AMERICA LATINA ENTRE SOMBRAS Y LUCES

 

 

Economía Democrática

Wassily Leontief, el gran economista ruso, norteamericano por nacionalización y ganador del Premio Nobel en 1973, definió el sistema capitalista con la siguiente frase: “Bajo nuestro sistema de libre empresa, la ganancia privada es el viento que impulsa la nave del Estado. Aunque para no quedar a la deriva, el Gobierno debe sujetar el timón”.[1]

Pero esa magnifica definición queda trunca si la nave carece de brújula, porque ningún buen viento puede ayudar si el marinero ignora en que dirección se encuentra su puerto de destino.

 

Y ese es precisamente el problema de América Latina: como aún no hemos logrado descifrar donde está el desarrollo, mal podremos descubrir cual es el sendero que a él conduce. En el capítulo seis vimos que incluso cofradías de tan alta alcurnia como la American Economic Association y la Royal Economic Society, se han negado a tratar de definir cual debe ser el concepto de desarrollo económico aplicable a un continente atrasado como América Latina.

 

Ese rechazo debería haber forzado a que los economistas de la América Latina intentemos delinear en consenso el significado del desarrollo. Pero, como también lo vimos en el capítulo seis, en lugar de tratar de encontrar el sendero que nos conduzca al desarrollo, nos hemos limitado a evocar las circunstancias que nos empujaron al subdesarrollo. Así surgieron las teorías de la Dependencia, de la Evolución y de los Trópicos; donde las tres teorías irremediablemente nos confinan a vivir para siempre en el subdesarrollo, como también señalamos en el -a estas alturas- ya funesto capítulo seis.

Ventajosamente, vimos que contra ese fatalismo conceptual progresan los principios de la economía como ciencia social trazados por Adam Smith, para quien la riqueza de las naciones depende en lo básico del nivel del crecimiento, de la estabilidad y de la equidad que la gente y la sociedad alcancen. 

 

La economía democrática acoge esos tres principios y con ellos construye un trípode sobre el cual cimentar el desarrollo. Así, en el escenario de la economía democrática y a principios del Siglo XXI, el desarrollo económico requiere necesariamente de la existencia de tres columnas.

 

La primera columna, el crecimiento económico, no se refleja en las estadísticas del PIB sino en el número de empleos que el sistema económico sea capaz de crear. Así lo demostramos en el capítulo nueve. En consecuencia, la economía solo puede crecer si es que también crece el número de compatriotas que tienen trabajo. Así, el éxito o no de la política económica debe juzgarse mes a mes y en base a las estadísticas del empleo. Las tasas del PIB que actualmente se publicitan falsean la verdad porque -aunque parezca paradójico- señalan un mejor índice cuando mayor sea la más visible tragedia social de nuestra era, el inmenso número de emigrantes. 

 

La segunda columna del desarrollo, la estabilidad financiera, requiere crear el peso latino. Y para crear el peso latino –así habíamos concluido- el camino más corto cruza a través de la adopción temporal del dólar. La dolarización tiene las ventajas y desventajas que ya fueron resumidas en el capítulo once; donde también concluimos que las desventajas se desvanecerán cuando el dólar sea sustituido por el peso latino y desaparezca la amenaza de que algunos países prefieran seguir devaluando para captar el mercado de sus vecinos.

 

Nuestro próximo paso será lograr que en un año cercano un grupo de seis o siete países latinoamericanos adopten el dólar,[2] grupo que así ya podrá crear el peso latino; el cual no solo que iniciará la unidad de América Latina, sino que neutralizará los ataques de aquellos que prefieren seguir devaluando su propia  moneda, Así, nuestra tarea –aquí y ahora- es la de elegir gobiernos que, desde antes de ser electos, se comprometan a transitar por el atajo que conduce a la creación del peso latino.

 

La tercera columna del desarrollo, la equidad económica, no puede ser cuantificada con tanta precisión como las otras dos. No obstante, ya lo vimos, Adam Smith claramente puntualiza que cualquier actuación de un gobierno destinada a ‘perjudicar los intereses de cierta clase particular de ciudadanos, con el único fin y con el solo objeto de fomentar otra’,[3] es una agresión contra la equidad y el desarrollo económico.

 

Y quizás deberíamos añadir -sobre la base de la experiencia  latinoamericana- que toda acción destinada a favorecer cierta clase particular de ciudadanos casi siempre ha engendrado esa putrefacta corrupción que ha permanecido sin castigo y oculta detrás de los ‘objetivos nacionales’ que han sido enaltecidos por la cínica complicidad entre el favorecedor y el favorecido. Por ejemplo, los ‘objetivos nacionales’ que justificaron la nacionalización mexicana, la capitalización chilena, la chucuta venezolana, la sucretización ecuatoriana y la desdolarización argentina, así como los otros mecanismos que -recordábamos en el capítulo tercero- a lo largo de las últimas décadas han sido manipulados para perjudicar a muchos y favorecer a pocos.

 

Naturalmente también existe la posibilidad de que alguna vez algún gobierno pueda utilizar su poder en la dirección inversa. Es decir, para perjudicar a pocos y favorecer a muchos.[4] Pero incluso sí ese fuera el caso, debemos puntualizar que -en la economía democrática- la noción de equidad no es importante por su connotación moral, por su carácter benéfico o por su relación con la justicia y la ética,[5] sino por el impulso que la equidad irradia sobre el desarrollo económico.

 

Así, para la mayoría de nosotros -ciudadanos de América Latina que no formamos parte de ningún gobierno ni de ningún partido político- la única oportunidad de influir en la estructura del poder, radica en el sufragio electoral abierto cada cuatro o cinco años. Nuestra responsabilidad es el aprovechar ese único voto para elegir buenos gobernantes.

 

Desde luego, discernir si un candidato es ‘bueno’ o ‘malo’ dependerá exclusivamente de nuestro propio criterio individual, cualquiera que este sea y como quiera que se haya moldeado. No obstante, si creemos que el principal -sino el único- objetivo de todo ‘buen gobierno’ es el de alcanzar el bienestar de la mayoría de la población, entonces antes de elegirlo debemos descubrir su verdadera intención de perseguir el crecimiento, la estabilidad y la equidad que -repitámoslo una vez más- son las tres columnas básicas del desarrollo. Además, en la economía democrática esas tres columnas sirven para sostener un trípode; por lo tanto, las tres tienen que ser construidas simultáneamente para que el trípode no colapse. 

 

Antes de despedirnos, volvamos por un momento a la nave de Wassily Leontief y a su firme exhortación al gobierno para que sujete el timón; exhortación que -frente a la carencia de una brújula- nos coloca ante una esquiva interrogante: ¿cómo saber si el timonel esta sujetando el timón en la dirección correcta?

 

Ventajosamente la pregunta puede ser contestada gracias a la ayuda de un inesperado ayudante, el Banco Mundial, que con datos del 2003 publicó el documento ‘Desigualdad en América Latina: ¿ruptura con la historia?’, donde verifica que el 10 % más rico de la población recibe el 48 % del total del ingreso, mientras que el 10 % más pobre apenas recibe el 1.6 %. Para matizar lo dramático de esas cifras, el banco anota que “la inequidad del país menos desigual de la región (Uruguay) es peor que la inequidad del país más desigual de Europa Oriental”.

 

Lo interesante de esas cifras es que nos permiten vislumbrar que entre esos dos extremos -donde el uno gana 30 veces más que el otro- debe cohabitar aquel segmento de gente que recibe un porcentaje del ingreso igual al porcentaje de población que ese mismo segmento cubre. Ese porcentaje es lo que algunos economistas denominamos  ‘clase media’.   

 

La clase media latinoamericana en 1980 representaba el 34 por ciento de la población, pero para el 2003 se había reducido al 19 por ciento; deterioro que delata que -si es que el timonel ha sujetado el timón- lo ha hecho en la dirección equivocada.    

 

Así, casi al finalizar el día y en el horizonte de la economía democrática, logramos visualizar que la brújula que marca el rumbo en que debemos navegar, es la existencia de una clase media. Fortalecerla, por tanto, debe ser el objetivo permanente hacia el cual orientar la proa de nuestra nave social. 

[1] New York Times. Entrevista publicada el 16 de marzo de 1973.

[2] Actualmente, además de Panamá, Ecuador y El Salvador, los países con mayor opción para dolarizarse parecerían ser Argentina, Colombia, Honduras, Paraguay y Uruguay.

[3] Smith, Tomo II, Libro IV, pág. 426.

[4] Se supone que esa debe ser la intención de todo gobierno progresista. Pero como la historia lo demuestra –y no solo la historia de la Unión Soviética- cuando un gobierno decide utilizar su poder para depositar riqueza en un determinado grupo, ese ‘grupo’ termina siendo él mismo.

[5] La importancia que esos valores tienen desde una perspectiva ética y solidaria, es resaltada por Adam Smith en otra gran obra: ‘Teoría de los sentimientos morales’.

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