Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Triunfos objetivos e inestimables

¿Pero en verdad sin conseguir nada? No. Sería un grave error concluir así. Tanto para el gobierno, como para los partidos políticos tradicionales. Para los analistas y académicos, como para el propio pueblo peruano. Para los dirigentes, como para las masas que los secundaron.

No, como mostraremos, algo se ha conseguido y no precisamente poco. Y los peruanos debemos adquirir conciencia de ello. Veamos entonces cuánto y por qué.

La unión hace la fuerza Para empezar, ya es bastante significativo que, tanto en las esferas del poder como fuera de ellas, los peruanos seamos cada vez más concientes de que, puestas en concierto muchas voluntades, ejerciéndose el legítimo e inembargable derecho a la participación, se tiene muchas más posibilidades de dejarse escuchar.Y, por cierto, llegado el caso, de obtener grandes resultados.

La convergencia y unidad de esfuerzos no se da de un día para otro. Menos todavía cuando, como en la realidad del Perú de hoy, deben convergir en la lucha muchos grupos con diversos, disímiles y hasta antagónicos intereses. En esas condiciones, la unidad sólo se concreta creando, auspiciando y hasta aprovechando circunstancias muy especiales, y, por lo general, al cabo de múltiples y sucesivos ensayos. Recuérdese, por ejemplo, que se llegó a 1821 con más de cuarenta distintos y heroicos esfuerzos de lucha contra el poder imperial español.

Respecto de la democracia representativa En segundo término, por contradictorio que parezca, siendo que todos tenemos la obligación de afianzar nuestra democracia y convertirla en auténtica, es un gran avance poner en evidencia que, dentro de su efectivamente breve e interrumpida vigencia, cuán poco genuina es todavía nuestra democracia representativa. Permítasenos aquí una digresión aparentemente académica.

Su enorme importancia estriba en que constituirá el fundamento de una de las propuestas más importantes que haremos más adelante en torno a la descentralización del país.

Como en gran parte del mundo, desde mucho tiempo atrás y por razones prácticas pero plausibles, surge la democracia representativa entre nosotros porque, siendo como somos muchos, y no siendo posible que todos decidamos todo, unos pocos asumen el rol de representar y sustituir a la totalidad.

Esa, sin embargo, es sólo la explicación de la existencia histórica de democracia representativa, pero no su sustento teorético.

En puridad de verdad, a la luz de la ciencia política y del derecho constitucional, la democracia representativa se sustenta en el principio de que –permítasenos la cacofónica reiteración–: los representantes representan a los representados, o, mejor, los representantes necesariamente representan a los representados.

Ello, a su turno –aunque no necesariamente obvio para todos los analistas–, se sustenta en la premisa supuesta de que la sociedad es un conjunto homogéneo. Esto es, en el que, indistintamente, cualquiera que sea la persona o grupo que de manera aleatoria se escoja –o para el caso se elija–, es en esencia representativa de la totalidad, y en consecuencia también del resto –los representados–.

En lenguaje algebraico se diría, por ejemplo:

 

 • dado el conjunto “1”, • donde 1 = {A, B, C, ..., Z};

 • siendo A=B, B=C, ..., Y=Z;

 • entonces A o B ... o Z, o A y B, o cualquier otra combinación, representan a “1” y al resto de los elementos.

Que la premisa supuesta y el sustento teorético que se deriva de ella se cumplieran, por lo menos aparentemente, en los “con- juntos de ciudadanos” de la Grecia antigua y Roma (de los que por cierto no formaban parte las inmensas mayorías de griegos y romanos); y se cumplan, o se cumplan casi a cabalidad, en sociedades bastante homogéneas de hoy, como Japón y Suiza, por ejemplo; no significa que necesariamente también se cumplan o deban cumplir en sociedades como la peruana.

De hecho –a la luz de los más modernos conceptos de la antropología, la etnología y la sociología–, en el Perú no se cumplen ni la premisa supuesta de base ni el sustento teorético a que ella da lugar. Y menos aún se cumplieron en el pasado. Porque, a diferencia de las mencionadas, la nuestra ha sido, desde los inicios de la República, y hoy lo es más todavía, una sociedad sumamente heterogénea.

Como bien da cuenta Margarita Giesecke, a cualquier acucioso extranjero una de las cosas que más lo impacta del Perú es la extraordinaria mezcla étnico–social. Y, como también afirma ella misma, muchos peruanos mismos están convencidos de que “hay varios Perúes”.

Aquí, ni cualitativa ni cuantitativamente, el conjunto de los representantes nunca ha sido una representación cabal de sus representados. A ese respecto, y aunque sólo fuera por eso, la nuestra, hasta nuestros días, es una democracia representativa muy discutible, si no farsesca.

La inmensa mayoría de los miles de representantes que han habido en el país a lo largo de su historia republicana, han sido cualitativamente distintos a sus representados: pertenecían a grupos sociales diferentes a los de las mayorías, y, en consecuencia, defendían intereses distintos a los de éstas.

Basta para demostrarlo examinar a unos y otros a la luz de apenas dos variables sociales: ingresos y patrimonio. Siendo las elecciones costosas, aun cuando constituían y constituyen la inmensa mayoría, contados con los dedos de una mano son los pobres que han llegado al Parlamento. Y ninguno al poder Ejecutivo.

En general, los que sin ser pobres pero tampoco ricos llegaron al poder, lo alcanzaron al cabo de hipotecarse antes los grupos dominantes o las grandes empresas del país, devolviendo desde el Gobierno, con creces y subterfugios, cuanto dinero recibieron para financiar sus campañas.

En términos cuantitativos, alcanzaremos una verdadera democracia representativa, cuando, por ejemplo, el 80 % de los representantes elegidos provenga también de ese 80 % de los ciudadanos que constituyen lo que en la estadística social se denominan grupos socio–económicos C, D y E. Entre tanto, siendo ellos el 80 % y sus representantes no más del 10 %, seguiremos siendo testigos de una farsa que, con apenas ligeras variantes, se da tanto en el Congreso como en los Concejos Municipales (salvo quizá en nuestros pueblos más pobres y aislados del territorio).

¿Es acaso pedir demasiado que alcancemos en todos los Concejos Municipales y en el Parlamento genuinas representaciones? No, sólo estamos planteando que se dé entre nosotros lo que hace más de 500 años ya se daba en muchas áreas de Europa. En 1493, por ejemplo, la ciudad de Barcelona estaba gobernada por un Concejo de 144 miembros en el que el 44 % de los mismos eran genuinos representantes de los sectores de menores ingresos (según refiere en Historia de España, pág. 127, el reputado historiador Joseph Pérez).

Pues bien, aunque más adelante y por su gran importancia abundaremos en este aspecto de la realidad político–social peruana, resulta suficiente lo argumentado para sostener que en el Perú, las grandes mayorías nacionales no están y nunca han estado cabalmente representadas en las más importantes esferas del poder político e institucional del país.

A este respecto, entonces, necesaria e impostergablemente, debemos introducir significativas reformas. Entre otras razones, porque las vigentes elecciones parlamentarias en distrito electoral múltiple distan todavía muchísimo de lograr que, en la proporción en que corresponde, todos los grupos del país (étnicos, sociales, económicos, políticos, geográficos, etc.), estén cabalmente representados.

Para terminar, incluso incorporando en nuestra legislación reformas sustanciales a estos respectos, nuestra democracia no alcanzará de manera inmediata su debida madurez. Porque, aunque la Historia no lo diga ni divulgue con suficiente énfasis, debemos saber que –como acabamos de ilustrar con el caso de Barcelona–, a las más avanzadas democracias de Europa Occidental, con baches e interrupciones, les ha costado siglos obtener la madurez que hoy ostentan. En múltiples formas, y desde mucho tiempo atrás, la han venido practicando y perfeccionando.

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