AMERICA LATINA ENTRE SOMBRAS Y LUCES

Siete gordos

Contra ese telón de fondo, entre 1982 y 1989, transcurrió lo que alguien denominó ‘los siete años gordos del neoliberalismo’. Aunque el apelativo suena un tanto grasiento, en efecto logra describir la bonanza alcanzada en esos años, que se traduce en las siguientes estadísticas básicas:

Primero, en cada uno de esos siete años gordos el Producto Interno Bruto creció 3.2 por ciento en promedio anual. Este porcentaje sobrepasa con nitidez al 2.8 por ciento registrado en los 7 años previos y mucho más al 2.1 por ciento registrado en los 7 años posteriores;

Segundo, la visible generación de nuevas fuentes de trabajo. La tasa de desempleo que en 1981 alcanzaba el 7.6 por ciento, para 1989 se había reducido al 5.5 por ciento;

Tercero, el nivel inflacionario decayó desde el 13.5 por ciento en 1980, hasta apenas el 4.1 por ciento en el último año del gobierno de Reagan;

Cuarto, la tasa de interés que entre 1981 y 1982 sobrepasó el 21 por ciento –el nivel más alto en el Siglo XX- paulatinamente fue bajando hasta colocarse en el 8 por ciento; y,

Quinto, el ingreso promedio por persona creció en dólares de valor constante desde US $ 10.716 en 1981, hasta US $ 13.071 en 1989. Es decir, el ingreso tuvo un incrementó en valor real de alrededor del 22 por ciento. 

 

La bonanza de esas cifras y la gordura de esos años, dieron una aura victoriosa a las políticas impulsadas desde los gobiernos de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher. Los dos fueron reelectos con sonados triunfos en las urnas –Reagan en 1984 y Thatcher en 1983 y 1987- y al terminar su mandato ambos dejaron el poder en manos del sucesor que ellos mismos escogieron: George Bush y John Major, respectivamente.

 

Lamentablemente un viejo adagio de la sabiduría económica asevera que ‘en el mundo nadie cena gratis’. Por tanto, alguien tenía que pagar el alimento consumido en los siete años gordos del neoliberalismo. Y como a lo largo de esos años la mayoría de las facturas fueron pagadas con tarjeta de crédito, la deuda de los Estados Unidos que en 1981 alcanzaba los US $ 1.029 billones, casi se triplicó para alcanzar US $ 2.857 billones al expirar la presidencia de Reagan.

 

Cuando un gobierno de cualquier país se endeuda, la deuda  queda en herencia para que la pague el próximo gobierno. Pero si es que el nuevo gobierno también prefiere que sea otro el que pague, puede renegociar con los acreedores un nuevo plazo. Así, dilatando y posponiendo los pagos, el plazo definitivo quedará sujeto a las intermitentes y futuras negociaciones que entre sí entablen los dos litigantes: los sucesivos gobiernos y los acreedores.

Pero el número de meses, años o décadas que tendrán que transcurrir para que el plazo negociado algún día se cumpla, no dependerá del tesón de los litigantes, sino del mayor o menor predominio internacional que ese país tenga.

En el caso de la deuda norteamericana, el plazo para pagarla puede llegar a ser extremadamente largo o puede que jamás llegue a cumplirse. Sin embargo, aunque jamás llegue a ser cancelada, la deuda si tiene un costo que con frecuencia resulta impostergable e inevitable: el pago de intereses.

 

El costo que tienen los intereses es impostergable debido a que sus tasas comienzan a contabilizarse desde el instante en que se suscriben los contratos y, son inevitables, debido a que se contabilizan de manera independiente al ‘plazo’ establecido para cancelarlos.

 

Así, cuando George Bush[1] heredó de Reagan la presidencia, también heredó la obligación de pagar los intereses de la deuda desde el mismo día en que se posesionó del cargo. Como lógico resultado, en el primer año de la presidencia de Bush, el Estado tuvo que desembolsar más de 1.000 dólares por cada uno de sus ciudadanos –241 billones de dólares– solo para pagar intereses. Además, como el gobierno republicano persistió con la política de reducir impuestos, el déficit fiscal continuó creciendo.

En ese escenario, desde luego, fácilmente podría generarse una mayor deuda, un estancamiento económico y un deterioro  del desempleo. En apenas dos años -excepto la tasa de inflación que permaneció baja- todos los demás indicadores económicos revertieron la aureola alcanzada en los siete años gordos.


 

[1] Nos referimos a George Bush padre.

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