AMERICA LATINA ENTRE SOMBRAS Y LUCES

 

 

El Euro: breve historia

La semilla del euro comienza a germinar en una pequeña celda de prisión en la Isla de Ventotene, en el invierno de 1941. En esa pequeña isla, situada frente a la línea costera que se forma entre Roma y Nápoles, estaba recluido Altiero Spinelli, quien había sido arrestado 14 años antes –a la edad de 20 años- por haber participado en un movimiento clandestino formado para derrocar al gobierno fascista de Benito Mussolini.

Los largos años de encarcelamiento ofrecieron a Spinelli la oportunidad de meditar que la tragedia en que se encontraba inmersa Europa, se originaba en la competencia nacionalista que se había cultivado a lo largo del continente. El camino para dejar atrás la tragedia, por lo tanto, no podía encontrarse dentro de los estrechos limites de cada país, sino en el más amplio escenario de una Europa unida.

Con esa idea en mente, junto a dos compañeros de prisión,[1] en 1941 redactó el Manifiesto de Ventotene, el cual empieza con la siguiente frase:[2]

 

La línea que divide a los partidos reaccionarios de los partidos progresistas, ya no coincide con las líneas tradicionales de la democracia o del socialismo, sino que la división se produce entre los que luchan por la conquista del poder político en sus naciones... y los que luchan por crear un sólido y unido estado europeo.’   

 

Spinelli sería liberado de su prisión cuando Mussolini fue depuesto temporalmente del poder en 1943. Una vez libre, inició una larga lucha política dirigida en contra de la existencia de las naciones-estados dentro de Europa.

La lucha de Spinelli y del Movimiento Federalista Europeo que el mismo creó, encontró una abierta oposición en todos los partidos políticos, llevaran o no un membrete liberal, socialista, conservador o demócrata. Parecería que a lo largo y ancho del mundo es habitual que los intereses de los partidos políticos estén en abierta confrontación con los intereses de la mayoría de la gente. 

Para luchar contra la cerrada oposición de los gobiernos y de los partidos políticos, Spinelli tenia la ventaja de poseer una personalidad paciente, audaz e inquebrantable. Por más de tres décadas insistió en solicitar directamente al pueblo europeo que se pronuncie a favor o en contra de la unificación europea. Bajo esa consigna, la presión ciudadana obligó a que la posibilidad de unificar Europa sea puesta en debate en casi todas las sesiones del Parlamento Europeo, entre 1976 y el 14 de febrero de 1984. Ese día -probablemente el más importante en la vida de Spinelli- el Parlamento tendría que pronunciarse a favor o en contra del ‘Tratado de la Unión Europea’, documento redactado por el propio Altiero Spinelli. El Tratado fue aprobado casi por unanimidad. Su discurso de agradecimiento terminaba con estas palabras:

 

‘Habiendo alcanzado el fin de un capítulo y el comienzo de un nuevo capítulo que deberá ser completado por otros, y reflexionando en el trabajo de toda mi vida, debo decir que he sido el enfermero que ha ayudado a que el Parlamento de a luz esta criatura. Ahora tenemos que ayudarla a vivir.’  

 

Pero el octogenario Spinelli no sobrevivió mucho tiempo a la criatura. El 23 de mayo de 1986 fallecía en Roma. Y la criatura tampoco habría sobrevivido a su progenitor, sino hubiera sido por un inesperado evento que sacudió al mundo y a Europa.

 

Después de la aprobación del borrador del Tratado efectuada por el Parlamento Europeo, los diversos gobiernos y partidos políticos nacionalistas, comenzaron a bloquear o boicotear las actividades necesarias para oficializar y ejecutar el Tratado. En su lugar se impuso un documento que, bajo el nombre de Acta Única, reducía la unión económica a una promesa protocolaria que podía diluirse en una serie de reuniones intrascendentes y turísticas, al estilo de las que hasta el día de hoy predominan en Latinoamérica.  

 

Sin embargo, en 1989 sucedió un evento que nadie esperaba, pero que estremeció los cimientos mismos del viejo continente: el bloque socialista y comunista de Europa del Este comenzó a hundirse.

El colapso alcanzó a Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia, Yugoslavia y, después, a todas las repúblicas de la ex Unión Soviética. Junto con la economía comunista, también se hundieron el Muro de Berlín y la Cortina de Hierro. Y sin esas barreras se abrió el paso a los ríos de gente –sobre todo la que había nacido detrás del muro hace menos de 40 años- que amenazaban con inundar Europa. Esa amenaza estaba justificaba por los largos años en que el Occidente había acusado al Este de mantener aprisionada a la gente. Si el Este ya los dejaba salir, la moral dictaminaba que el Occidente los debía dejar entrar.

 

El dictamen era especialmente válido para las dos Alemanias entre las cuales ni siquiera se interponía la barrera del idioma. Además, la Alemania del Oeste siempre había expresado que existía una sola Alemania, así que no podría usar el arbitrio de detener en la frontera a los ciudadanos Alemania del Este. Por otro lado, no era posible detener la euforia del reencuentro entre parientes y conciudadanos ni tampoco negar que, a pesar de las décadas de aislamiento, seguía existiendo una sola nación.

 

Así, parecían reprisarse en reversa los eventos ocurridos al fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando la parte occidental fue dividida en tres zonas ocupadas por tres distintos ejércitos. En esa ocasión y sin realizar ninguna consulta política, el Banco Central Alemán -el Bundesbank- dictaminó que el Marco circule como dinero oficial en las tres zonas. Así, aglutinadas por una sola moneda, las tres zonas casi de manera automática comenzaron a ser parte de un solo país: la Alemania Federal.

 

Esos eventos seguramente fueron recordados por Helmut Khol, Canciller de Alemania Federal, cuando la tarde del 6 de febrero de 1990 –bajo la intensa presión de los alemanes del este por ingresar masivamente al Oeste- anunció que, a partir de ese día, el occidente y el oriente de Alemania compartirían la misma moneda. El conocimiento histórico del Canciller Khol rindió sus frutos: sin conflictos y aún antes de que exista un decreto oficial, las dos alemanias se convirtieron en un solo país. 

La inesperada reunificación convirtió a Alemania en la nación más poderosa de Europa, al incluir a la Alemania Oriental que por sí sola constituía la novena potencia económica del mundo. El marco alemán pasaba a ser para Europa lo que el dólar era para América. El Bundesbank podría controlar en Europa, la inflación, las tasas de interés y los tipos de cambio, tal como el Fed controla esas variables en Norteamérica.

 

Así, para las dos partes –Alemania por un lado y el resto de países europeos por el otro- la unidad súbitamente dejaba de ser un formal compromiso protocolario, para convertirse en una herramienta de sobrevivencia en un mundo globalizado. Antes de que termine 1991, los gobiernos del continente se reunían en Maastricht, ubicada junto al río Mosa en Holanda, para analizar la necesidad de adoptar una moneda común y un solo Banco Central para toda Europa: el Banco Central Europeo que, desde luego, tendría su casa matriz en Frankfurt, el corazón financiero del continente.

El Tratado de Maastricht recoge las condiciones que debían cumplir los países europeos para ingresar a la Unión y que se resumen en: un déficit fiscal que no exceda el 3 por ciento del PIB; una deuda estatal que no exceda el 60 por ciento del PIB; una moneda nacional que no se haya devaluado en los últimos dos años; y, una tasa de inflación que no exceda 1.5 puntos por sobre la tasa media de los tres países con la inflación más baja. Las condiciones del Tratado tenían que cumplirse –como en efecto se cumplieron- antes de que finalice el Siglo XX.

 

Los posteriores eventos son bastante conocidos: el 1 de enero de 1999 se estableció el valor definitivo del euro en términos de la moneda de cada uno de los 12 países participantes;[3] el 1 de enero del 2002 se puso en circulación las monedas y billetes del euro; y, el 1 de julio del 2002, se retiraron del mercado europeo todas las restantes monedas domésticas.

Esta breve historia tiene un final feliz: Europa empieza a transitar el Siglo XXI como un continente férreamente unido;   no por un gobierno, ni por un partido político, ni por un trazado territorial, ni por una bandera, sino por una moneda. Por fin habrá paz en la tumba de Altiero Spinelli.

[1] Eugenio Colorni y Ernesto Rossi.   

[2] Documento publicado clandestinamente a fines de 1941, por la esposa de Eugenio Colorni.

[3] Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Italia, Irlanda, Luxemburgo y Portugal.

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