La República Federal de los Andes

Una propuesta de descentralización del Perú


 

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Alfonso Klauer

Objeciones a la regionalización “departamentalista”

Diversas, y creemos que significativas, son las objeciones que puede hacerse a una nueva división político–territorial sobre la base de los actuales departamentos. Sin que en la progresión que presentaremos estemos fijando algún orden de importancia, quizá las principales objeciones son las siguientes:

• En términos generales, como parte de nuestro penoso subdesarrollo, para el caso de diversos departamentos puede sostenerse que sus posibilidades de desarrollo autónomo y autosostenible son absolutamente mínimas, cuando no nulas. A partir de esa constatación objetiva, una regionalización departamentalista pueda dar cabida a soterradas y nunca nobles ni constructivas ambiciones caciquistas, con las que inescrupulosos líderes quieran concretar el sueño del “feudo propio”. En sus previsibles, falsos y cínicos discursos explícitos, ya los veremos reivindicar razones “históricas”, u otras de tanto o mayor impacto demagógico. Si logran imponerse, lo que es muy probable en más de un caso, serán los pueblos los que, a la postre y como siempre, terminen pagando las consecuencias. Estemos prevenidos de los siempre nefastos discursos explícitos que encubren intereses subalternos.

• Tumbes y Tacna, en particular, carecen de los recursos naturales y de la capacidad económica instalada como para garantizarse a sí mismos un desarrollo sostenible. Independientes y políticamente aislados, dada su precaria riqueza económica, serían presa fácil de las economías de Guayaquil (Ecuador) y de Arica (Chile), respectivamente.

Pero además, Tumbes, separado de Piura; y Tacna, separado de Moquegua, perderían la oportunidad de potenciar una relación histórica milenaria. En el primer caso, porque el común territorio de ambos departamentos fue asiento del pueblo tallán del que son legítimos herederos. Otro tanto ocurrió, con el largo, pero también largamente interrumpido asiento de los kollas altiplánicos en los territorios de Moquegua y Tacna, de cuyos vestigios (incluso en las viviendas) hay innumerables testimonios. Pero en uno y otro caso se perdería además una centenaria y relativamente buena integración física, cuya existencia es inobjetablemente buena para empezar. Y que es la que facilitaría que los departamentos con menos potencialidades económicas, Tumbes y Tacna, se beneficien con su integración con Piura y Moquegua que, en agroindustria y minería, respectivamente, tienen grandes posibilidades de apalancar el común desarrollo ulterior de ambas integraciones.

• Sobre la constitución de San Martín como Región independiente puede hacerse observaciones similares. Se perdería las potencialidades intrínsecas de la centenaria relación con Amazonas, en tanto uno y otro espacio fueron el asiento de los chachapoyas, de los que también son legítimos herederos, y allí están para demostrarlo las construcciones de Kuelap, en el primero, y del Gran Pajatén, en el segundo. Bien puede sostenerse que a par- tir de ellas puede constituirse un polo de desarrollo turístico capaz de competir con el Cusco. Pero también se perdería la ventaja de la integración física que permite la carretera que une las principales ciudades de ambos territorios.

• Por su parte, la no integración de Huanuco y Pasco, disminuiría las posibilidades de potenciar la concurrencia de sus complementarias economías agrícola y minera, respectivamente.

Y para ello, sin duda, resultará apreciable la integración física que proporciona el tramo de la Carretera Central que los une. Por lo demás, no existen problemas de celos o rivalidades entre las poblaciones de ambos territorios.

• Para el caso de Lambayeque y La Libertad, sería igualmente penoso desperdiciar la enorme identidad étnico–cultural que existe entre la inmensa mayoría de sus pobladores. Al fin y al cabo, son herederos legítimos de los pueblos mochica y moche que, históricamente integrados, dieron forma a la gran civilización Chimú. Por lo demás, y también para empezar, es razonablemente buena su integración vial a través de la Carretera Panamericana.

• Un caso especial es el de Cajamarca. Siendo su configuración eminentemente vertical, no tiene ninguna carretera que vertebre a todo el territorio de norte a sur. En verdad, Cajamarca es la suma de dos espacios muy pobremente integrados entre sí.

Extrañamente, el área sur está bien integrada con La Libertad, a través de la carretera que une la provincia de Pacasmayo con la ciudad de Cajamarca; y el área norte con Lambayeque, a través de la carretera que une Olmos con Jaén (véase más adelante el Gráfico N° 7).

Por lo demás, en la historia de Cajamarca está bien afincado el mito de un remoto poblamiento por “gigantes” que llegaron de remotas tierras. Estos, a nuestro juicio, no habrían sido otros que los mismos que dieron origen al pueblo sechín y que a su turno –como hemos dejado ver en El mundo pre–inka: Los abismos del cóndor (Tomo II)–, habrían sido los que dieron origen a los pueblos mochica, moche y a la postre chimú. Habría entonces fundadas razones de integración física e histórica para que los departamentos de Lambayeque, La Libertad y Cajamarca constituyan una sola Región.

• Por otro lado, resulta insostenible imaginar al departamento de Lima como una Región. Sería virtualmente imposible que sus provincias del norte y sur alcancen un mínimo desarrollo supeditadas a las autoridades de Lima que, por la pesada inercia histórica, seguirían privilegiando los intereses de la capital.

Tiene que postularse una solución especial para ese espacio, como la que por ejemplo planteamos más adelante. Porque tampoco parece adecuada la propuesta del Presidente de la Comisión de Descentralización del Congreso, Luis Guerrero, en el sentido de que las provincias de Lima conformen ellas mismas una circunscripción autónoma. Ello no pasa de ser una simple y reduccionista idealización, en tanto que no tiene ningún correlato con la realidad espacial, económica y cultural.

Las provincias del norte del departamento de Lima, tanto las de la costa como las de las zonas altas, sólo pueden vincularse con sus correspondientes del sur a través de la ciudad de Lima. Y otro tanto ocurre con las del este de la ciudad respecto de éstas y aquéllas. Todas están estrecha e intensamente integradas con la metrópoli, más no entre sí, y en ningún orden de cosas.

Varios siglos hace que, con la presencia de la ciudad capital, se rompió total y absolutamente la unidad del ancestral pueblo lima que estuvo asentado en el territorio de lo que hoy es el departamento del mismo nombre. Como una cuña permanente, la metrópoli ha creado realidades económico–culturales, al norte, al este y al sur de ella, que en nada, absolutamente en nada están integradas. Sólo ello hace previsible serios problemas para la definición de la capital de esa impostada nueva circunscripción.

Muy difícilmente Huacho, en el norte, aceptará que sea por ejemplo Cañete, en el sur. Y ni ésta ni aquélla aceptarán que lo sea Matucana, al este de la capital. Sin vías que las unas directamente, ¿podemos imaginar a los pobladores de Oyón, en el área cordillerana norte, viajar a hacer trámites a Cañete, en la costa sur; o a los de Tupe, en la zona cordillerana sur, marchar hasta Huacho, en la costa norte? Ello, pues, no sería sino un flaco favor a todas las provincias de Lima, que bien merecen estudiar soluciones más ingeniosas y prácticas, y más próximas a la realidad.

• Como parte de Lima, el Callao, o mejor, la Provincia Constitucional del Callao, es también un caso especial. Durante varios siglos, e incluso hasta hace 50 años, entre una y otra población había una marcada solución de continuidad: varios kilómetros de terrenos cultivados los separaban. Antiguamente, por tren, y hasta hace poco, por la avenida Venezuela, era casi un viaje interprovincial trasladarse de un espacio al otro. Esa separación ya no existe más. De no existir señales indicativas, ni lo peatones ni los automovilistas sabrían donde termina una y comienza la otra. Como de hecho les ocurre a los turistas, por ejemplo.

A todas luces la ciudad de Lima y el Callao constituyen, como un todo, el conjunto de Lima Metropolitana. Sus sistemas viales constituyen en realidad una sola unidad. Y, con seguridad, en los proyectados nuevos sistemas de integración vial, ni los urbanistas ni los arquitectos ni los ingenieros toman en consideración de que son dos provincias distintas. Los servicios de movilidad colectiva son los mismos. Sus sistemas de agua y desagüe son en verdad también uno solo. Con el agravante de que de un mismo y lánguido río abastece de agua a “ambas” poblaciones. Y otro tanto ocurre con sus redes eléctricas y de telefonía.

Así, y diariamente asistimos para atestiguarlo, una administración bicéfala sólo trae problemas y ninguna ventaja. El conjunto, pues, para enfrentar adecuadamente los problemas “comunes”, y superando localismos y chauvinismos que tenemos que dejar de lado, demanda que Lima Metropolitana tenga una sola autoridad. Y si el canon aduanero resulta una reivindicación inabdicable de los chalacos, habrá que encontrar una solución consensual, que de paso a la unidad administrativa.

• En otro orden de cosas, tras una exhaustiva revisión de los actuales límites departamentales, queda en evidencia que en su configuración se han concretado varios errores potencialmente conflictivos. Y es que, en la costa en particular, resulta absurdo que algunos ríos estén bajo la jurisdicción de dos Estados Regionales.

Es el caso de los ríos Fortaleza y Pativilca, que naciendo en Ancash, desembocan en la costa de Lima. O el de todos los ríos de Ica, que naciendo ya sea en Huancavelica o Ayacucho, desembocan en las costas de aquél. Pero también el caso del río Ocoña, que naciendo en Ayacucho, desemboca en la costa de Arequipa.

Y, para terminar con los ejemplos, el del río Tambo, que naciendo en Moquegua llega al mar en la costa de Arequipa

Con el mismo criterio, debe revisarse la frontera entre Piura y Cajamarca. Allí, el río Huancabamba, fluyendo hacia la cuenca amazónica, hace la mayor parte de su recorrido en Cajamarca pero nace en Piura. Otro tanto ocurre en el caso del río Apurímac, nace en las alturas de Arequipa y luego de atravesar el sur de Cusco forma la frontera de este departamento con Apurímac.

Debe también revisarse la frontera de Puno y Madre de Dios, donde importantes ríos de éste, como el Inambari y el Tambopata, nacen en el territorio de aquél. Y, finalmente, la frontera de Cusco y Madre de Dios, porque el río Alto Madre de Dios nace en aquél.

Sin embargo, sin tener en cuenta ninguna de estas objeciones –y eventualmente, en el caso de muchos congresistas hasta desconociéndolas–, el Congreso ha dado curso a la regionalización departamentalista. Ése en efecto es el resultado de las modificaciones constitucionales aprobadas en marzo del 2002.

En palabras del congresista Carlos Infantas, ello constituye un “craso error”. Y según él mismo, habría sido precipitado por quienes buscaban cumplir la oferta electoral de “hacer elecciones regionales el 2002, pese a quien le pese”. No obstante, del mismo congresista nos parece particularmente relevante su comentario respecto de que la descentralización, “el proyecto más importante para la modernización y desarrollo del país, [está siendo tratado en el Congreso] con escasa seriedad”. Bastante más adelante mostraremos que sobre la forma como el Congreso del Perú trata muchos temas, puede decirse otro tanto.

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