Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Lo que no podrán responder ni la Historia ni el poder

Pero, también al decir de ella, aunque en esto mas bien no yerra, se ha extraído de este territorio más riqueza que de ningún otro rincón del planeta de dimensiones equivalentes. Oro y plata; guano y caucho; cobre, hierro, zinc, petróleo, azúcar, algodón, harina de pescado, etc. Pero, además, droga. Y nos aprestamos a exportar grandes cantidades de gas.

Mendoza, Montaner y Vargas Llosa, pero también de Rivero , muestran que Venezuela, por su petróleo, recibió en el período 1970–90 la asombrosa suma de 250 mil millones de dólares (de los que ciertamente no se beneficiaron las grandes mayorías de ese país, donde un 36 % subsiste hoy con apenas dos dólares diarios ). Venezuela, sin embargo, no era productor monopólico de petróleo.

El Perú, en cambio, fue virtualmente el único productor mundial de guano en la primera mitad del siglo XIX, desde que, súbitamente en 1840, se conoció el enorme valor agronómico y comercial del mismo. Sin duda, las ventas de nuestro abono deben haber representado una suma muchísimo mayor que ésa.

¿Por qué, entonces, el nuestro es un país tan desdichadamente pobre? ¿Cuándo y cómo empezó a redactarse nuestra larguísima lista de carencias? ¿Cuándo y cómo se acumuló ese déficit de inversión tan descomunal que exhibimos –y al que más específicamente nos referiremos más adelante–? ¿Cuándo se jodió el Perú? No, no esperemos que la Historia (oficial y oficiosa) nos responda, y menos aún que nos diga la verdad. Ni esperemos que nos responda y diga la verdad el poder real que, a fin de cuentas, es el que le dicta la pauta a aquélla.

Ninguna persona o grupo, como aquellos que forman parte del poder real, puede celebrar tanto la superficialidad como la .

Historia (oficial y oficiosa) presenta y enfoca la historia del Perú, llena de insignificancias, atosigante e irreflexiva. Ella es el resultado de que los generalmente abultados conocimientos de sus autores “son vaciedades, pequeñeces, distracciones o vulgaridades” –como bien apunta Macera –. Y de allí que, como sostiene el mismo autor, “la cultura andina donde es menos conocida es en el propio Perú y por aquellos que antes la hicieron”.

La Historia (oficial y oficiosa), no encarará nunca, por ejemplo, el cálculo de cuánto se le robó al pueblo del Perú, el único dueño, en los negociados con y a partir de los ingresos producidos por la explotación del guano. Y se cuida mucho de no repetir, y menos aún en poner énfasis, en las duras expresiones de Jorge Basadre respecto del uso que se dio a la más grande riqueza de que ha dispuesto el Perú en su historia.

Si en 1895 apenas dos mil familias constituían la “clase alta” en el Perú , cuán pocas debieron ser las que, medio siglo antes, manejaron la “orgía”, “el derroche más atolondrado” de la “explotación inmoderada y viciosa de la riqueza guanera” –en expresiones del ilustre historiador tacneño –.

La Historia (oficial y oficiosa), apenas ha dicho que uno de los destinos de los ingresos por la explotación del guano fue la Consolidación de la Deuda Interna. Mediante esta operación, el tesoro público pago a quienes con pruebas lícitas en unos casos, e ilícitas las más de las veces, declararon haber contribuido a la Guerra de Independencia. Mas la Historia (oficial y oficiosa) se cuida mucho de no ir al fondo del asunto.

Fue, en verdad, el desfalco más descomunal. Supuso –en palabras de Basadre –, “el rápido enriquecimiento ilícito de los favorecidos...”. Los grupos dominantes formaron verdaderas empresas para falsificar vales o células  que supuestamente habían firmado San Martín y Bolívar al recibir ganado, alimentos, y ropa para las tropas.

O, tan o más groseramente, empresas que, como primer paso, rastrearon todo el territorio del país en busca de vales que estuvieran en manos de campesinos pobres y desinformados.

Para, en segundo lugar, pagar precios viles, aun cuando el documento acreditara la entrega al ejército libertador de un caballo o una mula. Y, en último término, para incrementar uno, dos o más ceros a los documentos originales. Por cierto, algunos hacendados costeños, con sus propios vales, hicieron lo propio.

Así, Basadre –quizá hasta sin tener en algunos casos verdadera conciencia de cuanto registró en sus incesantes pesquisas–, ofrece el caso de un hacendado de Ica al que se le pagó tal cantidad de azúcar, que para transportarla, habría sido necesario cargar mulas que, en fila de a uno, unirían los 300 kilómetros que separan a esa ciudad de Lima. Tal fue la impudicia. Pero no se crea que fue muy amplio el espectro de los beneficiados con la inaudita Consolidación de la Deuda Interna.

Alfonso Quirós Norris  ha demostrado que se benefició solamente “un selecto grupo de individuos vinculados al Estado Central”

Y no por simple casualidad fue entonces en esas circunstancias que surgieron las primeras entidades bancarias en el país : a los “consolidados” les sobraba el dinero, tuvieron que empezar a prestarlo.

Según cálculos actuariales que hemos realizado, en esa famosa Consolidación, que llevaron adelante los presidentes Castilla y Echenique, se dilapidó el equivalente a 103 mil millones de dólares de hoy. ¿Cuánto ingresó por la exportación del guano, si sólo en uno de sus destinos se gastó una cifra tan astronómica? Según Shane Hunt  –en dato que recoge Fernando Iwasaki–, entre 1840 y 1880, el guano peruano produjo ingresos por 750 millones de pesos. Ese enigmático e inasible monto, convertido a libras esterlinas, actualizado a una tasa de 5% anual y finalmente convertido a dólares, representa 133 000 millones de dólares de hoy. Considérese que –según Basadre –, sólo hasta 1867 se había exportado 7,2 millones de toneladas de dicho producto.

El propio Hunt estima que el 60 % de ese monto fue percibido por el Estado. El 40 % restante cubrió largamente los costos de extracción, transporte y las utilidades de los “consignatarios” y de sus socios en el poder.

¿Resulta congruente que sólo en la Consolidación se consumiera más de todo cuanto ingresó a las arcas fiscales por el guano? Sí, de lo contrario no se entendería que, a pesar de ese enorme ingreso, cuando Pardo asume el poder la deuda externa peruana, ya impagable, se elevaba al equivalente actual de 28 000 millones de dólares (140 millones de soles de entonces). Más tarde se obtendría un préstamo de la firma Raphael. Y en 1875, de la banca peruana, que como se verá era grande, uno equivalente a 2 800 millones de dólares (18 millones de soles de entonces).

El presidente Castilla, para quien lo anteriormente señalado no es precisamente lo más nefasto de su currículo, es célebre en el Perú, y elogiado como el que más, entre otras cosas, porque oficialmente dio por terminada la esclavitud en nuestro país. Lo que no es bien sabido entre la población, en cambio, es que los esclavos fueron “redimidos”. Esto es, el Estado pagó por la libertad de cada uno de ellos. Y por cierto con los recursos que dispensó generosamente el guano.

Y aún menos conocido es todavía el hecho de que, también como los vales de los libertadores, se fraguaron los de los esclavos.

Así, debiéndose redimir a 18 mil esclavos, el mariscal de mente ágil, de la que –según la mitomanía historiográfica– no escapaba nada, pagó a través del Estado la libertad de más de 25 mil. Y conste que por cada esclavo se pagó tanto como el equivalente actual de 107 000 dólares (300 pesos de la época). Así, sólo en lo que se pago demás, se dilapidaron otros 750 millones de dólares de hoy.

El boom guanero sirvió también para inflar la planilla inútil de funcionarios estatales. Gran parte de la popularidad de que se hizo Castilla en su tiempo se debió a la cantidad de jóvenes a los que –en expresión de Emilio Romero 99–“acomodó en el presupuesto estatal”.

A la luz de esa infame farra mal puede seguirse sosteniendo que “el guano fue una oportunidad perdida” –como por ejemplo hace el historiador peruano Waldemar Espinoza –. No, los peruanos y extranjeros que la aprovecharon, y bien, no la perdieron.

Y, por su parte, el pueblo del Perú no perdió esa oportunidad, no perdió esa inconmensurable riqueza: ¡Se la robaron!, que no es lo mismo.

El “asesor”, el gran mafioso de nuestros tiempos, resulta un aprendiz de brujo al lado de aquellos a quienes la Historia (oficial y oficiosa) se ha encargado de encubrir y adornar bien, en el caso de unos, y de mantener en el más absoluto anonimato, en el caso de otros.

Mas todo ello todavía es poco. Quizá las páginas más oscuras, de mayor oprobio de nuestra historia, fueron escritas en el período anterior al de la farra del guano. Es decir, en el período en el que se terminó de afianzar el poder de la aristocracia que luego se alzaría con el botín del guano. Lo dejamos sin embargo para más adelante. Porque resulta del todo pertinente para probar una de las hipótesis más importantes de este libro.

Pues bien, la Historia (oficial y oficiosa), a lo sumo, admite generalizaciones engañosas y absolutamente vacías, como la que frasean Mendoza, Montaner y Vargas Llosa: “este sistema, plagado de privilegios, de monopolios y prebendas, ha sido una inagotable fuente de ineficiencia y corrupción”. ¿Quién se privilegió? ¿Quiénes monopolizaron? ¿Quiénes fueron los corruptos? En definitiva, ¿quiénes los responsables? Silencio, silencio absoluto.

¿Para qué? Pues para que el pueblo crea que el responsable fue el país, es decir, y como parte del país, también el pueblo; y así éste sienta responsabilidad y hasta vergüenza de un crimen en el que no tuvo ni arte ni parte.

Asimilando bien ese esquema generalizador y vacío impuesto por la Historia (oficial y oficiosa), historiadores improvisados como Boloñalo asumen con deleite, porque le permite contribuir a mantener impoluta la imagen de su más caro mentor ideológico, el presidente Manuel Pardo, el campeón de los liberales del siglo XIX. Tras la Guerra del Pacífico, dice bien, sobrevino el descalabro, la pérdida de territorio, el despojo de nuestro principal producto de exportación de ese momento, el salitre.

Pero, consecuente con la embustera metodología aprendida, calla el nombre del gran culpable de esa tragedia: el presidente Manuel Pardo.

Pero dice más nuestro cronista más reciente. Admitiendo la existencia de “grupos de interés” –lo que ya es algo–, afirma Boloña, en efecto, que “algunas veces los grupos de interés logran pasarle la factura al resto de la población”. ¿Algunas veces? ¿En qué país ha vivido nuestro cronista? Porque aquí, en el Perú, siempre, absolutamente siempre, le han pasado la factura al resto de la población. Sabe ese cronista que, sociológicamente hablando, también son “grupos de interés”, por ejemplo, el campesinado y los pescadores.

¿Alguna vez éstos le han pasado factura alguna a los grupos dominantes? Es ostensible que Boloña ha aprendido bien la lección leía en la Historia (oficial y oficiosa): mientras más impreciso, ambiguo y generalizador, mejor; porque así se encubre y disimula muy bien la responsabilidad del grupo con el cual hay identidad histórica de intereses (aun cuando no se haya convivido con sus más antiguos miembros).

La Historia (oficial y oficiosa) aceptará incluso, y hasta con regocijo, versiones como las de esos reputados políticos–intelectuales que, reconociendo lo evidente e imposible de dejar de admitir, les atribuyen sin embargo toda la responsabilidad de nuestro gran déficit histórico a los gobernantes de los últimos cuarenta años. Y hay quienes incluso, más generosamente, se la atribuyen apenas a los de los últimos veinte años.

Pero, y mientras viva, ¿se atreverán los historiadores a poner en sus textos el juicio que hace Boloña del expresidente Belaúnde? En efecto, a propósito de las elecciones de 1995, expresó: “por increíble que parezca, existen todavía quienes piensan que Belaúnde podría ser un candidato potable [después de los dramáticos régimenes que encabezó]”.

Pero cite o calle esa opinión sobre Belaúnde, será un avance que la Historia admita por lo menos que llevamos cuarenta años de gobiernos que, al país en todo caso, no le han servido para nada. Porque cómo desconocer que, durante ese mismo tiempo, a la sombra del Estado, se han enriquecido muchos (bastantes de los cuales, a tiempo y también en coherencia con su discurso implícito, se han puesto a buen recaudo en el extranjero). [Sospechamos que es una buena investigación de ciencia política dar cuenta del paradero, por ejemplo, de todos los que han sido ministros de Estado desde 1960 hasta nuestros días, respondiéndose, además, por qué están donde están y no aquí].

Pues bien, aun cuando la intelectualmente pobre, y políticamente engañosa versión de “40 años”, proviene de la inteligencia del reputado economista y frustrado presidente, nuestra brecha de inversión es tan descomunal que –como mostraremos–, de ningún modo pudo acumularse en un período históricamente tan breve como ése. No, nuestro abrumador déficit es el resultado de 500 años sucesivos de casi nula inversión en el territorio del Perú.

Es el resultado coherente y consistente de haberse aplicado, casi sin interrupción, desde la conquista hasta nuestros días, el discurso implícito de los grupos en el poder, y no su grandilocuente, falso y cínico discurso explícito. Sólo en un plazo tan largo como ése pudo concretarse tan gigantesca brecha como la que veremos.

Nuestra monumental pobreza y subdesarrollo es, en gran parte, el resultado de que haya prevalecido una cleptocracia en el Perú, desde los primeros días de la República, aunque con brevísimos interregnos de honorabilidad, aunque sólo en la presidencia (como en los casos de Billinghurst, Bustamante, Belaúnde e incluso Velasco).

Así, conjuntamente con otras engañosas interpretaciones todavía vigentes, la versión de la culpabilidad de los gobernantes de los “últimos 40 años”, cumple a cabalidad el propósito de librar de toda responsabilidad, histórica, política y moral, a todos los grupos de poder y gobiernos que durante más de ciento cuarenta años gobernaron antes.

Sumamente elocuente resulta a ese respecto la opinión del prestigiado sicólogo y periodista Jorge Bruce: “Del ochenta en adelante los sucesivos gobiernos han sido ineficientes, como el de Belaúnde; corruptos, como los de Fujimori, o ambas cosas, como el de Alan García...” . ¿Y todos los anteriores? Por ello es que advertimos cuán peligroso resulta para la formación histórica y moral del país, las versiones que se difunden en torno al mafioso gobierno fuji–montesinista. Se le viene presentando, con insistencia, como el “más corrupto de toda la historia peruana” –como hace Pablo O´Brien en Somos –; opinión con la que coincidirían importantes comisiones investigadoras del Congreso de la República, si nos atenemos al titular de una importante nota publicada por el diario Liberación  “Comisiones confirman que fujimorismo fue régimen más corrupto de la historia”.

Sin el más mínimo descargo y atenuante de la enorme y grave responsabilidad, incluso penal, que recae sobre ese gobierno, el cargo sin embargo dista muchísimo de corresponder con la realidad. Cargar todas las tintas sobre nuestra última experiencia de crímenes, infamias y latrocinios, no hace sino encubrir todas las anteriores, tan o más graves que ésta –como se ha visto y seguiremos mostrando más adelante–.

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