento de libertad total (cruzando el mundo en unas cuantas horas, de Bangkok a Santiago, de Moscú a Toronto o a París, llenando simplemente una serie de formularios.), los más desamparados sólo tienen ante sí ventanillas más infranqueables que las antiguas murallas.

La frontera entre México y Estados Unidos, es una de las más largas, conflictivas e impresionantes del mundo. A lo largo de tres mil kilómetros, de San Diego-Tijuana a Brownsville-Matamoros, es atravesada cada día por cinco mil trabajadores mexicanos, en situación regular o en la clandestinidad. Esta frontera, separa y une Estados Unidos con el conjunto de América Latina y, es ella, a la que tratan de llegar los huérfanos que vagan en las calles de las grandes ciudades. El Río Bravo, encarna la frontera más espectacular, entre una gran potencia económica y un continente emergente. ¡Cómo no compartir las interrogaciones de Carlos Fuentes, en Gringo Viejo!: “¿Es una cicatriz?, ¿va a sanar?, ¿va a sangrar de nuevo?”.

Indivisibles, desprovistas de territorio, las nuevas murallas tal vez sean por ello más peligrosas: entre el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, aquellos que tienen acceso a la información y al saber y aquellos que no lo tienen. Con las desigualdades se ahondan nuevos abismos, arrastrando consigo rencores e incomprensiones. A medida que las ideas, los hombres y las mercancías parecen desmaterializarse para circular cada vez más fácilmente, a medida que el mundo se asimila a una vasta red de flujos entremezclados, se acumulan tensiones, se forman coágulos, se radicalizan las identidades. El tiempo de descubrimientos y de tierras desconocidas, ha terminado. El de las conquistas pertenece al pasado y, la carrera tecnológica, no garantiza por sí misma ningún porvenir para el hombre. “Ahora que el hombre está en todas partes, que ya lo descubrió todo, el mundo en lugar de ensancharse se ha hecho más pequeño”, dice el Don Juan de Max Frisch, en “La Gran Muralla”. Las fronteras materiales se esfuman, pero nuevas formas de barreras amenazan con erigirse en los espíritus.

La barrera de lo efímero, ante todo. En el alba de este nuevo siglo, todo parece ser desechable. De los objetos a las ideas, todo caduca y se reemplaza, al ritmo de estrategias comerciales y lógicas de consumo desenfrenadas. En este tiempo demasiado rápido, que oculta las verdaderas urgencias bajo la precipitación general, tengamos cuidado de no dejar morir todo el sentido de nuestras vidas. Si, lo propio de la condición humana es imponerse límites (comenzando por el de la muerte), pero, también es propio del hombre buscar superarlos.

Frente al culto de lo inmediato, debemos cada día restablecer los lazos con el otro, consigo mismo, pero también con la naturaleza; por ello, el desarrollo sostenible es ahora necesario. Debemos volver a encontrar un espacio y un tiempo, que sean los del hombre y del mundo considerado en su totalidad.

La barrera del miedo: miedo al otro, a la invasión, a lo desconocido que exige el cierre y el repliegue de uno mismo. Actualmente sabemos lo que puede generar el miedo al otro. Tenemos todos presente, el temor de un enfrentamiento entre civilizaciones. Escribe Adonis, en Érase una vez un Oriente y un Occidente: “Algo se estiraba en el subterráneo de la historia. Este mapa ha cambiado. El universo es un incendio. Oriente y Occidente una sola tumba surgida de sus cenizas”. ¿Cómo evitar que esta profecía eche anclas en el futuro? La barrera de la impotencia, finalmente, que invade el espíritu cuando la voluntad no puede expresarse, cuando el hombre siente que su destino se le escapa. Ante la opresión, a veces resentida por el hombre frente a grandes potencias, grandes máquinas o grandes ideologías, las culturas se despiertan después de medio siglo de sueño.

Ya sean religiosas, regionales o afectivas, las afinidades se vuelven a dibujar según una nueva cartografía. En todas partes, comunidades híbridas se polarizan y se responden a escala mundial. La estabilidad mundial, exige la realización de las identidades y su capacidad para coexistir juntas en el seno de un mismo territorio, ya se trate de una región, de un país o de un continente. A través del laberinto de las fronteras nuevas, se plantea toda la cuestión del orden del mundo.

No hemos calculado todavía la magnitud de la caída del muro de Berlín. Hoy día, nada sería más peligroso que desear reproducir una lógica de guerra fría. Nada es más peligroso que transformar en enemigos, por el juego de la amalgama, aquellos que sólo tienen otra identidad. El verdadero peligro es la intolerancia, la frustración, la división, el odio. Una sola voz no puede llenar el mundo. Una sola cultura no puede hacerlo vivir. Una sola potencia no puede darle un equilibrio. Así, negaría las fronteras y las identidades, que vuelven a brotar siempre y corren el riesgo de catalizar las amenazas ahora ya globales. El terrorismo golpea en todos los continentes y la proliferación de armas de destrucción masiva se desarrolla con las divisiones y las crisis.

Juntos podemos pasar a través de las barreras del miedo y de la impotencia. Inventemos un nuevo espíritu de la frontera, que libere en lugar de encerrar, que enaltezca en lugar de lastimar, que abra en lugar de cerrar y excluir. La conciencia de una comunidad de destino se despierta frente a los desafíos que es preciso superar. A través de una pluralidad de culturas y de formas de ver el mundo, una energía nueva que supera a cada uno de nosotros e incluso a cada uno de nuestros países, comienza a reunir a todos los hombres. Hay que aprovechar esta oportunidad. Este nuevo espíritu, es el de un gran movimiento que nos une. Nos corresponde construir un mundo que acepte a cada cultura, que reconozca las fronteras y las supere en un gran proyecto común: el de la paz, el del desarrollo, de la ciencia y de la cultura, de la educación y de la voluntad de compartir. Un mundo fundado en el respeto: el respeto de las identidades, el respeto de las civilizaciones, el respeto de las religiones y de las culturas.

Respeto de cada hombre y de sus derechos fundamentales, iguales de Norte a Sur, de Este a Oeste. Juntos, debemos inventar una conciencia de la identidad que se abra al anhelo del otro, a la voluntad de pasar por encima de sus propias fronteras a través del amor y el lenguaje de la alteridad.

El nuevo espíritu de la frontera da forma a nuevos lugares, nuevos territorios, nuevos encuentros. Y, México constituye una tierra original, una tierra augural, el laboratorio de un mestizaje entre el antiguo y el nuevo mundo, entre las culturas indígenas y occidentales.

Octavio Paz nos invitaba a ver la relación con el otro, como un desafío creador: “Toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, de los choques. Por el contrario, a raíz del aislamiento mueren las civilizaciones”.

América Latina, es un mascarón de proa para esta gran aventura humana. Del realismo mágico de Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, a lo fantástico de los escritores del Río de la Plata, al extraño universo de Juan Rulfo (en donde la vida y la muerte coexisten en perfecta continuidad), al sincretismo barroco de los grandes autores cubanos como Severo Sarduy o Guillermo Cabrera Infantes. La literatura latinoamericana, inventa un nuevo espacio donde se mezclan el sueño y la realidad, la vida y la muerte, el hombre y la naturaleza. Este nuevo espíritu de la frontera, se abre al anhelo de actuar juntos, que reclamaban nuestros países con respecto a Iraq. Se inscribe en una convicción: sólo la tolerancia, la escucha y la comprensión, conducen a la paz y al progreso. Su objetivo es, el surgimiento de una nueva soberanía internacional, que debe ser operatorio y apoyarse en principios.

En primer lugar, el principio de acción y de movimiento. Nuestra capacidad de actuar sobre el mundo y transformarlo para hacerlo mejor, radica en la movilización y la responsabilidad colectivas. La unidad de la comunidad internacional constituye la clave de nuestro porvenir, debemos fortalecer las organizaciones multilaterales que confieren a cada estado sus responsabilidades. Toda tentación, de salir de las vías del diálogo y de la voluntad de compartir, sólo puede hacer más firmes los peligros.

En segundo lugar, el principio de reconciliación y de unión. En un mundo inestable, la reagrupación se vuelve más que nunca necesaria.

Lo vemos en África, ninguna crisis puede resolverse sin el apoyo de mediaciones regionales que tomen en cuenta toda la complejidad de los pueblos y de la historia. El respeto de las fronteras entre los estados, no podría cuestionarse sin abrir la caja de Pandora de la inestabilidad y de la guerra. Pero, no puede garantizarse sin una mayor cooperación entre países vecinos, sin una concertación profunda y voluntaria para luchar juntos frente a los gérmenes de la división.

En todo el mundo, este movimiento es necesario. Si bien las identidades franquean las fronteras, su coexistencia implica una lógica de integración y de voluntad de compartir.

Quisiera, aportar mi experiencia de europeo. Tenemos una historia caracterizada por guerras, invasiones, guerras civiles y revoluciones.

Hoy, Europa constituye un espacio frontera, nacido de una doble inspiración: el respeto por la diversidad frente al riesgo de la uniformización del mundo. Por ello, resulta vano querer asignar a Europa fronteras absolutas y una identidad petrificada. Europa está hecha de una superposición de fronteras, entramado renovado entre los legados, historias y culturas de cada uno de los pueblos que la constituyen.

Lejos de condenar nuestro continente a alguna inconsistencia política, esta pluralidad de miradas nos hace portadores de un mensaje para el mundo. La primera lección, nos viene del horror que atravesó nuestro continente durante la segunda guerra mundial. La frontera entre civilización y barbarie, no está ahí en donde Grecia antigua nos había enseñado a situarla, entre una cultura muy evolucionada y las otras. Está en cada hombre, difusa e impenetrable.

La segunda lección de la historia, es la alteridad. Al ir al descubrimiento del mundo, Europa cedió ante las tentaciones del poder: quiso explotar a los demás pueblos, colonizar sus territorios. Hoy ha comprendido estos errores. Ha debido renunciar a la vana dominación de una civilización sobre otra y, en contrapartida a esta renuncia, ha experimentado una profunda mezcla humana y cultural. En las metrópolis europeas, todas las identidades se mezclan y se fecundan.

Aprendimos a ver en nosotros la huella viviente del otro lugar y del otro ser humano, estamos dotados de esta oportunidad que representa para nosotros la mezcla de todas las culturas. Europa constituye un laboratorio para superar las fronteras interiores y exteriores.

Podríamos decir, con Umberto Eco, que la verdadera lengua europea es la traducción. En ningún otro lugar, la historia estableció los intercambios lingüísticos en el primer plano de su vida cotidiana. Europa es una intérprete del mundo, busca sin cesar las convergencias detrás de las divergencias, lo universal detrás de lo particular.

Europa, lleva en sí este doble legado de la historia: vigilancia e intercambio. Con la tragedia de los Balcanes, tomó conciencia de su deber de acción. Nos corresponde continuar la construcción de una unión capaz de decidir e intervenir al servicio del mundo y de la paz.

Nos corresponde fortalecer las instancias multilaterales, que se encuentran hoy todavía en sus primeros balbuceos. Nos corresponde construir un verdadero espacio de crecimiento y de paz, en torno del Mediterráneo, crisol de nuevas relaciones entre el Norte y el Sur, entre países desarrollados y en vías de desarrollo, entre culturas y religiones.

Europa, puede aportar la prueba de que, el mundo no está condenado a la fractura y al enfrentamiento.

¿Qué mejor símbolo de este nuevo espíritu de la frontera que México? ¿Qué mejor región del mundo para lanzar este gran desafío a la imaginación y a la acción? “Vine a México a buscar una nueva idea del hombre” explicaba Antonin Artaud. Pues si la imaginación es un continente, éste es, por supuesto, latinoamericano. Y con ustedes, Francia y Europa quieren ser la vanguardia de este renacimiento.

Las grandes narraciones fundadoras, del Antiguo Testamento a la Iliada o a la Odisea, del Libro de los Muertos egipcio a la Eneida, del Popol-Vuh a las epopeyas africanas, ¿acaso no son libros épicos, libros de grandes travesías, en donde a la identidad se le vuelve a dar forma nuevamente? Estamos en un mundo que se transforma cada vez más rápidamente.

El gran mensaje de la modernidad, es que, nuestro mundo está por crearse. El nuevo espíritu de la frontera es a la vez un espíritu de conquista y humildad, un espíritu de búsqueda que sabe agregar y enriquecerse de todas las huellas acumuladas por la historia. El pensamiento se constituye de este ensamblaje de ecos diversos, que se enriquecen mutuamente. Esta sed de fecundar sonidos, imágenes, gestos y miradas constituye un nuevo aprendizaje.

Escribe Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad: ”El mexicano, no se afirma como mestizo sino como abstracción: es un hombre.

Quiere ser hijo de la Nada. Es en sí mismo que comienza”. Y, yo, francés en México, me siento mexicano, con la aspiración de trastornar las viejas fronteras, compartiendo con ustedes esta búsqueda universal. Búsqueda en la cual todo está por crearse, inventarse, construirse; pero que exige la más humilde de las actitudes, pues, el hombre está desnudo ante su destino. Por ello, debemos partir juntos a la búsqueda de un nuevo humanismo, que se abra a tierras fraternales, tierras del porvenir.

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