Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Oportunos y azarosos auxilios

En primer lugar, habiendo cundido el pánico, conociendo el inicio de la crisis, pero temiendo –por ciencia y experiencia– desenlaces funestos para sus intereses inmediatos, los líderes de los partidos políticos tradicionales se llenaron de instinto de conservación. Temerosos de perder el coche de la historia (y los privilegios que conllevan el protagonismo y el liderazgo tradicionales), con el temor de verse definitiva, o aunque fuera transitoriamente, desplazados por nuevos aunque desconocidos protagonistas, adoptaron la solución más simple y expeditiva: hicieron causa común.

Muy discreta y sigilosamente, por cierto. Al fin y al cabo, buena dosis de vergüenza los embargaba. Porque la común amenaza los había desnudado de improviso, poniendo en evidencia que, más allá de sus consabidas y reiterativas discrepancias, un mezquino y frívolo interés en realidad los une: la preservación del estrellato y sus prerrogativas.

Pero ello sería lo último que reconocerían. A una voz tuvieron entonces que mentir –lo que, a fin de cuentas, y aunque desaforadamente lo nieguen, también los une a su supuesto peor y más declarado enemigo, aquel que vive refugiado y protegido en el Extremo Oriente–. “Apostamos por la estabilidad del gobierno y la vigencia del estado de derecho” –dijeron cómodos, aunque llenos de cinismo–.

¿Era ésa acaso la exigencia de los hombres y mujeres en las calles? ¿Alguien había gritado “abajo el gobierno de Perú Posible”? ¿Y entonces, por qué una respuesta esencialmente inconsistente con la genuina exigencia popular? Pues simple y llanamente porque todos los políticos tradicionales saben –aunque sospechamos que con muy gruesos errores de estimación–, que el actual aparato estatal es incapaz de satisfacer todas las exigencias vitales e impostergables de los pueblos del Perú. Aun cuando, con por demás grosera demagogia, ellos mismos le han hecho creer a los peruanos, y una vez más durante la extensa campaña electoral reciente, que todo y aún más pueden concretar sus partidos; que el desarrollo está a la vuelta de la esquina; que el bienestar general, como por encanto, emanará de sus diestras manos.

Mas todos quieren estar encaramados en ese Estado ineficiente e incapaz, disfrutando de las prebendas que dispensa, incluso si se está sólo en el entorno. Sí, todos los políticos tradicionales aprecian vivamente ese Estado: el incapaz e ineficiente Estado centralista que bien conocen. Ése que, desde Lima, y en pocas manos, maneja 10 000 millones de dólares anuales.

¡50 mil millones de dólares en cinco años de gobierno! Esa asombrosa cifra, aunque absolutamente insuficiente para solventar el inconmensurable déficit y demandas acumuladas por siglos en todo el territorio peruano; resulta en cambio mucho, muchísimo, para las ambiciosas manos que, con mayor o menor destreza, aspiran, por ejemplo, a retener en sus bolsillos aunque fuera un mísero 0,25 % de la misma: 125 millones de dólares.

O, como en el más proclamadamente virtuoso de los casos, también bastante para aquel que, sin tocar un céntimo, deja que otros impunemente lo hagan. O, como en la que en apariencia asoma como la menos dañina de las alternativas, es también harto para aquel que, supliendo las carencias de su espíritu, se engolosina y ensoberbece distribuyendo “generosamente”, como propio, el dinero que es de todos. Hay así sobradas razones para que muchos quieran mantener incólume ese Estado hipercentralista y subdesarrollante.

“Causa común con él” –se dijeron al unísono y sin vergüenza los políticos tradicionales–. Y causa común con su estabilidad.

¿Pero acaso por auténtica pasión y convicción democrática? No, también por razones mezquinas: ¿quién querría hacerse de la conducción de un país en que las masas expulsan del poder a un gobierno con apenas siete o nueve meses de vida? ¿Quién que tome la posta tendría la seguridad de durar tanto como ese tiempo? ¿Y quién que salga en esos términos tendría posibilidad alguna de volver al poder? “Causa común con él” –se repitieron por última vez y de modo definitivo–.

Hubo, no obstante, una segunda reacción digna de estudio: la de los más miopes y los más inescrupulosos, que allí mismo empezaron a prepararse para tomar “democrática y constitucionalmente” la posta. Son los que, erróneamente, sin pizca alguna de conocimiento de la historia ni de las ciencias sociales, apuestan que, si se concreta un desborde popular, será contra Toledo y no contra el gobierno y menos contra el Estado, ese Estado inca-paz, ineficiente y centralista. Pues allá ellos. Dios los coja confesados (pero sin duda tendrán el pasaporte y las maletas en orden).

Por último hubo una tercera reacción, común a tirios y troyanos: “¿quién tiene alguna cortina de humo, mejor todavía si es buena (que distraiga bastante y por buen tiempo)?” –se preguntaron y dijeron con insistencia y desesperación–. “Es la solución apropiada al momento” –habría dicho, sagaz, alguno de los improvisados políticos que han llegado al poder, y, de consuno, también el más acomedido de sus desventurados aliados de coyuntura–.

A diferencia de antaño, ya no estaba el país en condiciones de creer, ni el Estado en condiciones de solventar siquiera un conato de guerra. Ésa no era una opción real. Tenían que buscar otras. Pero mientras tanto, les resultaba insustituible seguir mintiendo: “hay una evidente y oportunista manipulación de rezagos del fujimorismo” –se dijo entonces desde el pináculo del poder–.Y se repitió en entusiasta coro.

No sólo sin reparar en la ostensible inconsistencia: ¿resultaba verosímil que los imprecisados rezagos de esa delincuencia política estuvieran en condiciones de orquestar tan grande y amplio espectro de movilizaciones? Si no también sin reparar en que el gratuito cargo, además de artificioso era un descarado insulto a cientos de dirigentes y miles de pobladores. Peor aún en boca de los más célebres miembros del gobierno. ¿Creen por ventura que los agraviados olvidarán tamaña agresión? Estando en esas, como por encanto, y satisfaciendo con holgura las expectativas más desaforadas, llegó el infausto 11 de setiembre.

Nadie pudo evitar concentrar su mirada en las Torres Gemelas, en las víctimas inocentes, en la reacción del gobierno norteamericano, y en el inefable y supuesto autor intelectual del atroz atentado. La prensa, inclemente y complacida (por los oportunos e inestimables record de audiencia y lectoría), golpeó con la noticia.

Día tras día, semana tras semana. Los miembros del gobierno y sus aliados, entre tanto, no cabían en su pellejo. Pero mal podían mostrar el contento que los embargaba: habría sabido a chicharrón de sebo. Mas lo cierto e incontrastable resultaba que ni la imaginación más fértil y demoníaca habría podido crear una cortina de humo tan extraordinariamente gigantesca. No había sido creada por ellos, no era una operación sicosocial en el sentido clásico del término. Pero qué importaba. Como si lo fuera, cumplía a cabalidad y con creces el mismo objetivo.

Mas, para sorpresa de todos, la grita en las calles y plazas, en Lima y provincias, no cesaba. Había en verdad perdido gran parte de su vigor, pero no daba señales de que se extinguía. Hasta se temía un rebrote. Cayeron entonces, con muy sospechosa coincidencia y sentido de oportunidad, dos nuevas bombardas de bengala.

Una desde la más publicitada celda de la Base Naval del Callao. Y la otra desde la más promocionada celda del Penal San Jorge. Digitado desde ésta llegó a la prensa un video con doce millones de dólares de por medio. Y como colofón, un vergonzante prófugo que, una vez más, nos demuestra que frente a mucho dinero y ningún escrúpulo, no importa si se trae sangre oriental o alpina.

Material de distracción había así para rato cuando empezó el bombardeo norteamericano en Afganistán. En el ínterin, el gobierno había tenido tiempo para esbozar y plantear algunas medidas de política económica. Era por cierto muchísimo menos de los que se esperaba. Pues saltó a la vista cuán irrelevantes, inconexas e inconsistentes eran. No obstante, harto discutidas en el Congreso, dieron aún más material a la prensa, pero también menos argumentos a la oposición popular Era ya demasiado para las inorgánicas masas que, con sensible pérdida de vigor, y sin recibir ya las simpatías que habían suscitado en las semanas precedentes, y sin ningún eco en la prensa, habían seguido saliendo a las calles. Terminaron por extinguirse. Se había perdido la batalla. Aparentemente, al menos, sin conseguir nada.

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