AMERICA LATINA ENTRE SOMBRAS Y LUCES

 

 

Equilibrio

Desde la perspectiva de la economía libre concebida por Smith, los subsidios requeridos por la Economía de la Demanda así como los donativos exigidos por la Economía de la Oferta, están igualmente viciados, porque en ambos casos se trata de utilizar el poder del Estado para despojar de sus recursos a un sector de la población y gratuitamente obsequiarlos a otro. Es decir, en ambos casos se desprecia a la equidad y al desarrollo económico. Al finalizar el penúltimo de sus libros, afirma lo siguiente:[1]

Perjudicar los intereses de cierta clase particular de ciudadanos, con el único fin y con el solo objeto de fomentar otra, es una máxima evidentemente contraria a la justicia e igualdad que todo Gobierno debe tener en cuenta.’

En Latinoamérica, la economía libre moldeada por Smith ha sido atacada por los candorosos discípulos de la Economía de la Demanda, así como por los pragmáticos defensores de la Economía de la Oferta. Es decir, utilizando palabras más conocidas, Smith ha sido políticamente censurado por quienes creen estar ubicados en la izquierda y también por quienes saben que están ubicados en la derecha.

 

Desde la izquierda, el principal ataque contra la economía libre se origina en la creencia –infundada pero muy divulgada- de que las tesis de Adam Smith defienden aquel sistema bautizado como ‘capitalismo salvaje’;[2] nombre que intenta denunciar un sistema basado en la denominada Ley de la selva, bajo la cual es lícito que el poderoso rico engulla su débil y pobre presa. Es contra esta posibilidad que los profesionales o intelectuales de izquierda, suponen estar combatiendo cuando proponen que sea el Estado -por intermedio de los gobiernos que lo administran- quien defienda los intereses de los pobres.  

 

Sin embargo, para Adam Smith -lo cual puede confirmarse leyendo cualquier capítulo de La Riqueza de las Naciones- la intervención directa del Estado en la actividad económica, solo puede favorecer a quienes controlen el Gobierno y administren el Estado. Y no a las masas siempre carentes de poder.

 

Por otro lado, es suficiente transcribir unas pocas líneas de su obra para percibir el concepto que un hombre brillante y, en consecuencia, modesto como Adam Smith, tenía sobre quienes ostentan o persiguen poder y fortuna, así como su profunda y racional preocupación por el bienestar de los trabajadores y de las clases más débiles de cualquier nación.

 

Las siguientes son algunas de sus expresiones:

El rico que no puede distinguirse de la masa del pueblo a expensas de un vestido costoso, gasta y quiere brillar sus lucimientos con la variedad y multitud de ellos.’ [3]

‘Entre las gentes ricas, el mayor placer de un  poderoso y aun el goce de sus riquezas, suele consistir en la ostentación de las riquezas mismas.[4]

‘El apetito del comer, el deseo de alimento, está ceñido en todo hombre a la corta capacidad de su estómago y de su digestión; pero el deseo de conveniencias, de aparato, de edificios, de vestidos, de trenes y equipajes, ni tiene término, ni conoce límites en la soberbia humana.’ [5]

‘La última resolución que tomaron los cuáqueros de Pensilvania, de dar libertad a todos sus esclavos negros puede explicarse por cuanto el número de sus esclavos no era muy considerable.’ [6]

Y en cuanto a su preocupación por el bienestar de la mayoría de la población y especialmente por los segmentos más pobres, su sentimiento probablemente es mucho más sólido y legítimo que el de cualquiera de sus detractores, porque su pasión no se basa en el decálogo de algún partido político, ni en un resentimiento social o en algún interés personal, familiar o de grupo; si no en la certeza lógica y tan profundamente humana, de que el único objetivo de la economía como ciencia social es el de satisfacer las necesidades materiales de la mujer y del hombre.

Las siguientes tres frases expresan esa certeza: [7]

‘Si el bienestar... de las clases inferiores del pueblo debe mirarse como ventajoso, o como perjudicial a la sociedad, es una cuestión cuya respuesta y decisión a primera vista parece muy clara y sencilla. Los criados, los trabajadores y los operarios componen la mayor parte de toda sociedad política y culta. ¿Cómo se ha de mirar pues, como perjuicio del todo la ventaja conocida de la mayor parte?’

‘Ninguna sociedad seguramente puede florecer ni ser feliz siendo la mayor parte de sus miembros pobres y miserables.’

‘Es muy conforme a la equidad que aquellos que alimentan, visten y albergan a todo el cuerpo del pueblo en común, de tal modo participen del producto del trabajo propio que también ellos estén razonablemente alimentados, vestidos y albergados.’

Así, es el propio Adam Smith quien, con su despejada visión del permanente objetivo social que tiene la ciencia económica, se adelanta a responder las preguntas que, desde la izquierda, sus detractores recién formularían más de un siglo después.

 

Desde la derecha, el principal ataque contra la economía libre se basa en el argumento –asimismo absurdo pero también muy divulgado- de que el pensamiento de Smith pertenece al remoto pasado y que, por lo tanto, ya no es aplicable en los modernos tiempos actuales.

Ciertamente este último fue el argumento que utilizó aquel banquero orador en el Hotel Marriot de Panamá el 21 de marzo de 1983, cuando contra los fundamentos de la economía libre, instaba a que se nacionalicen las deudas del sector privado para ‘sepultar al liberalismo del siglo pasado’ e imponer un neoliberalismo’. 

 

Pero contra esas digresiones –absurdas unas, interesadas otras- se eleva el claro y firme pensamiento de Adam Smith, cuyos permanentes postulados en favor de una economía libre son pertinentes al desarrollo económico de América Latina aquí y ahora, como proclama nuestro próximo y último capítulo.


 

[1] Smith, Tomo II, Libro IV, pag. 426.

[2] Sistema que se formaría al unir el ‘Laissez faire, laissez passer’, la ‘mano invisible’ y el ‘Capitalismo’; conceptos que, como vimos en el Capítulo 7, son falsamente atribuidos a Smith.

[3] Smith, Tomo II, Libro IV, pag. 453.

[4] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 234.

[5] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 225

[6] Smith, Tomo II, Libro III, pag. 125

[7] Smith, Tomo I, Libro I, pag.127. 

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